En Zona

viernes, 28 de diciembre de 2012

El regreso

A lo mejor de la palabra, de esas perfectas inquietudes que persiguen el rastro de uno, o a lo mejor todo no sea otra cosa que seguir perfeccionando el autoengaño, como la unica forma narrativa perfecta.
Esa novela privada. La mejor novela de todas.
Leo,en una ciudad lejana que dejé, hace unos días, algo, que cuelgo ahora y que pertenece, según mi gusto y decisión, a lo que emociona. A la única forma sensasta de supervivencia que tenemos a mano.
Leo a Eduardo Galeano, escribiendo para el resto. Alumbrando esas zonas oscuras, por la que atravesamos y caemos siempre y siempre como alucinados, revivimos y seguimos.
Esto apareció en Pagina 12, lo leí en Madrid y me juramenté a mí mismo, mientras se nublaban los días, que lo pondría en mi blog, solamente, para que estuviera ahí, para que de tanto en tanto y entre tanto fascista profesional, poder volver a leelo, a recordar gracias a sus palabras, el campo de injusticia que nos rodea desde siempre.
No, no solemos ser inocentes e imparciales. Pero sabemos que siempre somos, seremos los mejores del pago. Por voluntad, por coraje personal, por nuestra profunda convicción de ser a pesar de ellos, porque siempre habrá un mundo mejor. Que será nuestro y en el que tendrán cabida todos aquellos que quieran compartir y alargar la alegría de los justos, la de los silenciosos, la del amor y sus perfumes.
Entonces sigo con esta costumbre de aligerar las charlas, de no seguir devaluando lo que más se devalúa entre nosotros: la palabra.
Digo.

Los derechos de los trabajadores:

¿un tema para arqueólogos?

Por Eduardo Galeano
Este mosaico ha sido armado con unos pocos textos míos, publicados en libros y revistas en los últimos años. Sin querer queriendo, yendo y viniendo entre el pasado y el presente y entre temas diversos, todos los textos se refieren, de alguna manera, directa o indirectamente, a los derechos de los trabajadores, derechos despedazados por el huracán de la crisis: esta crisis feroz, que castiga el trabajo y recompensa la especulación y está arrojando al tacho de la basura más de dos siglos de conquistas obreras.

La tarántula universal

Ocurrió en Chicago, en 1886.
El 1º de mayo, cuando la huelga obrera paralizó Chicago y otras ciudades, el diario Philadelphia Tribune diagnosticó: El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal, y se ha vuelto loco de remate.
Locos de remate estaban los obreros que luchaban por la jornada de trabajo de ocho horas y por el derecho a la organización sindical.
Al año siguiente, cuatro dirigentes obreros, acusados de asesinato, fueron sentenciados sin pruebas en un juicio mamarracho. Georg Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons y Auguste Spies marcharon a la horca. El quinto condenado, Louis Linng, se había volado la cabeza en su celda.
Cada 1º de mayo, el mundo entero los recuerda.
Con el paso del tiempo, las convenciones internacionales, las constituciones y las leyes les han dado la razón.
Sin embargo, las empresas más exitosas siguen sin enterarse. Prohíben los sindicatos obreros y miden la jornada de trabajo con aquellos relojes derretidos que pintó Salvador Dalí.

Una enfermedad llamada trabajo

En 1714 murió Bernardino Ramazzini.
El era un médico raro, que empezaba preguntando:
–¿En qué trabaja usted?
A nadie se le había ocurrido que eso podía tener alguna importancia.
Su experiencia le permitió escribir el primer tratado de medicina del trabajo, donde describió, una por una, las enfermedades frecuentes en más de cincuenta oficios. Y comprobó que había pocas esperanzas de curación para los obreros que comían hambre, sin sol y sin descanso, en talleres cerrados, irrespirables y mugrientos.
Mientras Ramazzini moría en Padua, en Londres nacía Percivall Pott.
Siguiendo las huellas del maestro italiano, este médico inglés investigó la vida y la muerte de los obreros pobres. Entre otros hallazgos, Pott descubrió por qué era tan breve la vida de los niños deshollinadores. Los niños se deslizaban, desnudos, por las chimeneas, de casa en casa, y en su difícil tarea de limpieza respiraban mucho hollín. El hollín era su verdugo.

