En Zona

martes, 11 de marzo de 2014

Ese amor que no cesa

A veces me desdibujo pensando mientras miro todo crecer a mi alrededor. Me hice jardinero y aprendí el rumbo de los vientos, el rumor de las lluvias y los caminos locos de las hormigas en pos del invierno futuro.
Pienso en distancias que ayer, no estaban. En malabares que cometía y esos amores desenfrenados y locos, que me guiaban por esta selva, que algunos llaman vida. Me hice jardinero y hablo con mis plantas, les cuento las desprolijidades de nosotros. Les leo en voz alta, poemas garabateados y algunos sueños. Pasaron las lluvias y los brotes nuevos resisten la llegada del otoño. Viene la poda, llegarán los olores a maderas quemadas y el sol, de a poco comenzará a cambiar su camino.
Ya, en este marzo, la sombra de la medianera se hace grande hacia el otro lado. Sonrío.
De fondo suena y fuerte Van Morrison y su "Fire in the Belly" de ese hermoso y poderoso trabajo que fue "The Healing Game" del año 97.
Buenos Aires, aquel año era inexplicable, lleno de traidores, trepadores rabiosos que convivían con el espanto y sin embargo mientras te seducían, te iban desnudando despacito antes de marcharse con tu ropa a cuestas.
Era la temporadita en donde nosotros, vivos, vivillos, atrevidos y desenfrenados, creíamos estar en el primer mundo, con nuestro alijo de blanca y poderosa incertidumbre. Éramos más democráticos, más invencibles y hasta más lindos. Bonitos y babosos, sabíamos que el mundo había terminado la semana anterior, sin embargo alegremente, con el cuerpo bien durito, íbamos al infierno oliendo perfumes buenos, de las manos de mujeres decididas mientras nadie, nada interesaba demasiado.
Sonaba Van Morrison por aquellos años y todo se detenía en torno de la miseria que habíamos clausurado por decreto. Íbamos de cama en cama, sin saber siquiera el nombre de nuestro acompañante. No importaba, miserables sin cloacas como las de Víctor Hugo, el mundo era nuestron y parecido a ese París, miserable y lejano.
Apenas una maceta. Un tiesto de tierra reseca para ese jazmín moribundo que nos seguía, como el limón reseco en la heladera de divorciados que poseíamos debido a la división de bienes difusa que nos había tocado en suerte, era lo nuestro.
Así a lo mejor, hoy somos esa especie de culpables asombrados por lo huracanado de esas vidas. Fuimos y ya no somos. Suena Van Morrison este 11 de marzo, de sol tibio. Todavía la tropilla de grillos, espera por las sombras.
¿Te acordás del 11 de marzo del '73? Me dispara un amigo por teléfono. Enmudezco. Los años son una catarata imparable y tenaz. Miro por la ventana de la cocina y los nombres comienzan a caminarme por la nuca. Todos ríen, van con banderas y bufandas. Nos abrazamos en la puerta del penal, a la salida del rumor con nombres y olores.
Digo.
A veces la vida es tan rala. Viene tan peladita y es lo único que tenemos. A veces, rodeado uno medita si renunciar, si es mejor despertar de esos sueños húmedos, que fueron nuestros años felices y antiguos ya y seguir a pesar de las cuestas y pantanos que tenemos enfrente.
Este es un país que no existe. Una mueca, apenas un gesto bajo bandera.
Tiene sus cosas. Es raro, somos raros. Hablamos de la mujer, nos desgarramos las vestiduras para ser menos machistas y las seguimos asesinando a mansalva. Total es una cosa, son una cosa y nosotros unos inmorales igualados en el fango de la miseria.
Decimos yegua a la que nos gobierna. Enseguida es puta, trola, bruja y siguen las firmas. No hay como nuestra mamá. El resto es desechable. Las querés matar. Y las matamos.
¿El resto? Bien gracias.
Pienso.
Mientras veo este muro diseñado por "Acción No Ética", la dirección es http://www.accionnoetica.com que me causa gracia y que la recomiendo.
Un buen día esto va a ocurrir, o ya ocurre desde hace décadas y ninguno descubrió, que en el fondo esto ya nos pasó, que esto somos los argentinitos que vivimos en el puerto, añorando Europa o Nueva York y que en el fondo seguimos encadenados a este disparate de creernos los mejores de la nada. A veces escuchar detenidamente a los políticos, curas o periodistas de este alucinado país, sirve para darse cuenta que, nosotros hace tiempo estamos en el horno a fuego lento, y, mientras tanto saludamos por la ventanita del horno esperando la foto.
Estamos en sus manos y cuando nos orinan, nos traducen que en realidad llueve y que debemos aguantar. Porque ellos, los que cortan el pastel, los que tienen la sartén por el mango, son los dueños de la tontería. Inventores de una democracia intocada y suya, vacía de contenido y muerta de vejez prematura o con locura senil, que vendría a ser casi lo mismo.
Digo.
Vas hacia el fuego y volvés floreciendo como el amor.
Leo un poema, otro más de la gran Sharon Olds que tomo de esa gran página de poesía que es http://elpoetaocasional.blogspot, blog que me arrebata, que me seduce y que siempre me sorprende con esa tenacidad que solo las cosas buenas suelen regalar.
Así me enamoro de esta mujer y me dejo llevar por sus palabras. Así descubro poetas y me descubro a mí leyéndolos con esa emoción tan profunda y radical que siempre tuvo la palabra sobre mí. En mi cuerpo.
Palabras que me cruzaron como los vientos del este a lo largo de mi vida. Que me hicieron crecer y que también me hicieron creer con algo mejor, no más cómodo, sino ese mordisco de vida que en mi caso particular, siempre vino de noche, en medio del silencio y debajo de la sorpresa.
Celebro entonces, a esta mujer y su poesía para este marzo raro, que vivo en las afueras de todo por decisión propia.






