En Zona

viernes, 23 de marzo de 2012

Ustedes tuvieron los relojes, nosotros tenemos el tiempo




No, no estaba bajo un cielo extraño,
Ni bajo la protección de extrañas alas,
Estaba entonces con mi pueblo
Allí donde mi pueblo, por desgracia, estaba.

                                                       Anna Ajmátova


Cuesta pensar el tiempo. Pensarse en el tiempo. Transcurren los años y uno se mece al compás de días, semanas, meses, años. Los recuerdos acompañan este ir y venir. Los nombres, los lugares, nuestros lugares, nuestros equipajes modestos. Amores pérdidos, calles olvidadas, bares abandonados. La vida sujeta con pequeños hilos, el frío de un otoño que no se quita del cuerpo. La noche que por aquellas noches lejanas, parecía eterna. El silencio, los dos silencios, el cómplice y el terrible. La rabia escondida en los suburbios, la rabia de los que conocían el color del dolor que llegaba con rabia también y arrasando. Las horas aquel lejano día eran solo una mueca, se hacía imposible no imaginar lo que habría de ocurrir, se contaban las respiraciones, los látidos y se contaba el silencio.
La Nación y Clarín, dos de los diarios más importantes y secuaces de siempre, saludaron alborozados desde sus portadas. El Fondo Monetario lo hizo 36 horas después. Los habitantes del barrio norte, salieron con sus banderas y sus autos a festejar colapsando una de sus pocas avenidas. La iglesia los bendijo y los hizo comulgar mientras evocaban gestas más antiguas contra otros infieles. Los dueños de la economía, los partidos políticos, casi sin excepeción apoyaron el baño moral que recaía de nuevo en la tierra bendita por ese raro dios argentino.
Es decir se demostraba así y de una vez y por todas, que dios existía, mientras nosotros, todos nosotros no.
Se inició así la construcción del por algo habrá sido, el algo habrán hecho, aquellos que eran, que fueron exterminados. La costumbre metódica de mirar para el otro lado, de aquellos metódicos que siempre hablan del sentido común, sabiendo que siempre es el menos común de todos los sentidos.
Legalizaron la temporada de caza, yendo casa por casa.
Pero también desmantelaron lo que había en pie. Hicieron tierra quemada con hospitales, escuelas, fábricas, universidades.En su lugar reinaron los campos de concentración, los vuelos nocturnos sobre el mar para deshacerse de los rastros. Impusieron la picana, el balazo en la nuca o una inyección para adormecer y no resistir.
Ese día comenzaron a sentirse invencibles.
Creyeron que tapando el sol se decretaba la noche. Algún tiempo después sin embargo, comenzó la resistencia. Como se pudo. Los mecánicos, por ejemplo, hicieron su primera huelga ese año, ante el secuestro de comisiones internas enteras por parte de los aguerridos defensores del estilo de vida. Creyeron que exterminando todo lo que hubiese a su paso impondrían la paz de los cementerios. Fraguaron falsos enfrentamientos contra maniatados, para justificar tanto asesinato. Inventaron colosales fugas de penales de máxima seguridad, para ejecutar por la espalda a temibles guerrilleros esposados. Fingieron operativos colosales para secuestrar de sus camas, matrimonios peligrosos, niños armados hasta los dientes y de paso y como quien no quiere la cosa, llevarse televisores, heladeras, joyas o simples y extravagantes y mortales tostadoras eléctricas venidas de cualquier paraíso de delincuentes subversivos.
Pero desde primer momento se supo la verdad. Eran y siguen siendo la antipatria. Depués de todo, siempre fueron lo mismo. Mercenarios a sueldo del estado. Alentados por los delincuentes civiles de siempre, que todavía tanto tiempo después siguen disfruntando de las prebendas de ese estado que dicen combatir o despreciar.
Esa noche los perros soltaron a sus perros por todo un país, para ejecutar el mayor genocidio desde el exterminio de los indios también llevado a cabo por otros gloriosos e ilustres militares. Esa noche, ellos mostraron orgullosos sus relojes a esa parte cómplice de la sociedad que respiró aliviada ante el fin del peligro. Llegaba el tiempo de ellos. De la justicia implacable e inapelable.
Juraron y orgullosos declararon una guerra. El camino estaba delante.
Esa noche, el frío extraño. La oscuridad más profunda y el dolor ya era, desde hacía tiempo algo compañero. Se detuvo el tiempo, viró hacia el olvido. Los malos había ganado al final de cuentas, solo por el momento.
Pienso.
Amigos entrañables, seres con los que crecí. Nombres que fueron obligatorios en mi camino. Discos, lecturas, pasiones, ideas compartidas. El poncho de los años por aquellos años, nos cobijaban juntos. El primer amor, el primer recital, la primera soledad. Las caminatas por la madrugada buscando razones a un acertijo. El café eterno, el mozo asociado a nuestra levedad y a nuestra seriedad. Ser los mejores, porque todo era posible. Mientras otros estaban demasiado preocupados con las palabras, algunos de nosotros descubríamos otros parajaes, otros nombres y otras memorias con las que crecer era posible.
