En Zona

jueves, 1 de mayo de 2014

Bajo este cielo

Desde que tengo memoria, este día, siempre fue un día raro, extraño, imprevisible. Cuando era chico, escuchaba cuentos, recuerdos, de fiestas obreras de las bravas. Personas que se vestían como para ir a una ceremonia y terminaba, invariablemente entreverado en peleas o disputas callejeras con la policía de turno. Corridas, persecuciones y dientes apretados. Cárceles y palizas. Traiciones y amarguras reglamentadas.
Era un día de ciertas pasiones, que entreveía a medias entre mis ansias de ser goleador o asaltante audaz en el fondo de casa. Sin embargo, como en todo buen cuento hubo una vez.
Un 1º de mayo de aquellos, pasó mi viejo a buscarme por Banfield, barrio suburbano con infulas. Era por la mañana. Cosa rara. Dejó a mi hermana y me llevó a mí, prometiéndole a mi vieja un regreso temprano.
La ciudad era un desierto de rojo en el almanaque. Lenta como pueblo viejo. Eran los sesenta, los años sesenta. Años duros si los hubo, aunque los que vinieron después, hicieron parecer a estos, años de jardín de infantes.
Al mediodía llegamos a Parque de los Patricios.
Deslumbrado, al rato, vi, como se poblaba de personas surgidas de la nada. Aparecían de a cientos, por las esquinas que hacen cruz con el parque. Venían gritando, cantaban y agitaban banderas.
Un cielo de banderas, como diría cualquier poeta o como lo dijo González Tuñón en algún libro querido mí y perdido en medio del barro.
Venían de esa patria morena, oscura que tanto impacienta a los poderosos. De ese subsuelo furioso y corajudo.
También venían por ellos, policías montados en yeguas mordedoras, con perros, con lanzagases, con bastones, carros de asalto, hidrantes y todo el arsenal que siempre lleva consigo el miedo y la no razón.
Mi padre, no era de ellos. Casi no tenía nada que ver con aquellos que llenaban parte del parque y mucho menos con los otros que venían a hacer su trabajo. Es decir estaba en el medio de algo que casi no tenía que ver con él.
Parados lo dos, él y yo, sobre la vereda de la avenida Caseros, creo, dejamos que ese río pequeño de personas nos sobrepasara. Tomado de la mano, me sentí seguro. Caminé con junto a él, detrás de una bandera hasta que escuchamos el primer tiro.
El miedo es una deuda que muchos llevan consigo casi toda la vida.
Mi viejo me miró, sonrió y empezamos a correr. Salvajes eran aquellos días. Salvaje era mi viejo y yo también, creo.
Llegamos a una de las esquinas, nos volvimos a juntar y volvimos a caminar hacia ese muro azul que nos esperaba enfrente.
Así dos o tres veces. Después, siempre tomado de su mano, nos volvimos a la estación a tomar el tren que me llevaría a ese barrio suburbano y sureño.
Volví a casa.
Digo.
Siempre que el hombre se rebela, termina siendo inexplicable. La historia nos hace y también, los hace a ellos, a los otros, a los poderosos, a los dueños. Al hacer desaparecer la cultura del trabajo, han hecho desaparecer la organización de la clase obrera, porque la condición obrera es, como decía un francés irredento por ahí, la condición humana en sí misma. Por eso siempre la disyuntiva para el hombre será ser heroico o ser apenas una mesa, una silla, una piedra tal vez. Porque al ser nada, nosotros debemos hacernos a nosotros mismos, desde esos costados que solamente nos quedan para nosotros. En eso estamos estos días en donde como no quien quiere la cosa, me desayuno que a cinco obreros petroleros de esta parte de la roca que habitamos, acaban de condenarlos a cadena perpetua, con pruebas arrancadas bajo tortura en comisarías de ese ancho sur, lejano. Al tiempo que, un juez que participó en interrogatorios bajo torturas durante la dictadura, acaban de perdonarlo o declararlo inocente y restituirle sus sueldos atrasados y sus jubilaciones palaciegas y esas cosas.
No, la verdad nunca es para todos. Tiene dueños.
Pienso.
Es un día, el de hoy de sol, de vientos leves, de risas y alegrías para algunos. Los vecinos, hacen su asado militante y el aire se puebla de músicas. Crepitan los carbones mientras el trabajador se consuela junto con los otros, de esa suerte que a veces logra nublar miradas, agigantar puteadas y dirimir la suerte que siempre viene cambiada y nunca es para uno.
Es un día peronista, me digo, mientras veo esta historia. No, en realidad es un día de rebeliones. De esa rebelión que surgió, en Chicago y que colgaron de una cuerda los guardianes de lo otro.
Es, siempre, fue un día de alegría por la lucha. Porque de ese se trata todo. De percibir la ternura y la alegría. Combaten los alegres, los tristes casi siempre suelen ser enemigos.
Tal vez por eso escribo, para caminar projimos. Para no olvidar siquiera una coma de este tiempo carnívoro que vivimos. Porque cualquier hombre puede ser fugitivo de su propia sombra hasta que decide semblantear esta vida y deja de correr. No se queda quieto, enfrenta y espera.
Cambio.
Ahora que siguen con la tarea de demoler todo lo que quedaba en pie, a uno le van quedando pocas cosas. Algunas de ellas, para mí, irreductible como siempre, sigue siendo el placer de leer, de descubrir vidas escritas, de comprender, que uno piensa mientras escribe, no al revés. Uno piensa mientras se toma el trabajo de escribir. Leo. Descubro y me deslumbro con los pensamientos ajenos. Especie de mirón, de fisgón aventurero.
 Buenos Aires/ Escala 1:1, Los Barrios por sus escritores, es un hallazgo. Uno de esos libros que chocan contra uno, de esos momentos que anteceden a una especie de gloria casera y en camiseta. Un libros de diversos autores argentinos, nuevos o por lo menos de otra generación, con otros límites y con otras voracidades, pero siempre válidas y rotundas. Buenos Aires y sus barrios, vistos por otros, pensada por otros y recorrida por esos mismos, mucho más jóvenes y diferentes y siempre iguales a uno.
Feria del Libro de Buenos Aires, el mismo aburrimiento de hace cuarenta años. El mismo sentimiento de gran librería montada en un lugar por un tiempo determinado. La misma sensación de asfixia que rebota contra el techo de chapa. Voces, gritos, empujones y tipos, que solo quieren vender mucho, terminar e irse a hacer bardo reglamentario en casa, en el barrio o donde sea.
Ahí, cuando se agotaba la anestesia, encontré este libro. Lo compré y volví al pago, con estas palabras asentadas en papel. Lo abrí y como siempre hago, olí entre sus páginas. Vieja costumbre de amante sincero.
Sin embargo, me quedo anclado en sus páginas disfrutando una frase. Una idea, un paisaje de esta ciudad escandalosa arrumbada al orillas de un río sin orillas. A las ciudades suelen cantarlas poetas, interlocutores plenos. Poemas sobre ciudades lejanas, la misma o la vecina. Ciudades rimadas y en alejandrinos.
