En Zona

domingo, 6 de noviembre de 2011

Postales de Madrid

Fue una semana cargada de noticias. La situación es de crisis, las costumbres comienzan a cambiar y la gente se apretuja mas buscando calor. La cosa no tiene arreglo según parece. No hay alianzas posibles. La vida sigue a pesar de todo.
Los que perdieron esta vez, siguen sin comprender la razón de la derrota. Siguen esperando como perros en la puerta, los huesos que tirarán los dueños. Se olisquean y se lanzan mordidas al aire. Se gruñen y guardan el rabo entre las piernas flacas. Hacen cola frente a una ventanilla y esperan.
La guardia de todos los días. La misma milonga de los que siempre son vencidos. Los derrotados que olvidaron en qué bando estaban. Los que creyeron que se habían terminado las ideologías. Los mansos que se apresuraron a brindar con los vencedores anudando una especie de tristeza en sus corazones tratando de olvidar para seguir adelante.
Ahora que todo se desmorona, en una mesa de café ingrato, alguien pregunta ¿Por qué los demócratas no quieren la democracia?
Porque la democracia, en sí misma es un peligro. Porque opinando libremente los pueblos pueden llegar a decidir que clase de soga quieren en el cuello. Me digo, me dicen mientras las cenizas se acumulan en el cenicero libertario que nos congrega.
Las democracias europeas, no quieren que los griegos elijan. Vaya, vaya con la democracia del primer mundo. Mi vecino, me dice los socialistas españoles solo son rojos en las campañas, luego son católicos y de derechas cuando gobiernan. Después de ocho años de gobierno, parece tener razón.
Las empresas quieren más. Los empresarios quieren más. Ahora van por la salud pública y la enseñanza me desliza el mozo que nos acerca la dósis de cafe.
Grecia que había planteado una pregunta a su pueblo, recibió las amenazas reiterada de los dueños de la democracia occidental. Esos mismos, que después dan lecciones de gobernabilidad a los países latinoamericanos.
Por eso el cartel en español de la foto, en plena batalla campal en Atenas, nos emociona a nosotros,  los viejos que andamos inquietos, casi sin sosiego a la espera de la justicia.
De alguna manera el ecándalo con Grecia tendrá su precio, cuando los mercados terminen de comerse la tajada de este país. Cuando vengan por el resto, al darse cuenta de lo fácil que ha sido todo y de lo fácil que será.
No hay posibilidad de preguntarle al habitante de a pie si quiere ser un esclavo toda su vida. Mientras los políticos sigan siendo los amanuenses de los poderosos y en nombre de ellos, hagan negocios y dividan las ganancias. Mientras eso siga ocurriendo, los pueblos seguirán sometidos a esa especie de traición consentida. A ese juego de engaños.
Digo.
Somos lenguaje. No hay casualidades. Somos lo que hablamos y de ahí, que cuando recordamos asesinamos la verdad. La recortamos y ejercemos la manía como herramienta eficaz para construir lo que deseamos. Somos deseo. Buscamos acordar con lo que fuímos, aun a riesgo del grotesco. La construcción del deseo desde ese lenguaje que nos construye todo el tiempo no nos plantea nada más que la muerte.
Queremos parecer a cualquier precio por eso nos regodeamos en el fetichismo de lo ilegible. Negamos la intemperie, el afuera mismo y nos consolamos en una especie de arritmia de la desesperación.
Hago un punto.
Una vez hubo un hombre, que escribía, que pensaba y que desde su puesto creía en un tiempo de justicias. Ahora que muchos culpables van camino de la cárcel, me acuerdo de Roberto Santoro.

Escribía:


LAS COSAS CLARAS
mi voz está en su sitio
el corazón sabe algo más porque me duele
por eso digo:
terrible oficio
es repartir equivocadamente los abrazos
y que el alma viva entre perros hambrientos
uno de mis errores
fue creer que todos éramos hermanos
y ahora
no se le puede cambiar el horizonte a la nostalgia
hay que olvidarse de las viejas sonrisas
y andar con el dolor a cuestas
para que sirva definitivamente
nunca dije
mi lágrima fue grande
sufrí
no me quisieron
cada uno conoce su dolor
y sabe de qué manera hablarle a la desgracia
que venga la vida y me golpee
de nada vale cerrar los ojos
un hombre dormido
es un dolor que descansa
es duro el amor cuando se niega
un día sin embargo recuesta sus abrazos
apoya su misterio en mi cabeza
y me lleva a vivir al primer piso de un incendio
no comparo
simplemente doy mi fruto
y espero
la semilla más humilde
puede brotar el fuego o la hermosura
si estoy acorralado entre dos besos
decido acurrucarme al pie de mi corazón
y sueño
soy triste hasta los zapatos
a la hora del té
mi alegría se sienta y llora conmigo
pero sostengo que un día
aunque el amor sea el hermano implacable de la lluvia
de mi casa a tus ojos
no habrá naufragios

