En Zona

martes, 14 de febrero de 2012

Postales de Madrid

Día 13
El frío arrecia, es uno de esos días que el gris, invita a quedarse en casa, a ver los árboles desde la ventana, encima el número del día no brinda mauores posibilidades de esperanza. Dicen por la tele que el viento siberiano sigue campando por todo el continente. Los recortes prometidos por los banqueros siguen al pie de la letra las indicaciones de los nuevos esclavos, la gresca en Atenas es fenomenal y ya anuncian, que Grecia será despojada de todos los dones santos que les brindara Europa en su momento. También dicen que esto recién comienza y que lloverán los palos para aquellos que no quieren atender las necesarias y congeladas demandas de los poderosos.
Suena una versión extraña de fondo de "Love Sick" de Bob Dylan hecha por Mariachi El Bronx en un disco desparejo de homenaje al viejo Robert.
Algo es algo me digo, mientras la estufa resuella su carga de gas y fuego, que combate tanto gris inviernal. Bob Dylan a pesar de esto, sigue estando presente por esas cuestiones que arraigan en uno y que lo han ido  llevando de nombre en nombre. Su voz o sus homenajeadores de turno. No importa, su música nutre una buena parte de estas raíces que nos crecen desde la primera vez que nos cruzamos en este camino.
Digo.
Es lunes, Madrid resalta desierta. La ciudad en su periferia parece una ciudad abandonada. Nadie en las calles, los bares resisten con unos pocos parroquianos y aquellos atrevidos de siempre, se escurren por las grietas en medio del miedo a un terco invierno.
Los muchachos en Atenas decidieron prenderle fuego a unos cuantos bancos para entrar en calor. Los gobiernos  insisten en eso de domesticar a las personas, hacerlos individuos, convertirlos en gentes. Ya se sabe la propiedad privada es siempre la de los otros y así vamos, es que en definitiva somos lo que nos hace la palabra.
Todavía no han llegado las nieves, pero según parece llegarán. Es cuestión de tener paciencia.

Día 14
Mañana
La costumbre del libro. La pasión por la lectura que somete a quien lee a un mundo nuevo, contado por otro, visto con ojos propios lo visto por otros. Mundos que se repasan a cada palabra, la escritura en brazos de la música.
Liliana Herrero canta su último trabajo, suenan retazos de vidas lejanas ya vividas y que sin embargo invitan al ejercicio siempre novedoso del pensar. Suena su música y su voz y todo parece estar bien o por lo menos no nos es ajeno del todo, ese rumor que se hace música profunda y casi definitiva.
Hoy hace más frío que ayer incluso. Las garrafas o bombonas como por aquí las llaman no dan abasto. La bufandas siempre suelen ser pocas y uno fuma con las manos en los bolsillos esperando que cambie la luz del semáforo de turno.
Las calles de nuevo desiertas. Ni el gato que siempre estaba ahí, hoy las recorre.
Vuelvo a "Este Tiempo", último trabajo de Liliana Herrero. Cebo mi mate cimarrón y sigo escuchando su voz, poderosa como las profundidades de una tierra entrañablemente nuestra, mía y siempre cercana. Aquella que nos acompaña por donde vayamos, la que nos sigue con nombres propios y contraseñas también propias.
Esa tierra a la que siempre se vuelve de una u otra forma. A través de gestos, mencionada o apalabrada, esa tierra chiquita, la de uno, que seguramente será, es, muy diferente a la del otro, que también la lleva consigo. Ese paisito que produce un infrecuente vértigo horizontal entre otras cuestiones.
