En Zona

sábado, 25 de diciembre de 2010

Un Cuento de Navidad


Todo comenzó como un juego. Escuchando el silbido del viento entre los árboles. La música de fondo no hacía cerrar los ojos y el calor realizaba siempre el resto. Eran las navidades en un barrio suburbano del sur, obrero y popular, de una ciudad lejana y demasiado plana.
Mientras crecíamos nos dedicábamos a mirar pasar los trenes, y veces solíamos poner monedas en las vías para horror de las vecinas que nos acusaban de querer descarrilar convoyes y otras maldades.
En aquel momento, los días eran eternos, largos y casi aburridos, aunque nunca eran iguales.
Por imposición debía quedarme sentado en la puerta de la casita barrial. Así estaba hasta que Juan, cruzaba la calle y me rescataba.
Entonces comenzaba la pasión. Juntos aprendíamos las reglas de una buena gambeta. A pegarle a la pelota con el pie de tal forma, que esta, tomaba el aire por asalto y se transformaba en algo nuestro yendo hacia otro sitio.
También, descubríamos como nuestros barquitos de papel, sorteaban ese mar terrible que eran las acequias, pensando que él y yo, íbamos en alguno de ellos desafiando olas y monstruos invencibles.
Cuando oscurecía, nos deteníamos en el terreno baldío en donde, cual estadio desierto, cobijaba nuestras hazañas extraodinarias como una caja, que atesoraba nuestros goles, nuestros jadeos y nuestras transpiraciones saladas como los mares del sur.
Así comenzamos a hablar. La conquista del mundo. Ninguno quería ser policía. Solo los bandoleros nos entibiaban el corazón.
Después, fuímos creciendo. El y yo, fuímos construyendo nuestras vidas. Un día nos juramentamos no olvidarnos nunca de nada.
Pero por esa época, ya todo comenzaba a ser un poco más rápido.
Digo
Prisión común para los asesinos de uniforme que asolaron las piedras de ese país lejano. Cadena perpetua para aquellos que se jactaban de luchar contra un ejército de enemigos de la patria. Castigo para estos hombrecitos, que secuestraban niños y los regalaban a otros hombrecitos para quitarles de encima el virus de rebelión que tenían sus padres. Cárcel para estos señores de la guerra, que mientras asesinaban delegados sindicales, entregaban comunicados en donde se detallaba que dichas muertes eran producto de enfrentamientos armados. Siempre, claro está, los muertos, los ponían los del otro lado. Siempre eran de un solo lado.
Los dueños de haciendas, tierras y vidas, pasarán lo que les resta de vida tras las rejas de una prisión común, como debe ser.
Aquellos que llegaban de noche, amparados por el silencio, esos que desde la jauría demostraban su bravura indómita, están ahora en el sitio justo. Ni olvido ni perdón.
Con Juan nos dejamos de ver. Cada uno siguió como pudo con su vida. Cada uno eligió los rostros y los cuerpos que comenzaron a ocupar nuestras vidas. Siguiendo las reglas de un país de inmigrantes, cada uno emigró de barrio, de abrazos y hasta de incendios.
Después me llegaron rumores sobre él y se que le llegaron rumores sobre mi. Ya los días corrían por aquel entonces como lagartijas bajo el sol.
Digo
Se que en algún lugar, debe haber baile y brindis. Que dejando de lado tanta tristeza, la sensación de un tiempo de justicia, justifica tanta emoción.
Emoción que me hizo mascar el freno en un país extraño, que nada sabe de esto, con gentes que a la cual esta sensación no les cabe en sus telefonitos de última generación, en esa mirada de sorpresa porque no tengas coche, que seas uno más que toma al autobús o el metro, personas ensimismadas en su mundo de cartón pintado y casi desangeladas. Esta sensación que tuve fue solamente para mí, en medio de un frío gris. Sin nadie con quien festejar, festejo con la rabia de la justicia, que no reconoce reyes que apoyan el saqueo ni patria más justa que la memoria certera. Está visto, veo, que la alegría debe ser como dictan por estas playas los dueños de tanto deseo amordazado.