Muchos años después, en otro país, escribo pensando en ellos. Vivo en ellos y otro 24 me abraza a punto de volver. Veo en todos, ese momento detenido hace treinta y seis años atrás, cuando la noche llegaba vestida de verdugo. Cuando hacían un operativo y cortaban las calles, encerraban los barrios, amortiguaban los gritos de aquellos que indefensos sabían que ya eran memoria antes de ser silencio.
Pero aún así, en esos momentos letales, percibí que ellos no podrían. Esa noche y a pesar del horror que sobrevino y del espanto que nos inculcaron, ellos no podrían ni debían prevalecer. Que más temprano que tarde, serían despreciados y humillados, derrotados y que habrían de pagar sus culpas.
Digo.
Ahora faltan los civiles. Aquellos que desde sus empresas, denunciaron cuerpos enteros de delegados, hicieron negocios, vivaron a los asesinos. Faltan ellos, los que querían desmantelar un estado, antes que pensar solamente en la guerra contra los endiablados guerrilleros. Sabemos sus nombres. Los cargos que ocuparon en bancos, financieras, sociedades. Los periodistas que adularon e incentivaron, pensando en sus bolsillos, a los torturadores. En los que desde las páginas de diarios y revistas glosaron las hazañas de tanto criminal. Los datos y señas de los que brindaron una pátina de respetabilidad a los saqueadores. A los políticos, que saben que el qué calla otorga. A los sacerdotes que bebieron no ya la sangre de Cristo, sino la de los asesinados. La de jueces y fiscales que negaron consuelo y justicia a miles. Ahora deben saber, que iremos por ellos. Que ellos tuvieron los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo.
Porque el tiempo siempre está de parte de la memoria.
Esa noche fue de fantasmas. Fantasmas que fueron perdonados por la clase política hasta no hace mucho. Apuraron su soberbia hasta el hartazgo. Sin embargo hoy están presos, los que no fingen demencias u otras enfermedades para no ir a la cárcel y pagar sus culpas.
También y en medio de esta fecha, recuerdo la única oposición que estos brillantes militares no esperaron jamás: la madres de la plaza, que jueves a jueves desafiaron a la historia misma. En ellas está la posbilidad de haberles puesto nombre y apellido a tanto asesino a sueldo, a descifrar las razones de tanto latrocinio y por último de haber pedido siempre lo imposible. Aparición con vida no es una postura filosófica, es la clave para entender, porque desde ese 24 de marzo, algunos percibimos que estaban derrotados de antemano aquellos que se adueñaron del país para imponernos su visión sagrada de salvación y purificación no pudiendo frenar el ejemplo de un puñado de mujeres, amas de casa en su mayoría, que enfrentaron en las calles a la más sanguinaria de las dictaduras en la Argentina.
Pero esa noche todavía no había señales. Lentamente como una oruga, comenzó la respuesta. De a poco, avanzando con la tenacidad de una raíz, algo indicaba, como la historia nos lo había enseñado, que ningún poder militar era lo suficientemente poderoso como para entronizarse en nuestro país. Por más mundiales ganados, por más dólares baratos que ilusionaran a los argentinos con que éramos derechos y humanos, por más impunidad que hubiese en las calles, por mas guerra de las Malvinas y por más tenebrosa que fuese la vida, ellos, ellos iban a perder a la larga.
Pienso.
Hoy es 24 de marzo, el día de la memoria. Ese día, 36 años, atrás nos quitaron casi todo. Nos quedó la memoria. De a poco, fuímos volviendo a descifrar paso a paso lo que fue quedando de nuestras vidas. Nos costó rehacer casi todo. Cruzamos la noche cargados de sueños, contradicciones, desencuentros, dolores, silencios, algunas alegrías, a veces como extraños. Tuvimos hijos, divorcios, nuevos amores. Algunos preferimos volver a ser turba, piedra, otros en cambio elegimos ser aire. Madera y cielo. Dejamos pedazos nuestros en cada uno de nuestros gestos. Abrazados a su tristeza algunos decidieron quedarse mudos de toda mudez y aceptar el nuevo pasaporte y ser correctos, otros en cambio cambiaron de piel y decidieron dejar colgada junto con la camisa de turno, flecos de su dignidad. No todos pasamos de la mejor forma por ese infierno reglamentado. Se sobrevivió como se pudo. Se juntaron los pedazos que quedaron desperdigados de la mejor manera posible. Nada fue igual, nunca más lo fue. Tuvo un alto costo, muy alto. De a poco y sin darnos cuenta, más viejos, menos asombrados o más asombrados por seguir aún vivos, hemos ido juntando, año a año las pequeñas pistas dispersas de nuestro pasado. Tal vez hoy, muchos de nosotros estemos esperando el silencio que nos habrá de sobrevenir en algún momento. Tal vez hoy, 24 de marzo, muchos querramos estar con hijos y nietos en la plaza, gritando ni olvido ni perdón a los que vendieron la nación, ni olvido ni perdón a los asesinos y torturadores.Tal vez muchos hoy nos reencontraremos para vernos más añosos y con menos o regular salud, sonriendo rabiosamente por nuestros muertos queridos y seguir, mientras se pueda,  disputándole palmo a palmo las fronteras a tanta muerte y tanta desmemoria organizada.