Pero sus canciones, las que canta esta mujer son como los movimientos del río, el agua que lleva y y trae ese constante murmullo de vida que nos construye a cada movimiento de esa agua que nunca repite el mismo gesto. Ahí, al alcance de la mano está "Esa fulanita" primer paso dado por esta entrerriana entrañable, trabajo en cuestión que sirvió para reconocer ese talento nuevo, que le dió nuevos aires a nuestra música popular en el momento justo y necesario.
Ahora es "Este Tiempo" y la magia sigue prendida en su voz, en ese prometedor sentimiento que nos lleva a bordo de su voz, de la canción elegida por ella y por nosotros para marcar ese reencuentro que sueña y que suena en una música premeditada y construída desde ese costado tan poco frecuentado por los grandes medios de comunicación, pero reconocido por aquellos que siguen descubriendo nuevas sendas en el camino que nos une a algo mucho más interesante e inquietante, que es la creación pura y el talento que no cesa y que siempre es para agradecer.
Tardecita
Entre las cosas que uno, yo descubro de tarde en tarde, vuelve a hacer su acto de presencia un escritor ya frecuentado. John Irving y su particular forma de meternos dentro de una historia, que termina siendo parte de nuestra vida. De la mía, para no generalizar.
Pero la coincidencia no termina aquí.
Una de estas noches, un amigo me habla de su autor favorito. Es el mismo Irving. Las anecdotas se suceden en torno de una mesa, de una buena mesa. Me cuenta las suyas y yo, lo distraigo con las mías. Así convergemos en una pasión, secreta y solitaria, que como todas las grandes pasiones se desarrollan a solas.
Vuelvo a mi libro, al libro que me tiene cobijado en este inviernillo de los mil demonios.
"Hasta que te Encuentre" se llama la novela. Son casi mil páginas para seguirle la pista a un actor llamado Jack Burns, la de su madre una mujer que hace tatuajes y un padre ausente y músico una historia que devuelve el gusto por las buenas historias.
A lo mejor ese amigo y yo, somos una especie de  fans de este escritor que, sin hacerle falta, tuviese que ir dando po a su manera el mundo para demostrar algo que no hay que demostrar.
Burns un hombre que busca sus respuestas a pesar de el mismo, de su propio recorrido y del mundo de los adultos, hasta que él entra el mundo de esos mismos adultos, que antes el trataba de entender. Una historia de amor, de ese amor que nos sigue siempre como un perro hambriento y flaco. Porque de eso se trata siempre. De un hombre que busca algo de eso que solemos inventar para estar menos solos en algunos momentos.
Una novela y un escritor que me lleva de regreso a ese placer de descubrir emociones y ganas de contar historias, que a veces suelen ser muy parecidas a las que vamos viviendo,que somos nosotros a pesar de los nombres y de los tatuajes que portamos. En una de esas, nuestras historias de amor y de desamor son solamente pequeñas muescas en una piedra. Meros ejemplos de nosotros mismos que nos habitamos sin reparar siquiera en ese cuerpo que nos porta y que portamos.
En definitiva un libro que divierte, que emociona y que asombra, cosas que me suelen pasar con este novelista que insiste en eso de seguir creando pequeñas historias de nosotros mismos.
Un buen libro, buena música. Un nombre y el otro juntos. Una sensación de este febrero ya lejano, mientras los pocos audaces se atreven a sujetar sus gorros y bufandas en el invierno que nos recorre con esa urgencia que siempre tienen los fríos.
Tengo mis cigarrillos y mi novela mientras el día huye. Algo que viendo los tiempos que corren no es poco y es siempre de agradecer.