Desechables

Más de noventa millones de clientes acuden, cada semana, a las tiendas Wal-Mart. Sus más de novecientos mil empleados tienen prohibida la afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de asociación. El fundador de Wal-Mart, Sam Walton, recibió en 1992, la Medalla de la Libertad, una de las más altas condecoraciones de los Estados Unidos.
Uno de cada cuatro adultos norteamericanos, y nueve de cada diez niños, engullen en McDonald’s la comida plástica que los engorda. Los trabajadores de McDonald’s son tan desechables como la comida que sirven: los pica la misma máquina. Tampoco ellos tienen el derecho de sindicalizarse.
En Malasia, donde los sindicatos obreros todavía existen y actúan, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett Packard lograron evitar esa molestia. El gobierno de Malasia declaró union free, libre de sindicatos, el sector electrónico.
Tampoco tenían ninguna posibilidad de agremiarse las ciento noventa obreras que murieron quemadas en Tailandia, en 1993, en el galpón trancado por fuera donde fabricaban los muñecos de Sesame Street, Bart Simpson y Los Muppets.
En sus campañas electorales del año 2000, los candidatos Bush y Gore coincidieron en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo el modelo norteamericano de relaciones laborales. “Nuestro estilo de trabajo”, como ambos lo llamaron, es el que está marcando el paso de la globalización que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los más remotos rincones del planeta.
La tecnología, que ha abolido las distancias, permite ahora que un obrero de Nike en Indonesia tenga que trabajar cien mil años para ganar lo que gana en un año un ejecutivo de Nike en los Estados Unidos.
Es la continuación de la época colonial, en una escala jamás conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan muñecos, zapatos deportivos, computadoras o instrumentos de alta tecnología además de producir, como antes, caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas malditas por el mercado mundial.
Desde 1919, se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo. Según la Organización Internacional del Trabajo, de esos 183 acuerdos, Francia ratificó 115, Noruega 106, Alemania 76 y los Estados Unidos... catorce. El país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Paradójicamente, este país que no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley es el que ahora dice que no habrá más remedio que incluir “cláusulas sociales” y de “protección ambiental” en los acuerdos de libre comercio. ¿Qué sería de la realidad sin la publicidad que la enmascara?
Esas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro relaciones públicas, pero la sola mención de los derechos obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos abogados del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre. Desde que Ernesto Zedillo dejó la presidencia de México, pasó a integrar los directorios de la Union Pacific Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera en 140 países. Además, encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes: en idioma tecnocratés, se indigna contra “la imposición de estándares laborales homogéneos en los nuevos acuerdos comerciales”. Traducido, eso significa: olvidemos de una buena vez toda la legislación internacional que todavía protege a los trabajadores. El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud. Pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice más claro: “Para competir, hay que exprimir los limones”. Y no es necesario aclarar que él no trabaja de limón en el reality show del mundo de nuestro tiempo.
Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos: yo no fui. En la industria posmoderna, el trabajo ya no está concentrado. Así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada. Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota. De cada cinco obreros de Volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de la empresa. De los 81 obreros de Petrobras muertos en accidentes de trabajo a fines del siglo XX, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad. A través de trescientas empresas contratistas, China produce la mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas del mundo. En China sí hay sindicatos, pero obedecen a un estado que en nombre del socialismo se ocupa de la disciplina de la mano de obra: “Nosotros combatimos la agitación obrera y la inestabilidad social, para asegurar un clima favorable a los inversores”, explicó Bo Xilai, alto dirigente del Partido Comunista chino.
El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los países y las personas compiten en lo que pueden: a ver quién ofrece más a cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de la mitad. A la vera del camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por tantos años de dolor y de lucha.
Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe, que por algo se llaman “sweat shops”, talleres del sudor, crecen a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto. Ocho de cada diez nuevos empleos en la Argentina están “en negro”, sin ninguna protección legal. Nueve de cada diez nuevos empleos en toda América latina corresponden al “sector informal”, un eufemismo para decir que los trabajadores están librados a la buena de Dios. La estabilidad laboral y los demás derechos de los trabajadores, ¿serán de aquí a poco un tema para arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?
En el mundo al revés, la libertad oprime: la libertad del dinero exige trabajadores presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El dios del mercado amenaza y castiga; y bien lo sabe cualquier trabajador, en cualquier lugar. El miedo al desempleo, que sirve a los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la productividad, es, hoy por hoy, la fuente de angustia más universal. ¿Quién está a salvo del pánico de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo? ¿Quién no teme convertirse en un “obstáculo interno”, para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que explicó el despido de miles de trabajadores diciendo que “hemos eliminado los obstáculos internos”?
Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del dinero, que divide al mundo en domadores y domados, ¿se podrá internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.

Un raro acto de cordura

En 1998, Francia dictó la ley que redujo a treinta y cinco horas semanales el horario de trabajo.
Trabajar menos, vivir más: Tomás Moro lo había soñado, en su Utopía, pero hubo que esperar cinco siglos para que por fin una nación se atreviera a cometer semejante acto de sentido común.
Al fin y al cabo, ¿para qué sirven las máquinas, si no es para reducir el tiempo de trabajo y ampliar nuestros espacios de libertad? ¿Por qué el progreso tecnológico tiene que regalarnos desempleo y angustia?
Por una vez, al menos, hubo un país que se atrevió a desafiar tanta sinrazón.
Pero poco duró la cordura. La ley de las treinta y cinco horas murió a los diez años.