miércoles, 21 de marzo de 2012

Esa arisca necesidad

Existen  momentos en donde todo parece detenerse. Momentos en los cuales  un color se estaciona o una nota resuena en el interior de toda una vida. Una palabra recorriendo el costado de una vida, un gesto envejeciendo con nosotros. La lluvia que murmura en la ventana. Un paisaje que no se olvida, un cuerpo fugaz que se pierde en la niebla de ciertos altares laicos. Estar lejos, escuchar un ruido a lo lejos. Memorizar las razones y desgranar los motivos. Descubrir en un momento las palabras necesarias que se habrán de desatar como tormentas furiosas, abismos y nuevas distancias. Todo tiene nombre. Todo se dibuja en la arena ajena. Quedan los restos, estos que siempre son uno. Se van los perfiles desdibujando en la distancia y obligan, a desmontar tanto recuerdo, tanta vida  en esta tarde que se pone en celo. El misterio de la noche se viene ya a vivir sobre los cuellos que esperan.
Me descubro frente a frente con una imagen de un pintor considerado degenerado por los nazis en su momento. Oskar Kokoschka se llamaba, escritor, poeta y pintor de profundos abismos con cuerpos. Me impresionan, me siguen conmoviendo las miradas. Las huellas que dejan los ojos de sus cuadros, el rastro de sus miradas, la constancia de los colores que indican las sendas de esta expresión, que formó parte de una escuela y que en su momento trazó una línea. Dividió la esfera del arte y le puso su nombre. Kokoschka fue un artista que se opuso a través de su arte. Que eligió un lado y fue fiel y consecuente a esa elección. No es casual, nunca nada lo es. Klimt, Mahler, Freud lo frecuentaron o él los frecuentó a ellos. Era parte de esa fantasía que se llamó imperio autro-húngaro. Viena era la vidriera, la pantalla en donde todo caía en un furibundo color de rosa, todo eran promesas y todo era posible en aquella ciudad capital del centro europeo. Todo se desgajaba y nadie lograba percartarse de ello. Era el final de una época. El artista fracasa por su expresividad violenta y emigra a Berlín y allí, Kokoschka logra arrebatar a propios y extraños. Después vendrían los tiempos y sus turbulencias y con ellos los enemigos de siempre. Murio en Suiza mientras dictaba sus memorias el 22 de febrero de 1980.
Quedan sus cuadros, sus rastros y esa formidable percepción de las miradas. Los cuadros de Kokoschka es uno solo siempre, casi el mismo. Todo radica en los ojos de sus modelos, en los suyos propios en los autorretratos. Esa forma de mirar. Ese discontinuo trajín que hace seguir con mi propia  mirada, las miradas que se desarman en sus pinturas.
Pienso.
Buscan explicaciones. Se anudan en discusiones y vuelven a buscar motivos. La desesperanza está ahí al lado, pegadita al gesto contrariado, enojado de los que ven hundirse el mejor barco de la mejor flota. Se desesperan los políticos buscando nuevas mentiras, se desesperan aquellos que siguen mirando pasar los trenes y saben de antemano que lo que queda es tristeza para repartir. Esta malaria no es de mosquitos ni de aguas, es la servida por aquellos que siguen haciendo su trabajo casi de memoria. Somos animales de trabajo, desorientados elefantes buscando su sitio mientras los de traje siguen haciendo de las suyas. Cerrarán este paraíso y los que no acepten serán los nuevos esclavos. Habrá bailes de frenesí y apelarán a los palos con esos que siempre están por la labor de domesticar porque a cada instante de su existencia, la policía recuerda al Estado la violencia, la trivialidad y la oscuridad de su origen. Porque el origen del estado es la violencia misma.
Suena en mi casa de los suburbios una música que viene a cuento o quizás no del todo, pero no tiene importancia. Es el polaco Tomàsz Stanko y su trompeta. Busca signos a bordo de notas que me recorren lentamente. El jazz, ya se sabe es solamente una explicación. Una forma, acaso una manera de explicar lo que está ahí rondándonos como pequeñas hebras que se mueven en la brisa. Miro por la ventana, se escapa el invierno y nieva. Como siempre alguien se empecina en contradecir calendarios y descansos. "Dark Eyes" es un disco poderoso, con una musicalidad plena que se desviste al servicio de uno, que solo escucha mientras se destraba el día en una especie de danza pausada bajo los árboles sin hojas pero con nieve.  Suena y se revuelven sobre sí mismos los dichos y los días que sucumben en esta espera que no se vanagloria de nada, solamente de saberse parte de una espera casi interminable. El regreso, siempre es eso, se hace acompañado por músicas dulces, verdades a medias y diferentes improntas. Se acaba una época, me esperan nietos y sabores. Comienzan los momentos de elecciones, de selecciones. Todo forma parte de una vorágine inexplicable, frenesí a destajo, risas locas de despedidas. Mientras tanto sigo con este trompetista, saltando de charco en charco. Recordando, ejerciendo mi derecho a la memoria. 
Descubro una frase de Peter Jenner en la revista Orsai: No hay crisis en la música, sino en el negocio de la música y me quedo pensando. Provoca y se acerca a los ataques histéricos de empresarios, abogados y policías que cuidan los bienes de los poderosos. Ganaron mucho dinero a costa de artistas y de públicos y quieren seguir ganándolo a toda costa. Rastrean en la red y atacan todo aquellos que les haga perder un centímo.
La propuesta original, pienso, en algún momento fue que el creador, solo hace un bien cultural, pero eso nunca quiso decir que ese mismo bien cultural le perteneciera. Es muy simple. Todo artista para crear necesita de ese conocimiento común acumulado en la cultura. Esto quiere decir que todo creador necesita de lo hecho por los anteriores. Todo lo que escapa a esta lógica de crecimiento, carece de sentido.
Ahí tengo a Tomász Stanko y su quinteto entonces sonando con ese control que le da la creación y se parece a otros y sin embargo es él. Hay que buscar otro disco de este trompetista, que grabó en su momento con Dino Saluzzi, de Salta una provincia argentina, que toca el bandoneón y que merece la pena estar en el disco duro de nuestros ordenadores rebeldes. Es algo saludable para nuestros cerebros hambirnetos.
Digo.
 En la noche es cuando todos los gatos se parecen. Se enamoran las luces de las farolas y así vamos desandando lo andado. Memorizamos calles, olores y gestos. Resuenan palabras y acentos que vienen desde el fondo de la historia. Nos tomamos el olivo, nos vamos saludando en cámara lenta. Silbando bajito. Bailan los recuerdos en el fondo de la foto. Nos vamos despacito y por las piedras. Se detienen los rumores de la música sensiblera que siempre nos acompaña. Vamos deshojando margaritas y abrazos, dejamos atrás nombres, manos, miradas, la noche con su grandeza agradece los gestos de amor que sin querer ni premeditar fuímos acumulando en este viaje. Madrid tiene la facilidad para mí, de ser casi mi casa. De haberme visto en una ciudad amable. De haber vivido esta longitud que a veces es la vida que me cobija desde hace mucho. Nos vamos sonriendo para la foto digital, mientras el alma se nos returce de tristeza. 

