En Zona

jueves, 8 de mayo de 2014

El dibujo de la palabra

Recorro con un dedo mapas, construyo los míos con la fantasía de la imaginación. Invento países lejanos, inexistentes. A veces soy como ese inventor de países o comarcas, que puso Italo Calvino frente a un emperador. Allí, los dos, inventan sus propias ciudades. El que narra y el que escucha. Construyen entre los dos, una ficción, que los desborda. Las Ciudades Invisibles, territorio ganado al silencio, en donde Marco Polo redescubre ciudades inexistentes a un Kublai Kan emperador de los tártaros, crédulo y alerta.
Recorro países que solo habitan en mi memoria. Como los cuerpos ya olvidados, como los cumpleaños del pasado que habitaban entre mis cosas. Recorro palabras de otros, buscando tal vez las mías o solamente para distraerme. Amontono palabras como paisajes, memorizo contornos, salivas y respiraciones. Fundo ciudades en mí, que no conozco, pero que se nutren de palabras, de costados y olores.
Miro un cuadro o dos de Mark Rothko y veo, detenidamente, la línea del horizonte. Los colores no importan demasiado. Están ahí para ayudarnos en el silencio que nos pare.
Vuelvo a mirar ese horizonte, que este pintor sacaba de su paisaje original. Paisaje, pasaje de una imagen a otra. Vértigo horizontal, dije alguna vez o dejé decir. Invento países que se duermen esperando por sus nombres. Deletreo los perfiles de sus costas o solamente de sus sombras que les siguen las huellas.
Me asombra la tarde que me toma descuidado mirando los árboles, adivinando los vuelos volados de tanto pájaro sin nombre propio.
Me quedo fumando mientras se enfría esta parte de la tierra. Mientras los días dibujan memoria.
Digo.
Cada vez leo menos diarios, escucho menos noticias. Me alejo de esa razón diaria que manejan otros por mí. Me alejo de esas construcciones subjetivas que me dicen al oído como pulir mi odio minuto a minuto. Descreo. Renuevo en instantes, ciertas asperezas que me producen los medios de comunicación masiva. Las direcciones que debemos tomar o sencillamente aceptar. Me quedo en silencio. La vida sigue su curso mientras esta roca humeante que habitamos, se desliza poco a poco hacia otra realidad que, supongo, habrá de modificarnos.
Los cambios serán lentos, pero serán.
Pregunto.
Al igual que los nazis en su invasión a la Unión soviética, los aliados de occidente, los defensores de la libertad e independencia, acaban de incendiar la sede de un sindicato, con enemigos dentro ¿Casualidad? Acaban de hacer lo mismo, que hicieron no hace mucho, aquellos que decían proteger al mundo civilizado de la plaga del comunismo. Pero ahora, ahora no hay más comunismo.
Vuelven a sacrificar lo molesto. Queman vivos otra vez a los diferentes.
Odessa, así con doble s, como su grafía original.
La que resistió a ingleses y franceses, la que combatió contra los nazis. La ciudad más inverosímil jamas inventada por los hombres. La ciudad en donde vivió Pushkin, la geografía de donde surgió, para mí, uno de los mejores escritores del siglo pasado.
Isaak Babel de alguna forma, edificó su vida desde diferentes opciones. Comunista, escritor, judío, periodista, ruso y talentoso. Ayer volví a recorrer algunas pistas de su gran libro "Caballería Roja", también y si se busca con paciencia se encuentra "Cuentos de Odessa". Seguro que quedan por allí otras obras suyas.
Babel, como no podía ser de otra manera, pagó con su vida en las purgas del Pepe Stalin. Murió de un tiro en la nuca por representar todo lo odiado. Pero antes, antes fue un militante.
Viajó con los cosacos a la guerra. Lo hizo como periodista y escritor, cubrió la guerra y descubrió ese lado salvaje, que siempre existe en las guerras. Fue critico con eses hombres de a caballo, que arrasaban casi todo a su paso. Con los comisarios políticos del partido, que miraban hacia otro lado, con los generales que cubiertos de sangre, dormían soñando con la gloria. Babel cabalgó con ellos en una guerra, que poco a poco, comenzaba a despedirse de las cargas de caballería y asumía como propio la novedosa costumbre de de esos daños colaterales que servían solamente para ejemplificar el advenimiento del terror como arma secreta del futuro.