Lo fueron a buscar al colegio nocturno en donde trabajaba, lo sacaron a rastras y lo metieron en un auto. Los alumnos quisieron defenderlo, pero los lobos iban armados.
Nunca más se supo del poeta.  Ahí quedan sus libros, ese amor desmedido por la vida y la justicia. Ese tiempo nuevo que galopaba a nuestra par, paso a paso nos seguía la vida por aquel entonces, por aquellos años.
Para ellos era una guerra. Para nosotros una revolución. 
Santoro era poeta. Miraba el mundo desde una palabra, nos regalaba sus palabras y crecíamos enredados en ellas. Algunos, después nos fuímos del barrio. En algunas mundanzas quedaron algunos libros pérdidos, en otras esos libros eran lo priemro que guardábamos para la nueva biblioteca rebelde que habríamos de fundar.
El tiempo pasó y de a poco nos reencontramos algunos. Ahora nos quedan algunos poemas sueltos, que al releerlos nos vuelven a entibiar el corazón, a sentir su mirada y oir su risa.
Se llamaba Roberto Santoro, era poeta y creía en la revolución. Lo fueron a buscar y lo encontraron como siempre, solo y trabajando, como suelen hacer los hombres de bien, algunos valientes y los poetas que saben el valor permanente de las palabras y el mundo que definen, algo siempre tan ajeno a los enemigos que no saben ni comprenden el valor de las palabras.
Digo.
Mientras tanto, mientras el tiempo enviuda, leo con fascinación una novela de un gran escritor. Leo la vida de padre e hijo, buscando alternativas. Me asomo a la vida a dos personas, que escapando buscan encontrarse. En un mundo en donde no hay demasiado tiempo. En donde todos estamos hipercomunicados, ubicables, sitiados por la tecnología del último aparito que nos hará más felices, más anestesiados, más histéricos.
Mientras todo esto pasa, me encuentro frente a frente con una historia que me conmueve. 
La vida de los Baciagalupo en el norte lejano, en un norte ajeno. La vida de ellos contada con amor por John Irving. "La última noche en Twisted River" se llama. Es noble, es buena, notable.
Es una historia que se agradece, a pesar del tamaño, es un inmejorable ocasión para descubrir ese apego que tienen ciertos escritores por las buenas historias contadas al borde de un fuego que cobija al mundo de tanta desazón. 
Una historia de amor. Una gran historia de amor entre un padre y su hijo. Un recorrido por lo más absurdo del mundo. Hoy, aquí y ahora una historia que nos define. Somos lo que leemos ¿Lo somos? Si somos lenguaje, bien podemos ser lo que leemos, bien podemos ser las historias que cuentan otros. Nos leemos y nos evocamos de forma constante. Nos definimos entre todos, la locura no es un hecho aislado, nos precede y nos cobija. Somos lo que nos cuentan, lo que nos narra en definitiva. Lo que nos dibuja a contraluz es lo que el otro nos enseña, lo que nos forma y de lo cual emergemos con rastros del otro. Somos ese elemento que nos hace dirimir todo lo que haya por dirimir.
Sabemos el final, por lo tanto y mientras tanto intentamos perdernos en historias que a la larga, son siempre la misma.
Vuelvo.
Una novela perfecta de un escritor metido en la mejor tradición narrativa. Una historia que conmueve, que acompaña y que permite la emoción.
Por un momento, antes de dormir o en el autobús, sin teléfono ni red social, recorro junto con Danny la vida que vive al lado de su padre cocinero. La vida que de por sí, no es poca cosa. Ahí en dos personajes de Irving, recomponen algo de un paisaje que se pierde, que se reconquista y que termina siendo eso que algunos atrevidos suelen llamar vida.
Buena novela, impecable y en las antípodas de aquello que aquellos modernos de siempre exigen del arte creativo. Una novela tradicional en lo narrativo, pero con una vitalidad que abisma.
Recomendable para aquellos espíritus inquietos y con ganas de retozar en las buenas narraciones que tanto nos vienen haciendo falta.
Mientras tanto el domingo acaba, llueve y el frio se adueña por esta noche, de la ciudad casi desierta y ajena.

sábado, 29 de octubre de 2011

La vida como siempre

A veces algunas obsesiones tienen un valor extraordinario para aquellos que suelen perseguirlas en el arduo mundo que nos somete. John Berger un escritor que hay que leer y comprender en toda su necesaria obra, vivió mucho tiempo sujeto a esta imagen.
Un hombre caminando bajo la lluvia, que, representa con su cuerpo toda su obra. El hombre se llamaba Alberto Giacometti. Y simplificando mucho, tal vez demasiado, pienso, el artista es nada menos que su obra manifestada. Ese hombre que se cubre mientras cruza una calle de París, a lo mejor es como su visión artística. Sus esculturas son él, pese al blanco y negro de la vieja imagen del Paris-Match, pocos años antes de su muerte.
¿Pero qué forma la obsesión de un hombre que mira un detalle de la vida de otro?
Con el escultor suizo, se arriba a la cima de la modernidad, nos dicen. Con su obra se radicaliza la mirada, se hace menos complaciente y arrastra esa falta de atributos que posee al hombre moderno. Sus figuras se estilizan en metales, tornan infrecuente la disposición de comprender esa alegre y terrible forma andante de una era, la modernidad y de toda su tragedia devoradora. Giacometti, nos dice él desde su cuerpo, en su trabajo, que en definitiva su escultura era sobre la nada y era sobre todo.
Ese hombre cruzando una calle bajo la lluvia. Ese atributo de ser semejante a su deseo. Ese breve instante en donde se conjugan lo hecho con lo que se es. Porque en realidad como decía alguien la realidad es razón y en Giacometti y después en John Berger esa realidad se entremezcla con la vida, se nutren y se devoran como siempre se hace con los hijos o con los buenos amores.