Poema al padre



De pronto te imaginé
de niño en aquella casa, habitaciones oscuras
y cálida chimenea con el hombre enfrente
callado. Te movías a través del grávido aire
con tu corpórea belleza, un chico de siete años,
indefenso, avispado, hubo cosas que el hombre
hizo cerca de ti, era tu padre,
el molde con el que fuiste creado. Abajo en el
sótano, los barriles de dulces manzanas,
cogidas del árbol en su momento álgido, se pudrieron
y descompusieron y por delante de la puerta del
sótano el arroyo corría y corría, y algo
no te fue dado, o algo te fue
robado, algo con lo que naciste, y hoy
incluso a tus 30 y 40 años te llevas
la oleosa medicina a tus labios
cada noche, ponzoña para ayudarte
a caer inconsciente. Siempre pensé que
la clave fue lo que nos hiciste
de adulto pero luego recordé a aquel niño
siendo moldeado frente al fuego, los
diminutos huesos de su alma
retorcidos y fracturados, los pequeños
tendones sujetando el corazón
partidos en dos. Y lo que ellos te hicieron
tú no me lo hiciste. Cuando ahora te amo,
me gusta pensar que estoy dando mi amor
directamente a ese chico de la habitación tórrida
como si ese amor pudiese alcanzarlo a tiempo.


Enlaces: El poeta ocasional
Imagen: www.guardian.co.uk

Cambio.
Ahora suena de fondo, Johnny Cash y ese abrumador "The Man Comes Around", producido por un tal Rubin que lo rescata del olvido que la vida le regaló al final de su vida. Su voz profunda y seca, juega con los pájaros que picotean entre el pasto de este fondo de país, que habito y del cual, me parece, no saldré por voluntad propia.
Quedan cuestiones. 
Rusia invade Crimea y algunos parroquianos de este bar, sonríen esperando el día de la justicia. Otros, ni siquiera saben de Crimea o Rusia. Los españoles siguen creyendo en reyes y otros malvados históricos. Algunos en el bar, recuerdan desde aquí alguna república pérdida y no sonríen tanto, porque todavía recuerdan.
La vida sigue, me digo para mí. Mientras pienso en las plagas y en como eliminarlas. Raro juego de supervivencia que debemos enfrentar los jardineros de turno.
Asumió de nuevo la mujer chilena, hija de un torturado y asesinado por la dictadura. La persona, otra mujer, que la recibió es la hija de un presidente asesinado por la misma dictadura. Los tiempos van cambiando. De a poquito, pero no importa. Ese luminoso día de justicia, siempre asoma el morro por entre las nubes y nos hace felices para adentro, como siempre suele ser la verdadera felicidad.
Digo.
Recobro, en esta tarde todavía veraniega pero a la baja, un disco deslumbrante y obligatorio para aquellos que todavía suelen creer.
Bob Dylan, el viejo Robertito del barrio y un trabajo que por lo menos a mí, me partió la cabeza en cuatro mitades, como manzana madura cuando lo escuché por primera vez.
"Oh Mercy" es la demostración palpable del talento suelto de este hombre, que desde comienzos de los años sesenta viene llenando de música a buena parte de este planeta. Un tipo, que envejece mientras recorre los caminos haciendo conciertos. El tipo de hombre, que desde ese lugar, maneja los espacios sin envejecer a pesar de hacerlo, como todos y como suele ocurrir. Este trabajo, suena moderno y de alguna manera lo es, aunque ya tiene sus años sobre sus espaldas. Disco que escucho de tanto en tanto, con secreta devoción y del cual aprendo, en el cual descubro cosas a cada pasada. Este tal vez sea el mejor de los discos del poeta y cantante. A lo mejor, en este y a pesar de las discusiones, se encuentren las mejores canciones que produjo. Seguramente no habrá ni creo que haya grandes éxitos. Ni siquiera canciones murmuradas por aquellos seguidores de siempre, pero este disco, es un paso más dado por Dylan. Si primero fue pasar de lo acústico a lo eléctrico, creando ese escándalo que todavía resuena, en este, está el arribo a una época galopante como lo fueron los años ochenta.
Daniel Lanois es el productor y el que le cambió la historia a este gran músico y poeta, que sigue siendo Bob Dylan.
Disco para tenerlo siempre a mano. Comienza con "Political World" y ahí el mundo se acaba y recomienza de nuevo, como esas locuras que a veces tanto suelen gustarnos y que tanto solemos buscar casi desesperadamente.
Después le siguen algunas pequeñas joyas como "Man in the Long Black Coat" o la espléndida "Most of the Time" como para por lo menos simular nuestra aparente felicidad.
Un disco casi obligatorio para todos aquellos que crean que todavía sigue habiendo posibilidades al alcance de la mano.
Vuelvo.
Miro mi pequeño jardín volteriano (a los que les quepa el sayo, que se lo pongan), mañana deberé remover, podar, corretear cizaña y tratar de seguir creyendo que todo siempre puede ser posible.
Compañeros esto, como siempre, está todo pago...