Ahora que estoy mirando por la ventana, me acuerdo de una cantante argentina llamada Lidia Borda. Cualquiera de sus discos es bueno,  notable y necesario. Pero me acuerdo de su voz, de ese decir tan propio de una ciudad alejada por ahora de mis intenciones. Se destraban las distancias a fuerza de claridad en sus canciones, tangos viejos que vuelven a resolver los enigmas que a veces nos sitian en ningún lugar seguro. Buenos Aires a veces es eso, esa mezcla incesante de rumores y certezas, que se agolpan en el ejercicio cruel de entender la vida. sus ritmos y sus cambios, sus nociones exáctas sobre todo lo que rodea al habitante de esa ciudad en casi el fin del mundo. Alborotan las sangres sus árboles y sus amaneceres, sublevan los atardeceres misteriosos de sus otoños pausados. Allí, en esas calles paralelas se estaciona la voz de muchos. Prefiero por ahora el sonido de la voz de esta mujer que canta desde lo profundo del barrio, de cualquiera, de aquel que todavía no tiene nombre ni geografía, pero barrio al fin y al cabo. Lidia Borda sirve, en mi caso particular, como una especie de faro brillante en medio de la lluvia y el viento, por eso escribo sobre ella y sobre mí.
Falta poco para cerrar este ciclo. Me imagino mi primer café porteño, mi penúltimo cigarrillo en la vereda y el susurro de un habla que siempre me siguió de cerca. La polémica interminable con amigos, el abrazo entrañable de hijos y nietos y el sol manso de abril. Me voy como siempre nos hemos ido, casi en silencio y con algunas certezas. Con la determinación de seguir viviendo con rabias y alegrías, que es lo único que a veces nos merecemos.
Y así destrabando la memoria me quedo con un cuadro de Kokoschka, algunos amigos queridos y queribles por la paciencia y el amor que me otorgaron como una medalla. Ahí queda entonces la sensación de haber vivido plenamente, de haber recorrido la distancia como en un cuento.
Pero por momento entonces, esta mirada pintada por el austríaco esa profundidad trenzada de noches y de vidas que otro detuvo en un lienzo para nosotros. Convivir con esa arisca necesidad que nos lleva siempre, con fiereza a vivir para adelante. La única forma de vivir.
                                               
 