Digo.
En el interior de la modernidad solo vive la contradicción. De ahí, en ese gesto a lo mejor radica el curso que se sigue casi a ciegas. Mejor dicho a ciegas secamente. Hemos comprendido que la perfección no existe al no existir ningún dios que lo pruebe. Somos sujetos a la pasividad, nos dejamos e insistimos en esta feria trashumante que nos informa, que nos tiene sujetos, no como sujeto, sino como rehenes de algo que nos hipnotiza.
Nos ofrecen, nos informan, nos comunican y miramos, desde afuera como conseguir un poco más de ese algo que se nos ofrece. Porque sabemos de sobra que el capitalismo es enemigo terminante del goce y sin embargo la invitación al goce, tiene su lateralidad. Nos conmueve el arrebato pero nos quedamos con la tele encendida esperando.
Creemos que consumiendo, en el hecho de consumir, nos desinstalamos del circuito que nos cobija, para acercarnos al otro, a aquel que nos permita triunfar, dejar de ser un perdedor y pasar a formar parte de esa fantasía del mal gusto que siempre son las clases dominantes.
Por eso soñamos con trepar, una escalera interminable. Ser mejor, tener mas que el otro. O tener al otro a como de lugar.
Envidiamos y deseamos. Somos objetos deseantes, que queremos ser deseados o seguir deseando.
El que nada tiene, quiere estar más arriba en la escala nominal. Sacar la cabeza por sobre el resto.
Volvernos importantes, sentirnos importantes por rangos, edad y otras estupideces. Creernos demasiado.
Estirar el cuello para ser visto y para ver.
A lo mejor desear lo del otro es sencillamente desear al otro...
Pero esa ya es harina de otro costal.

Digo.
ALLEGRO

Toco Haydn después de un día negro
y siento un sencillo calor en las manos.
Las teclas quieren. Golpean suaves martillos.
El tono es verde, vivaz y calmo.
El tono dice que hay libertad
y que alguien no paga impuesto al César.
Meto las manos en mis bolsillos Haydn
y finjo ser alguien que ve tranquilamente el mundo.
Izo la bandera Haydn -significa.
"No nos rendimos. Pero queremos paz".
La música es una casa de cristal en la ladera donde vuelan las piedras, donde las piedras ruedan.
Y ruedan las piedras y la atraviesan
pero cada ventana queda intacta.

 Este año los suecos nos dieron un regalo formidable, eligieron a un poeta secreto, un poeta notable. Un hombre que se quedó sin habla y que escribe desde ese silencio. Un hombre que se detiene en el ritmo, que entrecorta la respiración y medita.
Tomas Tranströmer un buen día decidió distanciarse de sus compañeros de década, de sus compañeros de generación poética,  así comenzó a alejarse de los temas sociales, de los temas de denuncia para adentrarse en un espacio leve, casi silencioso. De a poco, fue, es, uno de los mejores poetas de Suecia. Un poeta que pocos conocen y que sorprendió al mundo entero.
Algunos se dirigieron casi furiosamente a las librerías para rastrear títulos de este hombre, que en 1991 perdió la palabra a causa de un derrame, que también le paralizó la parte derecha parte de su cuerpo. Que le obliga a llevar el brazo derecho plegado como un ala sobre el pecho.
El cuerpo afectado. La palabra viva. La palabra que sigue su curso, que se eleva como objeto deseante. Que estructura desde la palabra y demuestra que ninguna es inocente. Que el lenguaje nunca es inocente.
O por lo menos eso suelen decir los que saben.
Tranströmer trabajo como psicólogo en una prisión. A los privados de cuerpo se acercó buscando sus palabras. Ese discurso sostenido por aquellos que están ocultos a la sociedad. A los presos, a los deshechos de la sociedad, los descartes que siempre se ocultan detrás de barrotes y altos muros.
Pero hay otros datos.
Desde 1996 no era premiado ningún poeta por la academia sueca. La poesía había sido acorralada. Olvidada en el desván de las cosas sin interés. Por eso es doble esta alegría.


NOCHE-MAÑANA

El mástil de la luna se ha podrido y la vela arrugado.
La gaviota flota ebria, más allá, sobre el agua.
El pesado cuadrilátero del muelle, carbonizado. El matorral se
    doblega en la oscuridad.
En la escalera. El amanecer golpea y golpea
en las verjas de piedra gris del mar y el sol crepita
cerca del mundo. Semiahogados dioses estivales tantean
    en niebla marina.