domingo, 12 de febrero de 2012

El Capitán Beto se durmió

 A veces las cosas sucenden sin más o con premeditación y alevosía como suelen ocurrir. Me quedan cosas sobre Luis Alberto Spinetta, recuerdos y por sobretodas las cuestiones, sensaciones, emociones y descubrimientos.
Recuerdos que me sirven para batallar contra el resquebrajamiento que sufre este mundo que habitamos, músicas, momentos detenidos en el tiempo en donde nos hicimos a nosotros mismos ayudados por la poesía intacta que derramaba este tipo para nosotros.
Así empuñando una fender o una ovation, nos llevó de vuelta cada vez, que nosotros insistíamos en perdernos. Así un día sonaba "La Cantata de los Puentes Amarillos" y todo volvía a acomodarse. Sonaba la canción y yo miraba pasar los trenes frente a mi ventana y despuntaba, así la sensación de eternidad que invadía mi casa. Otro uno recuperaba la respiración mientras se deslizaba por la voz del "Flaco" "Barro tal vez" de Kamikaze, ya habían llegado los hijos, que jugaban en el living de casa  llenando de voces tanta casa, secundando con sus risas y gritos la canción.
Así, ya en otra vida llegó "Cheques" y el corazón se apretujó en el pecho, descubriendo la salud de este tipo que nos seguía enseñando los secretos del camino.
Crecimos, muchos, con él. Nos dibujamos y nos borroneamos con su sombra. Aprendimos que la música debía, tenía que llevar poesía para que fuese la felicidad cobijando tanta alma errante.
Digo.
No puedo dejar de pensar en Spinetta. Pasan los días y no he escuchado ninguno de sus discos. No he leído ninguno de los obituarios dispuestos para él. Me alejé de la banalización a reglamento empuñada por los medios a la hora de estar, de ser intermediarios entre el dolor genuino, profundo y el oportunismo.
De esta manera, fueron pasando los días.
Algo fue serpenteando. De a poco, me descubrí pensando en el origen de todo esto. Recordé la rebeldía de aquellos primeros años, las ganas de hacer surco con otra propuesta. De ser diferentes. De elegir nuestras propias músicas, nuestras propias lecturas.
Los recitales en los cuales, a la salida, invariablemente estaba la policía, para llevarnos a la seccional. Los datos pasados de uno en uno, indicando fecha y lugar de algún recital. La búsqueda en las disquerías de músicas más cercanas. Aquellas contraseñas que nos llegaban recomendando tal o cúal libro que habría que leer para entender el mundo.
Las trasnoches en el cine Arte de Diagonal Norte.
El primer B.A.Rock, con Almendra en el escenario y los temas de su segundo disco.
Desde ahí, desde "Muchacha" a lo mejor, arrancó esta historia. O desde "Plegaria para un niño dormido" o "Fermín" o la que sea. Desde ese payaso en la tapa del disco. Hay para elegir, para recorrer, para construir lo que hayamos construído como generación.
Ahí estaba Spinetta, llevando adelante una propuesta. La palabra tenía música, comenzaba a tenerla y eso ya era una muralla contra todos los males de este mundo.
El tiempo pasó y entonces, la magia siguió ahí en cada canción, en cada intención de hacernos dar un paso más. Descubrí, así, sin quererlo que el Capitán Beto estaba en una nave estacionada en Buenos Aires, que el viaje se hacía sin moverse y a ninguna parte, que no hacía falta, que todo estaba ahí, al alcance de nuestras manos, de nuestras cabezas. La poesías, como alguien dijo, era un arma cargada de futuro y ahí estaba él. Estuvo siempre y siempre pudimos recurrir a él, a su obra, a su música y a sus ganas.
En estos días tristes, rotos por la confirmación del final, me pidieron que escribiera algo sobre Luis Alberto Spinetta. Lo hice por el recuerdo de mi vida, de nuestras vidas colectivas. Por ese sabor que a veces amaga con volver a mi boca, cuando escucho alguna estrofa o algún sonido que, proviene del rock, de esa música prendida a uno como un abrojo con memoria, y que siempre me suena a vida. A pesar de las edades que portamos todos a éstas alturas. A pesar de todo el fragor que nos pasó por el cuerpo, esa sensación sigue estando viva, a veces más otras menos, pero viva, casi con rabia.
Entonces escribí la nota para Magazine D-Revistas que viene pegada a esta especie de introducción o prólogo que quise hacer para mí. La música en unos días volverá a sonar en esta ciudad disfuminada y en pocas semanas más, seguiremos esperando el supuesto fin del mundo que según dicen los idiotas de siempre, predijeron en su momento los Mayas.
Pero por ahora me quedo con la memoria y el recuerdo de una música que sigue alimentando esta historia que vivo como la mejor banda de sonido posible, mientras el Capitán Beto siempre nos habrá de esperar a la vuelta de la esquina, como siempre suele ocurrir en las buenas historias.

http://magazinederevistas.com.ar/2012/02/el-capitan-beto-se-durmio-chau-luis-alberto-spinetta/