Este inseguro mundo

Hoy, abril 28, Día de la Seguridad en el Trabajo, vale la pena advertir que no hay nada más inseguro que el trabajo. Cada vez son más y más los trabajadores que despiertan, cada día, preguntando:
–¿Cuántos sobraremos? ¿Quién me comprará?
Muchos pierden el trabajo y muchos pierden, trabajando, la vida: cada quince segundos muere un obrero, asesinado por eso que llaman accidentes de trabajo.
La inseguridad pública es el tema preferido de los políticos que desatan la histeria colectiva para ganar elecciones. Peligro, peligro, proclaman: en cada esquina acecha un ladrón, un violador, un asesino. Pero esos políticos jamás denuncian que trabajar es peligroso, y es peligroso cruzar la calle, porque cada veinticinco segundos muere un peatón, asesinado por eso que llaman accidente de tránsito; y es peligroso comer, porque quien está a salvo del hambre puede sucumbir envenenado por la comida química; y es peligroso respirar, porque en las ciudades el aire puro es, como el silencio, un artículo de lujo; y también es peligroso nacer, porque cada tres segundos muere un niño que no ha llegado vivo a los cinco años de edad.

Historia de Maruja

Hoy, 30 de marzo, Día del Servicio Doméstico, no viene mal contar la breve historia de una trabajadora de uno de los oficios más ninguneados del mundo.
Maruja no tenía edad.
De sus años de antes, nada decía. De sus años de después, nada esperaba.
No era linda, ni fea, ni más o menos.
Caminaba arrastrando los pies, empuñando el plumero, o la escoba, o el cucharón.
Despierta, hundía la cabeza entre los hombros.
Dormida, hundía la cabeza entre las rodillas.
Cuando le hablaban, miraba el suelo, como quien cuenta hormigas.
Había trabajado en casas ajenas desde que tenía memoria.
Nunca había salido de la ciudad de Lima.
Mucho trajinó, de casa en casa, y en ninguna se hallaba. Por fin, encontró un lugar donde fue tratada como si fuera persona.
A los pocos días, se fue.
Se estaba encariñando.

Desaparecidos

Agosto 30, Día de los Desaparecidos:
los muertos sin tumba,
las tumbas sin nombre,
las mujeres y los hombres que el terror tragó,
los bebés que son o han sido botín de guerra.
Y también:
los bosques nativos,
las estrellas en la noche de las ciudades,
el aroma de las flores,
el sabor de las frutas,
las cartas escritas a mano,
los viejos cafés donde había tiempo para perder el tiempo,
el fútbol de la calle,
el derecho a caminar,
el derecho a respirar,
los empleos seguros,
las jubilaciones seguras,
las casas sin rejas,
las puertas sin cerradura,
el sentido comunitario
y el sentido común.

El origen del mundo

Hacía pocos años que había terminado la guerra española y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República.
Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros, le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.
Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó.
Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio.
Me lo contó: él era un niño desesperado, que quería salvar a su padre de la condenación eterna, pero el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones.
–Pero papá –preguntó Josep, llorando–. Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?
Y el obrero, cabizbajo, casi en secreto, dijo:
–Tonto.
Dijo:
–Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.



Sigo.
Y como música de fondo. Sigo rescatando momentos, olores y amores.
Disco emblemático del inglés de Sheffield, plomero y enamorado del sonido de la música negra. Joe Cocker, en el mejor momento de su historia personal y artística.
Venía de deslumbrar en Woodstock, de sacar dos disco previos y de la versión de "Con una pequeña ayudita de mis amigos" de The Beatles.
Un gira por una infinidad de ciudades de los Estados Unidos. Un maratón enloquecido, con casi veinte personas en el escenario acompañando a este señor- Con León Russell como maestro de ceremonias y con un disco doble, vibrante y pleno.
Hubo, hay una película con esta gira. Film que ví repetidas veces, con mis amores de aquellos años a cuestas, solo o con mi hermana, entre muchos o en salas vacías.
La fuerza desmadejada de este blanco cantando como un negro, recorriendo canciones de otros y por fin, haciéndolas distintas, con otras vidas.
Buenos Aires era un pueblo grande por aquellos años.
Era el lejano sur, el más lejano de todos los conocidos. La cultura pasaba por otros perfiles. Pero, pero nuestra cultura, la propia, la que por esos años latía en estas plazas y orillas, permitía que esta mezcla diese, como dió un resultado diferente y a lo mejor, un poco más atractivo, de lo que realmente dió.
Después de esta obra de arte, Cocker, se hizo una cura que duró casi tres años. Se apagó y se convirtió en otra cosa.
Un señor que quería ser famoso y nada más.
Nunca pudo ser otra cosa. Queda este disco avasallador y rugiente, que suena a como deben sonar las músicas en el infierno y con eso, algunos ya tenemos bastante.
Salud!