Esa sensación de inabarcable alegría y profunda tristeza la compartí solo. Con mis muertitos, con las caricias que me faltaron, con las lágrimas bebidas de rato cuando no había más que pena y olvido.
Supe años más tarde, de la vida de Juan. Retazos, supongo que el habrá sabido de mí. La muerte era un estado más. Nada en definitiva porque preocuparse.
Pero debo detenerme.
Este hecho puntual nos ha perseguido desde 1983, cuando uno de estos nuevos ricos, habló de los dos demonios. Desde ese momento, uno supo que nada iba a ser igual.
Los tibios. Los cobardes. Los que fueron cómplices por acción u omisión. Los que festejaron y los que callaron. Los que respiraron aliviados. Los de la camiseta de fútbol. Los demócratas de la primera hora. Los curas que bendecían picanas. Los hombres y mujeres de bien que siempre supieron qué por algo los habrían ido a buscar. Los que llenaron la plaza a los asesinos festejando.
Estos, se adueñaron de una cierta verdad. Y durante las décadas siguientes intentaron silenciar todo.
Digo
Este cuento de navidad es una especie de festejo rabioso por un acto de justicia.
Una noche, uno de esos que hoy tienen la perpetua, estaba en un bar.
Libre, impune, sabedor que no habría castigo para el, héroe de cartón. No quiso pelear, defenderse. Se quedó sentadito esperando la ayuda que no llegaba. Temblando. Tembloroso, conoció el sabor del miedo. Por lo menos, ese, lo supo en carne propia.
Otro, que sacaba cuchillos de combate ante cada insulto, ya tiene su quinta cadena perpetua y ahora, finge una enfermedad para no compartir sus días en un pabellón de presos comunes.
El otro, el jefecito de todos ellos, cree que lucho en una guerra contra indefensos salvajes que querían un poco más de justicia. Ahí está la cárcel común, para todos ellos.
Porque se sabe. Las jaurías siempre terminan dejando atrás a los inservibles. Otros los reemplazarán llegado el momento. Esto lo sabemos también y de sobra.
Ahora el resto, nosotros, respiramos un poco más aliviados.
Las caras de todos los que nos faltan, están un poco más limpias. Las banderas siguen ondeando por ellos. Nuestras alegrías siguen siendo nuestras y vida tiene ya otros síntomas.
Hasta ahora, no hubo ni olvido ni perdón. Ninguno hizo justicia por mano propia. Elegimos hundirnos en nuestras tristezas, oscurecernos, convertirnos en sueñeros y seguir el rastro de ese dolor con olor a gusano que, en cada resaca nos asaltaba con nuevas furias y nuevos dolores.
Muchos de nosotros hoy ya no estamos. Algunos pegaron la vuelta, otros concibieron el sueño. Algunos se dejaron ir. Otros renunciaron sin previo aviso. Algunos aferrados a tanta tristeza se consumieron como las tardes de invierno. Otros clausuraron las palabras y como las mariposas fueron hacia el fuego.
Digo.
Estas condenas, sirven para los que crecieron durante estos años. Nuevas generaciones que tienen la oportunidad de comprobar como las democracias, esta por ejemplo, crecen a paso lento. Como se castiga a aquellos que fueron en su momento dueños de la vida. A lo mejor para ellos, para estos que crecieron en otro tiempo, este hecho les sirva para crecer en un sitio un poquitito más justo. Algo más limpio.
Entonces, sin nadie con quien festejar, me puse a destrenzar recuerdos. Nombres y cuerpos de aquellos, que compartieron junto a mí, una nueva vida. Porque si el deseo produce, produce lo real.
Nada más que por eso.