No. Nunca lo pensé. Tal vez por eso lo compré. Tal vez, escritores, habitantes de esta ciudad nacidos, la mayoría a mediados de los setentas o comienzos de la década siguiente. Escritores, entonces que recorren esta ciudad con sus historias, por diversos barrios, por sus distintos barrios. Caminatas interminables incrustadas en historias.
Camino con ellos por calles que caminé en su momento con otras historias. Ni mejores ni peores. Otras. Recorro sus páginas y una profunda emoción me impregna. Una leve sensación de irrealidad aparecen en sus palabras. Escritores que cuentan una ciudad inconcebible. Ajena y profundamente propia. Falta por supuesto aquella editorial que un día decida rastrear las historias de los barrios que rodean a esta capital y que también hacen a esta ciudad.
Ese conurbano que acecha fuera de los límites de esta otra ciudad tan orgullosa y tan distante.
Vuelvo a someterme a la lectura de este excelente y poderoso libro de la editorial Entropía y me alegro por mi suerte, una tarde de sábado en una feria decadente y pretenciosa que año a año, vuelve a conjeturar lo mismo y obliga a los mismos a congregarse año a año, en medio de esta vegetación pasmosa que vende libros y nada más.
Digo.
Supongo ahora que mi padre me llevó ese primero de mayo a ese parque, porque le resultaba inexplicable la rebelión. El hombre rebelde hermanado con otros en una rebelión que latía. Nunca fue uno de ellos, sencillamente le gustaba la pelea.
Muchos años después, ya enfrentados nosotros dos, seguía recordando ese día. Lo llenaba de alegría o tal vez el recuerdo de un hombre joven con su hijo chico en medio de las banderas, los gases, las corridas. El de saco y corbata, como muchos otros enfrentando una porción de ese destino solitario que por aquellos años vivían millones.
Cada vez que nos encontrábamos, ya más grandes lo dos, solía recordar o mejor dicho preguntarme sobre mis sensaciones de aquel día.
¿Qué hacía un tipo como él junto con su hijo en medio de un enfrentamiento con la policía en el Parque de los Patricios?
Yo recuerdo poco. Algunas escenas. Gestos, puteadas y la caballería de los cosacos cargando contra los desarmados de a pie que les hacían frente sobre los adoquines de la Avenida Caseros. Recuerdo el vértigo del miedo posible, pero también mi tranquilidad de saberme tomado por su mano y protegido por su locura.
Pienso.
No. No. Ahí no me hice peronista. Eso ocurrió muchos años más tardes. Creo que después del asesinato del Che en Bolivia, en Jujuy, provincia en donde vivía por aquellos años.
Creo que por aquellos años finales de los sesenta comencé a pensarme de otra forma. No aminoré la velocidad de mi vida, sino todo lo contrario.
Recuerdo los amaneceres de aquellos primeros de mayo, pintando paredes, armando miguelitos, perfeccionando las llamaradas de los infiernos futuros. Tomando mate en uno de los puentes que unen a esta ciudad con el resto del país.
Viajando con sueño y hambre hacia esa nada escenificada y sonriente que nos esperaba a la vuelta de la esquina.
Recuerdo el último, cuando nos fuimos de una plaza dejando solo el espacio vacío. Sabiendo de antemano lo que habría de venir, aunque claro, nunca supimos del todo, lo que habría de venir.
Pero ese día lejano con mi viejo, descubrí lo que era un día peronista. Con él, que no lo era y conmigo que no lo sabía.
Cambio.
Llego a la música como un naúfrago. Sediento y con ganas de amor al amanecer. Siempre llego igual. Desnudo y con ganas. Me someto a ella y me quedo añorando la eternidad. Me gustaría ser eterno para morir después. Así me entra la música en el cuerpo. En ese cuerpo a cuerpo que tengo con ella. Me detengo, me quedo quieto como los gatos antes de la explosión.
Una vez, hace años descubrí un trío que se llamaba Clusone. Tuve un solo discos de ellos. Los busqué y nunca más pude encontrar nada de ellos, ni siquiera ese único disco que tuve de ellos. Una lástima.
Sin embargo acaba de descubrir este belleza en la que participa uno de ellos. Ernst Reijseger. Cellista y enamorado de la música. Junto a Harmen Fraanje y Mola Sylla editaron el año pasado esta obra maestra llamada "Down Deep".
Aquí conviven por esas cuestiones extrañas que padecemos, diferentes conceptos musicales. Diferentes lecturas de una misma realidad, que terminan siendo lo que siempre suelen ser. Realidades que se cruzan entre sí en diferentes caminos.
¿Jazz? No. Pero también si o a lo mejor, solamente música que acompaña, que se presenta como lo que tiene validez. Música y nada más.
Tres tipos haciendo música, respetando sus convicciones y logrando un sonido profundo que busca, conectarse todo el tiempo. No es casual que Winter & Winter sea el sello que lanza esta pequeña obra de arte. Lo ha hecho antes y seguramente lo seguirá haciendo, si el capitalismo salvaje los deja.
Mientras tanto, sigo disfrutando de esta bella música que tampoco será del gusto de esas mayorías con las que nos persiguen los de siempre.
entonces menos Justin Biber y un poco más de altura a la hora de someternos relajaditos a este placer profundo. "Elena" por ejemplo es el primer tema y una lección de mezclas, de miradas y de hasta olores diferentes que se nutren entre sí, para llegar a cualquier parte. No importa la dirección, sino el siempre ir.
Digo.
1º de mayo bajo este cielo. El viento de la historia sigue con su curso mientras nosotros, seguimos apostando por esa alegría profunda de reconocernos entre nosotros. De sabernos juntos, de rebelarnos siempre. De saber que ellos, los otros, por ahora ganan. De este lado, sigue intacto el amor y la ternura. Bajo cielos de banderas, con las canciones aprendidas de memoria, con nuestros hijos nuestros, con nuestros nietos nuestros. Con los hijos de aquellos, que se apean y miran el fuego con nosotros. con esos otros que ni nombre tienen pero que cubren con su mirada siglos de explotación y muerte. Con estos otros, que comen su asado al lado y ríen mientras las cumbias hacen estremecer caderas y corazones. O sino con esos, que esperan, sabiendo de antemano que será difícil y largo el camino de la justicia.
Todos. Todos juntos seguimos  profetizando hijos y amores, territorios nuestros y orgullosos y altivos vamos enfrentando, como se pueda, al olvido deseado por aquellos para los cuales no somos más que carne y brazos fuertes, sin nombres ni historia.
Por eso siempre es conveniente, tener memoria y volvernos inexplicables para ellos.
Compañeros está todo pago como siempre…