martes, 13 de noviembre de 2012

Es noche de fandangos




Siempre recuerdo la noche antes. Siempre me produce una rara sensación la noche antes. Los preparativos rudos. Los silencios interminables. Los nervios. Fumar a solas e medio de frío. Hacerse un café. Especular también a solas. El miedo. La angustia chorreando nombres.
Siempre, inocultablemente recuerdo la noche antes.
Habrá traidores. Villanos. Héroes y anónimos. Pancartas ingeniosas y de las otras. Habrá música, siempre la hay. Habrá un murmullo sobrecogedor a cada paso. Una sensación a corazón rebelde que golpea a cada paso dado.
Pero la noche anterior queridos. ¡Ah!  Esa noche es de lo mejor que tiene esta vida, corazones solitarios.
No haberla vivido nunca, es un pecado insostenible y perdurable.
Esta noche es lo mejor de la tarea.
Cuando  se preparan los fierros. Cuando la molotov descansa antes de fuego. Cuando la garganta todavía es virgen y joven, para el grito, para el insulto. Cuando el puño todavía es mano.
Cuando comienzan a plegarse las pancartas. Cuando todavía el olor a pintura sobrevuela nuestros cuerpos.
Cuando el cansancio es tal, que todavía, siempre quedan fuerzas.
Cuando los cafés esperan abiertos por los mejores, esos, que siempre son los imprescindibles.
Cuando las novias y mujeres, se quedan desveladas, para acompañarnos  con furia, con ese odio que construye, que nos cobija, nos da calor y coraje en camas liberadoras.
La noche antes de la huelga.
Ese es el mejor momento. El anónimo y casi secreto.
El que hacen aquellos sin nombre. Aquellos que nadie recuerda nunca cuando recuerdan.
La noche antes. La noche de la luna con gatillo. Casi la única noche que merezca ser recordada siempre.
La última noche de paz en la tierra. La noche en donde nos preparamos. En dónde sabemos que ellos también se preparan.
La noche de penúltimo toro.
La noche de la brea. Del agua con harina. De cigarrillos compartidos en la espera.
La noche de futuras insolencias. De permitidas rebeldías.
La noche del debut.
La noche sin amor pero con amor profundo. La noche compañera.
La palabra colgada del labio de la historia.
La noche del hiede la tiempo rotundo. La noche de las putas en celo. La noche del miedo de los parapoliciales. La noche como tortura muda que todavía no tortura en la sección al de turno.
La noche antes de la huelga general.
Esa noche que nos cobija, mientras se desarman las defensas y se arman las alarmas de los que que tienen miedo. Los de siempre, casi los mismos.
La noche antes de los palos.
Antes de los gritos y el dolor. Esa noche vanguardia que nunca tienen los enemigos.
La noche silenciosa de nuestros hijos con miedo pero calmos por la honestidad de nosotros ante tanta pregunta sin respuesta digna.
La noche antes, la de alquitrán y la cadena.
La espera en bares, silenciosos. La cita en otra parte. Las postas sanitarias. El que vende las banderas y sabe de nosotros.
La huelga general. Siempre.
El incendio previsto. La puteada justa en la garganta.
El dato preciso por donde escabullirse. La risa triunfadora dedicada a enemigo.
La justicia revolucionaria.
La noche antes. Los minutos difusos y eternos y los cigarrillos compartidos. La ginebra tibia. El café frío. La risa rabiosa, el sueño pertinente.
La noche compañera compadre.
La noche que anuncia un  cielo de banderas.
Un cielo de banderas rojas y negras, un cielo plagado de banderas que impidan las lluvias, que convoquen siempre a viento. A tanto viento suelto.
Por que sabemos que a ellos sí no los despeina el viento, los habrá de despeinar la historia.
Porque esta noche me quedo a cantar con los obreros y aunque nadie me invite, me voy con ellos en medio de la noche a perseguir ese brillo y esa idea, que ellos llevan encima como una sangre o como un juramento digno y casi eterno.
Me voy a la huelga general compañeros y que les garúe finito.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Del día que Durero pintó un rinoceronte


