En Zona

domingo, 11 de marzo de 2012

La lengua que migra

A veces, encontrar lo que se escapa, atrapar lo que se mueve es tal vez y a la vez, el único trabajo que siempre tenemos, en eso andamos, en eso estamos cuando nos asalta la desolación de la palabra, tenemos una lengua y nunca es nuestra, un habla que nos habla. La lengua es eso mismo que no se deja poseer, pero que, por esta misma razón, provoca toda clase de movimientos de apropiación.Por eso, guardo libros legendarios, que me acompañan siempre. Que están ahí en mi costado, atravesando fronteras, esas palabras que me muerden como las que dicen: “Tiempo del corazón, los/ soñados representan/ la cifra de medianoche./ Alguno habló en el silencio, alguno calló,/ alguno se fue por su camino/”. Es Paul Celan, un poeta luminoso y esquivo, una tormenta que sigue buscando nuevos perfiles para seguir encandilando. Seguir seduciéndome como la primera vez. Porque Celan es una marca hecha a fuego en una lengua que no fue la suya, el alemán le sirvió para tratar de resolver el enigma, escribiendo desde adentro de esa lengua adoptiva de la muerte misma, que significa entender el horror y el espanto de los campos de concentración, de la locura planificada a costa de la muerte, de lo absurdo de ese mal banalizado por el resto.
Celan poeta nacido en Rumania, encarcelado por ser de otra raza y trasladado a un campo, en donde su familia se pierde en esas listas de dolores. Pero el fue poeta.
Eligió la palabra, fue un meteoro, un destello de luz interrumpido, un momento breve apenas, que no se deja aprehender como una mercancía ilegal, que espera desentrañar ese dolor traducido mediante la marca de lo dicho. Una cicatriz.
Pienso.
Celan se apropia de una lengua que no es la suya. Se dice desde ahí. La interrupción.
La poesía define la lengua, la recorre y la descubre. El hombre, el que desciende de la palabra al vacío, tuvo en vida, cuatro nacionalidades. Atravesó el espacio de sonidos diferentes. Desde la herida de la lengua viajó al fondo de ese pozo negro, como hombre, solo como generación enfrentado a ese espanto que define la creación posterior del campo. Entonces Celan escribe: Leche negra del alba la bebemos de tarde/ la bebemos al mediodía y de mañana la bebemos de noche/ bebemos y bebemos/ cavamos una tumba en los aires ahí no hay estrechez/ Un hombre vive en la casa juega con las serpientes escribe/ escribe al oscurecer a Alemania tu cabello de oro Margarita/ lo escribe y sale de la casa y relampaguean las estrellas silba a sus perros aqui/ silba a los judios allá manda cavar una tumba en la tierra/ nos ordena ahora toquen música de baile..."
Revive el idioma, lo desmenuza y lo hace hablar con una voz nueva. Sus tormentas lo siguen por todos los verbos. Asi desfilan en sus palabras los gestos aireados de los muertos ante la muerte misma, en un sonido que pervive en las heridas, en los susurros que nos hacen lo que somos.
Paul Celan terminó buscando el límite en las aguas del Sena, su última ciudad, su penúltima lengua hablada en las profundidades de las algas y el barro oscuro de un río demasiado famoso para él.
 Pongo música y subo el  volumen y nacen estos chilenos también jugados en una palabra. Congreso y sus años de música. Suenan y los aires se detienen para recomenzar el baile. De esta forma, de esta manera, el Chile mineral se asoma a mi pisito madrileño y juguetea con "En todas las esquinas". Los gatos se llaman para el sexo, y bailo al compás de una música que todavía sigue manteniendo intacta esa fortaleza que tiene la libertad. Ahí están el "Tilo" González y el Francisco Sazo, desde el 69 haciendo eso que saben. Cantarle a todo paisaje que se les cruce. Darle una oportunidad a la buena música y hacernos más ligero el equipaje en esta cuesta que afrontamos desde siempre. Por su aire, planea el cuerpo hecho música de Violeta Parra, por esos intersticios nos vamos sublevando y somos y ya no somos, esa rebeldía profunda que vive entre raíces y oscuridades. Congreso es lo mejor que sigue latiendo en eso que algunos llaman "Nueva Música Latinoamericana" o lo que esto quiera decir. Así vamos encendiendo con las músicas de estos chilenos los rincones que nos rodean. Se baila al compás de Congreso y un continente anclado en el aire, hace de las suyas a pesar de no ser rock, jazz o folklore. Es música que vive y que produce ese vértigo rebelde de saberse sobrevivientes de deshielos y de algunas almas errantes que llevan su música a cuestas.
Digo.
A veces cuesta entender los mecanismos que llevamos tiempo practicando. Nos muerden los talones las urgencias y perdemos de vista esos bosques por fijarnos solamente en el árbol. Es tiempo de amores y desamores. Algunos insistimos en un mundo más justo en medio de estas crónicas de soledades que nos escribimos. Porque hablando en criollo, los cuerpos siguen siendo literatura, siguen siendo un rastro en medio de tanto desbande. La música suena y ya quedan solamente las lucecitas de colores del baile popular. Será cuestión de comenzar a pensar, pensarnos en otras situaciones.
Fumo esperando, mientras los nombres se destraban. Aúllan los que quieren seguir estafando, a los solos que hacen  cola en el desierto. Estamos en la banquina, mientras las moscas zumban a nuestro alrededor. No nos queda voz ni para pedir fiado. Asi entre pasiones y secretos, vamos comprendiendo que este carnaval que llaman alegremente globalización, es solamente un baile de muertos.