sábado, 4 de febrero de 2012

A solas con tanto invierno

Ahora que el frío arrecia, que la vieja dama indigna, se topa de lleno con los vientos siberianos, con las temperaturas desangeladas que nos tienen rodeados en nuestras respectivas casas, descubro un gusto nuevo, placentero, solitario y silencioso.
Las calles se desocupan temprano, los ciudadanos comienzan a guardar lo poco que va quedando en el fondo de los bolsillos, algunos mastican la impotencia del futuro negro que se nos viene como una manta vieja. Quedan en los labios y en los cuerpos los sabores de una derrota que será mucha más larga que todas las derrotas anteriores. La palabra en el fondo es fascista. En el margen quedan los nuevos abandonados que ya no tienen palabra alguna y en el centro, los poderosos que con buena publicidad, siguen vendiendo el entretenimiento adecuado para que las jaurías disfruten tontamente con el último artilugio de moda.
 Ahora que todo se pone gris casi de ausencia, retomo ese placer solitario por la relectura, me asombra por ejemplo recuperar a Elías Canetti, de salirme de ese supuesto lugar de los correcto. De volver a leerlo y escucharlo como hago con un viejo amigo. Casi olvidado, en secreto, este escritor sigue intacto, por lo menos para mí. Están sus libros al alcance de nuestras manos, está su mirada detenida en su propia vida, recorriendo los contornos de algo que ya no existe, de un mundo que poco a poco, se transformó en una pesadilla. Recorro su evocación sobre su infancia, su adolescencia y su primera madurez. Están ahí al alcance de mi mano, "La lengua Absuelta" o "La Antorcha en el Oído", libros exquisitos, definidos en sí mismos como pequeñas obras de arte, pequeñas sutilezas que sirven para descubrir, a un escritor que poco a poco, cayó en el olvido. Exiliado por el marketing, por los fulgores de las modas, Canetti resiste a fuerza de talento. Este escritor sintetiza como pocos el auge y la caída de un imperio en el centro de Europa del cual salieron muchos, demasiadosi se quiere, pero en donde la inteligencia era la mujer más bella del baile de fantasmas en el que habría de transformarse este viejo continente.
Releo con la impronta de la emoción, con el aleteo del descubrimiento, que página a página me abstrae del silencio de una ciudad paralizada por el frío siberiano, porque siempre como dicen los promotores de la nueva vida en regla, lo malo, todo lo malo suele venir de oriente, entonces con bufandas, gorros y mitones, aquellos audaces, los de siempre nos arriesgamos a cruzar el helado color de la tarde que muere en buena compañía y creciendo como crecen las cosas buenas.
Con  mi viejo amigo Canetti  me caliento el alma, como un buen fuego, como el mejor vino de todos, ese que todavía nos espera en alguna mesa tendida por manos amorosas y leales.
Digo.
A España le quedan por delante cuatro o tal vez ocho años de aburrimiento. De saqueos y desmesuras bien ibéricas. A Garzón lo juzgan los asesinos y nada se derrumba. Los ingleses llaman colonialistas a los argentinos y nadie se sonroja y nada se conmueve. Los fascistas quieren derogar la ley del aborto a pesar de haber bajado los índices de intervenciones y volver a castigar a la mujer a los abortos clandestinos como manda en este infierno tan temido la santa iglesia y a nadie le tiembla la vida.
La derecha sigue vendiendo la no política, como la meta del paraíso, la izquierda no encuentra la dirección correcta del viento que sopla delante del monstruo. Uno de los nuevos jerarcas dice que tener el mismo trabajo toda la vida es demasiado aburrido, por lo tanto cambia las reglas del juego y los trabajadores volverán a vivir el siglo XIX, con Ipad, consolas y grandes rebajas.
El FBI cierra un portal, Megaupload, no porque se bajen músiquitas los salvajes de siempre, sino porque alguien, allí, en ese sitio comenzó a ofrecerle a los musicos, a los creadores, cosas que la gran industria no les ofrecía. La policía ni corta ni perezosa se puso a las órdenes de la industria y hacia allí fueron. El negocio, ya se sabe siempre es de los poderosos.
Ahora los gobiernos quieren el control total de la red. Quieren ser los dueños del poder, de todo el poder. Deberíamos leer más en detalle los alcances de la ley que quieren los Obama para darnos cuenta del mundo que quieren para nosotros. La sopa está servida o eso pretenden.
Mientras tanto, desangelados, el resto trata de tomar una porción de los restos que los alcahuetes, policías, curas, políticos y banqueros entre otros nos van dejando como migajas a las palomas.
Por estos días y con ganas de alborotarme más, descubro la nueva novela de Javier Marías. Me deslumbro leyendo nuevamente a uno de los grandes escritores de estos tiempos. Un trabajo que me cobija y que me obliga a la disparatada ilusión del alterne. Ese yo femenino que narra esta historia, descoloca y somete al lector a ese juego siempre exhuberante, siempre solitario del talento. Marías, como pocos autores logra descolocar a sus lectores. Yo entre tantos otros, vuelvo a caer en su red y lo dejo hacer. Una historia en donde, todo viene desde tiempos lejanos, desde otras lecturas, desde otros misterios. La verdad se sabe nunca se puede saber de manera exácta, de forma terminante ni siquiera aquellas que creemos nuestras, que nos provienen de nuestros pensamientos, de nuestras certezas aparentes. El enamoramiento tiene que ver con esto, tiene que ver con nosotros y nuestras ridículas pretensiones de abrazarnos a ese primer instante del amor, que creemos, siempre estará con nosotros, para hacernos mejores pero también para hacernos ruines y malos con ganas. "Los Enamoramientos" es un nuevo paso que el autor después de la rotunda y notable "Tu Rostro Mañana" da en esa especie de búsqueda solitaria que es la creación de un escritor que hoy por hoy es uno de los más notables escritores españoles de estos tiempos.
Vale la pena recorrer la vida o los pasos azarosos de María Dolz, la protagonista de este nueva entrega de Javier Marías. Vale la pena descubrir los mecanismos que circulan por ella con maestría y talento. Un buen libro para esas noches en donde uno se merece a sí mismo con toda la fuerza y todo el ardor posibles.
A pesar del frío, la literatura sigue venciendo a los descabellados monstruos que nos rodean, pero como alguien dijo en algún momento: "Estamos rodeados y son para peor".