Babel entonces despliega todo esto entre las páginas de un libro, que terminaría siendo su perdición años más tarde. Sin embargo, ahí está. En la biblioteca. Ya nadie lo lee. Nadie recuerda su nombre ni siquiera su talento.
Odessa era su ciudad. Una ciudad de poetas, un puerto de amores y desamores. Una ciudad, que vuelve a formar parte de mi moral.
Allí, los ucranianos ahora amados por una europa ( así en minúscula) necesitada de sangres y mercados, acaban de formular otra vez, la solución a sus problemas. Quemaron vivos, encerrados en un edificio a otros. Los incendiaron y se pusieron a mirar el espectáculo. Repitieron una partecita minúscula de la historia. Después volvieron sus miradas a otros edificios. Sinagogas y comercios, hasta que se hizo noche y todos disimularon.
Será cuestión de ponerse a pensar. ¿No será que el capitalismo inventó en su momento a Hitler para derrocar el poder de los soviets en la vieja URSS? ¿Será?
Pienso.
Ahora le llegará el turno a las ex-naciones soviéticas enfrentadas con Moscú. Chechenia y todo el resto. Comenzarán de nuevo estos enfrentamientos para demostrar que el mundo tiene un solo dueño y que justamente, no son ellos, sino los otros. Aquellos que hablan de todo lo que nunca cumplen, pero que les sirve de excusa.
¿Cuál es la excusa de Ucrania? El ingreso a la Unión Europea, a la Otan, al gas de los Estados Unidos y al libre mercado, regulado por los nazis de ese país. País que tuvo un comportamiento vergonzante en su mayoría durante la segunda guerra. En fin.
Digo.
Vuelvo a los paisajes de Rothko. Me detengo en ese infinito que se aleja siempre como la utopía. Por eso es utopía. Miro los colores y me dejo llevar nuevamente, enamorado a parajes desconocidos, con otros nombres. Cuando era chico, jugaba con un lápiz y una hoja. Ahí dibujaba contornos, cada trazo era parte de una frontera. Inventaba países, bautizaba una geografía nueva, organizaba nombres imprevisibles. Seguía con la yema del dedo índice, esos perfiles lejanos y sin lugar fijo en ningún mapa.
Siempre me gustaron demasiado los perfiles.
Me quedo entonces, estacionado en ese color que el pintor promulgó por las inmensas llanuras de su vida, que rodearon su vida durante buena parte de toda su vida. Emigró de su país, se fue a los Estados Unidos y fue considerado uno de los mejores pintores del siglo pasado. Pintó, con furia, con ganas, con esa secreta pasión que tienen algunos que saben, que tienen algo por decir a pesar de todos.
Engañado, robado, estafado por su mujer, la cual siempre volvía a él después de cada combate con la vida, hicieron del pintor un hombre obsesionado con ese infinito inalcanzable.
Ahí están sus cuadros. Ese concepto de fuga hacia la nada. Ese carácter que se desborda y que nos termina desbordando a nosotros, los que parados en un museo, nos detenemos al margen de todo, frente a unos trazos, que nos revela, a nosotros algo indefinido.
Es como el amor o a lo mejor el amor es siempre todo y nosotros parte de eso.
En algún momento de los últimos tiempos, hice un viaje de cientos de kilómetros, para visitar una exposición de este pintor, especie de amor secreto. Viajé y volví, después de sentarme un rato frente a uno de sus cuadros, sometido al silencio tonto que siempre destilan estos cementerios modernos que suelen ser los museos.
Porque la cultura es para los vivos y los vivos somos ruido, puro ruido que anda.
Viajé, llegué a un país extraño para encontrarme con sus colores.
Pienso.
Uno se va siempre sabiendo que vuelve. Desde siempre nos crece este sentimiento. ¿A qué se vuelve? A nada o a todo. Se vuelve para saber que podemos y poco más. Cuando me fui una madrugada cualquiera, supe que iba a volver, que hacía lo que hice para volver a algún sitio, sin nombre ni cuerpo. Porque de alguna manera, el hombre es paisaje que camina y siempre se termina volviendo de una manera u otra.