viernes, 9 de marzo de 2012

Postales de Madrid

Finales de invierno
8 de marzo
Madrid ya se sabe, es una fijación antes que una ciudad. Es el espacio en donde chocan historias, que se entrecruzan y vuelven a moverse. Es un juego, esta ciudad es una especie de juego.
El invierno este año faltó a la cita. El frío está ahí afuera, pero sigue de largo. Los amigos vienen desde lejos y descubren una especie de mueca, una primavera briosa y casi eterna.
Pero es una ciudad que anida en nuestros surcos, en nuestras arrugas y en nuestras toses irredentas. El camino que lleva de ella y hacia ella, lo hacemos entre todos a pesar de los fascistas que anidan en ella, de los quijotescos de  siempre que esperan por el día y de todos, que marcados por la desolación de un cielo rabioso, especulan sobre lejanías, amores y futuras revueltas.
La ciudad está ahí, te brinda secretos y descubrimientos. Canales por donde pasan nervios y otros abismos. Seducciones imprevistas y memorias fugaces. La Glorieta de Bilbao es el sitio, por ejemplo, en se reconocen miradas amigas, donde el cigarrillo acompaña el café en la terraza del Comecial y uno mira, percibe el desfile desaforado de una vida bajo tanto cielo abierto, tanto sol casi blanco y tanta urgencia de ternuras futuras.
Ya se sabe, vienen años terribles, mucho más de lo imaginado. Años de apretar dientes, de pensar nuevas formas, de alimentar ese costado tierno que a veces nos regala la esperanza de un tiempo mejor, de respeto y de confianzas.
La ciudad no sale de ese asombro que significa la primavera a destiempo, los ajustes siempre a tiempo y la certeza del final de una época, que si bien no fue buena del todo, por lo menos permitió conocer de primera mano estos tiempos vencidos que hoy nos cobijan.
Pero son tiempos raros.
Algunos quieren que los taxistas de la ciudad vayan armados para defenderse. Y es claro, con tanta gente que anda sobrando por esas callejuelas inhóspitas, con tanto inmigrante canalla, tanto parado desesperado,  con tanto revolucionario de calse media, que solo quiere pagar su hipoteca a tiempo o tanto desalojado o estafado de a pie. Es lógico que la derecha quiera que la gente d ebien camine por allí armado hasta los dientes. Ya se sabe, la propiedad privada es más importante que la virginidad y no es cuestión de andar invitando a tanto demonio al banquete al cual no han sido invitados.
Mientras tanto dejo pasar la tarde eterna mirando la glorieta y entablando charla con los recuerdos. Tardes en donde todo parecía detenerse, en donde el descubrimiento lo era todo. Un café y dejar que la vida se desnude por fin para uno.
Ahora me acompaña una música que me llega profundamente. Es Frank Zappa el que se mete conmigo y me hace pensar, que la música es un momento, que nos habrá de acompañar siempre, como aquellas cicatrices que nos hacemos en cierta época de nuestras vidas. Ahí en mis cascos futuros auriculares en el sur del planeta se cuela la emoción de este músico total, él pensando en la música como algo sin fronteras, construyendo desde el margen de una supuesta cultura oficial, una manera nueva de concebir la creación y todos los justificativos necesarios para enterrar la otra, la oficial, la domesticada. Como tantos que fueron edificando desde su talento algo vigoroso y necesario para enfrentar tanto despojo, tanta miseria a reglamento.
Ahí, sentado sobre mi cabeza desfila este músico que desde el rock and roll, se asomó y nos hizo trastabillar a muchos, a un mundo pleno y loco. Ahí en pleno debate en la comisión de censura que presidía la mujer del actual ex vice presidente de los Estados Unidos y defensor tardío de la salvación del planeta, sobre la salud mental de los más chicos en un mundo que hace todo para destruir siempre la salud mental de los extraños, Zappa utilizó años para discutir con los políticos que todo arte no necesita de diques ni de controles, sino que el arte es la mejor forma de seguir creciendo siempre.
Sigo como esperando en el café de la glorieta. Mirando la locura que a veces asalta a esta ciudad sin fecha de nacimiento, esta ciudad de gatos y sus pulgas a la orden del día.
Entonces Zappa canta: "We're Turning Again" y las personas se deslizan por las aceras como en un ballet involuntario. Es que nos estamos convirtiendo una vez más, sería la traducción elemental a la que apelo para entender lo que dice Zappa y lo que hacen estas personas que pasan por la acera del comercial para alegría mía.
8 de marzo. Noche
El Athletic de Bilbao le va ganando a los ingleses en Manchester. Sonrio y me acuerdo de la última charla sostenida con mi amigo Enrique. Entre risas, veíamos al "loco" Bielsa designado dios o sencillamente emperador del país vasco. Un rosarino como el "Che" Guevara, en Bilbao llevándolos a la gloria futbolera. En fin.