Recuerdo hoy a los míos, a los que durante años y años, me siguieron el rastro desde fotos en blanco y negro. A aquellos que desde la derrota, implementamos la memoria como el mejor arma.Como la manera más eficaz de resistir, asumiendo el riego de ser el tío viejo que en todas las fiestitas se pone melancólico y furioso, que siempre repite lo mismo y que finaliza cuando se apagan las luces y queda solo la estúpida sensación de ser el latoso de siempre, querible pero pesado alfinal de cuentas.
Por eso, ahora que los asesinos están en prisión. Los Juan, los Ricardo, los Alejandro, las Alejandras, los Carlos, las Susana vuelven a soñar un poquito más.
Nada más ni nada menos.
¡Ni olvido ni perdón!

sábado, 11 de diciembre de 2010

Una discreta esperanza

Hoy es sábado, en un barrio periférico de una ciudad lejana. Se oculta el sol, vuelve a salir, el silencio de la tarde se apodera de uno y uno como los gatos, solo quiere, intenta dejar que el tiempo bostece por mi. Hace frío, la gente realiza sus tareas , algunos vuelven del trabajo, otros lavan y cuelgan la ropa en sus ventanas. La vida sigue su rumbo. La vida sigue con sus cosas.
Ayer por la noche. Un amigo me preguntó si seguía pensando, creyendo en la revolución como lo hacíamos como cuando éramos furiosos. Me preguntó mientras nos mirábamos a los ojos, mientras organizábamos nuestra despedida, nuestra eterna migración.
Estamos más viejos. Estoy más viejo pero ambos, él y yo, somos la eterna demostración de la vida eterna. El leve ejercicio de una memoria que sigue y sigue.
Digo.
El fin de la historia con el que nos sorprendieron allá por los comienzos de los años ochenta, no fue un chiste de filosofía barata, sino algo más tremendo y siniestro. Fue la manifestación clásica, pura y desaforada de un conglomerado que había decidido pasar a la ofensiva. Era, es el lema de las corporaciones, la orden global que abarcaba, que abarca la orden despiadada para borrar el pasado. Todo pasado. Por eso, el disparate de Fukuyama nunca fue un vaticinio, como creyeron todos, fue la enunciación de una orden de batalla. El pasado, ese pasado de preguntas y revueltas, de ternuras y violencias, de conquistas y derrotas era el que se debía abandonar sino se quería perder el mundo mejor que comenzaba a ser parido. Había que eliminar el pasado y a aquellos que no querían desprenderse de el.
De esta forma el magnífico léxico político de casi tres siglos se tiró a la basura. Lo que costó sangre y dolor conseguir, comenzó a perderse.
Seguimos siendo las variables de los ajustes. De todos los ajustes posibles. Vasallos que debemos besar la mano del rey. Pobres de toda pobreza, buscamos otras playas para seguir y ahí, con nuestras manos de arados, con nuestros cuerpos de desiertos, con nuestros ojos de follaje, con nuestros recuerdos a cuestas, nos convertinos a poco de andar con la palma de la nuestra lengua acostumbrándose a otros sonidos, en los nuevos enemigos.
El problema es que los pobres, traemos con nuestras ropas, nuestra memoria. Un artilugio en desuso, pero una herramienta infalible. Porque nosotros los pobres y esto causa miedo y estupor en los jefes, tenemos con nosotros y para nosotros el infinito.
Digo.
Me pregunta mi amigo, si sigo creyendo en la revolución. Lo miro. El tiempo se escapa por la ventana de un bar amable. Una muchacha discute con un chico, suena por ahí, en mi cabeza, supongo una canción de Robert Wyatt. El camarero bosteza y la gente se apura en sus compras navideñas.
En Villa Soldati, allá lejos, acaban de matar, de asesinar a tres personas que solo querían construir sus chabolas, sus casas incipientes, su vida desdibujada. Eran hombres y mujeres, que un día o una noche cualquiera, salieron de sus respectivos paisajes para intentar vivir.