martes, 18 de febrero de 2014

Por los márgenes

Despacio, muy despacito se vino el agua al pueblo. Llegó como el amor casi, descalza y de a poco fue trepando por las riberas de este arroyo manso, que nos saluda todos los días. Es febrero se sabe y por aquí el agua viene confundida con nombres y fechas. 
Así, una noche el arroyo se desbordó. Algo para contarle a nietos y amigos. Algo común, que sirve para rememorar otras torrentadas y otros tiempos.
" No, la del '93 esa si que fue brava…" Soltaba la vecina de la otra cuadra. "Me va a decir a mí, la del 2033 fue la más grande…" deslizaba el vecino lleno de hijos y solidaridad de al lado. Al momento, un camión de defensa civil, pasó dejando bolsas de arena para frenar el agua, ladrillos para subir los muebles y todos, en esa socialización extraña que tenemos los hombres, éramos todos cargando bolsas para los vecinos, socorriendo a aquellos que el agua los visitaba dentro de sus casas y la noche, que siempre se nutre de esperas, casi nos miraba con cierta placidez.
Fumando, mirando el agua crecer se vino la madrugada orillera y de a poco, comenzamos a retirarnos a nuestras casas. A esperar que el agua lamiera de a poquito las pertenencias de unos y otros, al rezongo de la pava sobre el fuego, esperando.
Dejó de llover y seguimos esperando. Era, es una anécdota nada más. Algunos lo pasaron peor y otros, en cambio ni se enteraron. Como siempre suele ocurrir.
"Vecino, yo le aviso si sigue la crecida…" Me dijo entre el silencio áspero, mi vecino. "Siga usted con sus cosas que nosotros estamos acostumbrados y cualquier cosita le avisamos…" apuntó el hijo mayor, mientras vigilaba el agua casi de reojo.
Febrero viene cargado de perfumes, de rumores y de pájaros. La mala, nunca dura toda la vida, pienso ahora.
Digo.
Es tanta la producción subjetiva que nos rodea, que se hace difícil tomar distancia. Sólo en los márgenes se produce. Se construyen realidades alternativas, allí donde no llega el poder, por descuido. Surgen rabiosas pautas de creación. Los medios de comunicación, yacen sobre la premisa falsa de informar desde otro lado, intentando llenar nuestro vacío con sus puntos de vista, que nunca, suelen ser los correctos, por lo menos para nuestras vidas.
Entonces, nos meten en peleas, que no son nuestras. Producen esa subjetividad aplastante, que nos impide desarrollar esa conjetura que se nos formula ante el vacío más concreto y eficaz al que nos tienen acostumbrados.
Esta estandarización global de maneras de pensamientos, la profundización forzosa de la introspección y de narcisismo, nos dejan indiferentes ante la expulsión del sistema capitalista de millones de personas. Esa condena establecida por casi decreto. Es entonces cuando resulta casi obligatorio dirigir nuestra mirada a los márgenes, porque es allí en donde podemos producir subjetividades, nuestras propias subjetividades, como lo pensó en su momento el inteligente de Félix Guattari, alguien que habría que volver a leer como al descuido y al tranquito sobón.
En los bordes entonces, estamos. construyendo solidaridades y espacios comunes. Por eso, esos bordes, son espacios de resistencia, en donde se producen subjetividades diferentes. Distintas, pero más nuestras.
A lo mejor, comprendiendo un poco esto, buscando un poco eso, es que uno concluye en que siempre hay algo que no se puede entregar. Algo que no se entrega. Algo que nos hace fuertes a pesar de todos los intentos producidos, por los medios, por el poder y por los enemigos.
Pienso.
Quiero plantar un tilo para cobijarme con su sombra, cuando el sol. Quiero recomponer aquello que he roto. Pedir perdón a quien corresponda y vivir ya en paz. Dejarme llevar por el viento de estas llanuras interminables. Esquivar a la muerte todo lo que se pueda y cuando llegue, porque siempre llega, saber que me he estado preparando para ese momento toda mi vida.
Tener un perro o un gato que se llame "sueñero" y que sea manso y nada más. Saludar a mis vecinos por las mañanas y perderme en las miradas de las mujeres lindas, sabiendo que vuelvo, siempre.
Mi limonero está alto y dando limones llenos de sol. Es mi homenaje secreto a Miguel Hernández ¿Por qué? Porque solo yo lo se o lo intuyo y porque con Hernández siempre hemos querido.
Escuchar el susurro de los árboles por las noches, entender esa charla secreta que mantienen desde el comienzo de la historia. Cuidar mis manadas de grillos y abrazarme con aquellos que cobijo en mi corazón. Tomar mate por las mañanas y creer en los triunfos del amor. Despedir al sol cada día y mirar al cielo ancho y mío, que me corresponde por pasión.
Esperar que crezca mi jazmín paraguayo, comprender que ese mensaje que otorga el colibrí cada mañana, es la vigilancia que me hacen las almas buenas a mí. Oir el murmullo de la vida y negarme siempre a la siesta y a la sopa, como metas primeras y únicas.
Entonces.
Descubro a un cantante. Gregory Porter. Tarde lo descubro y sin embargo, aquí estoy hablando de las bondades de este señor. Ruedan las palabras por todo el espinel. Porter canta y se paralizan por un momento nuestras ganas. Las mías y con eso tengo bastante. Es sencillamente buena música cantada por un excelente cantante. Es raro. La primera vez, no cuadra la voz con la imagen de este señor. Después, uno se acostumbra y disfruta como un conejo en celo con tanto talento. "Liquid Spirit" se llama y es uno de esos hallazgos que siempre me seducen. Avanzar siempre, buscar y seguir. Descubrir con fiebre y seguir, no importa nada más. Música para entibiar el almita de aquellos que siguen por el camino, que apuestan a crecer solamente para cambiar todo aquello que siempre merece la pena ser cambiado. Gregory Porter es un cantante al que los rótulos lo denominan o lo ubican dentro del campo del jazz o del soul. Extravagancias de aquellos que siempre intentan confundirnos y nos insertan preocupaciones, que para nosotros, los que siempre estamos de a pie, no nos interesan demasiado.
La confusión, la hacen los otros. Nosotros, seguimos confiando en nuestras propias fuerzas. 
Esa tal vez sea la mejor poesía. Escuchar a Porter y de repente, deslumbrarnos y seguir estando con los buenos.
De eso se trata. De plantearnos el descubrimiento. De dejarnos llevar por ese movimiento suave que tiene mucho que ver con el amor.
Digo.
Vuelvo al borde. A ese sitio de donde sacamos conclusiones. Tenemos la memoria, ellos en cambio no tienen ni siquiera eso. Por eso somos los mejores. Los buenos de esta película clase B, que insisten en hacernos vivir. Así y todo, creamos otras subjetividades, nos volvemos moleculares, usamos otros sobrenombres mientras que los arrepentidos, siguen con sus cruces a cuestas.
La calle sigue siendo nuestra. Por más policías y curas, que nos metan, nosotros seguimos siendo los dueños y el miedo, no duerme con nosotros. Construimos  nuestras vidas y salimos a campo abierto a buscar perdidos y extraviados. Nos sentamos al borde de los fuegos y contamos historias, mientras el vino nos reemplaza la sangre que llevamos a cuestas.
Por eso, por más que insistan en convertir todo esto en un camposanto, sabemos que los días luminosos de justicia nos pertenecen desde mucho antes de ser.
Vuelvo.
Bajó el arroyo, se fue bailando una cumbia morena. Las aguas bajaron, tengo bolsas de arena en el fondo de casa. Los vecinos, preparan su milagro de todos los días. Se juntan las horas y el día termina.
Acaban de anunciar multas a los supermercados por adulterar los precios. Se enojan los que tienen, porque no quieren perder. Pero tienen que pagar, les llega de alguna manera su hora.
También se juzga ahora a los jueces de la dictadura, por cómplices, por traidores y por torturadores. Los civiles, aquellos que le prestaron su nombre y su fineza a los perros de la dictadura, también van a ir presos, a cárcel común. También deben pagar sus culpas y es justo que así sea.
Vivo, no en el mejor país del mundo. Apenas en un suburbio de este planeta, de esta bola de barro que gira todos los días y que los poetas llaman mundo. No, no vivo en ningún paraíso, pero por ahora nos da un respiro este paísito casi delirante y de veras.
Me voy, me voy agitando pañuelos y con un tema de Gilberto Gil, viejo homenaje a Bob Marley,  que en su versión siempre logra emocionarme.
Como siempre, me despido sin más y les digo: compañeros que no sea nada.