Descubro un suburbio nuevo. Siempre amé profundamente los suburbios. Me deslumbraron, me cobijaron y sin serlo me sentí parte de ellos. La periferia, el borde, el límite. La periferia de la ciudad, la que muchas veces espanta a la gente bien que vive allá lejos, en donde las luces resplandescientes.
Desde los suburbios se despereza la memoria.
En esta noche transparente me adentro en la escritura de un amigo, me deslizo por la profundidad de su mirada y miro con él. La palabra sujeta, define y nunca es inocente. El texto preso, impreso.
Lo dicho entonces. Veo paisajes lejanos, entrevistos, saboreo el placer profundo de ese suburbio moscovita, escrito, pensando y decidido por tipo audaz.
Asocio.
En medio de la noche me llega la imagen de un poeta. Iosip Brodsky. El pelirrojo de Leningrado, el que iba al colegio que quedaba al lado de un arsenal militar y al lado de la cárcel más famosa de esa ciudad y tal vez de toda la Unión Soviética: Las Cruces.
Iosip pasó por las tres. En cada momento de su vida se deslizó por los tres círculos. Abandonó la primera porque no le interesaba demasiado, trabajó en la segunda y vió como los presos arrojaban cartas para sus familias y terminó en la tercera por querer ser poeta. Después le habría tocar una granja colectiva en Siberia en donde habría de pasar menos de tres años, no un campo de trabajos forzados, como dijeron en su momento los imperialistas de siempre. Luego lo dejaron volver a su ciudad hasta que terminaron cansándose de él, para echarlo de una buena vez. Lo subieron a un avión y dejaron que se fuera de una vez y por todas y si era posible, para siempre.
De esta manera desembarcó en Viena, sin dinero ni documentos, sabía que allí estaba su poeta favorito, se buscaron y pasaron sus primeros tres días hablando solamente Auden en poeta inglés expatriado, lo recibió con entusiasmo, lo cobijó y hablaron, larga y quedamente sobre universos, sobre palabras, sobre las cuestiones que hacen a los poetas y a la poesía misma.
Tres días de poesía, de las aspereza de una lengua indómita entre estos dos poetas. La construcción de un momento, que solo sería y fue eso. Después Brodsky habría de escribir siempre de esto, de este hecho, hasta hacerlo natural en su visión.
Es de noche, fuera Madrid vive su noche de jueves.
Lamento haber tenido y haber abandonado su libro sobre Venecia que se llamaba "Marca de Agua". Escritos configurados durante su estadía en esa granja de castigo y escritos en inglés, lengua que solo utilizó para escribir sus ensayos. Sus poemas eran en ruso y su mujer italiana, bella y veneciana.
Iosip siempre estuvo en contra de cualquier advertencia, nunca creyó en ellas. Un expulsado, un marginado que nunca se percibió como una víctima para no darle importancia a los censores y burócratas de siempre que no creyeron en él.
La ciudad, ésta que me contiene por ahora, parece detenida. Silencio en las calles, una leve tristeza y poco más.
9 de marzo. Mañana
Ya faltan pocos días para un nuevo giro. De tanto cruzar puentes y quemarlos, a uno le queda el gusto por el fuego y sus recuerdos.
La ciudad tiene un brillo oportuno.
Me preparo el mate mientras miro por la ventana a los gatos barrigones soleándose entre las plantas y sus brotes de resistencia. La vida sigue a toda costa.
En un momento, tomaré el autobús y terminaré en el Barrio de Las Letras, para caminarlo y detenerme en cualquier cruce de esquinas maravillado por el color tierra de una ciudad hecha de barro y de pájaros. Habré de terminar en la Cuesta de Moyano recorriendo los lomos de libros viejos con mis dedos, esperando que el sol siga descubriendo los contornos insinuados del Retiro allá atrás.
Caminaré esta ciudad buscando razones y motivos.
Se viene el paro general para el 29 de este mes. Algunos estarán ahí, otros en cambio se quedarán en casa esperando que todo esto no sea más que un mal sueño. En realidad es el tiempo que viene, en donde se habrán de dirimir sangres, las mismas de siempre buscando un nuevo camino. Por el momento los que medran con el miedo colectivo, van de a poco haciendo sus cuentas y por ahora, solo por ahora llevan las de ganar.
Hay más policías en la calles, más caras serias mientras, los liquidadores de siempre, siguen cortando derechos molestos, los patrones sonríen en las fotos con sus empleados ministros, diputados, senadores y duques.
Habrá que desensillar hasta que aclare, como decían hace tiempo y ver y comprobar cuanto dolor nuevo y antiguo somos capaces de aguantar antes del estallido.
Seguramente esta tarde, termine en el comercial, en la glorieta de Bilbao percibiendo como se extingue un viernes más, antes del fútbol y de la idiotez de todos los fines de semana, que por ahora distrae a los comensales de los pocos restos que van quedando en la mesa.