Digo.
Ya va siendo hora de comenzar a pensar que aquellos, que fueron dueños de vidas y haciendas en Argentina, pasarán lo que resta de sus vidas en prisión. Cadenas perpetuas para los asesinos, que confiaron en la impunidad y en los supuestos lazos fraternales con los civiles que los apoyaron.
Civiles que en algún momento habrá que comenzar a tener en cuenta a la hora de la justicia.
Aztiz, el tigrecito Acosta, Cavallo, son las muescas que llevan nuestras memorias.
Condenados por tirar gente viva desde los gloriosos aviones de nuestra marina de guerra. Expertos en la picana eléctrica en testículos y vaginas de peligrosos enemigos maniatados en flejes de metal, para que el fluído recorriese toda la humanidad posible.
Audaces violadores de enemigas también maniatadas. Probados combatientes en el robo de bebés recién nacidos.Valerosos soldados en el secuestro de gentes indefensas. Altivos defensores de la patria comerciando con bienes robados a sus víctimas.
Nunca un combate, ni siquiera un mísero intercambio de disparos contra tropas enemigas. Siempre los muertos los puso el otro lado.
Suena "Idiot Wind" de fondo.
A lo mejor entre tantos motivos que subyacen en el triunfo abrumador del domingo 23 de octubre, esté, entre todos ellos, que un día un presidente argentino decidió acabar con la impunidad, con la hipocresía de una parte de la sociedad más que dispuesta a coquetear, cuando las cosas no son como ellos quieren, con los asesinos a destajo de siempre.
A lo mejor, un porcentaje de esa avalancha de votos, tenga que ver con la memoria. Con el no haberse resignado, con el no haber cobrado indemnizaciones, con el no haber traicionado, con el no haber retrocedido.
Cierto es que en muchos momentos de esta democracia, parecía que la soledad nos cobijaba. Cierto es que por momentos, al verlos sonrientes, bailando en discotecas de lujo, uno debió combatir como pudo, tanta desmoralización recomendada.
A lo mejor, muchos los que el domingo fuímos a votar por este proyecto de inclusión social, lo hicimos en nombre de los compañeros, por eso este miércoles a conocerse las condenas a los genocidas, una sonrisa nos recorrió la espina dorsal de esa memoria colectiva, combatiente, que nos mantuvo a todos, juntitos cuando los incendios y las tormentas, nos dejaban solos, sin caballo y ne medio de la noche.

Digo.
Escuchando a Bob Dylan, descubro que Barry Feinstein ha muerto. Fotógrafo, editorialista mediante la imagen, Feistein fue el hombre que plasmó el rock en blanco y negro o en color. El hombre que retrató como pocos la cara de ese regocijante mundo de los años sesenta dentro del mundo del rock and roll.
 Ahí está Bob Dylan en el comienzo de la rebeldía a mediados de los años sesenta. En el paso de un amable cantor de canciones de protestas a un iracundo con guitarras eléctricas, dejando atrás a muchos seguidores desilusionados y atrayendo a otros, menos adictos a las buenas y virginales costumbres.
Feinstein fue su fotógrafo durante muchos de esos años. Lo retrato y lo expuso desde una forma diferente. No era el héroe envasado, era un tipo que hacía canciones nada más. Dylan no aspiraba ni aspiró a conducir ninguna revolución. Solo quiso cantar y a su manera, construir una parte de aquel mundo nuevo que por aquellos años parecía estar a la vuelta de la esquina.
Pero, el cambio estaba en el aire. Nada era estático, salvo los dueños del poder y sus sirvientes. El resto, buscaba una transformación, un nuevo aire que surcaba los cielos de aquellos años.
La contracultura iba poco a poco, desterrando viejos fantasmas. Algo iba cambiando bajo nuestros pies. La música, las costumbres, el amor. La definición sobre aquellos que se ubicaron en la vereda opuesta. La época era de cambios y los cambios ocurrieron.
Fueron años de torrentes. De transformaciones, de olores nuevos. Músicas que llenaban la cabeza a aquel que se mantuviera despierto en cuestiones nuevas.
Suena ahora "Shelter from the storm".
La última foto en vida de Janis Joplin fue realizada justamente por Feinstein, el día anterior a su muerte. Foto que después sirvió para la tapa de su disco "Pearl",  el último disco de ella. Joplín recostada sobre un sofá, sonriendo.
Con una facilidad. Con una tranquilidad que hoy sabiendo, no deja de
ser una parte más de esa fotogrfía que a principios de los años setenta estuvo entre nuestras inexpertas manos.
O acaso cuando uno habla de cádaveres exquisitos, no se refiere a esa posibilidad cierta que arañan siempre los adolescentes y la muerte en un baile o danza que se baila desde siempre para explorar esa posibilidad de dolor que nos tenemos reservados a nosotros mismos.
Por ahí camina la figura fuerte de Arthur Rimbaud, marcando la pista con su propio cuerpo. Dejando la placidez del mundo perfecto de la poesía para ser un aventurero en el África, contrabandeando armas y otras esencias. Abandonando una de las mejores y rotundas obras que marcaron el mundo cortés de la burguesía devoradora de sí misma.
Pero vuelvo a Joplin y su cuerpo.
41 años después de su muerte, sigue sonando su música, esa garganta quebrada sigue rasgando los dobleces de la noche. Hastiada de sus vecinos, invadida por ese espíritu libertario que despojó ciertas máscaras en los años sesenta, se fue a San Francisco a vivir. Y vivió.
Feinstein estuvo ahí para certificarlo. Para dejarlo congelado en un momento. Una fracción de segundo, un breve pestañeo. Una suave ráfaga y una imagen queda detenida para siempre en la memoria colectiva de miles.
A lo mejor porque la fotografía es la memoria plasmada en un papel. Sujeta a la eternidad sin poder dejar ser traspasada por los años. La foto permanece como rastro. Como marca o mejor dicho como discurso que es adjudicado por nuestras intenciones a una etapa de nosotros y nuestros cuerpos.
Hago un punto.
En volumen cero, la tele de golpe me lanza la imagen de Walter Vidarte. Tenía ochenta años y el cáncer lo derrotó en esta lejana Madrid.
Me acuerdo de "Alias Gardelito" cuento de Bernardo Kordon y llevada al cine por Lautaro Murúa. Walter hacía de "Picayo" el cómplice, el secuaz de Gardelito. Película que pone en blanco y negro, la obsesión compulsiva por la altura.
El ansia de trepar, de "ser" alguien.
Pero vuelvo al uruguayo Walter Vidarte que se murió hoy.  Esta ciudad que era la suya y en la cual recaló cuando las bandas armadas de la derecha lo fueron a buscar a su departamento de Buenos Aires.
El junto con otros, encabezó la larga marcha de aquellos que debieron abandonar todo para salvar el pellejo.
Actores, intelectuales, hombres del pensamiento debieron salir casi con lo puesto por el único delito de pensar un mundo mejor. Un mundo en donde la solidaridad y el respeto por el projimo eran las esencias del mundo en cambio.
Walter como muchos otros, en su momento eligió de que parte del muro quería para si. Y eligió como muchos, como los mejores de la historia, estar del lado de su conciencia, del lado de su corazón.
Y como sabemos, el corazón a pesar de muchos, sigue ubicado del lado izquierdo.
Nada más.