domingo, 30 de marzo de 2014

En días como este

Apenas disimulando, de a poquito recorriendo ese  desentenderme, hacerme el tonto, el zonzo. Bajo la sombra de algún árbol bonachón. Mirando para otro costado, quedándome de pie cuando el resto toma asiento. Pasan los días y tanta cháchara sobre esos temas que siempre cargan los diablitos por su cuenta en esas agendas lustrosas que tienen siempre los poderosos. Esos telefonillos inverosímiles llenos de futuro, prestos para ejercer ese lugar común, ese monumento que llevamos a cuestas los argentinitos de a pie o de pretenciosa camioneta 4x4 mientras nos desplazamos por un mundo que creemos nuestro y de nadie más. Ese lugar común nos define.
Por más que intente alejarme, hacerme el dormido. Por más que quiera alargar la sobremesa y quedarme jugueteando con las miguitas del pan digerido. Por más que crea que todo no es más que una mueca trágica que todo detiene, es en días como este, en donde, uno naufraga y se percibe en solitario, como lo que en definitiva soy, una gran solo.
Me quedo quieto.
En el bar del pueblo, sonríen con las andanzas de ese lejano Putin. Se esfuerzan por creer en milagros, entre ginebras y otros tóxicos. Hubo una época en la que frecuentaba bares animados buscando el amor de mi vida. Nunca lo encontré. Todo en los bares siempre es demasiado ficticio y falso.
Se sabe que el pasado es puro recuerdo, por ende puro invento y el futuro una adivinanza, de la cual no se sabe nada, ni siquiera la fecha del boleto de partida que tenemos asignado.
De pronto, como la lluvia, me llegan noticias de la nueva moda argentina. Esa cobardía disfrazada de engaños. Acaban de hacer justicia por mano propia, unos vecinos indomables en la defensa de la propiedad privada. Muchos, más ocasionales paseantes por esa calle, acorralaron a otro, solo, desarmado, indefenso y lo acaban de asesinar. Era un ladrón.
¿La prueba?
Era morochito, llevaba gorra e iba en un ciclomotor. Después se supo, que hubo vecinos que filmaron el hecho. También y esto no se dice, es que la víctima era un trabajador joven que volvía a su casa después de un día de trabajo.
Digo.
En algún momento de esta vida, nos hemos convertido en consumidores y hemos dejado de ser ciudadanos. Somos más diestros en la compra de electrodomésticos que en elegir diputados o senadores, en pensar políticas y sus alrededores. Dejamos de lado, la noción del otro, el registro del otro como un todo. Abandonamos la política, por el placer onanista del consumo y nos perdimos en medio de ese abrazo.
Siempre supe que un hombre con fe es mucho más peligroso que un animal con hambre, esa fe de lo propio, que arremolina a cualquiera en sus prejuicios y que a partir de allí todo se justifica, incluso la eliminación del otro.
Europa ya es de derechas, acaban de ganar los fascistas en Francia, los fascistas españoles siguen en las suyas y los alemanes ya se sabe. Todo en el primer centenario de aquella gran guerra que cambió todo de una vez en esas tierras. Casualidades que le dicen.
No quedan grandes esperanzas ni siquiera expectativas. Todo será un lento giro hacia el olvido. Habrá que prepararse me digo, mientras mis vecinos gritan los goles mirando por la tele, como 22 millonarios que escenifican la furias de los dioses y nada más.
Cambio.
Comenzó el otoño, todavía el frío está quieto en la puerta de casa. Duerme como los perros. Las hojas comienzan de a poco, con sus amarilleos previstos y algún que otro, ya se prepara a conciencia no sea que lo pille desprevenido el catarro de reglamento.
Así llego a estas palabras elaboradas por esta mujer, nacida en Ucrania pero brasilera de primer orden. Allí, llegó a la gran Clarice Lispector siendo poco más que una pregunta de tres años, ella llegó a otra tierra y se hizo en ella. Allí la buena de Clarice construyó su vida y desparramó su talento vigoroso por los cuatro costados. Escritora notable y que desde ese margen armado por ella, creó una de las obras más elocuentes que haya dado este continente en el plano literario durante el siglo pasado. La descubrí una noche cualquiera, cuando apenas tenía veinte años o algo más, entre incendios y explosiones. En otra vida.
Aquel librito, robado una noche de ardores, era "Agua Viva". Leído y marcado por mí durante semanas. Ahí, así, en ese tiempo, descubrí entre otras cuestiones, que las noches son largas y siempre reclaman una compañía. La noche siempre pide alguien a nuestro lado para no enloquecer.
Vuelvo a leer a esta mujer una vida después. Vuelvo a quedarme entre sus palabras en el bamboleo suave de este andar. "Aprendiendo a Vivir" son sus artículos periodísticos, llenos de lucidez, de ferocidad y de poesía, que un diario de San Pablo, decidió publicar durante muchos años. Vuelvo a reencontrar el ritmo de su palabra, la frontera de su mirada y el filo de su conciencia.
En esas lecturas, de hace mucho, descubrí a una mujer que era capaz de pensar y de decir: "He venido a escribirte. Es decir, a ser" o " Quién sepa la verdad que venga. Y que hable. Escucharemos afligidos".
Entonces en este inicio de otoño tan a mi estilo, vuelvo a organizar mi placer a través de ella. Leo y disfruto de ese sagrado momento a solas del mundo. Un hombre leyendo, mientras el mundo se complota a su alrededor sin llegar a perturbar ese momento.
Pienso en el castigo.
Pienso en Flaubert y en Tolstoi. En Madame Bovary o Anna Karenina. Dos novelas sobre la lectura de novelas. Dos momentos sobre la lectura y sus males. Dos mujeres castigadas por esa secreta pasión individual y por el temor que siempre han generado las novelitas en el centro de la sociedad capitalista y burguesa.
Me distraje.
Lispector es una escritora que vivió apenas cincuenta años. Lo hizo en un país lejano y asombroso, barroco y delirante como pocos. Allí esta mujer, edificó una obra, que todavía hoy sigue siendo única y fuerte.
Digo.
Tener un papa argentino es ya el suficiente castigo que recibimos. Esta supuesta alianza tan argentina entre dios y nosotros a través de su secretario privado, es muy fuerte. Tapas de revistas, noticias en los diarios, apariciones en televisión, todo se agrupa en ese paisaje tan gritón que nos rodea. Si éramos insoportables sin nada más que las vacas, que nunca fueron nuestras, el dulce de leche y Maradona, ahora con este señor que nos pide a nosotros, al resto, que recemos por él somos francamente invulnerables en lo que a tensión dramática se refiere. Debido, por supuesto, a esa fijación bien argentina de sabernos mejores que el resto a pesar de vivir en el sitio geográfico equivocado, de no estar en donde debería estar ubicado este paisito y esas cuestiones, que para un argentino de bien son solo anecdóticas y menores y que no hacen a la construcción premeditada de nuestro ego, pero que fraguan en ese ser argentino tan de nosotros y tan particular.
En fin ahora que anochece y se van despertando los fantasmas, una voz me susurra: tomamos mate o…
Sigo.
Pongo música, descubro a estos canadienses y la sonrisa se me instala en el ojal. Me dejó llevar en días como este, por esa secreta pasión de dejarme llevar. Incendiarme y caminando despacito y por las piedras, creer por un momento en la belleza de tanta vida que a veces, los enemigos tratan de destruirla y hacerla más feroz. The Cookers Quintet se llaman estos muchachos que me desbloquean la cabeza. La tierra es grande y ajena, sin embargo con un poquito de buena voluntad y buena música, vamos a ir aprendiendo de a poquito. Subiendo esas cuestas y detallándonos a nosotros, entre nosotros, las sutilezas de esta vida que sin pedirla, hemos emprendido.
Vuelvo. El jazz es el mejor y único invento del siglo pasado, que logró transformar todo a su paso. Hoy es una música que ya no tiene lugar de origen. No hay que ser de ningún sitio específico para ejercerla con talento y honestidad. Si bien tiene un origen, hoy ese origen es el mundo y eso es lo alegre y lo lleno de vida que nos camina por la nuca cada vez que descubrimos ese placer oculto dibujado por músicos, que solo buscan, como uno, algunas respuestas casi insensatas pero siempre necesarias.
A lo mejor ese costado creativo, sea el único reaseguro que tenemos nosotros, el resto, para seguir intentando todos los días lo que intentamos. La música sirve a para esto, entre otras cosas. Por lo menos para mí. Ese único sitio de grandeza al cual accedo con emoción cada vez que descubro un nuevo atajo, una nueva senda por donde transitar.
Vuelvo.
A pesar de ese costado salvaje de buena parte de la clase media de este país, despreciable y cobarde como siempre, a pesar de este nuevo deporte de caza del hombre que quieren ejercitar, sabemos, nosotros, los que estamos en la vereda de enfrente, que en el fondo, ellos, siempre tienen miedo y con ese miedo conviven a cada paso, duermen y comen.
Así las cosas en este paisaje del sur del mundo.
Así compañeros tomamos mate o...