lunes, 27 de febrero de 2012

La memoria del color

Detenerse un segundo, pausar la mirada en un trazo y descubrir la vida desde un pincel, desde una idea y dejar que ese otro decida, así siempre. Como siempre ha sido desde el primer trazo hecho a la luz del fuego en una pared, en una caverna, cuando alguien quiso dejar una huella, un rastro.
Me ocurre cada vez que me cruzo con Marc Chagall, cada vez que nuestros caminos coinciden en determinados momentos. El sigue deslumbrándome a pesar de ser viejos conocidos. Detenerse entonces en un museo, frente a una ventana de poesía plasmada en colores, detenida, estática y a la vez plena de movimiento, de vida, de locura y de potente imaginación al servicio de una idea. Así descubro una vez más la claridad de este artista que dejo que me invada, poco a poco. Son algunas cosas que uno lleva siempre consigo, esperando la próxima mirada, la siguiente vez que esto ocurra.
Cubista y fauvista, Marc Chagall arrastra la historia del siglo pasado en su mochila. Ruso, francés por adopción consiguió dejar constancia de un momento de la pintura, de su pintura, personal y alucinada. Emigrado, perseguido, completa una historia que definió a un siglo pautado de tragedias, sinsabores y alegrías rabiosas. Luchó con sus colores para dejarnos a nosotros, esas huellas indelebles que consignó sobre telas y papeles.
Digo.
A lo mejor desde el amor, pensó ese rescate ideológico de su niñez en una Bielorrusia lejana, fría, azul de húmedad. Esas transparencias y estas tonalidades orientales se entremezclan en las fronteras de sus lienzos, en los límites justos de lo plano, para edificar esa especie de justificación que es el arte. La libertad y lo absoluto también otorgan sus colores, sus formas en y dentro de esa fantasía de colores, que el pintor detiene, este pintor, que rompe con la tradición a sabiendas de saber, que sigue adelantando en un camino sinuoso. Y que nos lleva, dejando nosotros que lo haga a cada paso.
La pintura es poesía, asi lo ha sido para mí. Así lo sigue siendo cada vez que descubro un perfil diferente en un cuadro ya visto, en un recuerdo dibujado y mantenido en ese recuerdo lejano, que a veces me asalta cuando redescubro a este hombre.
El sol muerde el balcón, parece un día cualquiera y sin embargo es invierno. De fondo, siguiendo mis pasos como un gato lento, se despereza la voz de Sarah Vaughan acompañada por el eterno Clifford Brown. Una música secreta cabalgando sobre la voz de esta cantante en su primer trabajo, a mediados de los cincuenta, a su lado, tal vez uno de los más resplandecientes trompetistas y potentes que haya habido en la historia de esta música. El misterio de este trabajo, es como debió tocar Clifford Brown para no opacar este debut.  Porque en este disco se juegan y se descubren muchas cuestiones. Por ejemplo que Vaughan canta como si fuese una veterana de mil batallitas de humo, bourbon y noches eternas y el trompetista, juega con suavidad detrás de esa voz que llena todos los rincones, que juega sobre la línea del sol de este invierno extraño, demasiado extraño, útil en todo caso para ejercer el placer de dejarse llevar, por lo tumultuoso de unos tipos que tocan de fondo, con todo el sentimiento posible y la voz de esta mujer que llega como un vientito suave. Vale la pena retener "April in Paris", versión casi imposible de superar por nadie de los que vino después, por lo menos en esta variante de viejo bar a la espera de los viejos parroquianos.