                                
                                                              

jueves, 6 de febrero de 2014

Una apacible nochecita de lluvia

Comenzó febrero y llegaron las lluvias sistemáticas y eternas de este mes de verano. Así fue siempre, así sigue siendo a pesar de mis largos años de ausencia. Se destiñe la noche con las astillas de agua, uno se vuelve un poco más paciente y espera, que amaine, que se tranquilice todo y que mañana, sea un día de reencuentros y abrazos.
Las noticias no son buenas, son preocupantes y seguimos de a pie, esperando mejoras. Pero no. Insisten estos cretinos en rodearnos y obligarnos una vez más. Estamos rodeados y son siempre para peor.
Creo que la lucha que viene, la que está ahí a la vuelta de la esquina, en la calle, la que comienza a tomar forma en nuestros corazones, no será ya por ideas o modelos de sociedades. Me parece que por ese costado ya no va la cuestión.
Digo.
Entre tanto canalla que se enriquece a costa de tanta espalda quebrada, se comprende que el enemigo ahora sean los empresarios, las multinacionales, las corporaciones. Ellos nos necesitan más a nosotros que nosotros a ellos. Esto es básico. La pelea es entonces contra estos. Atenazan países, arrasan con nuestros nombres y someten a miles de millones al dolor y a la injusticia. No tienen patria ni bandera ni siquiera honor. Tienen a las sotanas, los fusiles y toda doctrina de guerra para hacer cumplir el reparto de su tajada de sangre y dolor, porque el capital lo sabemos no tiene país .
Especulan con el hambre, los precios y las guerras justas. Arrasan con todo a su paso. Ríen por ser esa justa minoría más poderosa de la tierra. Esa, esta, creo que es la confrontación que viene. Estos serán los tiempos, entonces de buscarnos las cosquillas y ver por donde salta el gato.
Recuerdo una canción, que terminaba: " padre, deja de llorar que nos han declarado la guerra". ¿Será?
Pienso.
Vivo en un país convulso. Con buena memoria y con olvidos peligrosos y también curiosos. Sin embargo, esa mayoría que hoy ha sido incluida en los planes sociales, rehabilitada es la que genera de nuevo viejos odios de clase, un cierto racismo rancio y a pechito descubierto que le dicen. Esa clase social, los desheredados, perseguidos, asesinados y castigados, casualmente forman parte de ese nuevo imaginario que les mete el miedo en el cuerpo a esas señoronas y a esos señoritos frívolos y díscolos, que se llaman a sí mismos patriotas o gente de bien o fascistas con la boca llena de saliva por los paredones portátiles que siempre portan sus policías a cuestas, siempre listos para ejecutar, principalmente jóvenes, morochitos y siempre sospechosos, por portación de color originario o porque, en el fondo, estos desorejados nuestros, son los enemigos potenciales de aquellos otros, por ser solamente jóvenes.
Vuelvo.
Llueve con esa parsimonia que ni siquiera dios posee. Llueve y es febrero para más datos. Las tormentas recién llegarán el mes que viene, mientras tanto, el perfume del jazmín de país, inunda esta casa provinciana y tranquila.
Llueve y los supermercados cambian los precios a cada instante. Aumenta todo lo básico, para que las personas, comiencen a cabrearse. Claman los periodistas de la clase media con este estado de cosas y echan leña al fuego, como verdaderos cuidadores de tanto averno protegido.
Llueve y a uno se le contagia cierta tristeza y cierta melancolía. Pero forma parte de ese sentimiento colectivo que a veces es el romanticismo, que sirve para enfrentar tanta idiotez posmoderna y snob que insisten en querer vendernos a toda costa.
Cambio.
Siguiendo las recomendaciones de un amigo, por supuesto de manera indirecta, descubrí un serie sueca-danesa llamada Bron-Broen, El puente en su traducción al castellano.
Dos temporadas, que consumí, en una semana de cierta rebeldía arbitraria. Porque El Puente es una verdadera lección de arte dramático. Si bien la trama se desfleca y falla, el resto es impecable. Sofia Helin y Kim Bodnia, logran los que pocos hoy por hoy, se encuentran capacitados por brindar en una actuación notable, creíble y sincera. Un policial con todas las reglas seguidas al pie de la letra, años luz de la versión norteamericana y una demostración palpable del nivel de producción de estos dos países. De allí, de esa zona, provienen a mi pobre entender dos de las mejores series de televisión de los últimos años: Wallander, la versión sueca y The Killing la serie danesa que de forma callada, han ido acumulando algunas certezas con respecto del tratamiento que las series policiales deben tener a la hora de ser muy superiores al resto.
Dos temporadas con distintos temas, una trama, que si bien no es del todo buena, logran por lo menos, demostrar la seriedad a la hora de las actuaciones para hacer creíble una historia bajo los parámetros de un notable grupo de actores jugando sus roles, como se debe.