Recupero los dibujos que hacen las palabras y pienso, escribo mientras lo hago y de una forma inocultable, plasmo mis pensamientos. De eso se trata el escribir, ni más ni menor que de esto.
Asombrado, abismado en esta realidad que me circunda, vuelvo a esa lejana Odessa, tan hablada, tan recordada y sin embargo nunca entrevista, nunca visitada por mí, sino por esos cuentos del viejo Babel que me hablaban de una ciudad con puerto, parecida a la mí. Con sus ladrones, testigos y putas circulando por calles de nombres desconocidos.
Allí descansó Chejov o mejor dicho, en esa ciudad Chejov creyó por fin en la felicidad ¿Creyó? El mejor escritor ruso de todos los tiempos, para mí, por supuesto. En esa ciudad al borde de un mar, se fraguaron tal vez, cuestiones de la historia moderna del siglo veinte o acaso, todo, absolutamente todo fue un sueño loco, transmitido de unos a otros, para edificar una ciudad que se solo habita en las lenguas y todo su recorrido.
Cambio.
Cada momento en la producción de Richard Ford, merece una alegría. Ford, un escritor norteamericano ha logrado concretar un corpus literario. Así lo descubrí un buen día. No sabía nada de él, salvo un cuento que había leído a las apuradas en un bar porteño y mucho alcohol.
Pasó el tiempo, en esos vaivenes que construyen las esperas, volví a él.
Un par de libros de cuentos, una selección de cuentos de Anton Chejov organizada por él y tiempo después, "Canadá" su última novela. Ahora en otra geografía, con un arroyo a menos de cien metros, árboles antiguos y poca gente alrededor. Falta poco para decidir la felicidad. Así, desemboco en una novela profunda, como esa música que suena siempre en la cabeza de las buenas personas. Un matrimonio, que un buen día decide asaltar un banco y son capturados. El éxodo y el desarraigo, el final de algo parecido a una familia. Todo contado por el hijo. Todo visto desde esos infelices años que siempre suelen ser los de la adolescencia. Seca y tersa es la escritura de Ford. Siguiendo su hilo, absorto en sus pensamientos, uno va siguiendo esta historia que tiene vida propia. Junto a John Irving, Ford logra conectarme con cosas particulares del pasado. Ambos, descubren desde sus historias la mirada de esos hijos que nos siguen asombrados por la vida. Que nos esperan especulando en su crecimiento o que nos marcan la ruta de sus futuras vidas. Ford mejor cuentista que novelista para mí, me sedujo con su "Canadá", con una historia que abreva en algunos rincones de lo mejor de la literatura yankee de siempre.  Lo leo y encuentro compases de Salinger, pero mucho también de Raymond Carver, algo de unas pocas, muy pocas novelas de Paul Auster y la lista puede seguir como una culebra entre los pastos.
Una gran novela con su misterio develado desde las primeras líneas, recorrida por este hijo sorteando las sombras que toda vida disputa siempre. Una novela para celebrar este rito, antiguo y justiciero que siempre suele ser la lectura y la producción inigualable de esa emoción chiquita y particular que cada lector siempre dispone para si.
Digo.
A lo mejor lo que Rotkko plasmó en sus pinturas fueron los perfiles de esas llanuras inagotables que lo rodearon en sus dos países. A lo mejor esa línea pensada en medio de la nada sea nada más que ese descubrimiento que se plasma, que se dispara desde la nada misma hasta construir algo que significa nada más ni nada menos que esa nada que nos acompaña, creando en nosotros solamente el silencio necesario para descubrir las múltiples vueltas que un creador ofrece al resto. Solo para seguir.
Seguir esquivando particularidades para enfrentarnos a ese todo casi redentor y ateo que nos come por dentro.
La intranquilidad del arte. La que nos hace pensar. Lo imprevisible de toda búsqueda que nos obliga, que nos compromete con algo mejor. De allí la ternura que nos hace sucumbir en medio del placer, en medio de esa nada que reemplaza a ese otro todo que nos rodea.