martes, 25 de octubre de 2011

Un luminoso día de justicia

En algún momento del domingo me detuve a pensar. A recordar momentos y sobre todo sensaciones que me cobijaron durante largos años. Acompañado por esos bailes de la historia, fuí a votar en una desangelada Madrid. En una otoñal tarde llena de fantasmas, de gestos no entendidos, de palabras no correspondidas.
Se, por razones que a veces solo conozco, que debía votar el domingo. Se que debo volver a explicar una idea política en un país, España, que no tiene demasiada idea sobre la política. Presumo que debo volver a intentar decir, que el puesto de lucha siempre está del lado del más pobre, del que menos tiene.
Pero suena impreciso, lejano y hasta un poco gilipollas.
Ser peronista es una especie de travesía permanente por un desierto siempre demasiado ancho y terrible. Es estar sujeto a traiciones, sabiendo que siempre las habrá. Que no es un todo y que ninguno piensa como ninguno a la hora de elegir los enemigos. Porque en el peronismo siempre se tiene enemigos no oponentes, algo que siempre suele ser nombrado en las diferentes y modélicas fuerzas políticas democráticas y al uso de los países civilizados. Y eso en el peronismo se sabe. Se aprende, se vive
Invariablemente cada vez que el peronismo fue desalojado del poder, se hizo con un alto costo en vidas, prisiones y exilios. Es que al peronismo se lo combate siempre a fuego y sin clemencia, porque al decir de un demócrata la clemencia es la leche de los tibios.
Digo.
El domingo se explica como el resultado de una política plena. De una política que convive con los argentinos desde hace mucho. Del juicio a los genocidas, de las políticas pensadas para los que no tienen ni políticas. De la solidaridad ejercida como un mandato. Surge de la confrontación entre los que desguazan el estado y aquellos que se presienten orgullosos herederos de los padres de la patria y el resto. Ese que casi nunca tiene voz ni amparo. Que no conocen la justicia pero que se reconocen en el color y sus hambreadas esperanzas con el resto de un continente que combate por el minimo respeto de ser lo que siempre han sido.
Esos desheredados que roban, que cortan las calles, que molestan y que encima pretenden ser iguales al resto de argentinos. Habitantes de esa especie de esperanza blanca que se llama la argentinidad.
¿No se explica? El reparto del PBI en partes iguales entre empresarios-corsarios y trabajadores. La asignación por hijo, la obligatoriedad de la educación, los planes sociales. El orgullo de un trabajo digno, de una jubilación también digna.
Faltan cosas. Quedan cuestiones. Pero a lo mejor, el domingo algunos votamos por una imagen inédita en un país también inédito. El anterior presidente, con que se inició todo esto, un buen día puso de pie la dignidad de muchos argentinos.
El como presidente democrático hizo descolgar el cuadro de un genocida. Llamó a un general y lo hizo subir a una silla para que bajase el cuadro en el centro de estudios de los mismos militares.
Gesto profundo y mal que les pese a muchos, defensor de la democracia, a la cual muchos defienden desde la comodidad y cuando conviene o cuando se sienten invadidos por esa terquedad que siempre suelen ser sus derechos. Los mismos que aplaudían a rabiar a los defensores de la patria, secuestrando, violando o asesinando o a aquellos otros, que siempre piden volver a los designios del banco mundial, a achicar el estado y el que no se escondió que se embrome.
Son, siempre suelen ser como aquellos tíos que se creen importantes. Que se escudan en su edad o grado de pertenencia para no entender que la historia pasa siempre por otro lado.
Tíos que suenan progres y a la hora de la espada dicen no saber nada. Personas que resaltan su importancia a fuerza de declamaciones por ser incapaces de involucrase con los distintos diferentes.
Digo.
El peronismo sigue siendo el hecho maldito. Apenas se soporta que una mujer les gane. Como no soportaron a aquella otra, que desde su puesto de lucha los estigmatizó. Los denunció y los humilló. Esta presidenta no es ella. No es Eva Perón. Pero es mujer y para esa parte de las nuevas minorías políticas argentina es apenas una mujer de mala vida, una mujer pública, una taimada, una meretriz en el imaginario machista de hombres y mujeres que soñaban antes del domingo con la derrota de ella y de su proyecto.
A lo mejor va siendo hora que nos gobiernen las putas, porque sus hijos hasta el momento han fracasado y traicionado a destajo.
El peronismo no se explica. No hay certezas en el, nunca las hubo. Solamente unas pocas coordenadas para hacer de la política la herramienta de la igualdad. El compartir unas señas de identidad, que reflejan partes de aquellas luchas y de estas nuevas que vendrán con el paso del tiempo. A lo mejor ser peronista no es nada, es solo una contradicción que se desenvuelve a cada circunstancia, que se torna parte de una parte importante de los habitantes de ese país.
A lo mejor los burgueses tienen razón en eso de fusilarnos, de hacernos desaparecer, de no querer que votemos ni que cantemos la marchita. A lo mejor los poderes de los países desarrollados nos ven como enemigos infrecuentes, incorregibles, que de tanto en tanto insistimos con esto de combatir junto con los mas pobres en contra de tanta palabra, de tanta traición, tanta cobardía y tanto tipito que se cree importante.
Una cosa es cierta para mí.
Después de muchos años de tratar de explicar, el domingo me cansé. El que quiera entender que entienda, el que no, que siga leyendo los mismos periódicos y siga yendo a misa.
Digo.
Se, siempre supe que clase de país quería dejarle a mis hijos. Era una especie de sueño. Hoy se que clase de país tendrán mis hijos en los próximos tiempos, quienes juntos a sus hijos tendrán algo para recordar. Para bien o para mal, ya nada será igual. Podrán reirse de la viudez de la presidenta, volver a escribir viva el cáncer o quemar fotos de ella. Lo cierto es que este proyecto, con el nombre que se quiera, incluye pro primera vez y no excluye como es frecuente en las escuelas políticas modernas.
Este proyecto desarrolla la solidaridad desafiando a los inteligentes de siempre. Apuesta por la dignidad de aquellos que nada tienen y preserva una forma de hacer política, como siempre debió ser.
El resto, para entendernos necesita de la falta de prejuicios y la amplitud de entendimiento, para descubrir qué es lo que nos pasa a nosotros, los argentinos, tan europeos y tan blanquitos que somos y tan llenos de peronistas.