Vuelvo.
Es evidente que la pintura, que el momento de la creación es la posibilidad de describir la tremenda fuerza que tienen los colores de Chagall, la familiaridad de contar y detener momentos. La emoción en todo caso, en estos días se dsifrazó con sus colores en la expsoción que se lleva a cabo en Madrid y que se cruzó en mi camino. Con la fortuna que tienen siempre los encuentros fortuitos, que descolocan, dislocan la lógica de toda casualidad. Así como el amor, coincidimos los dos en una muestra. Fue volver a detener el tiempo, seguir el trazo, desentrañar tanta historia oculta que portaba el artista y que mimetizó con sus colores hasta llevarnos a esta especie de festejo que siguen siendo sus obras, su amor y por sobretodas las cuestiones: su humor.
Digo.
Es tiempos de maletas, de selección, de abrazos. De despedidas, de recuerdos. Es un tiempo marcado por la insolencia de los poderosos, por la tristeza de tener que volver a comenzar sabiendo, que siempre se vuelve, que siempre como sísifo se está subiendo una piedra cuesta arriba. Es tiempo de mover cosas de su lugar, de dejar entrar el aire por los intersticios que dejan las cosas viejas, acumuladas y alejar la muerte que siempre anida entre las cosas viejas, impidiendo que sigamos adelante. Son momentos de romper papeles viejos, amarillentos, de desechar viejos y ya diminutos lápices que se quedaron entre las medias y los calzoncillos. De descolgar cuadros y comenzar a vaciarse. Los viajes siempre son largos, aunque demos vueltas por el salón, son viajes interminables.
Me quedo con esta posibilidad de Chagall. Con sus inaúditas insinuaciones y sus cielos cargados de rastros, con sus colores que me regalan un poco de luz entre tanta niebla liberal. Algún día pagarán sus culpas los traidores, pero es ya es otro tema.
Sigo pensando en el rasgo de un pensamiento, en la elaboración necesaria para justificar siempre un audaz momento de lúcidez que nos advierte siempre que la cuestión es siempre entre uno y la negritud y el silencio pleno al que nos somenten siempre y por diversos motivos esta vida.
Ahí se queda entonces el misterio de la creación para que desgranemos adjetivos casi despreocupadamente. Ahí y solamente en ese sitio se instala una de las tantas versiones. Marc Chagall, ruso, francés, judío hizo antes el camino y nos pintó desde su mandato las huellas que desde el comienzo venimos siguiendo como baqueanos desmemoriados, despistados por tantas cosas que llevamos con nosotros.  Elijo esta marca de este pintor que abruma y desmonta muchas de las preguntas sin respuestas que a veces logran sitiarme. Ahí están sus cuadros, su colección de memorias, los personajes y sus casas de la infancia en ese pueblo lejano y frío plasmados en lienzos o cartones, las fábulas de La Fontaine dibujadas en blanco y negro con algunas pinceladas de color. Esa mujer con sombrero a la que le cantaba un cubano  muchos y definitivos años atrás y el determinante encanto de un talento que demuestra una vez más la pareja
importancia de llevar siempre hasta extremos en apariencia no muy claros, ese el límite creador que es siempre un gran invento de los hombres, como el amor y sus consecuencias.
A pesar de las lejanías y de los misterios uno, yo, aprende y se deja seducir por esa memoria que encierra colores y sonidos, texturas y movimientos, como la parte más importante de ese equipaje silencioso que portamos cruzando la vida y todas sus miserias.