jueves, 15 de marzo de 2012

Postales de Madrid

Desde el presagio mismo de esta primavera anticipada me dejo llevar por ese rutinario viaje a ninguna parte. Desabrocho la tristeza y me dejo al sol. Sol de esta ciudad que siempre está presente, que acompaña, lame, sitia y refleja la vida. Esa vida, que en Madrid se vive. Es una cuestión de amor. Llevo mi música a cuestas. Esta vez son los Hazmat Modine una la notable banda de sonido de mi recorrido secreto. Me quedo al sol, esperando en la parada. Suena "Cicada" y el mundo gravita más despacio. Todo se hace al ritmo de estos músicos de Nueva York, que arrastran los sonidos como venidos desde el ancho sur, desde el infierno mismo, pero en una ciudad que mira hacia otro lado. Suena una voz quebrada y miro el paisaje desde la ventanilla de un autobús que me lleva a otros horizontes madrileños. Comienza, siguen mejor dicho las despedidas. Nunca son fáciles ni sencillas, siempre uno algo pierde en ellas, quedan huellas, pequeños datos, crónicas imperfectas de la vida transcurrida, algunos nombres, pocos perfiles, sonidos, palabras dichas en los apuros de la vida, que quedarán unidos a uno como la sensación de felicidad desmadejada. Suenan los Hazmat Modine y el mundo parece un poco, solo un poco mejor.
Menos mal que tenemos la música para atravesar tanto naufragio, tanto sentimiento inconcluso que ni nos hace mejores ni acaso peores. Porque en definitiva es solo una cuestión de creencias y abrazos, siempre ha se ha tratado de esto.
Pero.
Madrid tiene ese eco, resuena en sus entrañas la vida que corre como un río. Estamos mal, estaremos peor, pero siempre quedará la transparencia del puro reflejo de sus sierras, que la guardan en una meseta seca , la protegen de esos vientos duros que la atraviesan. Uno, yo por caso, me dejo llevar. Me indican un sitio que queda en Suanzes. Un parque silencioso y hacia allí voy. No creyendo, sino solamente buscando un lugar para mis pensamientos, mis prometidas despedidas y mis posibles encuentros.
Un parque como cualquier otro, un lugar en donde se durmen las almas secretas de tantas palabras dichas. Almendros en flor en el parque Quinta de los Molinos, a veinte minutos de todo, porque aquí todo o casi, está siempre a veinte minutos de uno. Descubro un lago, un molino y los almendros rabiosamente coloridos y plenos de un final de invierno a colores. Anuncian lo que viene, lo que está llegando a pesar de un invierno seco y esquivo como algunos amores. Cuesta olvidar esto, esta sensación de tranquilidad colorida por la mejor paleta que haya en el mundo entero. O mejor dicho, esto es Madrid, ciudad lejana de un imperio muerto de abandonos y otras intrigas. Suenan los acordes de mi propia banda de sonido, sonrió a solas con este descubrimiento, me complazco y me siento a la sombra de un árbol bonachón. Espero y miró a los que pasean por los bordes de la sombra, todos, incluso yo, parecemos felices de este pequeño mundo imperfecto.
Digo.
Mientras tanto siguen los cortes y recortes. Se llevan, se llevarán todo y encima tendremos que pagar, para que estos fulanos que se llaman demócratas, sigan viviendo a nuestra costa. Produce asco, producen asco verlos tan enérgicos ante las cámaras, en los parlamentos, en las fotos. Pasan y dejan la tierra yerma. Hablan de patria y la desgajan. Especulan, sacan cuentas, clausuran toda eperanza y siguen andando como si todo les perteneciese. Mientras tanto cabe esperar, luchar en medio del incendio. Desenrrollar la solidaridad y comenzar a salir de tanta mediocridad a plazo que nos han vendido. Encandilados como estábamos, compramos cosas que no nos servían, que no necesitábamos, inservibles, amontonando explicaciones a fin de mes, para justificar que todo está bien. Habitantes del tiempo chico eso hemos sido. Como hijos del viento, descubrimos tarde, que la broma éramos nosotros y nuestros pesares. Queda por ver el dolor que sobrevendrá de ahora en más. El cerrojo que nos echerán encima y las sangres que habrán de cobrarse en nombre de la austeridad de nosotros.
Hace tiempo que recuerdo momentos, encuentros y descubrimientos. Hace mucho, en otra vida, un día descubrí una revista que me produjo una sensación abismal. Era mayo y tenía 18 años y la revista se llamaba Crisis. Descubrí que había otro mundo. Que había poetas que hablaban del pan duro, de la tristeza de los días domingos y del amor sin sábanas. Recorrí los pensamientos de aquellos que narraban los mundos mejores y las posibilidades siempre de cambiarlos.
 Porque el mundo, allá por esos años era así. Se podía cambiar, elegir y creer que todo tenía su lugar entre las páginas de una revista que mes a mes nos esperaba en el kiosko de la esquina. Eran tiempos raros, teñidos de una luz demencial, vistos a la luz de estos tiempos en que transcurro. Eran años bravos, en donde había que elegir a toda costa y confiar en esa elección a costa de uno mismo. Mientras tanto, sentado en torno a una mesa de un café lejano, le quitaba tiempo al tiempo, el día de la cita y con fanática decisión, recorría las ideas y las conjeturas que la revista llevaba a cabo. Era el día del mes en donde el placer y la idea, se desnudaban mutuamente para llegar a mí, a nosotros, con esa precisión que me quitaba el aire a sorbos. Paso a paso, mientras el café se enfríaba y el cigarrillo se consumía en el cenicero a rebosar, me dejaba llevar por las palabras de los mejores de la tribu. Fuera la ciudad se detenía para mí, para nosotros. Todo se congelaba como en una foto en blanco y negro. Cesaban los rugidos de los malos, el rumor del mundo se aletargaba y todo parecía funcionar en ese momentos. La palabra llegaba cruzada de ardores por aquellos entonces. Algunos prometían fuegos y otros anunciaban diluvios a reglamento y billetes de ida a cualquier lugar lejano y de nombre oscuro.
Sin embargo número a número, mes a mes, nos distraíamos en medio de esa lluvia que caía sin parar, en una especie de Macondo de Gabriel García Márquez, pero en Buenos Aires, desangelada y vestidita de negro.  Preparada ya para tanta mortaja y tanto llanto silencioso.
Así llegamos sin querer a autores lejanos, a ideas que flotaban en los aires de aquellas épocas. Todo en letras minúsculas, sin  fotos casi y con la audacia a flor de piel.
Ahí estaban Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Juan Gelman, Heriberto Muraro, Haroldo Conti, Julio Cortázar, Antonio Di Benedetto, Paco Urondo, María Esther Gilio entre tantos otros, quienes desgranaron por sus páginas las diferentes pasiones que por aquellos años anclaban en en nuestros corazones desbocados. Mes a mes, entre las páginas de esta revista, uno, yo, descubría las pistas y los datos necesarios para entender que el mundo ya no era ni ancho ni ajeno. Que la injusticia llevaba nombres y apellidos y que muchos amores, con el tiempo suelen olvidarse.
Así convertimos sin querer, a esta revista, en una de las mayores revelaciones que por aquellos años alumbraron nuestros pasos por una ciudad cruzada de vientos, tempestades y otros milagros. Sin embargo, hoy su nombre sigue siendo una especie de pasaporte, un recuerdo agradable en donde las circunstancias, hacen que el recuerdo sea dulce y valorado ante el desierto que siempre tenemos por delante.
Digo.
Madrid está esperando la primavera. Se huele en el aire, como caballos viejos olisqueamos para saber el rumbo que habrá de tomar el aire esta vez. Es un día cualquiera por la tarde, no van quedando héroes y la vida se vive a destajo, buscando motivos y ganas. A veces nos equivocamos y preguntamos, sabiendo de antemano las respuestas. La ciudad funciona con su corazón secreto como todas las ciudades, como todos nosotros. Algunos seguimos con nuestros secretos a cuestas, otros los hemos canjeado en cualquier cajero automático, algunos los hemos abandonados como zapatos viejos, otros nos divorciamos de ellos y nos fuímos con otro amor a tratar de recuperar el tiempo pérdido. Así todos seguimos, peleando y mordisqueando trozos de esta vida, descorriendo como podemos las mantas que nos cobijan y que por momentos logran asfixiarnos, inmovilizarnos. Pasa entonces como con todo.
Vuelvo del parque, conociendo de antemano los relatos que habrán de cruzar por mi cuerpo en esta vastedad del descubrimiento que me he empeñado en vivir en estos momentos. Quedan los gestos de una ciudad que no tiene fecha cierta de fundación y que parece ser de ayer nomás, quedan los rastros surgidos de recorridas por sus calles y sus plazas. Quedan estas pequeñas cosas que no cotizan y que sin embargo han estado cerca, muy cerca en estos tiempos de mi viejo costado izquierdo.