sábado, 7 de enero de 2012

Postales de Barcelona


Foto: Miguel Miño
 Día 1
Mediodía.
Barcelona es una posibilidad. Una posibilidad extensa y suave que espera recostada sobre el azul de un día transparente y detenido. Sin una queja me arrimo a una ciudad que siempre es amable conmigo. Sin excusas y sin ser turista uno abraza. Y es abrazado por otros cuerpos en la búsqueda permanente de ritos que hagan más fácil la supervivencia en un desierto demasiado extenso y árido.
El tatuaje, lleva como inscripción la tirantez del lenguaje. En algún sitio figurará esta ciudad, con sus costados que invitan al descubrimiento posible y decidido. Perderse una mañana de sol por el Borne, dedicarse la pausa para mirar cómo el sol sigue su viaje por los rincones de un paisaje demasiado visto, pero nuevo.
Siempre es bueno volver a aquellos sitios en donde todo se revisa, en donde todo está justo en el lugar justo.
Una ciudad que siempre es. Enmarañada de turistas, sugerente y distante. Escucho voces amigas que hablan, que me hablan desde ese costado mudo del amor.
Se sueña con retornos. Se avizoran tiempos y cambios, se recuerdan historias. El pasado está y comparte con nosotros el tiempo de gracia que alguien nos otorga como un regalo.
Digo.
Me suena en algún lugar del cuerpo la música de Luis Alberto Spinetta. Está enfermo, como tantos. Sin embargo se hace de esto, una cuestión de premisas y pautas periodísticas. Le sacan fotos en la puerta de su casa mediante un engaño, para mostrar el físico de una muerte que venerá algún día más ejemplares. Delgado, demacrado aparece en una foto montaraz y siniestra.
Hay que ver la muerte en los otros. Eso vende. Ahora es un músico, antes fueron los belicosos que querían cambiar el mundo. No importa.
Desde algún sitio, suena su música. El tiempo pasa y es la voz de una banda sonora interminable que como un sinfin que desde la oscuridad nos viene acompañando siempre. ¿Siempre? Si y sin valorizar ni declamar letanías, el, el "flaco" está ahí con sus cosas, con sus canciones, con sus rumbos a veces no entendidos ni claros. Nos hizo, como tantos otros y nos hicimos como tantos otros. Creciendo a tajos, despeñándonos a cada paso. Raíces en ciego, en lo oscuro. Spinetta está y ahí estamos algunos, sabiendo de qué se trata o por lo menos tratando de saber.

Día 1

Foto: Miguel Miño
Noche Amigos en torno a una mesa. Charla, risas, mirarse largo a los ojos. Registrarse en cada gesto del otro. Iniciar el lento camino de la despedida en una ciudad que como una foto está, permanece indeleble.
El reencuentro pone su marca en las risas y en los gestos, el silencio está desterrado, mientras fuera la ciudad se permite comenzar con un fin de semana indicado, santificado por el pagano deseo de ser cuerpo y nada más.
El país queda lejos. Los amores sobreviven a pesar de los ajustes que nos prometen a destajo los de siempre.
Ahí estamos, comiendo, bebiendo y celebrando la porción de memoria que nos permitimos como en un juego. Intercambiamos hechos y balances, datos y punterías.
Algo queda intacto. Algo sigue latiendo entre nosotros. La historia que vendrá habrá que resolverla cuando se nos presente. Mientras tanto desgajamos las palabras en una mezcla de porteñismos irredentos y galicismos recién adquiridos que nos endulzan la boca y nos aligeran el cuerpo.
Ahí estamos riendo en una foto que se mantiene como si fuese un sueño, pero en Barcelona, lejos de todo y cerca de todo. En una ciudad que nos acomoda la vida y que nos lleva y llena de sueños y otras porfías.

Día 2
Mediodía
En Spotify descubro a Gabo Ferro. Escucho su voz y desnudo su poesía y me tranquilizo. La ciudad democratiza un mundo. De fondo el Gabo canta y los amigos lo descubren conmigo, a mi lado. Mientras tanto las cuentas se las pagamos nosotros a aquellos que nos desangran y seguimos así.