sábado, 25 de febrero de 2012

Ese dolor de siempre

Es difícil de articular palabra, diferenciar el dolor profundo que anida en tantos cuerpos. El delirio de algo pronosticado desde hace años, décadas. Algo que iba ocurrir como la maldición que acecha siempre al hombre de a pie.
La mala se nutre de de nuestras sangres, nos persigue, se nos cruzan gatos negros ante nuestros pasos ¿Mala suerte? ¿Cástigo o maldición divina? No me parece. Creo que de alguna manera este horror producido por este disparate de hecho que nos conmueve, es algo previsto, previsible, casi armado con paciencia por los que siempre arman este tipo de cosas.
Cosas que siguen sumando vidas, sangres, dolores, broncas y esa sensación de final que nos asalta a todos, que nos enluta y nos sumerge en esa tristeza rabiosa, eterna, negra, profunda. Ese dolor que arremete dejando surcos en el alma. Como los pibes muertos en Cromañon años atrás, con tantos y tantos que se van perdiendo en la memoria popular. Sin embargo quedan también rastros, de risas, besos, abrazos, palabras dichas o sugeridas por aquellos que momentos después no estarían más que en los titulares de los canales o periódicos vendiendo carne como siempre. Sin embargo esos cuerpos eran vida, antes. Pura vida construyendo vida a fuerza de vida misma. Momentos antes iban al trabajo, algunos llegaban tarde, otros con tiempo. Momentos antes era un día más, uno de enfrentar la vida como todos los días, algunos pensando en el fin de semana, lejano todavía, otros pensando en esa coneja que siempre corre por delante de nosotros ni no se deja pillar la muy esquiva o en los galgos que siempre nos hacen galguear.
No, no son cifras ni datos estadísticos, son solamente hombres y mujeres que entregaron sus vidas una mañana triste a pesar del sol y de tanto febrero.
Digo.
¿A quién culpar? ¿Al gobierno? ¿A la empresa privada que gestiona el servicio? ¿A quién? Al gobierno porque no controla lo que es el bienestar general, a la empresa porque no invierte y no deja de calcular ganancias a toda costa. Entre ambos se produce una especie de complicidad mortal como fue lo de la estación de Once.
Pero sigo.
También yo culpo a los políticos mafiosos que décadas atrás desmantelaron o terminaron el trabajo comenzado por los dictadores en contra del estado. Muchos de los que hoy levantan sus puños y sus voces, en su momento aplaudieron casi a rabiar las políticas privatizadoras. Las políticas que achicaban un estado demasiado gigante y perjudicial. Tener teléfonos a disposición, aunque sea pagando la tarifa más alta del mundo, tener una compañía de aviación internacional, aunque en su país de origen fuese deficitaria, regalar el petróleo a una empresa, que de buenas a primeras transformó a su país en uno de los cinco o diez mayores productores de ese bien de occidente. Ramal que para cierra, decía el muñeco del poder. Cortaron el servicio dejando a todo un país al borde de los rieles. Mientras tanto, nosotros los argentinitos creíamos ya estar en el primer mundo. Ya éramos lo que seimpre debimos ser. Casi nos lo merecíamos por blanquitos y sumisos.
Por aquella época, alguien bautizó los votos de la reelección, como el voto cuota y así siguieron, destruyendo, cortando los lazos sociales de millones. Esa clase que está en el medio es la que vota por empresarios, para que manejen la política como una empresa, cuando estos, los empresarios prebendarios del estado como Macri o Amalita Fortabat, se enriquecen y delinquen a costa de ese mismo estado obsoleto, cuando no les conviene.
Insisto.
La idea es que si los dos accidentes más terribles y devastadores de la historia de los ferrocarriles en su historia, están separados por ochenta años eso queire decir, razonando, que ambos ocurrieron cuando los ferrocarriles argentinos eran empresas privadas. Raro.
Empresas manejadas solamente pensando en la ganancia, en enviar esas mismas ganancias fuera del país. En el medio, hay otra historia. De trabajo, de solidaridad, de sindicalistas corruptos, de delegados heróicos, de un tren que llegaba a todos sus destinos. En fin.
Pienso.
Estoy anegado por el dolor. Miro mi país y se me apelmaza la vida. Pero también que el dolor no tiene diques. El dolor, ese dolor está ahí dejando su huella en millones de personas consternadas. Un dolor alto como una montaña, inmóvil y latiendo.
El gobierno debería revisar las privatizaciones y exigir responsables, llevarlos ante la justicia. Castigar de una vez y por todas tanta impunidad, hacer justicia. Amparar a tanto desamparado al borde del camino.
Digo.
Uno no va a una manifestación con una "molotov" lista. Uno no va a incendiar. Uno no va tan preparado en estos tiempos a una guerra campal. ¿Quién arma eso? ¿Quién aprovecha la coyuntura para sacar tajada de semejante desastre?
Uno se enoja y reacciona. Uno construye desde donde puede y sigue amaneciendo con preguntas sin respuestas.
Supongo.
La ciudad, todas, es el texto de la cultura, genera textos que se funden con otros textos. Buenos Aires es hoy, para mí un texto, disperso y trágico, doloroso y vivo. Una señal, una palabra sujeta a ese fascismo interior que es la lengua que nos predispone a decir. El decir nunca se pone, sino que se padece, decimos y somos nosotros en medio de ese espacio simbólico que es la ciudad. Mito que nos detiene en la órbita justa de ese dolor compartido, de ese trance que siempre nos encuentra.
Tal vez y a lo mejor esta ciudad es solamente ese dolor de siempre aunque lo neguemos y a lo mejor solamente se trata de eso y nada más.