Llueve sobre Madrid. Llueve  sobre los nadies de siempre que caminan bajo ese agua suave que tiñe el otoño de esta ciudad.
Madrid resiste, se queda quieta en medio de esta quiebra anunciada, no claudica y trata de mantener el tipo a pesar de banqueros y más banqueros. Comienzan a suicidarse los más tristes, los más desesperados. Los que pierden lo único que tienen en manos de estos banqueros devenidos ahora en políticos.
Esta es la etapa del genocidio liberal que tanto aman algunos. Es esta la temporada de la sangre en donde, por el momento, los cuerpos los ponen de un solo lado.ño .
A pesar de estar ya viviendo la resaca pastosa, de sentir la lengua como una toalla seca, sigue imperando cierta frivolidad.
Es que los que se suicidan son siempre los otros.
Digo.
Gran marcha del lumpenaje de derechas en ese país lejano que casi siempre es el mío. Ojalá que hagan una por semana. Ojalá que sigan siendo tan idiotas los fascistas argentinos. Sigan, por ese camino de insultos y furias y haga una marcha por día, que no descansen en s trémulo trabajo de salvadores de la patria y hagan marchas y más marchas.
Seguros como están se sienten salvadores de la patria. Seguro no saben que el patriotismo siempre es el refugio de los mediocres. Enarbolan banderas y consignas sobre partes del sexo de la presidenta. Se sienten orgullosos y protestan porque el país, ese otro país, no es el de ellos.  Es el de los otros, también de esos nadies, que no son ellos y que nunca serán ellos.
Ese ascenso social que perciben por los alrededores, los cohibe y los enfurece. Ese consumo al cual acceden los más pobres, les produce una cierta picazón imprudente que les quita el sueño y el deseo.
Se podría decir que estos tontos de alcurnia, hijos de la argentinidad, dueños de la historia, de lo único que están seguros es de que no quieren bajo ningún pretexto, que les sigan moviendo el piso los de abajo.
Es decir que basta con estos temblores sociales que meten miedo en el cuerpo decente de la patria de uno. De la patria de ellos, la nuestra es la de los nadies y bien contentos que vamos con ello y que estamos con esto. Ser los nadies tiene su cuestión de la que ya hablaré en otro momento.
Vuelvo.
El individualismo siempre produce pocos individuos. Produce extraños que un día descubren que le han quitado la escalera y que el esta sujeto por el pincel con el que pintaba momentos antes.
Y ahí en ese mundo sin individuos descubren que por ejemplo Durero hizo el retrato de un rinoceronte sin haber sito nunca a ninguno. El primero en llegar a Occidente. Información que demostró ser útil en contra de la pobre bestia, que una vez ya identificado y a partir de ese momento le quedaban por delante pocos siglos  de vida. Pocos comparados con los que seguramente soñaron y especularon los padres de esta raza herbívora y belicosa mientas pastaban tranquilos en un mundo deshabitado.
Su cuerno, cuando no porque pareciera ser todo siempre una cuestión de cuernos, se utilizó y se utilizará en estos momentos para posibles erecciones paupérrimas y miserables, que pululan siempre entre los individuos y no entre las personas.
Porque con erecciones o elecciones o cuernos, allá vamos. A nosotros lo que nos importa es ver , por ejemplo el cuadro o mejor dicho el grabado de Durero. Quedarnos quietos y preguntarnos, por ejemplo, como se le ocurrió al pintor pintar lo pintado.
En qué momento tuvo la certeza de esos trazos, de esos colores, de esa cierta sensación de capturar un momento, que pasados los años, seguiría quieto y vistoso, como le debe haber parecido al pintor.
Sin embargo la representación tan poco fiel del original, mantuvo su poder de seducción durante mucho tiempo.
Cambio.
Sábado a la noche en Madrid. Hoy hay liga. La vida sigue, un poquito más allá y a pesar de esa tristeza que los días lluviosos de otoño bordan los contornos de una ciudad, las mujeres se preparan y los hombres también. Hoy habrá deseo y otros fuegos.
Me llegan como olas submarinas noticias de mi otro país. Pero las postergo, las dejo ancladas en la sal de esto días. Ya volveré y volveré a inmiscuirme en ese día a día, que se vive, que me vive a toda hora a marcha forzada.
Hoy estoy en Madrid, con frío, agua y abrigos.
Vuelvo.
Durero es inexplicable en todo.
Voy al Prado sólo a ver su "Adán y Eva ". Buscar las líneas de los contornos de esos dos cuerpos estáticos y plenos de vida. Llenos de vergüenzas y sonrojados por la mirada del que se detiene a mirarlos.
¿Será?
Era matemático, alemán y pintor. Durero y fue, es uno de los pintores más importantes del  1500.
Conozco personas que lloran cuando ven ese cuadro del Prado. Otros se, porque me lo han contado, se siente incómodos ante la presencia de ese cuadro exquisito. Otros se alejan y lo observan de lejos. Tienen temor a entrar en esa órbita de color y fineza . Algunas voces me dicen mientras escribo que la pintura es una manifestación del lenguaje en tanto lenguaje.
Me quedo callado. Miro por la ventana desfilar, una copia desdibujada por aguas y paraguas, tropezando por las calles en un sábado de puente a aquellos bienaventurados que habrán de desbrozar una noche como se pueda.
Digo.
Tardo más en todo. Más en escribir. En percibir ciertas cosas con la destreza de antes. El amor se me escapa de entre los dedos como el viento mismo.
A veces me siento como ese personaje de Katherine Mansfield que al salir de su casa, descender los tres escalones de la entrada, descubre que ya es demasiado viejo por primera vez para la primavera que lo rodea.
No hay nada que hacerle debemos volver a leer a esta mujer de Nueva Zelanda.  A esta escritora que murió a los 37 años y que tuvo no obstante la capacidad de renovar un género como el cuento y marcar una tendencia literaria, que aún hoy continúa vigente a pesar de los varoncitos dueños de las verdades más rotundas en literatura y otras cuestiones.
Me pierdo. Me ilusiono con cada cosa que leo.
Me sigue impresionando ese mundo enmarcado entre las hojas de un libro. El recorrido del pensamiento del autor, la visión y la certeza de escribir.
Me hago lento. Me hago sombra en cada palabra que se me cruza en mi camino hacia algo. Porque creo que la verdad siempre es como una sombra y ahora que estoy en esta etapa de casi madura oscuridad descubro esta lentitud de saber que siempre habré de quedarme parado cuando el resto toma asiento.
Un equivoco.
Pero estoy en Madrid y con eso tengo bastante. La semana se diluye y comienza la nausea del domingo, la resaca seca que antecede al primer día de la semana. Pero hoy tengo conmigo un nuevo libro de cuentos de la canadiense Alice Munro. "El progreso del amor" se llama y son cuentos para saber de que se trata ese lado denso de nuestras vidas, de nuestras querellas contra la vida que siempre tiene un fin. No una finalidad. Un final.
De eso se trata todo. De vivir sabiendo siempre que existe ese final. Que nada es gratis, que la vida no dura toda la vida.
Sigo.
Ahí esta Durero dibujando un rinoceronte sin haberlo visto nunca. Ese día, cambiaron los días en este terreno que llaman Europa. Ese día, sin saberlo comenzó el principio del fin de esa bestia lejana, pastoril y casi miope, poseedora de un solo cuerno que para colmo, que sería la larga el motivo de su perdición. Como todo ese día, el alemán al ver el boceto que te llegaba desde la inconclusa. Lejana Lisboa, habrá pensando en medio de tanto renacimiento enardecido, que las circunstancias y las matemáticas habían acordado por fin para darle una sorpresa.
Ahí esta el grabado que hizo el artista. Ahí los trazos finos y más allá, los remaches que dibuja como una armadura medieval.
Se extraña ante el resultado. Un animal con hierros por piel. Se queda pensativo. Mira por la ventana de su estudio. Escucha el llamado al Angelus, sonríe, oye el rumor de las moscas rabiosas de siempre, la risa de las mujeres en la calle y vuelve a su trabajo a contemplar la plancha de su grabado, que cuando entre en la prensa saldrá de allí algo, que no sabe.
Ajusta los tacos, gira la manivela y la historia que todavía no lo sabe cambia para siempre.
¿Habrá sido así?
En fin amigos especulaciones como siempre. V