Foto: Miguel Miño
 Los indignados sobrevuelan la marcha por una ciudad particular y luminosa, por lo menos en un invierno demasiado suave.
Barcelona deslumbra. Te lleva de la mano, te sujeta de la cintura, te besa en los labios y te echa. Como una mujer, como las mejores mujeres, como los amores imposibles, que siempre son intensos, calientes y rotundos.
Camino por la ciudad y el secreto me pisa los talones. Miro y presiento la ciudad a cada paso. Por vista, sigue siendo una apuesta al amor. 
El barrio de Gracia es un misterio que subsiste en el silencio grandilocuente de ser. Es un barrio viejo, fue un barrio de inmigrantes venidos de otras comarcas, que se construyeron como un paisaje que convive con la modernidad, con el torrente de turistas que la recorren infatigablemente, buscando el misterio de una ciudad al borde de un mar manso, con sus señas y datos, con el sabor que dejaron en sus costas fenicios, griegos, romanos, musulmanes. Ellos también hicieron este paisaje y se celebran después de miles de años.
Ahí está la ciudad, ahí estamos en este momento amigos que se quieren bien y de manera profunda que se reconocen desde las divergencias y sus conclusiones. Se cimentan, solidifican y perduran en los pliegues de una historia en común que resiste inviernos y otros envejecimientos.
Digo.
Gabo Ferro canta sobre compañeros y enemigos. El tiempo se detiene a pesar de parecer siempre veloz. Se prepara la comida y la mesa congrega mientras el sol degüella la tarde. Se vienen tiempos duros, imprecisos y tal vez desgarradores. Mientras se juegan el destino de millones, alegremente vivimos una crisis, por ahora, demasiado amable. Estamos esperando algo, mientras sabemos que lo que se viene es lo negro. Lo duro, el ajuste se produce sin que los que ganaron las elecciones digan lo que se viene. La revancha del capital, la tierra arrasada es la promesa. Mientras tanto la derecha sigue con su festín de ajustes. Cerrarán las puertas de este infierno, dicen y no podremos salir decimos los de a pie.
Pero no es una cuestión de economía pura y dura, es política y desde la política habrá que reformular los pasos a dar. Habrá que barajar y dar de nuevo, desde el margen, desde el costado más alejado tal vez.
Noche.
Larga sobremesa, diseño de nuevas rutas. La lectura que hacemos de nosotros con los años que nos han pasado, han dejado su marca. si es cierto que la única marca originaria que queda estacionada es la escritura. La letra, parece ser, forma un surco en nuestro cerebro, marca que repetimos de forma mecánica sin mediar explicación formal. Repetimos la letra. Esclavos de la lengua repetimos el discurso y  sobrevivimos.
Abrazados esperamos que la conversación reviva el gesto. Que madure la historia ésta que vivimos y que nos lleve a donde deba llevarnos sin fijarnos siquiera en el lento transcurrir de dee sta vida que nos empeñamos en vivir.
Vendrán tiempos de lejanías y otras certezas. Vendrán días de mesas tendidas al sol en donde seguramente habrá que retomar la palabra. Vendrán días en donde los gestos y sus sombras quedarán a la espera de nuevos nombres, de otras costumbres.

Foto: Miguel Miño
Por ahora, recupero la emoción del descubrimiento de un detalle en una fachada de un edificio de la ciudad. Allí, los albañiles le rindieron su homenaje al arquitecto, que se movilizaba en bicicleta de obra en obra. Iba siguiendo su pasión pedaleando buscando los secretos de un pensamiento. Así está en la fachada de un edificio, ahí está mi asombro y la gratitud perfecta.
Es la una de la mañana de la última noche en una ciudad amable, extraña y que genera pasiones profundas. Nos mostramos fotos de hijos y de nietos. Algunos ya cargamos años y algunas rotundidades, otros cargan con su historia, pero todos nos reímos de nosotros con la ferocidad joven que todavía nos convive y nos define. Recuerdos que se convierten en risa a la hora de los despojos. Nuestros miedos y nuestras penas, esperan y sueñan en la espera de otros momentos. Mientras tanto la bondad nos cobija de futuras lluvias y de futuros vientos.
Por ahora y como despedida de una ciudad arrebatada como Barcelona, es el escenario perfecto para una despedida perfecta. Mañana, mañana ya es otra historia.
Queda la promesa del recuerdo. Queda la sensación de continuidad que habrá de prolongarse irremediablemente en otra parte, en otro momento y todo volverá a ser a pesar del tiempo, como si nada hubiese ocurrido en el medio.
La historia entonces se detendrá en algunos momentos y recomenzará de nuevo con el mismo fervor y el mismo optimismo en otra geografía y en otro momento. A ninguno nos cabe niguna duda, la vida es esta y aquí reunidos en una ciudad orgullosa como esta, ya pensamos en otro paisaje que nos acompañe en la próxima charla, en la próxima cena, en el próximo abrazo.
Compañeros, nos estamos viendo.