domingo, 11 de marzo de 2012

La lengua que migra

A veces, encontrar lo que se escapa, atrapar lo que se mueve es tal vez y a la vez, el único trabajo que siempre tenemos, en eso andamos, en eso estamos cuando nos asalta la desolación de la palabra, tenemos una lengua y nunca es nuestra, un habla que nos habla. La lengua es eso mismo que no se deja poseer, pero que, por esta misma razón, provoca toda clase de movimientos de apropiación.Por eso, guardo libros legendarios, que me acompañan siempre. Que están ahí en mi costado, atravesando fronteras, esas palabras que me muerden como las que dicen: “Tiempo del corazón, los/ soñados representan/ la cifra de medianoche./ Alguno habló en el silencio, alguno calló,/ alguno se fue por su camino/”. Es Paul Celan, un poeta luminoso y esquivo, una tormenta que sigue buscando nuevos perfiles para seguir encandilando. Seguir seduciéndome como la primera vez. Porque Celan es una marca hecha a fuego en una lengua que no fue la suya, el alemán le sirvió para tratar de resolver el enigma, escribiendo desde adentro de esa lengua adoptiva de la muerte misma, que significa entender el horror y el espanto de los campos de concentración, de la locura planificada a costa de la muerte, de lo absurdo de ese mal banalizado por el resto.
Celan poeta nacido en Rumania, encarcelado por ser de otra raza y trasladado a un campo, en donde su familia se pierde en esas listas de dolores. Pero el fue poeta.
Eligió la palabra, fue un meteoro, un destello de luz interrumpido, un momento breve apenas, que no se deja aprehender como una mercancía ilegal, que espera desentrañar ese dolor traducido mediante la marca de lo dicho. Una cicatriz.
Pienso.
Celan se apropia de una lengua que no es la suya. Se dice desde ahí. La interrupción.
La poesía define la lengua, la recorre y la descubre. El hombre, el que desciende de la palabra al vacío, tuvo en vida, cuatro nacionalidades. Atravesó el espacio de sonidos diferentes. Desde la herida de la lengua viajó al fondo de ese pozo negro, como hombre, solo como generación enfrentado a ese espanto que define la creación posterior del campo. Entonces Celan escribe: Leche negra del alba la bebemos de tarde/ la bebemos al mediodía y de mañana la bebemos de noche/ bebemos y bebemos/ cavamos una tumba en los aires ahí no hay estrechez/ Un hombre vive en la casa juega con las serpientes escribe/ escribe al oscurecer a Alemania tu cabello de oro Margarita/ lo escribe y sale de la casa y relampaguean las estrellas silba a sus perros aqui/ silba a los judios allá manda cavar una tumba en la tierra/ nos ordena ahora toquen música de baile..."
Revive el idioma, lo desmenuza y lo hace hablar con una voz nueva. Sus tormentas lo siguen por todos los verbos. Asi desfilan en sus palabras los gestos aireados de los muertos ante la muerte misma, en un sonido que pervive en las heridas, en los susurros que nos hacen lo que somos.
Paul Celan terminó buscando el límite en las aguas del Sena, su última ciudad, su penúltima lengua hablada en las profundidades de las algas y el barro oscuro de un río demasiado famoso para él.
 Pongo música y subo el  volumen y nacen estos chilenos también jugados en una palabra. Congreso y sus años de música. Suenan y los aires se detienen para recomenzar el baile. De esta forma, de esta manera, el Chile mineral se asoma a mi pisito madrileño y juguetea con "En todas las esquinas". Los gatos se llaman para el sexo, y bailo al compás de una música que todavía sigue manteniendo intacta esa fortaleza que tiene la libertad. Ahí están el "Tilo" González y el Francisco Sazo, desde el 69 haciendo eso que saben. Cantarle a todo paisaje que se les cruce. Darle una oportunidad a la buena música y hacernos más ligero el equipaje en esta cuesta que afrontamos desde siempre. Por su aire, planea el cuerpo hecho música de Violeta Parra, por esos intersticios nos vamos sublevando y somos y ya no somos, esa rebeldía profunda que vive entre raíces y oscuridades. Congreso es lo mejor que sigue latiendo en eso que algunos llaman "Nueva Música Latinoamericana" o lo que esto quiera decir. Así vamos encendiendo con las músicas de estos chilenos los rincones que nos rodean. Se baila al compás de Congreso y un continente anclado en el aire, hace de las suyas a pesar de no ser rock, jazz o folklore. Es música que vive y que produce ese vértigo rebelde de saberse sobrevivientes de deshielos y de algunas almas errantes que llevan su música a cuestas.
Digo.
A veces cuesta entender los mecanismos que llevamos tiempo practicando. Nos muerden los talones las urgencias y perdemos de vista esos bosques por fijarnos solamente en el árbol. Es tiempo de amores y desamores. Algunos insistimos en un mundo más justo en medio de estas crónicas de soledades que nos escribimos. Porque hablando en criollo, los cuerpos siguen siendo literatura, siguen siendo un rastro en medio de tanto desbande. La música suena y ya quedan solamente las lucecitas de colores del baile popular. Será cuestión de comenzar a pensar, pensarnos en otras situaciones.
Fumo esperando, mientras los nombres se destraban. Aúllan los que quieren seguir estafando, a los solos que hacen  cola en el desierto. Estamos en la banquina, mientras las moscas zumban a nuestro alrededor. No nos queda voz ni para pedir fiado. Asi entre pasiones y secretos, vamos comprendiendo que este carnaval que llaman alegremente globalización, es solamente un baile de muertos.