martes, 6 de noviembre de 2012

El pez banana en Madrid

Hay momentos en donde todo adquiere otro color. Se ve desde otro lado ese costado que se nos negaba. A veces, con estar basta. Madrid esta ahí, invita a caminar, cosa que Buenos Aires casi no. Y eso se agradece, porque es la única forma de amar a esta ciudad. Paso a paso.
Como se debe siempre.
La camino mientras compruebo que el malestar configura conciencia política de forma natural, es entonces cuando descubro el costado menos expuesto de esta crisis en el madrileño de a pie, cuando de a poco, comienza a construir ese malestar en política antes de que todo sea demasiado tarde.
Me reencuentro con un libro leído una. Una y mil veces, manoseado y recomendado. "Nueve cuentos" de J. D. Salinger . No es casualidad nunca nada lo es. 
Entonces me acomodo y comienzo por el principio de este libro que sigue conteniendo todo lo necesario para volver a releerlo y descubrirlo. Darnos cuenta que estos últimos cuarenta años han sido de risa.
Ahora que los días son como nubes, que uno esta menos inquieto, que tiene un sitio en su equipaje para sellar su amistad con semejante manojo de emoción hecho palabras, imágenes y más palabras, que Salinger entrega en cada respiración posible. Ahí esta de nuevo este cazador oculto, que en su momento, en lo peor de la adolescencia me marco el rumbo en una parque lejano de una ciudad lejana y siempre clausurada por ser del enemigo.
El mundo nunca suele portarse bien con nosotros. Sn embargo, nosotros siempre le regalamos nuestros mejores poemas, nuestras más tibias canciones. Y así, un día descubrimos que nos hemos cansado demoliendo paredes para salvar las ventanas y terminamos solamente preguntándonos ¿qué?
Entonces Madrid se aquieta. Se detiene, aunque nunca lo haga del todo. Ronronea desde lo profundo y necesario, como decía Juan Ramón Jiménez ante esa casta de analfabetos, trepadores e impresentables que habrían de sobrevivirlo, que sin duda nos habrán de sobrevivir a muchos de nosotros: " Y hoy me iré/ y se quedarán los pájaros cantando".
Digo.
Recordemos la primera frase de " La Metamorfosis" del que quería ser pequeño y que definió como pocos al siglo pasado, incrustando su nombre por sobre todas las cuestiones atinentes al siglo más loco y desgarrador que haya vivido la raza humana. Recordemos esa primera frase del checo que escribía en alemán y que murió antes de esa llaga con música robada a Wagner o cedida por este, que a esta altura vendría a ser más o menos lo mismo.
El oficinista tiene nombre y apellido. Sin embargo se convierte en algo, que sin lugar a dudas es. Cabe especular. Pero después de la lectura de esa primera intención uno puede cerrar el libro, tomar aire. Pensar que todo es ridículo y que es solamente una broma o seguir el camino y descubrir a uno de los autores más revolucionarios y potentes que haya dado la modernidad en lo que va de ella.
Digo Kafka y estoy en Madrid.
Es raro, a veces tengo la sensación de no haber ido, de no haberme marchado hace un tiempo. Todo sigue igual. Todo permanece y sólo aparentemente estos meses no han modificado nada.
Pero algo se ha movido de foco. De golpe me acomete la necesidad de esta y no estar al mismo tiempo. Esa contemporánea necesidad de ver y registrar cada paso dado. Un cuadro de Durero en el Prado. Una cerveza en Avenida América y una charla sin heridos en Atocha.
Bajo buscando el Manzanares y me descuelgo por Embajadores entre mulas y náufragos. A brillar mi amor, vamos a brillar dice una canción vieja de mi otro país. A eso juega entre harapos sentimentales esta ciudad donde todavía no ha arribado la locura del desastre, por más miedos y juramentos que se desprendan a cada paso por esta ciudad que brilla a pesar de la policía y beneméritas dispuestas magullar almitas y penas.
Leo que Nabokov entre las cinco mejores novelas de la historia se refiere a una que se llama "Petersburgo" de Andrei Biely. Pediré a mi amigo Enrique que desde ese suburbio que queda en Moscú escriba algo para descubrir a este autor, que debería ser obligatorio según parece. Y ya que está y de paso, para darle una alegría, que escriba sobre: Shklosvki y ese otro energúmeno llamado Eichenbaum. Que nos hable de la mezcla de géneros , de esa promiscuidad que se encuentra cuando nada, ya nada es como dictan manuales y buenas costumbres. Esa especie de camino que se inventa desde siempre y para dolor de beatas y gimientes vírgenes de oído liviano y cirio a mano. Mixtura de intenciones, que generan una nueva literatura hacia la nada que en definitiva es el propósito de la literatura, su propia extinción