sábado, 15 de octubre de 2011

Postales madrileñas

Otoño
Día 13

Con un sol inexplicable, este otoño se revuelve a fuego lento. Cambian entonces las costumbres, ya deberíamos estar más cerca de ciertos abrigos, mientras seguimos en sandalias y camisetas.
Los vecinos se preguntan si esto también tiene que ver con la crisis. El capitalismo hace aguas y el sudor sigue heróico en octubre.
Se vienen las elecciones, allá en Argentina y después aquí en España. En algún sitio habrá sorpresas no se sabe si buenas o malas, pero las habrá que duda cabe.
Por aquí campea cierto disconformismo, cierta náusea rodea los hechos políticos de los políticos mas preocupados como siempre en solventar sus carreras cortas que en pensar en los demás. A lo mejor
España comienza a cambiar después del 20 de noviembre y descubre, que otra realidad es posible o acaso preferible. Los mercados siguen siendo los dueños de todo lo que se mantiene sobre el mapa del mundo y por ello, ordena y pide ajustes y expulsa a aquellos que no pueden pagar sus hipotecas en plazo. Se otorga el derecho de pernada y dictamina sobre aquellos que quieren decidir por sí mismos.
A lo mejor la rebeldía llega ahora a descifrar ciertas cuestiones. A lo mejor, este año será crucial para las aspiraciones leves de la mayoría que se expresa en las calles. No piden la revolución ni siquiera la expropiación de tierras. No piden por el fin de la propiedad privada ni todo el poder para los soviets. Solamente piden un sitio en la distribución de algo que se están perdiendo.
Y está bien que así sea. Es poco, casi nada pero por lo menos piden algo.
Mientras tanto la vida sigue.
 Se vienen los ajustes, se viene el desmonte ese popular sentimiento de bienestar que mantuvo a casi dos generaciones de habitantes conformes y contentos. El estado se sabe, es enemigo de todo por eso, la crisis deben pagarla ahora aquellos que disfrutaron esos largos años de médicos gratis, de remedios a mitad de precio y si es necesario cobrando menos paro.
El que se caiga ahora de la escalera se quedará colgando del pincel hasta nuevo aviso.
Mientras tanto en el tercer mundo la vida sigue como puede. Los hambreados de Africa, deberán esperar hasta que los mercados disciplinen a los díscolos habitantes del primer mundo, para que alguien vuelva sus ojos hacia ellos.
Me preparo unos mates y dejo que la tarde se vuelva violeta, se haga historia.

Día 14

"Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo 'tal y como verdaderamente ha sido'. Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro". Leo lo que piensa Walter Benjamin.
Me quedo pensando.
Tomo entre mis manos el notable trabajo, el libro necesario de José Pablo Feinmann "La Filosofía y el barro de la historia".