martes, 20 de diciembre de 2011

Los libros de la buena memoria


Alguna vez será el tiempo de la justicia, dicen por algunos suburbios. Gana la derecha y anuncia con el beneplácito de los de siempre, que se debe ajustar. Reprimen las risas, los nuevos centuriones del ajuste, disimulan dicen por ahí.
El frío ya llegó, se le acalambra el alma a uno mirando lo que viene.  Las noticias de la familia son cortas y por momentos difíciles, a lo mejor indican el camino de regreso, despacito y por las piedras. Solo para abrazar, para desgajar el corazón con aquellos que silban esa melodía eterna de la vida misma.
Escucho a Thelonius Monk en su disco con Gerry Mulligan, mientras hago pan casero, ese que pondré en mi mesa para aquellos que quieran compartir conmigo ese mismo pan y misma esta música insensata que hacía este loco del piano.
Monk, es lo más moderno que le ocurrió a la música mestiza, fuera de las cámaras y de los clubes selectos. Escucharlo a él, es descubrir el palpitar de una música profunda, entera y lantente como una culebra audaz que recorre el espacio ejerciendo ese placer del sonido. Por ahí anda dando vueltas un documental que hicieron sobre él, producido por Clint Eatswood durante los años '90 creo. También están todos sus discos al alcance de la mano. Escucharlo y saberlo, significa una nueva apuesta por ese tratar de crecer, de limpiarse la cabeza de tanta tontería denominada música. Compartió el tiempo con los mejores músicos de jazz de la historia, sin embargo, él estaba un paso por delante en la comprensión de estado deliberativo del arte. Ejercía la música como un arriete y hurgaba, sigue hurgando, en lo más profundo de una música secreta y vieja y viva a la vez. Tocaba el piano con todo el cuerpo y cuando eso no alcanzaba, porque nunca alcanza, bailaba alrededor del piano dejando que la música abarcara todo. Improvisaba porque en ese secreto radicaba todo. La música era él y él era a su locura.
Escucharlo en el comienzo del invierno de este mundo desarrollado, es una especie de provocación necesaria para resolver lo que queda, para iniciar el preciso viraje a otra etapa de este caminito.
Entonces ahí están Monk y Mulligan llevando a cabo la liturgia laica de encontrarse, anudarse y andar juntos en ese periplo de músicas, que por aquellos años, eran difíciles y hoy suenan a nuevo por la gracia del tiempo.
El disco se llama "Gerry Mulligan meets Thelonius Monk", es de 1957 y ahí están sonando huellas como "Round mdnight" o "Straight no chaser" tema emblemático que marcó y dividió las aguas a la hora de hacer música. Era un tipo difícil, hablaba poco y llevaba a los límites la música que le dictaba su locura. Estuvo preso por no denunciar a un amigo, lo golpearon y no pudo actuar durante años en Nueva York. Sin embargo el siguió creando y desde la libertad más profunda, compuso lo que tal vez sea la mejor música de la segunda mitad del siglo pasado.
Ahí está. Suenan grandes los dos en un disco que merece la pena cualquier sacrilegio a la hora de conseguirlo.
Digo.
A veces las injusticias galopan por nuestros costados. Aquellos que reclaman orden, siguen siendo los primeros a la hora, de ignorar al resto. Pasaron diez años y vale la pena detenerse un poco. Lo que hoy hacen los "técnicos" aquí en la sabia Europa, antes lo habían ensayado allá en Buenos Aires. La clase dirigente y cómplice, convertida en una canalla que hoy es oposición, había entregado todo. Había saqueado en nombre de la globalización a un pueblo que ya desde 1976 supo por donde venían los vientos.
Esos días, el 19 y el 20 de diciembre florecieron los lenguajes que hicieron nuestros cuerpos. Así masticando rabias y afinando memorias, muchos salimos a las calles a enfrentarnos a los perros. A determinar otras circunstancias y recomponer otras palabras. La terquedad se hizo bronca y la historia volvió a encaminarse.
Hubo muertos, heridos y una rabia tan eterna que ya ni nombre tenía, esa misma rabia que un inteligente definió  como el subsuelo de la patria sublevado. Ese paso para quitarse de encima los de siempre, a esos desconocidos que siempre son conocidos y que te mienten en cada a saludo que te brindan. La pueblada se hizo grande, se sabía, algo había dejado de funcionar en el país de las vacas gordas y ajenas. La estafa ahora tenía vuelto. Ahora era nada más ni nada menos que el que se fueran todos de una buena vez. Días de incendios y de broncas que cobijaban ese dolor mudo que se hizo resistencia desde mucho tiempo antes de esos días que hoy cumplieron diez años.
Se podrán enunciar todo tipo de teorías. Se podrán definir parámetros y otras circunstancias, lo cierto que en esos días, se decidió por terminar con algo que la vergüenza llamaba desde mucho tiempo atrás. Ni la policia brava, hábil para picanear, para atrapar en jaurías y morder al solitario, ni los flemáticos políticos devenidos desde la dictadura en gerentes del desmantelamiento pudieron detener a un pueblo memorioso.