Y sigo andando por este Madrid y ahora me recuesto de nuevo contra el respaldo de la vieja silla que me sostiene y vuelvo a mi viejo amigo Salinger y a esos cuentos, que vuelven a seducirme. Ahora que el tiempo pasa con lentitud y hasta con cierta facilidad, me dedico a mirar por la ventana de bares a una ciudad que también y por fuerza propia es de Salinger y de sus personajes y míos porque no.
Vuelvo.
Ahora que soy un hombre, alejado del joven que fui, no se sí mis recuerdos son ya puro invento o hebras de historias malas, que intento entrelazar en un tiento fuerte. Malo pero fuerte.
Por ejemplo a este costado de camino percibo la tranquilidad de estar vivo. Lamento las muertes de amigos, pero en lo profundo de mi radica ese suspiró de alivio. Es políticamente incorrecto. Pero comprobar que es el otro el muerto, que por un momento uno se ha salvado es algo, que permite sin dudas, enunciar otro método de vida o por lo menos otro discurso.
Para quien no ha vivido inmerso en la violencia que otros han leído en Rulfo o percibido apenas en Borges queda siempre la sospecha de la misma, la enumeración ficticia, la nada y poco más 
Recuerdo una vez cuando éramos chicos con mi hermana, fuimos llevados a un tiroteo por nuestro padre ¿es verdad este recuerdo que recuerdo a estas horas en una Madrid que permite, que me permite a mi desempolvar este recuerdo?
 ¿A ver un tiroteo o los muertos del mismo? ¿Qué buscábamos los tres esa tardé de calor en una ciudad perdida en medio del mapa?
Se justifica la vida con la muerte de los otros. 
Es que los adultos somos siempre unos estúpidos de academia. En realidad deberíamos precisar en que momento nos convertimos en esa rareza del paso de la infancia, estupidez a la nueva y definitiva infancia. 
Me repito. Queda tan poco de lo que soñábamos cuando éramos jóvenes y que sin embargo pesa como un pecado de piedras que nos agobia sin misas ni redenciones. 
Pero algo queda. Sigo sintiéndome huésped y no patrón del sitio que hábito. Percibo que detrás de todo esta esa sensación de estar por sobré nacionalidades y sus himnos, de pequeñas miserias de esa identidad refractaría que siempre significa pertenecer a algo.
Vuelvo.
La situación de supervivencia es la situación central del poder. No es un hecho despiadado o salvaje es algo únicamente concreto y real. Uno nunca se cree tan grande cuando es confrontado con un muerto. Con la nada que yace cubierta por una sábana y tiesa, una madrugada cualquiera, una noche cualquiera.
Lo hago más pequeño. Con un trabajo, con un amor, son escalas mínimas que no traspasan el orden del discurso, porque el poder es otro. Es que en esta situación lo que prevalece es lo otro. Al terror inicial se le impregna luego la satisfacción más primaria de seguir vivos hasta la próxima oportunidad de confrontación con este hecho.
Estoy en Madrid.
Leo a otros hasta volverlos otros. Escribo siempre después de los otros. Soy el otro, que se funde con el paisaje hasta disolverme. Viajo alrededor de la emoción, me detengo en los pálidos labios de la noche y me recuesto en esta especie de sensibilidad que me rodea a estas horas en esta ciudad en medio de la meseta castellana o casi.
Recuerdo a Borges: " Lo que hace un hombre es como sí todos los hombres lo hicieran..."dice en algún momento en algunos de sus cuentos que lo sobreviven a el, a pesar de su viuda hambrienta y de la ideología burguesa que se apropió de todo espacio lingüístico hasta hacer que nuestro lenguaje devenga solamente de ella.
Por eso el robo es una obligación hasta casi moral.
Anochece y Madrid se prepara para una nueva semana de puente y de cierta exagerada alegría muy de primer mundo. 
Tengo mi tabla de salvamento que se llama "Nueve Cuentos" y que esta noche, desde mi cuartito madrileño habré de motivar las miradas suspicaces de vecinos y vecinas excitadas por la llegada del nuevo al barrio. Esa luz encendida hasta altas horas de la madrugada harán pensar e imaginar a los que tienen siempre tiempo de más para hacerlo y de eso suele tratarse siempre esto.
Que no sea nada.