Seguramente por aquí, vieja colonia yanqui, veremos en poco más el bodrio de la versión que los muchachos hacen con su mal gusto y su falta de talento organizado.
Pero no importa, mientras podamos ver la original, seremos un poco más felices y esto, con los tiempos que corren por este mundo, no es poco.
Digo.
Las formas que van adquiriendo en esta nueva etapa, nos definen. Definen a estos, que en su guerra sin cuartel, van premeditando el fin de todo tipo de independencia. El FMI pronostica turbulencias para los países en vía de desarrollo, es decir, nosotros, los subdesarrollados de antes, que hoy por esas cosas de lo políticamente correcto nos llamamos en vías de.
Entonces los dueños del mundo, para evitarle depresiones más pronunciadas a españoles, portugueses, italianos y griegos, les susurran al oído quedamente: "ahora verán que no están tan solitos, a ellos, los sudacas de siempre, les va a ocurrir lo mismo que a ustedes, paciencia que mal de muchos...".
Las plañideras siguen con su trabajo. Rosario en mano, incienso mediante y cachiporras erectas, continúan despreciando al pobrerío de siempre.
Es que por acá, seguimos siendo puro sudor sudaca. Tenemos incorporado el gen del escrache, el del piquete, el de la pelea y confiamos siempre en el futuro. Porque para que el futuro sea nuestro, siempre debe ser de lucha, no hay otra forma, no existe otra manera.
Pienso.
Me dejo llevar. Me vuelvo viejo e inclasificable. Se que la historia con sus moscas, suelen narrarla los que ganan, los otros, también tenemos otra historia. Por eso siempre nos tienen miedo, se asustan y tratan de tenernos cercados.
Se impacientan porque en sus viajes a la costa a disfrutar del veranito justiciero, tardan más que antes debido a los atascos y a tanto pobre, negrito y lleno de hijos, con su auto nuevo que después de algunas generaciones, tuvo sus vacaciones en la costa y allí fueron, alegres y asombrados, mientras los otros, esos viejos cretinos profesionales, deben convivir con este espanto social que les toca vivir. Son, somos la barbarie, porque hasta el momento, la civilización no han sido más que palabras angelicales vertidas desde los púlpitos y desde las leyes, que son de ellos y para ellos solamente.
Les molesta que estos hijos de nadie, vayan a los mismos lugares que ellos. Les molesta y les preocupa.  Los obliga a compartir el mismo espacio y lo que es peor, no tienen a quien recurrir. Entonces planean golpes. Compran dólares, aumentan los precios, cierran escuelas, quieren demoler este estado que piensa en esos otros, sucios y feos y no en ellos, los patriotas de siempre, los herederos de tanto linaje conquistador y español. Quieren demoler ladrillo a ladrillo y los que tengan privilegios, que hagan uso de ellos y que el resto, sea arrojado por la borda como lastre y nada más.
Cambio.
Llueve y escucho mi música. Siempre me atrajo la desenvoltura que produce la música, esa cuerda de pensamiento que se desenrrolla como una cuerda dormida, como un músculo apagado, como el amor en cualquiera de sus formas.
No conocía a este músico finés. Se del jazz de los países nórdicos, pero a Joona Toivanen, nunca lo había escuchado. Pirateando como siempre, lo descubrí. Así me asomé a este, su tercer disco creo, llamado "At My Side". Un trío de jazz, con una cierta tendencia a rellenar esos paisajes amplios y callados, que supongo, deben tener por aquel país. No importa, me dije después de escucharlo por primera vez. Volví a hacerlo y descubrí un costado más lleno de matices, una cierta calma, que se mueve en torno a algunas ideas musicales para tener en cuenta. Sabido es que el jazz, es indomable, que es una música que a pesar de todos los intentos, sigue sin ser domesticada del todo y que por lo tanto, todo entra dentro de ese mundo. Como el tango o algún otro eslabón de la cultura popular.
Porque de eso se trata casi todo. Uno comienza con un paso y después busca dar el otro. Así Bill Evans o Bob Dylan, Osvaldo Pugliese o cualquier otro me llevaron a continuar siempre con este rastreo de huellas que ni el agua o el viento logran borrar en mi búsqueda de algo que no se definir, pero que a mí me importa siempre mucho.
Entonces descubro a este pianista y me parece la música justa para este momento.
Es que como siempre solía decir alguien por allí, no hay rótulos ni encasillamientos, solo hay buena o mala música, por suerte.
Vale la pena, descubrirlo y gozarlo.
Vuelvo.
Sigue lloviendo, ahora como con bronca y junando. Llueve torrencialmente, algunos ríos han comenzado a desbordarse, los que viven en la calle, la sufren con todo el cuerpo.
Tengo techo de chapa y la música de la lluvia que viaja descalza, amortigua el sonido de todo lo otro. Me asomo a mi ventana, el farol parte las aguas que como chispas viene cayendo desde hace rato. Enciendo mi último cigarrillo y vuelvo a pensar en todo esto.
Mientras tanto amigos en esta apacible nochecita campera, con sus lluvias y sus inquietudes, me despido recordando que esto, esto es todo lo que hay.