Un coche bomba acaba con la vida de 15 personas en Pakistán. Israel sigue con nuevos asentamientos sobre Palestina, rodeando y estrangulando a un pueblo originario. Europa, quiere más ajustes, mas cercenamientos de políticas sociales para evitar un desastre mayor. Los mercados están inquietos. Wikileaks es perseguida por los amos de este mundo y su fundador Julian Assange esta detenido en Londres por sugerencia del imperio.Una cárcel se incendia de manera imprevista y arrasa con demasiadas vidas para ser verdad.
Pero, además muere mucha gente en estos momentos en casi todo el mundo, falta de agua, de medicamentos, de comida. Guerras de baja intensidad, talas de bosques. En estos momentos uno está muriendo.
La muerte de ese uno, entonces, debería ser un escándalo de proporciones.
Los provos, los hombres de bien, lo que creen en el fin de la historia erigen muros. De diversa índole, textura y fortaleza.
No saben estos, que los muros son una parte mas de lo que antes se llamaba lucha de clases. Porque como decía Pier Paolo Passolin, la lucha de clases explica siempre a la guerra.
Digo.
El bien es en cierta medida inconsolable, por eso a veces soñamos con el derecho a ser como fueron nuestros ancestros. De poder recuperar la palabra, de hacer propia la palabra y construir con ella nuestras vidas, nuestros día a día. Porque utilizar las mismas que usan los poderosos y sus medios es habitar la desvastación circundante y la negrura reglamentaria.
Hasta no hace mucho, antes de la deshumanización que vivimos, los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos debido a que de alguna forma era este el futuro final. Por lo tanto vivos y muertos compratían un sitio interdependiente, solo el egoísmo, piedra angular del modernismo capitalista vieno a destruir esto. Ahora, hoy, los vivos pensamos en los muertos, no como muertos sino como eliminados.
Nos acostumbramos a todo. Nos hemos acostumbrado a la muerte desde siempre. Hoy nos acostumbramos a la pobreza. Y en la pobreza no hay nihilismo, porque para que lo hubiese, deberían ser personas acomodadas y, de hecho, no lo son. Además el nihilismo, como dice John Berger es la forma más actual de la cobardía humana.
Están por todas partes, son inasibles. Miles de millones, que son la gran mayoría del planeta. No es raro? Cualquier noticia, que te sirven a la hora de la comida habla de ellos. Extraño. Verdaderamente extraño.
Los pobres, los desheredados del planeta carecen de todo. Incluso, lo sabemos o presentimos mientras miramos televisión, que estos, lo pobres no tienen residencia.
No residen porque son pobres.
He aquí una cuestión. Los vencedores siempre sienten temor hacia los derrotados. Se alteran porque su tiempo es irreversiblemente corto, mientras que el de los vencidos es irremediablemente largo.
Digo.
Qué responderle a mi amigo, qué poema de Hikmet me regalará la vida en los próximos momentos. Qué palabras de Gelman vendrán asaltarme más tarde, cuando baje la guardia y quiera dejarme ir.
Se que su pregunta es para él. Que la formula en voz alta en atención a mí. Que se interroga y me interroga al mismo tiempo.Que busca que nuestras palabras se conviertan en mojones en el camino. Porque para pensar a escala mundial esta política debemos saber reconocer integramente tanto, todo sufrimiento que se vive. De eso debemos aprender en estos días.

Y si amigo, a pesar de todo sigo creyendo en la revolución.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Postales madrileñas


Día 1
A lo mejor esta sensación de cambio profundo, que se percibe sea solo una metáfora de cierta desesperación, de una cierta vecindad con algo inexplicable. Los otoños y la fisonomía del invierno que se aproxima hacen este trabajo más cercano.
El cambio de paradigmas que le dicen. La destreza cierta por saber que algo no funciona, que ese algo ya no es indestructible, que las cosas cambian y que uno, junto con ellas también.
El mejor disco de Soft Machine, "Thrid" de principios de los sesenta suenan de fondo.