martes, 11 de marzo de 2014

Ese amor que no cesa

A veces me desdibujo pensando mientras miro todo crecer a mi alrededor. Me hice jardinero y aprendí el rumbo de los vientos, el rumor de las lluvias y los caminos locos de las hormigas en pos del invierno futuro.
Pienso en distancias que ayer, no estaban. En malabares que cometía y esos amores desenfrenados y locos, que me guiaban por esta selva, que algunos llaman vida. Me hice jardinero y hablo con mis plantas, les cuento las desprolijidades de nosotros. Les leo en voz alta, poemas garabateados y algunos sueños. Pasaron las lluvias y los brotes nuevos resisten la llegada del otoño. Viene la poda, llegarán los olores a maderas quemadas y el sol, de a poco comenzará a cambiar su camino.
Ya, en este marzo, la sombra de la medianera se hace grande hacia el otro lado. Sonrío.
De fondo suena y fuerte Van Morrison y su "Fire in the Belly" de ese hermoso y poderoso trabajo que fue "The Healing Game" del año 97.
Buenos Aires, aquel año era inexplicable, lleno de traidores, trepadores rabiosos que convivían con el espanto y sin embargo mientras te seducían, te iban desnudando despacito antes de marcharse con tu ropa a cuestas.
Era la temporadita en donde nosotros, vivos, vivillos, atrevidos y desenfrenados, creíamos estar en el primer mundo, con nuestro alijo de blanca y poderosa incertidumbre. Éramos más democráticos, más invencibles y hasta más lindos. Bonitos y babosos, sabíamos que el mundo había terminado la semana anterior, sin embargo alegremente, con el cuerpo bien durito, íbamos al infierno oliendo perfumes buenos, de las manos de mujeres decididas mientras nadie, nada interesaba demasiado.
Sonaba Van Morrison por aquellos años y todo se detenía en torno de la miseria que habíamos clausurado por decreto. Íbamos de cama en cama, sin saber siquiera el nombre de nuestro acompañante. No importaba, miserables sin cloacas como las de Víctor Hugo, el mundo era nuestron y parecido a ese París, miserable y lejano.
Apenas una maceta. Un tiesto de tierra reseca para ese jazmín moribundo que nos seguía, como el limón reseco en la heladera de divorciados que poseíamos debido a la división de bienes difusa que nos había tocado en suerte, era lo nuestro.
Así a lo mejor, hoy somos esa especie de culpables asombrados por lo huracanado de esas vidas. Fuimos y ya no somos. Suena Van Morrison este 11 de marzo, de sol tibio. Todavía la tropilla de grillos, espera por las sombras.
¿Te acordás del 11 de marzo del '73? Me dispara un amigo por teléfono. Enmudezco. Los años son una catarata imparable y tenaz. Miro por la ventana de la cocina y los nombres comienzan a caminarme por la nuca. Todos ríen, van con banderas y bufandas. Nos abrazamos en la puerta del penal, a la salida del rumor con nombres y olores.
Digo.
A veces la vida es tan rala. Viene tan peladita y es lo único que tenemos. A veces, rodeado uno medita si renunciar, si es mejor despertar de esos sueños húmedos, que fueron nuestros años felices y antiguos ya y seguir a pesar de las cuestas y pantanos que tenemos enfrente.
Este es un país que no existe. Una mueca, apenas un gesto bajo bandera.
Tiene sus cosas. Es raro, somos raros. Hablamos de la mujer, nos desgarramos las vestiduras para ser menos machistas y las seguimos asesinando a mansalva. Total es una cosa, son una cosa y nosotros unos inmorales igualados en el fango de la miseria.
Decimos yegua a la que nos gobierna. Enseguida es puta, trola, bruja y siguen las firmas. No hay como nuestra mamá. El resto es desechable. Las querés matar. Y las matamos.
¿El resto? Bien gracias.
Pienso.
Mientras veo este muro diseñado por "Acción No Ética", la dirección es http://www.accionnoetica.com que me causa gracia y que la recomiendo.
Un buen día esto va a ocurrir, o ya ocurre desde hace décadas y ninguno descubrió, que en el fondo esto ya nos pasó, que esto somos los argentinitos que vivimos en el puerto, añorando Europa o Nueva York y que en el fondo seguimos encadenados a este disparate de creernos los mejores de la nada. A veces escuchar detenidamente a los políticos, curas o periodistas de este alucinado país, sirve para darse cuenta que, nosotros hace tiempo estamos en el horno a fuego lento, y, mientras tanto saludamos por la ventanita del horno esperando la foto.
Estamos en sus manos y cuando nos orinan, nos traducen que en realidad llueve y que debemos aguantar. Porque ellos, los que cortan el pastel, los que tienen la sartén por el mango, son los dueños de la tontería. Inventores de una democracia intocada y suya, vacía de contenido y muerta de vejez prematura o con locura senil, que vendría a ser casi lo mismo.
Digo.
Vas hacia el fuego y volvés floreciendo como el amor.
Leo un poema, otro más de la gran Sharon Olds que tomo de esa gran página de poesía que es http://elpoetaocasional.blogspot, blog que me arrebata, que me seduce y que siempre me sorprende con esa tenacidad que solo las cosas buenas suelen regalar.
Así me enamoro de esta mujer y me dejo llevar por sus palabras. Así descubro poetas y me descubro a mí leyéndolos con esa emoción tan profunda y radical que siempre tuvo la palabra sobre mí. En mi cuerpo.
Palabras que me cruzaron como los vientos del este a lo largo de mi vida. Que me hicieron crecer y que también me hicieron creer con algo mejor, no más cómodo, sino ese mordisco de vida que en mi caso particular, siempre vino de noche, en medio del silencio y debajo de la sorpresa.
Celebro entonces, a esta mujer y su poesía para este marzo raro, que vivo en las afueras de todo por decisión propia.