De allí el dibujo de la palabra, la palabra justa que señala. La palabra que nos ayuda a modificar, a reponer en su sitio esa añeja idea de justicia. Abrumados por estar acorralados entre tanta mentira, tanto devaneo flojo y ruidoso, sitiados entre lo que no dicen y lo que dejan traslucir, vamos. Llevamos a cuestas apenas lo que somos, por eso, somos mejores que ellos. Porque resistimos a pesar de tanta silicona sujeta y vacía. A pesar de tantos cantos de sirenas agotadas, seguimos creyendo en una cierta forma de amor, de pasiones que nos entibian los corazones y de sonrisas que conforman nuestras alegrías.
De fondo se desprende algo de Dr.Feelgood, los héroes de la clase trabajadora, banda de pub originarios de la isla de Canvey, zona de destilerías, humos y abandonos. Se hace de noche y el frío y la neblina corre a todos hacia el calor y la tranquilidad. Algunos obnubilados se quedan fumando en las esquinas, esperando el amor de siempre que nunca viene, que casi nunca llega sola.
Los Feelgood me ponen de buen humor. A veces se me asoma ese costadito salvaje que me gatilla lunas y soles, pero ya, casi enseguida se me termina pasando.
Es que vivo en un país que por lo menos suele ser ambiguo y eso se nota desde lejos y que forma parte de ciertas costumbres y se sabe, no hay fuerza mas terrible que la costumbre.
Compañeros que no sea nada...




jueves, 1 de mayo de 2014

Bajo este cielo

Desde que tengo memoria, este día, siempre fue un día raro, extraño, imprevisible. Cuando era chico, escuchaba cuentos, recuerdos, de fiestas obreras de las bravas. Personas que se vestían como para ir a una ceremonia y terminaba, invariablemente entreverado en peleas o disputas callejeras con la policía de turno. Corridas, persecuciones y dientes apretados. Cárceles y palizas. Traiciones y amarguras reglamentadas.
Era un día de ciertas pasiones, que entreveía a medias entre mis ansias de ser goleador o asaltante audaz en el fondo de casa. Sin embargo, como en todo buen cuento hubo una vez.
Un 1º de mayo de aquellos, pasó mi viejo a buscarme por Banfield, barrio suburbano con infulas. Era por la mañana. Cosa rara. Dejó a mi hermana y me llevó a mí, prometiéndole a mi vieja un regreso temprano.
La ciudad era un desierto de rojo en el almanaque. Lenta como pueblo viejo. Eran los sesenta, los años sesenta. Años duros si los hubo, aunque los que vinieron después, hicieron parecer a estos, años de jardín de infantes.
Al mediodía llegamos a Parque de los Patricios.
Deslumbrado, al rato, vi, como se poblaba de personas surgidas de la nada. Aparecían de a cientos, por las esquinas que hacen cruz con el parque. Venían gritando, cantaban y agitaban banderas.
Un cielo de banderas, como diría cualquier poeta o como lo dijo González Tuñón en algún libro querido mí y perdido en medio del barro.
Venían de esa patria morena, oscura que tanto impacienta a los poderosos. De ese subsuelo furioso y corajudo.
También venían por ellos, policías montados en yeguas mordedoras, con perros, con lanzagases, con bastones, carros de asalto, hidrantes y todo el arsenal que siempre lleva consigo el miedo y la no razón.
Mi padre, no era de ellos. Casi no tenía nada que ver con aquellos que llenaban parte del parque y mucho menos con los otros que venían a hacer su trabajo. Es decir estaba en el medio de algo que casi no tenía que ver con él.
Parados lo dos, él y yo, sobre la vereda de la avenida Caseros, creo, dejamos que ese río pequeño de personas nos sobrepasara. Tomado de la mano, me sentí seguro. Caminé con junto a él, detrás de una bandera hasta que escuchamos el primer tiro.
El miedo es una deuda que muchos llevan consigo casi toda la vida.
Mi viejo me miró, sonrió y empezamos a correr. Salvajes eran aquellos días. Salvaje era mi viejo y yo también, creo.