Me pregunto: ¿Cuánto hace que no caminamos por los mismos sitios por los que caminabamos hace años? ¿Cuándo ha dejado de gustarnos aquello que nos gustaba no hace mucho? ¿Cuándo olvidamos el rostro amigo de aquella persona que nos conmovía profundamente? ¿Cuándo nuestro corazón, dejó de partirse en dos o rebotar de alegría?
Se viene un cambio, vuelven a escena Dionisios y Apolo. Vuelven los tiempos de búsqueda, de intentar conocernos, de acercarnos. De discutirnos un poco más, de aceptarnos también un poco más.
Madrid es igual que Buenos Aires, París o Singapur. Somos, en todo caso nosotros los que hacemos el paisaje.
Después del horror nos vendieron la postmodernidad. Ahí nos sujetaron fuerte. Habían definido el fin de la modernidad los perros de turno. Ahí aceptamos. Incluso cambiamos, modificamos, nos mojamos en esas aguas y pensamos que era otro puente mas que había que cruzar ordenada y disciplinadamente.
Volvimos a releer la historia desde otra óptica. Echamos una mirada nueva sobre el pasado y el presente. Disimulamos y tratamos de seguir siendo.
Ahora que los poderosos quieren devaluar, reunidos en la distante Seul, seguir ganando, recortar todavía más el espacio de las personas que conviven día a día con otras sensaciones, achicar el cuento de ser felices, algo pervive a pesar de tanto poder y ahí pierden el rumbo de nuevo, por que algo se mueve.
Ese algo es esta particular e inquieta sensación de algo nuevo. Solo es por ahora, una intuición, que se desgaja de otras que nos vienen desde siempre. Algo ya nada va a ser igual.
El vaticano y su santo padre, se esfuerzan porque España sea de nuevo la joya del credo inmutable. Pero ya nadie por aquí va a misa. El amor es un invento de los hombres y no se necesitan leyes para ejercerlo.
Digo.
Las transformaciones no se viven, suelen percibirse paso a paso, las vamos incorporando y un día las vivimos sin saberlo. Los cambios nos van llevando de a poco a otras instancias.
Pasamos de los profesionales de la palabra, de los doctores del sentimiento, de los senadores del placer. Nos quedamos como albañiles y construimos palmo a palmo, nuestra felicidad. Ladrillos y cemento, ayudados por nuestros iguales levantamos en silencio,entonando canciones de vino y alegría, una vida.
Así hemos ido andando. Arrancándole sonrisas a nuestros amores profundos y perpetuos.
Así sobrevivimos hasta hoy. A pesar de ellos, de suegras venenosas y madres aniquiladoras. Así descubrimos que la sensación de tierra que llevamos, se refleja en nosotros en cada gesto.
Por eso, este cambio de paradigma, este leve susurro de ríos subterráneos que nos sacude por momentos, está ahí. Solo resta tener paciencia y escuchar el murmullo que produce.
Digo.
El mundo tal como lo conocemos o creemos conocerlo, nuestras vidas como la conocemos o hemos creído conocerla, están cambiando, mutando a territorios diferentes.
La precepción ya se sabe, es cosa rara.
Me preparo mate. Ahora suena "Exactas" de un señor llamado Spinetta. La ciudad se nubla, algunos apuran el paso. Hoy es sábado y ya con esto está todo dicho. Miro los gatos, esperando debajo de los autos, que el frío sea solo un comentario más.
La música sigue siendo un vínculo exácto, profundo y casi eterno. Los libros, la poesía igual, la pintura otro tanto. El cine en cambio se ha quedado a la mitad del camino. No pudo resistir. Aquello que comenzó siendo una audacia, con telas blancas colgadas en los pueblos más lejanos de la tierra. Llevando historias y movimientos, asustando e impresionando al mismo tiempo. Todo esto terminó como una mueca. Hoy vemos cine desde sofás o camas mientras nos vamos consumiendo en el sueño triunfal de un día más o un día menos según quien haga la cuenta.