viernes, 17 de febrero de 2012

Rata

Hay cosas, cuestiones que nunca cesan, que parecen detenidas, en espera. Que nos siguen marcando la piel a trazos gruesos, curados a sal y soles. A veces este juego de la memoria es ladino, confunde, opaca y nos hace viejos de toda vejez. Otras en cambio, hace una gambeta, disimula, marea y nos deja desnudos de palabras.
Los nombres acumulados, las lecciones aprendidas, los gestos que no han naufragado a pesar de los años transcurridos, los amores arrebatados y arrebatadores que nos cobijaron con una manta tejida por manos y manos de memoriosos y de memorias radiantes.
Todo eso sigue estando ahí, cerca del costado izquierdo que portamos. Todo, absolutamento todo, es como un viejo y descolorido álbum de fotos sigue marcando la pauta de nuestra conducta. Sigue indicándonos sin lugar a dudas la presencia de una moral, de un camino.
Nos hemos ido haciendo viejos. Nos pasó la vida. Vinieron hijos y nietos a curar algunas heridas, se fueron amores desmedidos y llegaron nuevos amigos. Llegó el viejo y nuevo sentimiento a la vez, de volver a creer, no ya en los cielos por asalto, sino en la madurez de una plantita cuidada contra el frío y el bicherío de siempre.
En el tomar mate sostenidos por la charla, en el abrazar con el corazón pegado al del otro. A escuchar el látido de las noches, mientras la memoria se despereza y nos hace compañía en esas noches largas que a veces nos invita a bailar al compás de las mejores danzas ejecutadas al pie de las lluvias.
Digo.
Los nombres, los datos, las contraseñas. La risa salvaje y joven. El perfil a contraluz. La palabra dicha, la palabra dada. La puntería. La rabia y los descubrimientos. Los sueños y su mochila de realidad. La musica que rodeaba todo. Las calles caminadas en un murmullo. El amor a destiempo. El trabajo y todos sus días. Las lecturas compartidas , las lecturas a solas. Las bufandas y los ponchos colorados con la cinta de duelo por la muerte de un caudillo en el norte de un país tan eterno como el fuego. Las movilizaciones y las conversaciones a la madrugada. La espera a la salida del colegio o de la facultad o de la fábrica para que ella solo te mirase una vez. Los viajes en medio del frío hacia ningún lugar y los regresos siempre de lugares sin nombres. El miedo y el coraje enmarañados. La secreta terquedad de ser mejores en un mundo en vías de mejorar.
Asi pasaron los años, después del fuego vinieron las cenizas, las despedidas y como decía Walsh el luminoso día de la justicia se llevó a cabo. Hubo, después de muchas traiciones emblemáticas y amables, justicia. Decían por allí que pagarán su culpa y comenzaron a pagar. Sin embargo.
Sin embargo había ratas. Muchas ratas. Ratas
De forma sorpresiva, en estos días leo en un periódico, en Página 12, que una revista española acaba de publicar un reportaje hecho a Videla.
Rata.
Esta preso por crímenes de lesa humanidad. Condenado a dos cadenas perpetuas. Degradado y expulsado de la sociedad armada que en su momento se llamó ejérctio argentino. Ignorado por los empresarios y por los curitas abusadores, abandonado por los campesiones en autos importados de la sociedad rural, excomulgado por los portadores de apellidos de prosapia, ahí está.
Ratas.
Los medios de comunicación que se proponen una mirada ascéptica sobre la realidad. Periodistas que dicen defender la libertad de prensa, pero ejercen la libertad de empresa y de paso todo derecho de  pernada. Comulgan en el mismo saco.
Rata.
Que mandaba una jauría de perros que decían defender la patria. Ahora que vuelve a tener voz gracias a las miserias periodísticas de siempre, repite la misma mortal encíclica. Defendieron la patria y a la familia. Premiaron la violación y la sustracción de menores. Condecoró la picana y cantaron con orgullo los logros del exterminio. Ah! y defendieron con su propia sangre la propiedad privada, toda la propiedad privada que se extendiera a mu mirada.
Digo.
Los españoles acaban de juzgar a un juez, que quiso entre otras cuestiones elementales, saber qué ocurrió con las casi cien mil desaparecidos españoles durante décadas de infamia fascista. El mismo que encarceló a Pinochet y que después liberaron los inventores de la democracia occidental. El mismo que cursó la orden de extradicción al marino Cavallo desde México y después, una vez en España, lo entregó a la justicia argentina para que pague sus culpas. El mismo que condenó a más de mil años a ese otro valiente marino argentino que pilotaba aviones mientras lanzaban al mar a gente dormida y maniatada.