Llegamos a una de las esquinas, nos volvimos a juntar y volvimos a caminar hacia ese muro azul que nos esperaba enfrente.
Así dos o tres veces. Después, siempre tomado de su mano, nos volvimos a la estación a tomar el tren que me llevaría a ese barrio suburbano y sureño.
Volví a casa.
Digo.
Siempre que el hombre se rebela, termina siendo inexplicable. La historia nos hace y también, los hace a ellos, a los otros, a los poderosos, a los dueños. Al hacer desaparecer la cultura del trabajo, han hecho desaparecer la organización de la clase obrera, porque la condición obrera es, como decía un francés irredento por ahí, la condición humana en sí misma. Por eso siempre la disyuntiva para el hombre será ser heroico o ser apenas una mesa, una silla, una piedra tal vez. Porque al ser nada, nosotros debemos hacernos a nosotros mismos, desde esos costados que solamente nos quedan para nosotros. En eso estamos estos días en donde como no quien quiere la cosa, me desayuno que a cinco obreros petroleros de esta parte de la roca que habitamos, acaban de condenarlos a cadena perpetua, con pruebas arrancadas bajo tortura en comisarías de ese ancho sur, lejano. Al tiempo que, un juez que participó en interrogatorios bajo torturas durante la dictadura, acaban de perdonarlo o declararlo inocente y restituirle sus sueldos atrasados y sus jubilaciones palaciegas y esas cosas.
No, la verdad nunca es para todos. Tiene dueños.
Pienso.
Es un día, el de hoy de sol, de vientos leves, de risas y alegrías para algunos. Los vecinos, hacen su asado militante y el aire se puebla de músicas. Crepitan los carbones mientras el trabajador se consuela junto con los otros, de esa suerte que a veces logra nublar miradas, agigantar puteadas y dirimir la suerte que siempre viene cambiada y nunca es para uno.
Es un día peronista, me digo, mientras veo esta historia. No, en realidad es un día de rebeliones. De esa rebelión que surgió, en Chicago y que colgaron de una cuerda los guardianes de lo otro.
Es, siempre, fue un día de alegría por la lucha. Porque de ese se trata todo. De percibir la ternura y la alegría. Combaten los alegres, los tristes casi siempre suelen ser enemigos.
Tal vez por eso escribo, para caminar projimos. Para no olvidar siquiera una coma de este tiempo carnívoro que vivimos. Porque cualquier hombre puede ser fugitivo de su propia sombra hasta que decide semblantear esta vida y deja de correr. No se queda quieto, enfrenta y espera.
Cambio.
Ahora que siguen con la tarea de demoler todo lo que quedaba en pie, a uno le van quedando pocas cosas. Algunas de ellas, para mí, irreductible como siempre, sigue siendo el placer de leer, de descubrir vidas escritas, de comprender, que uno piensa mientras escribe, no al revés. Uno piensa mientras se toma el trabajo de escribir. Leo. Descubro y me deslumbro con los pensamientos ajenos. Especie de mirón, de fisgón aventurero.
 Buenos Aires/ Escala 1:1, Los Barrios por sus escritores, es un hallazgo. Uno de esos libros que chocan contra uno, de esos momentos que anteceden a una especie de gloria casera y en camiseta. Un libros de diversos autores argentinos, nuevos o por lo menos de otra generación, con otros límites y con otras voracidades, pero siempre válidas y rotundas. Buenos Aires y sus barrios, vistos por otros, pensada por otros y recorrida por esos mismos, mucho más jóvenes y diferentes y siempre iguales a uno.
Feria del Libro de Buenos Aires, el mismo aburrimiento de hace cuarenta años. El mismo sentimiento de gran librería montada en un lugar por un tiempo determinado. La misma sensación de asfixia que rebota contra el techo de chapa. Voces, gritos, empujones y tipos, que solo quieren vender mucho, terminar e irse a hacer bardo reglamentario en casa, en el barrio o donde sea.
Ahí, cuando se agotaba la anestesia, encontré este libro. Lo compré y volví al pago, con estas palabras asentadas en papel. Lo abrí y como siempre hago, olí entre sus páginas. Vieja costumbre de amante sincero.