Celebro haberlo comprado en su momento y haberlo reservado para este otoño raro, extraño y disparatado. El placer de su lectura, la sensación de estar charlando con alguien, la placidez y las ganas de seguir leyendo a destajo. De robarle horas al sueño, de no distraerme por nada del mundo de lo que dice Feinmann, de lo que enseña de sus caminos por la filosofía. De hacerla más viva y de descubrirnos a nosotros, aquellos que tocamos de oído, que tenemos lecturas dispersas o conocimientos banales sobre muchas, demasiadas banalidades, partícípes de un viaje extraordinario.
Hacerlo significa entrar en una historia insuperable. La historia del pensamiento, de la pregunta, de la repregunta y de la insatisfacción por las respuestas que vienen cabalgando en cada pregunta.
Libro esencial, hecho con una notable capacidad educativa que nos lleva por caminos plenos.
A pesar de lo que por momentos deja traslucir Feinmann, con que estamos en la periferia del pensamiento o en la lejanía más insensata, hay filosofos que hacen su trabajo en esa distancia. Siempre los hubo. Buenos educadores, que comprendieron e hicieron comprender a muchos desde sus clases, los caminos de la filosofía.
Tal vez no existe una escuela de pensamiento nacional. A lo mejor a partir de trabajos como este, comience a gestarse algo de esto.
Por el momento y como un mensú en plena cosecha, sigo leyendo este esencial trabajo de interlocución con el pensamiento.
También y gracias amigos se, que brinda o suele brindar sus charlas en un espacio de la tele, algo que visto debido al lugar en el geografía mundial que ocupamos, parece mas un chiste que una realidad. Sin embargo él con sus clases de filosofía por la televisión, ha logrado acercar algo tan distante a la televisión como la filosofía a aquellas personas ajenas a ella.
Dicen, que lo hace con un tono y con una naturalidad que desarma. Hablar de Hegel o de Sartre entre tanto despiste que siempre suelen ser los medios de comunicación, es una especie de apuesta brava y categórica.
Entonces me celebro y celebro con este libro aquello que siempre me sedujo. La odisea del pensamiento, la necesidad de avanzar y avanzar sin ningún dios por encima de nuestras cabezas.

Día 15

Sábado en una ciudad que se resiste a los fríos de un otoño lejano aún. Los árboles confundidos y las cigüeñas también confusas, postergan su cambio de follaje o su cambio de paisaje.
A lo mejor este otoño caliente con la gente en las calles, sea el nuevo signo de los tiempos. Vendrán tiempos de cambio, ya nada parece querer ser como lo era.
Las calles se lavan al amanecer, la gente vuelve a pensar que esto, que todo esto habrá de pasar. Un mal sueño perciben los habitantes del reino, que los obliga a cuidar el centavo, a morigerar el gasto que tanto los acompañó desde casi siempre.
Habrá cambios de costumbres. Se modificarán ciertas apetencias los que deban modificarlas, pero hay una porción que como siempre suele ocurrir, no se privarán de nada seguirán ostentando y disfrutando como lo han hecho siempre.
Sin dudas estos serán los receptores de la inquina. Se sabe que la lucha de clases siempre es por una patata de más y por ahí comienza.
Nada parece tener solución. En lo inmediato los fascistas se preparan a ganar las elecciones y a proceder para gracia y alivio de la parte sanita de la sociedad.
Mientras tanto en el cono sur, un proyecto obtendrá un buen porcentajes de votos, para continuar con un camnio que incluye. Algo de eso es lo que se suele extrañar por estos lares.
Por suerte hoy es sábado, hay fútbol y todo se posterga como siempre hasta el lunes.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Uno vuelve siempre