Cambio.
En este ajedrez de vida y muerte que jugamos, todavía nos queda tiempo para ser mejores que ellos. Esa es la diferencia fundamental. Ellos se aferran y nosotros elegimos ser viento que trae nombres.
Por eso, para eso está esta lujuria de la poesía y sus confines.
La palabra sigue siendo el camino y continúa definiendo todo lo que encuentra a su paso. Con ella, describimos y descubrimos. Nos amamos y nos dejamos amar.
Por eso, en este vaivén de cosas que fluyen, de rastros que se pierden, de pequeñas cuotas que se cumplen uno, yo, me arriesgo y confío como siempre en el futuro, que sin lugar a dudas será mejor, como decía Arlt, solo por prepotencia de trabajo, solo por ello ya es mejor.
De ahí que esta sensación trasnochada desde Madrid, en medio del frío, gris y abismal, desangelado si se quiere, me haya obligado a pensar en el cambio de paradigmas que se viene.
A lo mejor y sin lugar a dudas, y siempre y mucho más decididamente del lado de Dionisios que de el de Apolo creo que los tiempos están cambiando, para bien o para mal, están en eso los tiempos.
Haciendo su tarea, ni más ni menos.
Un abrazo
Madrid 13 de noviembre de 2010

domingo, 31 de octubre de 2010

Tristezas Argentinas


"Nunca me metí en política, siempre fuí peronista" decía un personaje en una novela del inolvidable "Gordo" Soriano y los que andábamos juntando los pedazos de la derrota, sonreímos de costado.
Ni buenos ni malos, apenas incorregibles, decía Borges, Jorge Luis por ahí y los que tratábamos de no olvidar ni nombres ni rostros, mientras sonaba Keith Jarret, asentíamos la bondad de la ironía del más inglés de los escritores en castellano.
Así fuímos guardando entre las medias y la ropa interior, recuerdos, nombres, valentías y cobardías.
Un día nos llegó Malvinas y los argentinos llenaron la plaza, perdimos y fuímos a putearlos. Vino la democracia, con la que se comía, se curaba y se educaba.
Y ahí fueron a votar, los que antes decían que por algo habrá sido, algo habrán hecho y se convirtieron.
Digo.
Se convirtieron en los demócratas más acérrimos. Los inventores de la democracia. Les recitaron el preámbulo y ya, éramos democráticos que los mismos ingleses o franceses.
Estos, los gobernantes de la timba, perdonaron a los que estaban embarrados en sangre hasta las orejas. A los jefes no, algunos de ellos, cayeron en la partida. Los otros, los que metían picana, los que violaban, los que mataban amparados por la cruz y el dinero, a esos no. Esos debidos a la obediencia, fueron perdonados.
La cosa siguió, hasta hubo dos demonios para tranquilidad de los bienpensantes.
Después vino otro, con poncho, patillas, bombo y escarapelas. El día del triunfo se fué a su pueblo en los llanos y se llevó con él, al directorio de Bunge y Born.
Los vientos clamaban, pero ahora había que vender.
Seguimos siendo los más demócratas entre los demócratas del mundo. Nos enseñaron eso de las relaciones carnales y mientras nos hacían los que nos hacían sin decirnos apenas que nos querían, soltaron a los asesinos.
El medio argentino, ya que no era ni siquiera argentino medio, se contentó igual, con el dólar a un peso, se atrevían a todo, cámaras, pisitos, autos, créditos, tarjetas de cédito, y, "qué vivo es este tipo" decían en el bar, los que como sabihondos y suicidas, seguían esperando por cierta esperanza.
Después de casi diez años, llegó la honestidad, que dejó una treintena de muertos un 20 de diciembre como epílogo, un corralito y la sensación seca de tener que comenzar de nuevo, sin llorar, a enderezar los caminos.
Pasaron tres en el gobierno que no hacían uno.