viernes, 9 de marzo de 2012

Postales de Madrid

Finales de invierno
8 de marzo
Madrid ya se sabe, es una fijación antes que una ciudad. Es el espacio en donde chocan historias, que se entrecruzan y vuelven a moverse. Es un juego, esta ciudad es una especie de juego.
El invierno este año faltó a la cita. El frío está ahí afuera, pero sigue de largo. Los amigos vienen desde lejos y descubren una especie de mueca, una primavera briosa y casi eterna.
Pero es una ciudad que anida en nuestros surcos, en nuestras arrugas y en nuestras toses irredentas. El camino que lleva de ella y hacia ella, lo hacemos entre todos a pesar de los fascistas que anidan en ella, de los quijotescos de  siempre que esperan por el día y de todos, que marcados por la desolación de un cielo rabioso, especulan sobre lejanías, amores y futuras revueltas.
La ciudad está ahí, te brinda secretos y descubrimientos. Canales por donde pasan nervios y otros abismos. Seducciones imprevistas y memorias fugaces. La Glorieta de Bilbao es el sitio, por ejemplo, en se reconocen miradas amigas, donde el cigarrillo acompaña el café en la terraza del Comecial y uno mira, percibe el desfile desaforado de una vida bajo tanto cielo abierto, tanto sol casi blanco y tanta urgencia de ternuras futuras.
Ya se sabe, vienen años terribles, mucho más de lo imaginado. Años de apretar dientes, de pensar nuevas formas, de alimentar ese costado tierno que a veces nos regala la esperanza de un tiempo mejor, de respeto y de confianzas.
La ciudad no sale de ese asombro que significa la primavera a destiempo, los ajustes siempre a tiempo y la certeza del final de una época, que si bien no fue buena del todo, por lo menos permitió conocer de primera mano estos tiempos vencidos que hoy nos cobijan.
Pero son tiempos raros.
Algunos quieren que los taxistas de la ciudad vayan armados para defenderse. Y es claro, con tanta gente que anda sobrando por esas callejuelas inhóspitas, con tanto inmigrante canalla, tanto parado desesperado,  con tanto revolucionario de calse media, que solo quiere pagar su hipoteca a tiempo o tanto desalojado o estafado de a pie. Es lógico que la derecha quiera que la gente d ebien camine por allí armado hasta los dientes. Ya se sabe, la propiedad privada es más importante que la virginidad y no es cuestión de andar invitando a tanto demonio al banquete al cual no han sido invitados.
Mientras tanto dejo pasar la tarde eterna mirando la glorieta y entablando charla con los recuerdos. Tardes en donde todo parecía detenerse, en donde el descubrimiento lo era todo. Un café y dejar que la vida se desnude por fin para uno.
Ahora me acompaña una música que me llega profundamente. Es Frank Zappa el que se mete conmigo y me hace pensar, que la música es un momento, que nos habrá de acompañar siempre, como aquellas cicatrices que nos hacemos en cierta época de nuestras vidas. Ahí en mis cascos futuros auriculares en el sur del planeta se cuela la emoción de este músico total, él pensando en la música como algo sin fronteras, construyendo desde el margen de una supuesta cultura oficial, una manera nueva de concebir la creación y todos los justificativos necesarios para enterrar la otra, la oficial, la domesticada. Como tantos que fueron edificando desde su talento algo vigoroso y necesario para enfrentar tanto despojo, tanta miseria a reglamento.
Ahí, sentado sobre mi cabeza desfila este músico que desde el rock and roll, se asomó y nos hizo trastabillar a muchos, a un mundo pleno y loco. Ahí en pleno debate en la comisión de censura que presidía la mujer del actual ex vice presidente de los Estados Unidos y defensor tardío de la salvación del planeta, sobre la salud mental de los más chicos en un mundo que hace todo para destruir siempre la salud mental de los extraños, Zappa utilizó años para discutir con los políticos que todo arte no necesita de diques ni de controles, sino que el arte es la mejor forma de seguir creciendo siempre.
Sigo como esperando en el café de la glorieta. Mirando la locura que a veces asalta a esta ciudad sin fecha de nacimiento, esta ciudad de gatos y sus pulgas a la orden del día.
Entonces Zappa canta: "We're Turning Again" y las personas se deslizan por las aceras como en un ballet involuntario. Es que nos estamos convirtiendo una vez más, sería la traducción elemental a la que apelo para entender lo que dice Zappa y lo que hacen estas personas que pasan por la acera del comercial para alegría mía.
8 de marzo. Noche
El Athletic de Bilbao le va ganando a los ingleses en Manchester. Sonrio y me acuerdo de la última charla sostenida con mi amigo Enrique. Entre risas, veíamos al "loco" Bielsa designado dios o sencillamente emperador del país vasco. Un rosarino como el "Che" Guevara, en Bilbao llevándolos a la gloria futbolera. En fin.