Hubo muertos que esperan por justicia, que ya llegará como siempre suele ocurrir. Pero también hubo corazones que demandaron el fin de muchos años de impunidad. No solo se pidió por el hambre, también se pidió por el fin de algo, el fin de la injusticia. Pero faltaban algunos años para que esto ocurriese, los que sucedieron a los que se fueron, siguieron asesinando a destajo y robando a los de abajo, que por eso están abajo y se lo merecen. Pero ellos, por ahora no volvieron.
Pasaron diez años y las fotos que quedan de aquellos días, reverdecen en el punto justo.
Digo.
Las revueltas tienen esa sensación parecida al amor. Late el corazón y se rebela la sangre que revela al mismo tiempo el límite justo del cuerpo. La vida en disputa. La leve sensación del espacio compartido y la boca seca. El ronroneo de la sangre que erige las futuras muescas de una partida brava, el músculo que palpita y la inequívoca certeza de enfrentar algo, de estar enfrentando algo secreto y a la vez compartido.
El derecho a rebelarse, a oponerse porque el poder tiene esa contrapartida y esa obligación. Resistir hasta el último resuello, porque casi siempre ellos nunca llevan razón.
A lo mejor, como con los amantes, hay que dejar de ser politicamente correctos y volver a llamar a las cosas por su nombre, sin ningunear ninguna de las partes de un discurso, que de forma correcta nos obliga a nombrar de otro manera, lo que nombramos siempre para nuestros adentros, que están siempre en el afuera de todo diagnóstico.
Digo.
Otra foto. Pongo el último disco de Gabo Ferro "La aguja tras la máscara". Miro la foto tomada en otra plaza, en otra guerra, son las mismas escenas.
Abandonados como estamos, peleamos contra  todo olvido posible. Desde este confort de juguete, miro la foto. es de hace dos, tres días atrás. La vi en su momento y un dolor sordo se me trepó en el corazón. Un dolor irredento, no un dato. Un dolor viejo, salvaje y mío, que me sueña desde casi siempre. Desde dentro la fragilidad se vuelve carbón que no puede traicionar tanto dolor.
La foto. Gesto primordial que sintetiza la coyuntura. Me roba el aliento. Busco la escena y me quedo quieto, mirando desde la furia ese dolor que no se puede soltar.
Son cinco. Ella está sola. Una mujer sola contra la rabia.
Uno tiene una risa dibujada en el rostro, ríe impune. Otro valiente servidor público está por patearla en el pecho, no en la cabeza ni en el costado, en el pecho para que no queden dudas. Le han tapado la cara, para que cuando lleguen los flemáticos de esta Europa, porque llegarán a poner las cosas en orden, no pueda identificar a ninguno de estos cinco y todo quede sin castigo y en brazos del olvido posible.
Pero hay algo más. Todavía hay algo más. Para que sea un poco más siniestro, más morboso, los perros egipcios destraban algo para no volver de ese lugar. Para que no quepan dudas. 
La desnudan para que el castigo sea más letal. La humillan como me humillan a mí, que miro esta foto y pienso en la respiración de esta mujer. Miedo.
Me detengo en ese miedo, que por momentos, te atenaza y te hace desviar la vista. A vos, que la estás mirando y que no querés ver cosas feas, que te nublen la vidita que crees que llevás. Mientras no podés quitar la mirada de la foto, mientras con morbosa detención te quedás mirando los pechos de la mujer indefensa. Menos mal que no es mi mujer, mi novia o mi hija, pensás o no. A lo mejor pensás que está muy bien que alguien les de una lección y que se merecen eso y mucho más.
Por eso son cinco los defensores de las buenas costumbres, que defienden esas mismas buenas costumbres, que te defienden de estos salvajes. Son cinco los perros que cuidan el orden.
Ojalá se pudieran olvidar estos gestos repetidos en todo el mundo siempre. Buenos Aires, Tegucigalpa, El Cairo, Madrid, son los paisajes de fondo, pero la cosecha siempre la lleva adelante el poder que cuida tanta cosita intocable con sus jaurías obedientes, secuaces del poder a sueldo.
Miro la foto y se abre un profundo y negro surco de tierra hambrienta.
Somos esa palabra. Cuerpos hablados, conjeturados y destinados al lenguaje. Hechos del lenguaje que llevamos a cuestas. Definidos y demasiado ensimismados como para reaccionar desde el lenguaje mismo, aunque lo hagamos, por el momento no podemos volver a decodificarnos. Aceptamos todo, con tal de no caernos.
Asi este turbio goteo de realidades, a veces sirven para organizar el relato de algo, que sigue vivo a pesar de vivir en un paisaje de juguete, cómodo y viendo los amarillos de los árboles mecerse por el frío del invierno que destraba algunas distancias, algunos látidos compartidos y poco más.