Digo
Estamos rodeados y son para peor.
Hasta que llegó este. Ganando por poco a uno de los anteriores. Nadie daba tres mangos por él. Duraría lo que suelen durar las farsas.
Sin embargo, ese día luminoso de justicia, cuando hizo subir a una silla al militarito de turno para que descolgase el cuadro del dictador, ese día, a muchos nos cruzó una sonrisa el almita atribulada que portábamos.
Otro día, dió la orden terminante de no reprimir ninguna protesta. Esa noche, algunos bailamos alrededor de ciertas fogatas, entibiados por el vinito salvador, que nos permitió abrazamos largo, mientras sonaban los redondos en el equipo.
Otro día, apuró a los lerdos y la justicia volvió a la carga para meter preso a tanto asesino suelto y prejubilado. Abolió leyes terribles e inmorales. Ahí, en ese momento, compartiendo mate y canciones, nos buscamos los ojos, para mirarnos largo y sabernos a pesar de todo que estábamos casi bien.
En ese momento crucial, cuando Madres de Plaza de Mayo decide, que ahora la acumulación debe dirigirse a otros horizontes y que venía el tiempo del castigo y de la justicia, ahí supimos que este tipo, parecido a un actor cómico de televisión, estaba haciendo cosas inéditas.
Digo.
Los setentistas en serio, los que venían del palo, no los tilingos de coordinadoras ni chicago boys, sino aquellos, que enterraron en el patio del fondo, libros y libretas con direcciones, aquellos que salieron de noche por techos y ventanas. Los que tuvieron que hacer artesanías en Minas Gerais, los que debieron cambiar de ciudad, los que encerrados entre tanta lluvia, tuvieron que esperar, encontraron en este tipo, con sus errores y sus aciertos, a uno de ellos.
No se llora la muerte de un compañero. Se lo reemplaza y se sigue. Ahí está la compañera, que no se parece a la otra viuda y por suerte ni siquiera hay ningún Balbín a mano.
Pero hay otros. Esos que se llaman "La oposición", los domesticados, los esclavistas con ganas de seguir haciendo negocios, los traidores a reglamento, los gimnastas de la entrega, los cómplices de la desmemoria.están ahí esperando por su oportunidad, vociferan, hablan de tiranías. Se amansan unos a otros, esperando por el fin del oprobio, el de ellos, claro está, no el de nosotros.
No hace falta más, a estos ya los conocemos. Solo falta recordar. No olvidar, saber que esos, también son la contra.
Uno, cualquiera puede estar de acuerdo o no. Lo cierto, que este, hasta ahora fue el único que se acordó un poquito del resto. Ahí está la asignación por hijo, más allá está el aumento de reservas, también más acá está la "estatización" del Banco Central, las jubilaciones y otras cositas, que en el fondo volvieron a ser de nosotros.
Quedan cosas. Quitarle el poder a los medios, a los grandes medios de comunicación, democratizarlos, hacer de ellos, lo que deben ser medios de comunicación y no centros de poder. Es una batallita. La otra, es repartir las ganacias de las empresas con los trabajadores, darle otra vez sentido a la palabrita tan mal usada y tan gastada: plusvalía.
Días de tristeza fueron estos días. Sin embargo nos queda la sensación de haber pasado un buen tiempo con un tipo, que nos volvió a descubrir la política, esa que siempre nos hizo sentir estar entre la gente y en medio del tumulto.
El resto, como siempre es un desierto, sitio en donde los que sobrevivimos nos hicimos baqueanos, en donde nos refugiamos esperando hasta que aclare, como síntoma, como siempre se estipula en estos casos.
Me queda la imagen de esa mujer llorando, como la de aquel colimba del '74 mientras pasaba el cuerpo del otro muerto ilustre.
Tal vez sea esto el peronismo. Tal vez de eso se trata todo. De apechugar la tristeza y seguir tirando hacia adelante, sin elaborar toerías sobre el populismo o el peronismo.