A veces existen escirtores olvidados, que ya nadie casi lee, a veces a estos escritores los leo, los releo, los cuido, limpio de polvo sus libros, los sostengo en la palma de mi mano y nos miramos. Me preocupo por él porque nadie lo hace ya.
A veces, solo a veces las historias se cuelan en la rutina y brillan como el sol de otoño. Recorro las líneas creadas por el autor, tomo al azar un párrafo y descubro la angustia, no como una maldición, sino como una certeza perdurable en la obra de un escritor que como él, se resiste a la línea mayor de las academias que encomian y decretan primeros puestos de la nada.
Antonio Di Benedetto, de él se trata, es un escritor argentino que sorprende a cada paso dado en la búsqueda de ese algo, que siempre colmó de inquietud el espacio creativo de aquellos que querían encontrar otras voces, otras sendas. Creador de mundos cerrados, de recreaciones interminables, de simples narraciones llenas de pistas, vestigios de una escritura que conformaron una obra totalizadora, viva y con güiños frecuentes a la fantasía, casi la misma fantasía que enfrentamos los mortales a los que nunca les sucede nada.
Digo.
Cuántos hechos realmente notables, extraordinarios suelen ocurrirnos? Qué sucesos impactantes marcan nuestras vidas a lo largo de nuestras vidas? Cuáles hechos decisivos modifican nuestras vidas de forma terminante que las mismas sean diferentes después de ese hecho? Si reflexionamos a conciencia veremos que no conocemos la realidad sino que simplemente nos habituamos a ella. Entonces y por momentos al no ocurrirnos nada significativo por contar, lo que contamos de, sobre nosotros son simples manías, porque somos adiestrados durante nuestra vida en la estupidez y termina, como no, convirtiéndose en nuestra segunda y perfecta naturaleza.
De esto sabía Antonio Di Benedetto. Escritor secreto, profundo y definitivo. Solo falta entrever su obra. Hacer un recorte en el mundo ajeno, virar sobre el lenguaje y detenerse un momento en los mundos de este escritor.
No es tarea fácil entrar en Di Benedetto. Plantea desde el inicio una evaluación diferente. La fantasía es una parte de esa narración, la filigrana se descubre después cuando se llega a la conclusión de la quietud.
"Zama", transcurre en una espacio de tiempo lejano marcado por nueve años. Un burócrata espera, Diego de Zama, que llegue el traslado a una ciudad colonial más importante, algo que esté a su altura, a su idea. Un sitio que le permita traer a su familia a ese nuevo territorio. Mientras pasan los años, busca en las pocas mujeres blancas remediar esa tristeza que como el paisaje lo ahoga, la melancolía de un destierro de un soldado sin guerras, un creyente de los viejos valores burlado por una corona distante y discapacitada.
Escrita en 1956, "Zama" no pretende ser una novela histórica, no lo es de hecho a pesar de la ambientación, a pesar de haber sido vista así en su momento. Porque ese realismo que recorre una historia se desfleca, se hace flecos, el aire de misterio, la tensión o las ensoñaciones, convierten a este texto uno de los libros esenciales, que sirve para comprender la mirada, que después otros escritores realizaron sobre el doble espejo. Narrar desde las supuestas realidades de habitantes de un mundo desbocado, lejano de los grandes centros, abrasivo y misterioso.
Antonio Di Benedetto, economiza en el lenguaje. Lo empobrece aparentemente y a pesar de este laconismo, crea una escritura particular, eficiente y sorpresiva. Será por ello, que es casi hoy un escritor olvidado.
Perteneció a la generación intermedia nacida después de Borges, Cortázar, Bioy. Comparte con Haroldo Conti y con Juan José Saer tal vez el sitio de lo mejor de la escritura en castellano, en español como gustan los puros que se dió en ese territorio brumoso que a veces se llama Argentina.
Fue periodista en su provincia natal, en la lejana Mendoza. Estuvo preso, torturado y exiliado. Murió en 1986 y la tristeza tuvo el pecho dolorido por mucho tiempo.
Escribió novelas y cuentos. No pidió permiso y se ganó el reconocimiento de aquellos escritores que lo antecedieron, también el respeto de los que vinieron después. Luego el silencio se hizo fuerte y el olvido se hizo flor.
Digo.
Acaban de editar en España, la trilogía inicial de Antonio Di Benedetto. Están ahí, además de "Zama", el memorable libro "El silenciero" cerrando con el notable "Los Suicidas". Tres momentos únicos en la literatura escrita en nuestro idioma. Pero y como esas cuestiones, todavía quedan más libros, mas recorridos por su literatura.
La invención melancólica y rotunda de un escritor que desde lo mínimo condujo a una obra, que muchos desconocen, que muchos merecen conocer por otra parte.
Lejano a los círculos de la gran ciudad a orillas de un río demasiado grande, construyó una obra que no tuvo buena prensa  en la vieja aldea, olvidada capital virreinal, ni contertulios que alabaran la obra de un "amigo". Algo que siempre existió, algo que se niega a morir, debido como siempre a los dueños de la literatura argentina.
Así Antonio Di Benedetto, olvidado en vida, negado entre los mercaderes, concibió una obra ajena al miedo, cercana a la angustia, porque el miedo siempre es miedo a algo, la angustia no. La angustia siempre es la nada y la nada abre el horizonte hacia la muerte, eso dicen.
A lo mejor ese es el secreto de la literatura. A lo mejor ese es el misterio que conlleva la narración, toda narración.
Desembarca nuevamente el escritor en España. Antecede a los queridos Conti Saer. Es momento entonces de seguir los derroteros de estos escritores esenciales, de autores que desde diferentes rizomas siguen buscando agua, minerales y sol para crecer.
El silencio sobre ellos, sobre todo en su país de origen no es casual. Plantearon universos propios, que no contó con el beneplácito de los bien pensantes, de los adalides de las buenas costumbres y los distribuidores de prebendas y medallas.
Antonio Di Benedetto, no es un escritor casual, edificó una escritura eficiente, poética y reflexiva a pesar de cierto laconismo, de cierta economía.
Digo.
A lo mejor es esa pasión por la lectura la que me sigue como un perro mañero o como pajaro corsario que le escapa al alpiste. Sus libros son parte de mi equipaje. Están ahí al alcance, han traqueteado lo suyo conmigo, me acompañan sin hacer barullo. De tanto en tanto, la lectura, toda lectura suele frenar esa desesperación que a veces es el vivir.
De tanto en tanto me preocupo por él, porque nadie sabe hacerlo y además porque era muy bueno.
A lo mejor se trata de eso. De entender algunos momentos de la literatura como lo que suele ser. Una ventana. Apenas un sentido de los tantos que nos han sembrado para ser, con esa segunda naturaleza, lo que quieren que seamos.
A lo mejor es una apuesta de libertad el rastrear historias que, por un momento, nos hagan dudar, nos permitan descubrir las noches embrujadas que siempre nos habrán de esperar.
De eso se trata a veces este misterio de libros.
Mientras tanto, retomo los libros de Antonio Di Benedetto, releo momentos y sonrío a solas con sus palabras. Les quito el polvo extranjero que trata de colonizarlos. Les acaricio el lomo y destejo las tramas de una obra casi secreta de un escritor igual de secreto y silencioso. De letras apenas salvajes.
Como son casi siempre las de algunos hombres que se convierten en paisaje a propósito.