Poema al padre



De pronto te imaginé
de niño en aquella casa, habitaciones oscuras
y cálida chimenea con el hombre enfrente
callado. Te movías a través del grávido aire
con tu corpórea belleza, un chico de siete años,
indefenso, avispado, hubo cosas que el hombre
hizo cerca de ti, era tu padre,
el molde con el que fuiste creado. Abajo en el
sótano, los barriles de dulces manzanas,
cogidas del árbol en su momento álgido, se pudrieron
y descompusieron y por delante de la puerta del
sótano el arroyo corría y corría, y algo
no te fue dado, o algo te fue
robado, algo con lo que naciste, y hoy
incluso a tus 30 y 40 años te llevas
la oleosa medicina a tus labios
cada noche, ponzoña para ayudarte
a caer inconsciente. Siempre pensé que
la clave fue lo que nos hiciste
de adulto pero luego recordé a aquel niño
siendo moldeado frente al fuego, los
diminutos huesos de su alma
retorcidos y fracturados, los pequeños
tendones sujetando el corazón
partidos en dos. Y lo que ellos te hicieron
tú no me lo hiciste. Cuando ahora te amo,
me gusta pensar que estoy dando mi amor
directamente a ese chico de la habitación tórrida
como si ese amor pudiese alcanzarlo a tiempo.


Enlaces: El poeta ocasional
Imagen: www.guardian.co.uk

Cambio.
Ahora suena de fondo, Johnny Cash y ese abrumador "The Man Comes Around", producido por un tal Rubin que lo rescata del olvido que la vida le regaló al final de su vida. Su voz profunda y seca, juega con los pájaros que picotean entre el pasto de este fondo de país, que habito y del cual, me parece, no saldré por voluntad propia.
Quedan cuestiones. 
Rusia invade Crimea y algunos parroquianos de este bar, sonríen esperando el día de la justicia. Otros, ni siquiera saben de Crimea o Rusia. Los españoles siguen creyendo en reyes y otros malvados históricos. Algunos en el bar, recuerdan desde aquí alguna república pérdida y no sonríen tanto, porque todavía recuerdan.
La vida sigue, me digo para mí. Mientras pienso en las plagas y en como eliminarlas. Raro juego de supervivencia que debemos enfrentar los jardineros de turno.
Asumió de nuevo la mujer chilena, hija de un torturado y asesinado por la dictadura. La persona, otra mujer, que la recibió es la hija de un presidente asesinado por la misma dictadura. Los tiempos van cambiando. De a poquito, pero no importa. Ese luminoso día de justicia, siempre asoma el morro por entre las nubes y nos hace felices para adentro, como siempre suele ser la verdadera felicidad.
Digo.
Recobro, en esta tarde todavía veraniega pero a la baja, un disco deslumbrante y obligatorio para aquellos que todavía suelen creer.
Bob Dylan, el viejo Robertito del barrio y un trabajo que por lo menos a mí, me partió la cabeza en cuatro mitades, como manzana madura cuando lo escuché por primera vez.
"Oh Mercy" es la demostración palpable del talento suelto de este hombre, que desde comienzos de los años sesenta viene llenando de música a buena parte de este planeta. Un tipo, que envejece mientras recorre los caminos haciendo conciertos. El tipo de hombre, que desde ese lugar, maneja los espacios sin envejecer a pesar de hacerlo, como todos y como suele ocurrir. Este trabajo, suena moderno y de alguna manera lo es, aunque ya tiene sus años sobre sus espaldas. Disco que escucho de tanto en tanto, con secreta devoción y del cual aprendo, en el cual descubro cosas a cada pasada. Este tal vez sea el mejor de los discos del poeta y cantante. A lo mejor, en este y a pesar de las discusiones, se encuentren las mejores canciones que produjo. Seguramente no habrá ni creo que haya grandes éxitos. Ni siquiera canciones murmuradas por aquellos seguidores de siempre, pero este disco, es un paso más dado por Dylan. Si primero fue pasar de lo acústico a lo eléctrico, creando ese escándalo que todavía resuena, en este, está el arribo a una época galopante como lo fueron los años ochenta.
Daniel Lanois es el productor y el que le cambió la historia a este gran músico y poeta, que sigue siendo Bob Dylan.
Disco para tenerlo siempre a mano. Comienza con "Political World" y ahí el mundo se acaba y recomienza de nuevo, como esas locuras que a veces tanto suelen gustarnos y que tanto solemos buscar casi desesperadamente.
Después le siguen algunas pequeñas joyas como "Man in the Long Black Coat" o la espléndida "Most of the Time" como para por lo menos simular nuestra aparente felicidad.
Un disco casi obligatorio para todos aquellos que crean que todavía sigue habiendo posibilidades al alcance de la mano.
Vuelvo.
Miro mi pequeño jardín volteriano (a los que les quepa el sayo, que se lo pongan), mañana deberé remover, podar, corretear cizaña y tratar de seguir creyendo que todo siempre puede ser posible.
Compañeros esto, como siempre, está todo pago...