lunes, 20 de enero de 2014

Al costado de los caminos




A veces en medio del calor insensato, dispongo de unos momentos para descubrir esos misterios que de tanto en tanto, me nutren. Descubro una amiga española, Alma, que me reconoce y nos alegramos los dos a pesar de tanta distancia.
Brindo por ella, por este redescubrir innecesario, ya que ambos sabemos de nosotros. Pero la vida tiene ese poder de emocionarnos.
Entonces me distraigo de estos casi cuarenta grados a la sombra, esperando que el viento que viene del sudeste traiga un poco de reparo, un poco de esa alegría que mueva las hojas. Mientras pienso en esa vida dividida en dos por dos países.
Pienso patria y me detengo. ¿Cuál es la lengua de la patria? Identidades oblicuas, distantes. Acaso la lengua es una patria y suponiendo que así lo sea, este momento es solamente fragmentario, como siempre suelen serlo estos estadios de patrias por los que atravesamos como mandato materno.
Se quejan en estos días, los afanosos de siempre. Se quejan del rescate militante del poeta muerto y no de su obra.
Se quiere tapar con esa cobardía típica intelectual de los intelectuales, esa falta de acción, esa acomodaticia falta de compromiso.
Es que los años setenta no se han muerto. Siguen ahí, esperando su propia justicia. A pesar de los ensayos oficiales por tratar de edulcorar aquellos años de fuego, las cicatrices siguen latiendo. Generan preguntas y algunas respuestas.
No fueron años fáciles. Más bien lo contrario a pesar de todo lo actuado. Quedan, quedaron en el camino muchas perplejidades y muchas tristezas. Pero lo cierto es que, sabíamos que no era ni fácil ni gratuito.
Esta complejidad de vida o muerte, que hoy espanta a los de siempre, eran los factores esenciales de ese camino.
Que Gelman o cualquier otro haya tomado las armas, no es la cuestión. La cuestión siempre fue el compromiso y no la genuflexión oportuna de aquellos que hoy, dirimen la cuestión de los "años setenta".
Digo.
Por momentos pareciera que el país, sigue siendo de otros. Se acomodan los tantos en el bolso de cada cual y se sigue protestando en voz baja. Se discute por el valor de la moneda de los Estados Unidos y se lamentan, algunos, de no poder ser lo que siempre quisieron ser. Así se sigue tapando el sol con un dedo.
No se habla de nuestra ubicación en el mundo: subdesarrollados, periféricos y dependientes. Las condiciones de explotación siguen siendo las mismas que en aquellos años. Se deja de pensar en esas cosas y se postergan los hechos hasta después de las vacaciones, porque estamos en verano y no se lleva eso de enojarse con la crisis o los cambios.
En marzo, cuando terminen las vacaciones hablamos.
Cambio.