Ratas.
Las casualidades no existen. Nosotros somos los sudacas. Sudacas que ejerciendo el derecho a la memoria, encarcelamos a torturadores, asesinos y saqueadores. Con un juicio justo, con abogados defensores, con todas aquellas pequeñas cosas, que ellos en su momento histórico no le brindaron a sus enemigos. No hay casualidades. Ahora por ejemplo, que el gobierno le reclama a Repsol ciertas cuestiones, una revista española publica este audaz reportaje. No, las casualidades no existen. Mientras en España echan a la calle a un juez decidido, los patrones ibéricos luchan por suprimir el derecho de huelga. No, las casualidades no existen. Los falangistas españoles están en el gobierno y se nota.
Allá, en ese país imposible que llevamos encima como un tatuaje, una política argentina pide por la libertad de estos mártires de la república.
Rata.
Todavía resuenan las palabras de este tipo cuando explicaba que los desaparecidos no estaban. Así este defensor de la integridad de la patria quería clausurar una idea. Dar por finalizada la conversación con periodistas adictos de aquella época. Hoy otro periodista le pregunta y aprovecha para darle entidad. Así mientras Repsol engaña y tergiversa sus ganancias, aprovechan para volver a poner a esta rata otra vez en un medio que habrá de repercutir y de hecho lo hace en la flemática y democrática prensa argentina. Para alegría y beneplácito de tipos tales como Lilita Carrió, Eduardo Duhalde, la dueña de Clarín y los personeros del régimen de La Nación. No, no es casualidad.
Ratas.
De uno u otro lado del oceáno. De una u otra manera los esquiroles de siempre se preparan para el festín de libertades y derechos. Los fascistas abogan por el fin de la política, dicen, murmuran que toda política es mala, sucia, por eso escriben en sus muritos sociales los idotas de siempre, que ellos ya no son ni de derechas ni de izquierdas. Por qué pensar en política? Si la política es un juego de toma y daca que se hace sobre millones de huesos para seguir manteniendo los privilegios de los privilegiados que gobiernan desde esa misma polítca que ellos quieren para si, ignorando al resto. Los empresarios ríen, algunos abiertamente y otros en la trastienda, saben que ahora es el tiempo de ellos. Tendrán que preparar sus bayonetas y sus nuevas medidas correctivas aunque por el momento y para enojo de estas ratas sedientas Grecia es una especie de estorbo, un mal ejemplo mientras que para nosotros es una lucecita rebelde que brilla rabiosa y con orgullo.
Rata.
Videla ha vuelto a figurar en la agenda de los que necesitan torturadores para el trabajo futuro. No será él, pero habrá otros. Para aquellos que quieren que todo vuelva a ser como fue antes. Los que esperan que el mundo desarrollado dé la espalda a estos sudacas irredentos, que siempre seremos nosotros, para volver al buen camino del cual nunca debimos alejarnos como ahora.
Ellos. Ratas.
Hablan de derechos humanos, pero son solamente aquellos derechos suyos. Dicen lo de siempre, mientras piensan en la rata con dos cadenas perpetuas. Hablan de república y de derechos, pero estos dictadores de cartón ya están viejos, esperando la muerte o la locura, para escapar de este presente de justicia y de memoria.
Mientras tanto, mientras quede un poco de memoria en nosotros, seguiremos pensando en la justicia, en el nombre, en el rostro, en las vidas de aquellos que estuvieron con nosotros buena parte del camino, indicando con sus vidas, con sus gestos, el límite exácto, justo para que la justicia se lleve a cabo.
Todos, cada uno de ellos tenían una vida, tenían nombres y se merecen que no los olvidemos. Ellos, esos rostros que nos acompañan desde siempre, lucharon por algo. Por un mundo mejor, para todos y eso, las ratas no lo olvidan, por eso reclaman el silencio como cura de todos los males de este mundo.
Por ahora, entonces y a pesar de ciertos periodistas que dicen defender la libertad de prensa, las ratas están en donde deben estar, disfrutando de la justicia que ellos supieron negarle a muchos, pero muchos, aquí en España y allá en Argentina.
En esta banalidad del mal que quieren imponerle a casi todos, nosotros los sudacas de siempre, debemos comenzar a desterrar del vocabulario diario la frase:"yo no sabía", para no olvidarnos, porque el pasado siempre se supo, siempre se vió, porque el problema era animarse a ver lo que ya se sabía y en eso andamos. Pero esa es ya otra historia.