martes, 18 de febrero de 2014

Por los márgenes

Despacio, muy despacito se vino el agua al pueblo. Llegó como el amor casi, descalza y de a poco fue trepando por las riberas de este arroyo manso, que nos saluda todos los días. Es febrero se sabe y por aquí el agua viene confundida con nombres y fechas. 
Así, una noche el arroyo se desbordó. Algo para contarle a nietos y amigos. Algo común, que sirve para rememorar otras torrentadas y otros tiempos.
" No, la del '93 esa si que fue brava…" Soltaba la vecina de la otra cuadra. "Me va a decir a mí, la del 2033 fue la más grande…" deslizaba el vecino lleno de hijos y solidaridad de al lado. Al momento, un camión de defensa civil, pasó dejando bolsas de arena para frenar el agua, ladrillos para subir los muebles y todos, en esa socialización extraña que tenemos los hombres, éramos todos cargando bolsas para los vecinos, socorriendo a aquellos que el agua los visitaba dentro de sus casas y la noche, que siempre se nutre de esperas, casi nos miraba con cierta placidez.
Fumando, mirando el agua crecer se vino la madrugada orillera y de a poco, comenzamos a retirarnos a nuestras casas. A esperar que el agua lamiera de a poquito las pertenencias de unos y otros, al rezongo de la pava sobre el fuego, esperando.
Dejó de llover y seguimos esperando. Era, es una anécdota nada más. Algunos lo pasaron peor y otros, en cambio ni se enteraron. Como siempre suele ocurrir.
"Vecino, yo le aviso si sigue la crecida…" Me dijo entre el silencio áspero, mi vecino. "Siga usted con sus cosas que nosotros estamos acostumbrados y cualquier cosita le avisamos…" apuntó el hijo mayor, mientras vigilaba el agua casi de reojo.
Febrero viene cargado de perfumes, de rumores y de pájaros. La mala, nunca dura toda la vida, pienso ahora.
Digo.
Es tanta la producción subjetiva que nos rodea, que se hace difícil tomar distancia. Sólo en los márgenes se produce. Se construyen realidades alternativas, allí donde no llega el poder, por descuido. Surgen rabiosas pautas de creación. Los medios de comunicación, yacen sobre la premisa falsa de informar desde otro lado, intentando llenar nuestro vacío con sus puntos de vista, que nunca, suelen ser los correctos, por lo menos para nuestras vidas.
Entonces, nos meten en peleas, que no son nuestras. Producen esa subjetividad aplastante, que nos impide desarrollar esa conjetura que se nos formula ante el vacío más concreto y eficaz al que nos tienen acostumbrados.
Esta estandarización global de maneras de pensamientos, la profundización forzosa de la introspección y de narcisismo, nos dejan indiferentes ante la expulsión del sistema capitalista de millones de personas. Esa condena establecida por casi decreto. Es entonces cuando resulta casi obligatorio dirigir nuestra mirada a los márgenes, porque es allí en donde podemos producir subjetividades, nuestras propias subjetividades, como lo pensó en su momento el inteligente de Félix Guattari, alguien que habría que volver a leer como al descuido y al tranquito sobón.
En los bordes entonces, estamos. construyendo solidaridades y espacios comunes. Por eso, esos bordes, son espacios de resistencia, en donde se producen subjetividades diferentes. Distintas, pero más nuestras.
A lo mejor, comprendiendo un poco esto, buscando un poco eso, es que uno concluye en que siempre hay algo que no se puede entregar. Algo que no se entrega. Algo que nos hace fuertes a pesar de todos los intentos producidos, por los medios, por el poder y por los enemigos.
Pienso.
Quiero plantar un tilo para cobijarme con su sombra, cuando el sol. Quiero recomponer aquello que he roto. Pedir perdón a quien corresponda y vivir ya en paz. Dejarme llevar por el viento de estas llanuras interminables. Esquivar a la muerte todo lo que se pueda y cuando llegue, porque siempre llega, saber que me he estado preparando para ese momento toda mi vida.
Tener un perro o un gato que se llame "sueñero" y que sea manso y nada más. Saludar a mis vecinos por las mañanas y perderme en las miradas de las mujeres lindas, sabiendo que vuelvo, siempre.
Mi limonero está alto y dando limones llenos de sol. Es mi homenaje secreto a Miguel Hernández ¿Por qué? Porque solo yo lo se o lo intuyo y porque con Hernández siempre hemos querido.
Escuchar el susurro de los árboles por las noches, entender esa charla secreta que mantienen desde el comienzo de la historia. Cuidar mis manadas de grillos y abrazarme con aquellos que cobijo en mi corazón. Tomar mate por las mañanas y creer en los triunfos del amor. Despedir al sol cada día y mirar al cielo ancho y mío, que me corresponde por pasión.
Esperar que crezca mi jazmín paraguayo, comprender que ese mensaje que otorga el colibrí cada mañana, es la vigilancia que me hacen las almas buenas a mí. Oir el murmullo de la vida y negarme siempre a la siesta y a la sopa, como metas primeras y únicas.
Entonces.
Descubro a un cantante. Gregory Porter. Tarde lo descubro y sin embargo, aquí estoy hablando de las bondades de este señor. Ruedan las palabras por todo el espinel. Porter canta y se paralizan por un momento nuestras ganas. Las mías y con eso tengo bastante. Es sencillamente buena música cantada por un excelente cantante. Es raro. La primera vez, no cuadra la voz con la imagen de este señor. Después, uno se acostumbra y disfruta como un conejo en celo con tanto talento. "Liquid Spirit" se llama y es uno de esos hallazgos que siempre me seducen. Avanzar siempre, buscar y seguir. Descubrir con fiebre y seguir, no importa nada más. Música para entibiar el almita de aquellos que siguen por el camino, que apuestan a crecer solamente para cambiar todo aquello que siempre merece la pena ser cambiado. Gregory Porter es un cantante al que los rótulos lo denominan o lo ubican dentro del campo del jazz o del soul. Extravagancias de aquellos que siempre intentan confundirnos y nos insertan preocupaciones, que para nosotros, los que siempre estamos de a pie, no nos interesan demasiado.
La confusión, la hacen los otros. Nosotros, seguimos confiando en nuestras propias fuerzas. 
Esa tal vez sea la mejor poesía. Escuchar a Porter y de repente, deslumbrarnos y seguir estando con los buenos.
De eso se trata. De plantearnos el descubrimiento. De dejarnos llevar por ese movimiento suave que tiene mucho que ver con el amor.
Digo.
Vuelvo al borde. A ese sitio de donde sacamos conclusiones. Tenemos la memoria, ellos en cambio no tienen ni siquiera eso. Por eso somos los mejores. Los buenos de esta película clase B, que insisten en hacernos vivir. Así y todo, creamos otras subjetividades, nos volvemos moleculares, usamos otros sobrenombres mientras que los arrepentidos, siguen con sus cruces a cuestas.
La calle sigue siendo nuestra. Por más policías y curas, que nos metan, nosotros seguimos siendo los dueños y el miedo, no duerme con nosotros. Construimos  nuestras vidas y salimos a campo abierto a buscar perdidos y extraviados. Nos sentamos al borde de los fuegos y contamos historias, mientras el vino nos reemplaza la sangre que llevamos a cuestas.
Por eso, por más que insistan en convertir todo esto en un camposanto, sabemos que los días luminosos de justicia nos pertenecen desde mucho antes de ser.
Vuelvo.
Bajó el arroyo, se fue bailando una cumbia morena. Las aguas bajaron, tengo bolsas de arena en el fondo de casa. Los vecinos, preparan su milagro de todos los días. Se juntan las horas y el día termina.
Acaban de anunciar multas a los supermercados por adulterar los precios. Se enojan los que tienen, porque no quieren perder. Pero tienen que pagar, les llega de alguna manera su hora.
También se juzga ahora a los jueces de la dictadura, por cómplices, por traidores y por torturadores. Los civiles, aquellos que le prestaron su nombre y su fineza a los perros de la dictadura, también van a ir presos, a cárcel común. También deben pagar sus culpas y es justo que así sea.
Vivo, no en el mejor país del mundo. Apenas en un suburbio de este planeta, de esta bola de barro que gira todos los días y que los poetas llaman mundo. No, no vivo en ningún paraíso, pero por ahora nos da un respiro este paísito casi delirante y de veras.
Me voy, me voy agitando pañuelos y con un tema de Gilberto Gil, viejo homenaje a Bob Marley,  que en su versión siempre logra emocionarme.
Como siempre, me despido sin más y les digo: compañeros que no sea nada.