Me distraigo con este último disco del gran Gilberto Gil, músico brasilero, hombre metido de lleno en las cuestiones de integración y militante acérrimo en contra de todo tipo de racismo y persecución. Un disco lleno de vida, de comprensión y de certezas, que lo han convertido desde tiempos lejanos en otras de las voces de ese país. Con el tiempo Gil, que llegó a ser ministro de cultura del Brasil, vuelve al llano y  a los setenta años, vuelve a demostrar, como si hiciese falta, su talento inagotable que derrama a su antojo. Este disco es casi una lección de música y de buen gusto. Forma parte de un proyecto ya de larga data que encabezó en su momento. Aquí redondea una visión perfecta sobre su filosofía personal, que lo llevó siempre a buscar nuevos horizontes y a tratar siempre de ser fiel con su deseo. "Tempo Rei"; "A Raça Humana" o "Kao" son solo algunas pistas que recorre este talentoso artista, que regresa con un disco totalizador y muy bien resuelto. Se mezclan entonces, se mixturan los deseos y las pasiones en la voz y la música de Gilberto Gil. La sensualidad es un arma cargada de futuro para derrotar tanta miseria organizada.
"Viramundo" es la reescritura que hace el cantante y músico de esta aparente quietud postmoderna que intentan vendernos desde diarios, radios o televisión en un bombardeo permanente e inagotable.
Así, a pesar del calor, suena esta música en mi casa, rebota contra el techo, se acuesta conmigo y me acompaña este tramo del camino, como un viejo amigo reencontrado y de nuevo abrazado. Me dejo llevar por el vaivén de su música y recupero una alegría profunda y ya tranquila, alejada de otros fervores míos y sus consecuencias.
Digo.
Escribo para entender la patria. Desgajo rencores y me pregunto al borde de los caminos, esta conformación antojadiza que hacemos burguesamente ( adverbio ya en desuso) de ese territorio que nos empeñamos en llamar patria y con el que insistimos en identificarnos.
Llamamos con su nombre en inglés a nuestra música. Decimos folklore, por no decir a lo mejor música popular argentina. Pronunciamos muy bien el inglés o el francés. Tilingueamos (tilingo, palabra que debería estar en todo buen diccionario Alma querida) siendo blanquitos en un continente que no nos comprende. Somos racistas por ejercicio y deber. Soportamos el matrimonio igualitario porque fuimos de los primeritos del mundo, pero en el fondo, los seguimos llamando como antes a esos otros. Nos reunimos en una poderosa hipocresía que va a misa desde siempre.
Al diferente, a ese otro, le tenemos miedo.
Le seguimos teniendo miedo. A la mujer, por ejemplo. Al gay, al joven, al morochito de la otra esquina,     a los que viajan con nosotros en los colectivos. Con el que pide, con el que protesta. en fin, construimos en el otro, esa parte bien nazi que llevamos dentro desde que somos.
Pienso.
Ya hablé del calor. De ese volcán que nos rodea cada verano. Acaba de aumentar todo, el dinero no alcanza, pero todavía insistimos en sonreír.
Vienen tiempos difíciles, pero siempre han venido por otra parte. Nos queda esa gimnasia de respuesta, que poseemos desde siempre, en esa vertiginosa apuesta que significa vivir en esta parte del planeta, con sus cosas, cuestiones y descubrimientos, que protagonizamos desde el principio.
No, no es fácil, pero es algo vivo.
Así las cosas, mientras todos se aprestan a ocupar su sitio en la próxima mesa entre los comensales más educados, blanquitos y fervorosos argentinos de clase media, el resto trata de organizarse para lo que se viene de la mejor manera posible. Entre tanto fascista preparado, tanta gente de bien y tantos pecados por pagar, esperamos de pie, los vemos venir con sus discursitos escritos en otros países, tan en compañía de curas y sus monaguillos y esas ganas de masticar que vienen demostrando desde hace unos años a esta parte.
Muchachos nos estamos viendo.

viernes, 17 de enero de 2014

El otro

Cuesta hacerse a la idea. Dejar pasar el momento en medio de un calor sofocante, que pasa por estas llanuras que algunos llaman patria. Se seca la tierra, a veces hay luz y otras apagón. Se lleva a cuestas la miseria diaria, la felicidad de los vecinos reunidos en el patio del fondo, bajo los árboles. Las risas de los más chiquitos que destripan la tarde a puro grito, porque la saben eterna como todos lo supimos en su momento.
El otro, ese que no soy yo, es el monstruo. Ese otro que uno lee y se construye sobre esa imagen. El otro como enemigo que nos rodea, que a veces nos hace aprender y otras nos obliga a enseñar.
Cuesta el verano en estas zonas del mapa.
Es ahí, en donde uno, escribe, vuelve a leer y se enfrenta con la presencia del otro. Otredad profesional que nos hace recorrer la presunción de ese otro, que no soy yo, que me obliga.
La luz de esta tarde de verano, descompone los colores del limonero del fondo de mi casa. Cobra vida la palabra y se queda, rumiando bajo la sombre de la medianera. Así, se retuercen los días, quietos susurrando tanta vidita pura.
Se enoja el cuerpo y se enojan los días y sus noches.
Digo.
Días atrás me sorprendió, la falta de sorpresa por la muerte del mejor poeta argentino de la historia o por lo menos de buena parte de ella. Juan Gelman se llamaba. Había descartado la posibilidad de vivir en su país. Vivía en México y de allí, nos avisaba con sus poemas la marcha de tanta vida. Las querellas que la vida le imponía a él y a una buena parte de nosotros.