Descubro un suburbio nuevo. Siempre amé profundamente los suburbios. Me deslumbraron, me cobijaron y sin serlo me sentí parte de ellos. La periferia, el borde, el límite. La periferia de la ciudad, la que muchas veces espanta a la gente bien que vive allá lejos, en donde las luces resplandescientes.
Desde los suburbios se despereza la memoria.
En esta noche transparente me adentro en la escritura de un amigo, me deslizo por la profundidad de su mirada y miro con él. La palabra sujeta, define y nunca es inocente. El texto preso, impreso.
Lo dicho entonces. Veo paisajes lejanos, entrevistos, saboreo el placer profundo de ese suburbio moscovita, escrito, pensando y decidido por tipo audaz.
Asocio.
En medio de la noche me llega la imagen de un poeta. Iosip Brodsky. El pelirrojo de Leningrado, el que iba al colegio que quedaba al lado de un arsenal militar y al lado de la cárcel más famosa de esa ciudad y tal vez de toda la Unión Soviética: Las Cruces.
Iosip pasó por las tres. En cada momento de su vida se deslizó por los tres círculos. Abandonó la primera porque no le interesaba demasiado, trabajó en la segunda y vió como los presos arrojaban cartas para sus familias y terminó en la tercera por querer ser poeta. Después le habría tocar una granja colectiva en Siberia en donde habría de pasar menos de tres años, no un campo de trabajos forzados, como dijeron en su momento los imperialistas de siempre. Luego lo dejaron volver a su ciudad hasta que terminaron cansándose de él, para echarlo de una buena vez. Lo subieron a un avión y dejaron que se fuera de una vez y por todas y si era posible, para siempre.
De esta manera desembarcó en Viena, sin dinero ni documentos, sabía que allí estaba su poeta favorito, se buscaron y pasaron sus primeros tres días hablando solamente Auden en poeta inglés expatriado, lo recibió con entusiasmo, lo cobijó y hablaron, larga y quedamente sobre universos, sobre palabras, sobre las cuestiones que hacen a los poetas y a la poesía misma.
Tres días de poesía, de las aspereza de una lengua indómita entre estos dos poetas. La construcción de un momento, que solo sería y fue eso. Después Brodsky habría de escribir siempre de esto, de este hecho, hasta hacerlo natural en su visión.
Es de noche, fuera Madrid vive su noche de jueves.
Lamento haber tenido y haber abandonado su libro sobre Venecia que se llamaba "Marca de Agua". Escritos configurados durante su estadía en esa granja de castigo y escritos en inglés, lengua que solo utilizó para escribir sus ensayos. Sus poemas eran en ruso y su mujer italiana, bella y veneciana.
Iosip siempre estuvo en contra de cualquier advertencia, nunca creyó en ellas. Un expulsado, un marginado que nunca se percibió como una víctima para no darle importancia a los censores y burócratas de siempre que no creyeron en él.
La ciudad, ésta que me contiene por ahora, parece detenida. Silencio en las calles, una leve tristeza y poco más.
9 de marzo. Mañana
Ya faltan pocos días para un nuevo giro. De tanto cruzar puentes y quemarlos, a uno le queda el gusto por el fuego y sus recuerdos.
La ciudad tiene un brillo oportuno.
Me preparo el mate mientras miro por la ventana a los gatos barrigones soleándose entre las plantas y sus brotes de resistencia. La vida sigue a toda costa.
En un momento, tomaré el autobús y terminaré en el Barrio de Las Letras, para caminarlo y detenerme en cualquier cruce de esquinas maravillado por el color tierra de una ciudad hecha de barro y de pájaros. Habré de terminar en la Cuesta de Moyano recorriendo los lomos de libros viejos con mis dedos, esperando que el sol siga descubriendo los contornos insinuados del Retiro allá atrás.
Caminaré esta ciudad buscando razones y motivos.
Se viene el paro general para el 29 de este mes. Algunos estarán ahí, otros en cambio se quedarán en casa esperando que todo esto no sea más que un mal sueño. En realidad es el tiempo que viene, en donde se habrán de dirimir sangres, las mismas de siempre buscando un nuevo camino. Por el momento los que medran con el miedo colectivo, van de a poco haciendo sus cuentas y por ahora, solo por ahora llevan las de ganar.
Hay más policías en la calles, más caras serias mientras, los liquidadores de siempre, siguen cortando derechos molestos, los patrones sonríen en las fotos con sus empleados ministros, diputados, senadores y duques.
Habrá que desensillar hasta que aclare, como decían hace tiempo y ver y comprobar cuanto dolor nuevo y antiguo somos capaces de aguantar antes del estallido.
Seguramente esta tarde, termine en el comercial, en la glorieta de Bilbao percibiendo como se extingue un viernes más, antes del fútbol y de la idiotez de todos los fines de semana, que por ahora distrae a los comensales de los pocos restos que van quedando en la mesa.