                                
                                                              

jueves, 6 de febrero de 2014

Una apacible nochecita de lluvia

Comenzó febrero y llegaron las lluvias sistemáticas y eternas de este mes de verano. Así fue siempre, así sigue siendo a pesar de mis largos años de ausencia. Se destiñe la noche con las astillas de agua, uno se vuelve un poco más paciente y espera, que amaine, que se tranquilice todo y que mañana, sea un día de reencuentros y abrazos.
Las noticias no son buenas, son preocupantes y seguimos de a pie, esperando mejoras. Pero no. Insisten estos cretinos en rodearnos y obligarnos una vez más. Estamos rodeados y son siempre para peor.
Creo que la lucha que viene, la que está ahí a la vuelta de la esquina, en la calle, la que comienza a tomar forma en nuestros corazones, no será ya por ideas o modelos de sociedades. Me parece que por ese costado ya no va la cuestión.
Digo.
Entre tanto canalla que se enriquece a costa de tanta espalda quebrada, se comprende que el enemigo ahora sean los empresarios, las multinacionales, las corporaciones. Ellos nos necesitan más a nosotros que nosotros a ellos. Esto es básico. La pelea es entonces contra estos. Atenazan países, arrasan con nuestros nombres y someten a miles de millones al dolor y a la injusticia. No tienen patria ni bandera ni siquiera honor. Tienen a las sotanas, los fusiles y toda doctrina de guerra para hacer cumplir el reparto de su tajada de sangre y dolor, porque el capital lo sabemos no tiene país .
Especulan con el hambre, los precios y las guerras justas. Arrasan con todo a su paso. Ríen por ser esa justa minoría más poderosa de la tierra. Esa, esta, creo que es la confrontación que viene. Estos serán los tiempos, entonces de buscarnos las cosquillas y ver por donde salta el gato.
Recuerdo una canción, que terminaba: " padre, deja de llorar que nos han declarado la guerra". ¿Será?
Pienso.
Vivo en un país convulso. Con buena memoria y con olvidos peligrosos y también curiosos. Sin embargo, esa mayoría que hoy ha sido incluida en los planes sociales, rehabilitada es la que genera de nuevo viejos odios de clase, un cierto racismo rancio y a pechito descubierto que le dicen. Esa clase social, los desheredados, perseguidos, asesinados y castigados, casualmente forman parte de ese nuevo imaginario que les mete el miedo en el cuerpo a esas señoronas y a esos señoritos frívolos y díscolos, que se llaman a sí mismos patriotas o gente de bien o fascistas con la boca llena de saliva por los paredones portátiles que siempre portan sus policías a cuestas, siempre listos para ejecutar, principalmente jóvenes, morochitos y siempre sospechosos, por portación de color originario o porque, en el fondo, estos desorejados nuestros, son los enemigos potenciales de aquellos otros, por ser solamente jóvenes.
Vuelvo.
Llueve con esa parsimonia que ni siquiera dios posee. Llueve y es febrero para más datos. Las tormentas recién llegarán el mes que viene, mientras tanto, el perfume del jazmín de país, inunda esta casa provinciana y tranquila.
Llueve y los supermercados cambian los precios a cada instante. Aumenta todo lo básico, para que las personas, comiencen a cabrearse. Claman los periodistas de la clase media con este estado de cosas y echan leña al fuego, como verdaderos cuidadores de tanto averno protegido.
Llueve y a uno se le contagia cierta tristeza y cierta melancolía. Pero forma parte de ese sentimiento colectivo que a veces es el romanticismo, que sirve para enfrentar tanta idiotez posmoderna y snob que insisten en querer vendernos a toda costa.
Cambio.
Siguiendo las recomendaciones de un amigo, por supuesto de manera indirecta, descubrí un serie sueca-danesa llamada Bron-Broen, El puente en su traducción al castellano.
Dos temporadas, que consumí, en una semana de cierta rebeldía arbitraria. Porque El Puente es una verdadera lección de arte dramático. Si bien la trama se desfleca y falla, el resto es impecable. Sofia Helin y Kim Bodnia, logran los que pocos hoy por hoy, se encuentran capacitados por brindar en una actuación notable, creíble y sincera. Un policial con todas las reglas seguidas al pie de la letra, años luz de la versión norteamericana y una demostración palpable del nivel de producción de estos dos países. De allí, de esa zona, provienen a mi pobre entender dos de las mejores series de televisión de los últimos años: Wallander, la versión sueca y The Killing la serie danesa que de forma callada, han ido acumulando algunas certezas con respecto del tratamiento que las series policiales deben tener a la hora de ser muy superiores al resto.
Dos temporadas con distintos temas, una trama, que si bien no es del todo buena, logran por lo menos, demostrar la seriedad a la hora de las actuaciones para hacer creíble una historia bajo los parámetros de un notable grupo de actores jugando sus roles, como se debe.