Epitafio

Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba por mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

( Aquí yace un pájaro.
                                 Una flor.
                                               Un violín.)

Primer poema de su primer libro llamado "Violín y otras cuestiones". Poesía que abarca sus trabajos desde 1949 a 1956.

Era argentino, le gustaba el tango y el compromiso. Se murió como casi siempre suelen morirse los mejores de por acá. Lejos de su tierra.
Es este, tal vez, el componente esencial de ese supuesto ser argentino. Morir lejos, en otras tierras, bajo otros cielos.
Gelman nos enseñó a muchos, el valor de la palabra, de la idea y del comportamiento en torno a esa idea, a esa palabra.
Militante del Partido comunista, terminó como todos los buenos comunistas siendo expulsado del partido.
Después combatió en las FAR al lado del pueblo peronista. Se exiló en el '75 y siguió siendo poeta a pesar de la derrota, la muerte y la distancia. Por aquí, bajo las piedras de tanto invierno, fuímos sobreviviendo a pedazos, sin nombres y desarmados.
Y así, años más tarde nos reencontramos en su poesía y en su actitud. Rechazó junto a otra compañera, el indulto presidencial, que venía a cerrar el trato entre los dos demonios que habían asolado éstas tierras. Así, no pudo volver hasta hace pocos años.
Era el poeta, que una noche, deslizó que la pérdida más terrible que habíamos sufrido, era la desaparición de un proyecto, que junto con los treinta mil, con los amigos muertos, los compañeros muertos, las familias, los desterrados, los presos fueron el saldo de una derrota tremenda.
Buscó y encontró a su nieta nacida en cautiverio en otro país. Buscó y encontró los restos de su hijo secuestrado y desaparecido.
Y siguió escribiendo.
Pienso.
Solamente dos veces estuve con Gelman charlando. Las dos veces, terminamos hablando de política y no de poesía.
Las dos, contaron con la benevolencia de él, el humor porteño y la ironía. No hubo quejas ni tangos excesivos. Solo charla, vino tinto, cigarrillos y la ventana de un bar angosto y ya demolido.
Dos noches largas, separadas entre si por un par de años. Sin apuros, se fueron sentando en nuestra mesa, los fantasmas, los nombres y los poemas que guardamos en el bolsillo izquierdo de nuestras camisas.
Digo.
Vuelvo a pensar en el otro, en es otro que me obliga. Pienso: otredad, en esa condición de ser otro. Ese otro que no puede negociar su propia representación. Ese otro que no soy yo.
Espero que se ponga el sol.
Me preparo a ese viento de maderas quemadas que viene por las tardecitas. Al lado ya suenan bombos, guitarras y un violín finito como primer beso dado.
Es que están de fiesta y recuerdan sus tierras pérdidas en el tiempo. Es viernes y habrá nostalgias y alegrías hasta tarde, risas, caricias y carne al fuego lento de los carbones, que harán amarillear tanta noche despejada para completar estas ausencias que nos corren siempre por el lomo.
Así se van estos días de este enero.
Cambio.
Soy lo que leo, leeré hasta que la muerte me alcance. Soy de un país que se desbarranca como metáfora, un fragmento de patria desnombrada, de vértice opaco que hace flamear banderas y pronuncia discursos repetidos, siempre como algo nuevo. Un país vegetal en vías de petrificarse y poder seguir sonriendo.
Cuando el que tiene tiene, es gracias a su talento, cuando ya no lo tiene es culpa del estado o del gobierno de turno, que le hurga su víscera más sensible: el bolsillo.
Así vamos, lejos del querer, cerca de la tristeza. Balconeando a los que pasan por la puerta de casa o por la plaza del pueblo.
Irredento como soy, a veces se cuelan en esta milonga, nombres y recuerdos. Datos y punterías. Es la manera que tengo de caminar por esta vida. Fumo a pesar de las objeciones, arreo mi cuadrilla de grillos que noche a noche piden agua. Me distraigo en los aniversarios y espero.
Retomo.
El otro no es el enemigo. Es uno mismo que se dice de a poco. Porque también se construye con el otro, se abrevian los tiempos y se busca al otro.
Me quedo con los poemas de Juan Gelman, recorro sus palabras y descubro, que se entra por cualquier puerta en el mundo de este porteño que nos hizo crecer, inventando y señalando algunos caminos. Dejando huella, para que el que viene detrás, no se sobresalte por las arrugas de los caminos.
Es enero, hace calor, silba la pava al fuego, con el agüita caliente para el mate de la tarde. Se que la poesía es un árbol sin hojas que da sombra al que la necesite. Junto mis libros, los acomodo en ese desorden que llaman biblioteca, saldré a la puerta y caminaré hasta el arroyo que tengo en la esquina de mi casa.
Hay que ser como el agua. Eso dicen. Como los ríos o arroyos, ocupar todo el espacio que ocupa el agua, correr, ensancharse y achicarse. Horadar las piedras y besar los juncos de las orillas.
Ser agua que corre, no la que se estanca. Dejarse llevar y volver de otra forma, para volver a cambiar siempre.
Amigos, ¡qué no sea nada!