Entonces, dos fotos, esta, de ahora tiene más fuerza que todo lo dicho, pero había que decirlo.
Un abrazo.

jueves, 7 de octubre de 2010

La fiesta de varguitas


Pasaron veinte años desde que los suecos, se dignaran siquiera a mirar la literatura escrita en español o castellano o en esta lengua que para ellos, para los del norte suena como una especie de dialecto tercermundista. Para algunos habitantes del reino español también, pero esa ya es otra cuestión.
Mario Vargas Llosa es premio nobel.
Gana la literatura de nuestros territorios, gana un impulso grandioso la gran fabrica de sueños que es Latinoamérica. Con varguitas, gana una forma literaria extraordinaria. Podemos coincidir con él, en este ámbito, a lo mejor, en el otro, no, pero eso es lo de menos.
Digo
Vargas Llosa, es de derechas, liberal y representante del pensamiento dominante. Nos podrá parecer excesivo, pero es su postura. Correcta o no, representa ese pensamiento provinciano de blancos en territorios de salvajes. De "gente bien" que se desgarra las vestiduras ante tanta tiranía populista. Ante tanto descamisado hediondo, que tiene los mismos derechos de tanto blanco ultrajado.
Vargas Llosa encarna eso. El apoyo irrestricto a políticas de saqueos, de achiques de estados, de mercados que se regulan solitos y de unos cuantos lenguaraces que apoyan la mano dura, cuando los que se sublevan y no aceptan, son los sublevados sin nombre, los de abajo, los de las entrañas de la tierra, mejor dicho los habitantes de ese subsuelo sublevado.
Ese pensamiento, por el cual, lo adoran en Europa. Esa forma de ser, el mejor entre los esclavos, que prefiere que su tierra sea un simil de la quinta avenida a ser, lo que es.
Sabemos que un liberal con miedo, siempre es un fascista.
Digo
Con Vargas Llosa, escritor, ensayista, el territorio de la ficción tiene a uno de sus más grandes talentos. Un escritor necesario, inabarcable y esencial a la hora de entender algo más de esto, de este acto de verdades de las mentiras.
"La Guerra del Fin del Mundo", "La Fiesta del Chivo", o yendo hacia atrás "La Tía Julia y el Escribidor", "Conversación en la Catedral", "Pantaleón y las Visitadoras", son solo algunos de los rastros de esta frondosa obra que carece de límites.
Un escritor que desde su Perú, retrata un mundo. Que nos obliga a descubrir las sendas de una obra que desensilla y se nos acerca entregando una narración interminable, que desde el comienzo mismo nos hizo, mejor dicho me hizo, descubrir a un escritor en la mejor tradición de la literatura. Aquella que cuenta y cuenta sin detenerse ni un segundo.
El lector, descubre lo que varguitas quiere que descubra.
Así es este continente brumoso que se llama América, Sudamérica, Hispanoamerica o América Latina o simplemente una tierra que fue descubierta y abandonada, que se nutre de sueños locos, de memoriosos, que sin llamarse Funes, recuerdan y se apaciguan en la literatura de este escritor notable, que habita este espacio y que siempre nos lo recuerda.
Vargas Llosa es fundamental para entender los orígenes del viento, el sonido de las nubes y de manera grandiosa, hacernos descubrir entre tantas páginas, huellas de un creador que carece de límites y que afortunadamente, en cada novela, logra conmovernos, hacernos un poco mejores.
Menos mal que en el reino de Suecia, alguien piensa y se acuerda de un tipo como Mario Vargas Llosa, un escritor torrencial y necesario a la hora de entender un paisaje, que sigue creando ficciones a sus 74 años para alegría de aquellos, que defendemos con cierto ardor el país de la imaginación, la nostalgia por las buenas historias y la sensación de estar siempre con un tipo que sabe regalarnos la más rotunda de todas las mentiras que siempre suele ser la literatura en estado puro.