lunes, 5 de noviembre de 2012

A estos hombres tristes


Estoy en Madrid nuevamente. Vengo muy Pessoa. Suelto de casi equipaje. Vengo a verme ver, a recordarme en este vaivén que vivo desde siempre. Desdoblado, como ese escritor que siempre quise ser, que era el personaje principal de "La Notte" de Antonioni.
Vengo saludando la vida, soñando con ese fracaso mejor que pedía Beckett.
Llego entonces a la estancia de ese amor profundo que para mi es esta ciudadela sin fundadores ni padres heroicos. Apenas una ciudad formada en n cruce de caminos, hacia donde llegaban cansados y polvorientos, caminantes y putas.
Parando a la vera del camino, se fueron quedando algunos en medio de calor . Así y amontonando trastos e historias, un día fue Madrid. Es Madrid.
Digo.
Un país que se desvasta, que se incendia de forma premeditada y anunciada. Un país que es paraíso de los asaltantes con título universitario y perfumes caros. Un país que todavía no ha vuelto al camino de la locura más desbocada. Eso es España hoy para mi.
No es la verdad cierta, pero es lo que veo mientras recorro calles y bares. Hay más silencios, más asperezas, más nervios y más bocinas en las calles.
Habrán de ajustar los aires, de cerrar las lluvias, pero esta ciudad seguirá siendo heroica mientras resuena el aria de la esclavitud.
Vuelvo.
Nada, como algo, ocurre en ninguna parte. Este dejarme vivir, ir hacia las profundidades es lo que facilita, creo, este esquema de vagabundeo que debe ser la vida. Pasados ya los tormentos de la infancia y la educación oficial, nos queda solamente esto. Vagabundear irnos hacia esas profundidades que nos esperan sin gloria y sin pena.
Ese recorrer el desierto siempre, saber que la vida es siempre demasiado breve como para aburrirnos y sin embargo nos aburrimos desconsolados y reiterativos, pasamos pues eludiendo los motivos y dejamos pasar el tiempo.

Como el personaje de Ives Montand en la película de Alain Resnais, "La guerra ha   terminado", especulo en esta Madrid con la certera sensación de estar situado en un límite en donde sólo yo, percibo la historia, mientras la historia es otra, como siempre.
El cine en blanco y negro. Como la vida misma, sumando grises y arrebatando secuencias de preguntas hechas en las sombras.
El faro de Cascáis, los poemas de Pessoa y los libros de Beckett se ciernen en esta ciudad mientras estoy aquí. Pensando .
Sufro sin pena la vida. Me preparo para lo mejor con profunda alegría mientras a mi alrededor en El Comercial, leen los diarios y disfrutan de las mentiras a sabiendas. Es decir,tenemos cuernos, pero el resto también los tiene.
Vuelvo.
Entonces un día hay vida, dice Auster que dice su padre tal vez en su mejor novela. Un día hay vida. Y con eso uno construye la alegría profunda de solventar esta vida sobre alimentada de fracasos,  entonces y concluyendo con esta felicidad envasada que nos obligan a comer, seguimos. Unos y otros, compartiendo amores y panes. En este cruce de caminos del cual nadie es dueño ni nadie empleado.
La vida es demasiado breve y sin embargo nos aburrimos. Teniendo como tenemos por delante el mejor siglo de la estupidez humana nos enfrascamos en el olvido, porque realmente y en el fondo nada nunca es realmente importante.
Digo.
Madrid es una ciudad que atrae. Que seduce y que obliga a tener siempre alerta la conciencia de ese algo que nos pinta la cara. Es el amor perfecto. Ese amor loco, mal que les pese a los cuidadores de la salud mental, es esa locura hecha ciudad. No arrebata ni despoja, construye en uno la delicada sensación de vida.
No es la melancolía porteña que nos precede y que nos viste. No es la alegría desenfrenada de Río de Janeiro y ese sudor que altera las sensaciones de lo doble. No es lo exquisito y susurrado de París. Madrid es solamente una Villa rescatada por algún rey loco y zángano como todos los reyes, que un día la convirtió en capital de algo.
Extraño Buenos Aires? Cuándo se viaja se dejan países detrás, cuando nos movemos nos preocupa solamente lo que viene por delante. Se viaja como se olvida.
Es que ya estuve aquí antes de estar jamás.
El Comercial va despejando se esté domingo a la noche. Llueve y todo se vuelve arisco. Se limpian limpian las calles y la noche prosigue con su camino.
Hoy todos dormirán temprano.
Mientras tanto me quedo pensando en esa canción de Almendra cuando le cantaba a estos hombres tristes, allá o cuando el mundo era grande, lejano y ajeno.
Un saludo a tutti.