Seguramente por aquí, vieja colonia yanqui, veremos en poco más el bodrio de la versión que los muchachos hacen con su mal gusto y su falta de talento organizado.
Pero no importa, mientras podamos ver la original, seremos un poco más felices y esto, con los tiempos que corren por este mundo, no es poco.
Digo.
Las formas que van adquiriendo en esta nueva etapa, nos definen. Definen a estos, que en su guerra sin cuartel, van premeditando el fin de todo tipo de independencia. El FMI pronostica turbulencias para los países en vía de desarrollo, es decir, nosotros, los subdesarrollados de antes, que hoy por esas cosas de lo políticamente correcto nos llamamos en vías de.
Entonces los dueños del mundo, para evitarle depresiones más pronunciadas a españoles, portugueses, italianos y griegos, les susurran al oído quedamente: "ahora verán que no están tan solitos, a ellos, los sudacas de siempre, les va a ocurrir lo mismo que a ustedes, paciencia que mal de muchos...".
Las plañideras siguen con su trabajo. Rosario en mano, incienso mediante y cachiporras erectas, continúan despreciando al pobrerío de siempre.
Es que por acá, seguimos siendo puro sudor sudaca. Tenemos incorporado el gen del escrache, el del piquete, el de la pelea y confiamos siempre en el futuro. Porque para que el futuro sea nuestro, siempre debe ser de lucha, no hay otra forma, no existe otra manera.
Pienso.
Me dejo llevar. Me vuelvo viejo e inclasificable. Se que la historia con sus moscas, suelen narrarla los que ganan, los otros, también tenemos otra historia. Por eso siempre nos tienen miedo, se asustan y tratan de tenernos cercados.
Se impacientan porque en sus viajes a la costa a disfrutar del veranito justiciero, tardan más que antes debido a los atascos y a tanto pobre, negrito y lleno de hijos, con su auto nuevo que después de algunas generaciones, tuvo sus vacaciones en la costa y allí fueron, alegres y asombrados, mientras los otros, esos viejos cretinos profesionales, deben convivir con este espanto social que les toca vivir. Son, somos la barbarie, porque hasta el momento, la civilización no han sido más que palabras angelicales vertidas desde los púlpitos y desde las leyes, que son de ellos y para ellos solamente.
Les molesta que estos hijos de nadie, vayan a los mismos lugares que ellos. Les molesta y les preocupa.  Los obliga a compartir el mismo espacio y lo que es peor, no tienen a quien recurrir. Entonces planean golpes. Compran dólares, aumentan los precios, cierran escuelas, quieren demoler este estado que piensa en esos otros, sucios y feos y no en ellos, los patriotas de siempre, los herederos de tanto linaje conquistador y español. Quieren demoler ladrillo a ladrillo y los que tengan privilegios, que hagan uso de ellos y que el resto, sea arrojado por la borda como lastre y nada más.
Cambio.
Llueve y escucho mi música. Siempre me atrajo la desenvoltura que produce la música, esa cuerda de pensamiento que se desenrrolla como una cuerda dormida, como un músculo apagado, como el amor en cualquiera de sus formas.
No conocía a este músico finés. Se del jazz de los países nórdicos, pero a Joona Toivanen, nunca lo había escuchado. Pirateando como siempre, lo descubrí. Así me asomé a este, su tercer disco creo, llamado "At My Side". Un trío de jazz, con una cierta tendencia a rellenar esos paisajes amplios y callados, que supongo, deben tener por aquel país. No importa, me dije después de escucharlo por primera vez. Volví a hacerlo y descubrí un costado más lleno de matices, una cierta calma, que se mueve en torno a algunas ideas musicales para tener en cuenta. Sabido es que el jazz, es indomable, que es una música que a pesar de todos los intentos, sigue sin ser domesticada del todo y que por lo tanto, todo entra dentro de ese mundo. Como el tango o algún otro eslabón de la cultura popular.
Porque de eso se trata casi todo. Uno comienza con un paso y después busca dar el otro. Así Bill Evans o Bob Dylan, Osvaldo Pugliese o cualquier otro me llevaron a continuar siempre con este rastreo de huellas que ni el agua o el viento logran borrar en mi búsqueda de algo que no se definir, pero que a mí me importa siempre mucho.
Entonces descubro a este pianista y me parece la música justa para este momento.
Es que como siempre solía decir alguien por allí, no hay rótulos ni encasillamientos, solo hay buena o mala música, por suerte.
Vale la pena, descubrirlo y gozarlo.
Vuelvo.
Sigue lloviendo, ahora como con bronca y junando. Llueve torrencialmente, algunos ríos han comenzado a desbordarse, los que viven en la calle, la sufren con todo el cuerpo.
Tengo techo de chapa y la música de la lluvia que viaja descalza, amortigua el sonido de todo lo otro. Me asomo a mi ventana, el farol parte las aguas que como chispas viene cayendo desde hace rato. Enciendo mi último cigarrillo y vuelvo a pensar en todo esto.
Mientras tanto amigos en esta apacible nochecita campera, con sus lluvias y sus inquietudes, me despido recordando que esto, esto es todo lo que hay.