Sin embargo, me quedo anclado en sus páginas disfrutando una frase. Una idea, un paisaje de esta ciudad escandalosa arrumbada al orillas de un río sin orillas. A las ciudades suelen cantarlas poetas, interlocutores plenos. Poemas sobre ciudades lejanas, la misma o la vecina. Ciudades rimadas y en alejandrinos.
No. Nunca lo pensé. Tal vez por eso lo compré. Tal vez, escritores, habitantes de esta ciudad nacidos, la mayoría a mediados de los setentas o comienzos de la década siguiente. Escritores, entonces que recorren esta ciudad con sus historias, por diversos barrios, por sus distintos barrios. Caminatas interminables incrustadas en historias.
Camino con ellos por calles que caminé en su momento con otras historias. Ni mejores ni peores. Otras. Recorro sus páginas y una profunda emoción me impregna. Una leve sensación de irrealidad aparecen en sus palabras. Escritores que cuentan una ciudad inconcebible. Ajena y profundamente propia. Falta por supuesto aquella editorial que un día decida rastrear las historias de los barrios que rodean a esta capital y que también hacen a esta ciudad.
Ese conurbano que acecha fuera de los límites de esta otra ciudad tan orgullosa y tan distante.
Vuelvo a someterme a la lectura de este excelente y poderoso libro de la editorial Entropía y me alegro por mi suerte, una tarde de sábado en una feria decadente y pretenciosa que año a año, vuelve a conjeturar lo mismo y obliga a los mismos a congregarse año a año, en medio de esta vegetación pasmosa que vende libros y nada más.
Digo.
Supongo ahora que mi padre me llevó ese primero de mayo a ese parque, porque le resultaba inexplicable la rebelión. El hombre rebelde hermanado con otros en una rebelión que latía. Nunca fue uno de ellos, sencillamente le gustaba la pelea.
Muchos años después, ya enfrentados nosotros dos, seguía recordando ese día. Lo llenaba de alegría o tal vez el recuerdo de un hombre joven con su hijo chico en medio de las banderas, los gases, las corridas. El de saco y corbata, como muchos otros enfrentando una porción de ese destino solitario que por aquellos años vivían millones.
Cada vez que nos encontrábamos, ya más grandes lo dos, solía recordar o mejor dicho preguntarme sobre mis sensaciones de aquel día.
¿Qué hacía un tipo como él junto con su hijo en medio de un enfrentamiento con la policía en el Parque de los Patricios?
Yo recuerdo poco. Algunas escenas. Gestos, puteadas y la caballería de los cosacos cargando contra los desarmados de a pie que les hacían frente sobre los adoquines de la Avenida Caseros. Recuerdo el vértigo del miedo posible, pero también mi tranquilidad de saberme tomado por su mano y protegido por su locura.
Pienso.
No. No. Ahí no me hice peronista. Eso ocurrió muchos años más tardes. Creo que después del asesinato del Che en Bolivia, en Jujuy, provincia en donde vivía por aquellos años.
Creo que por aquellos años finales de los sesenta comencé a pensarme de otra forma. No aminoré la velocidad de mi vida, sino todo lo contrario.
Recuerdo los amaneceres de aquellos primeros de mayo, pintando paredes, armando miguelitos, perfeccionando las llamaradas de los infiernos futuros. Tomando mate en uno de los puentes que unen a esta ciudad con el resto del país.
Viajando con sueño y hambre hacia esa nada escenificada y sonriente que nos esperaba a la vuelta de la esquina.
Recuerdo el último, cuando nos fuimos de una plaza dejando solo el espacio vacío. Sabiendo de antemano lo que habría de venir, aunque claro, nunca supimos del todo, lo que habría de venir.
Pero ese día lejano con mi viejo, descubrí lo que era un día peronista. Con él, que no lo era y conmigo que no lo sabía.
Cambio.
Llego a la música como un naúfrago. Sediento y con ganas de amor al amanecer. Siempre llego igual. Desnudo y con ganas. Me someto a ella y me quedo añorando la eternidad. Me gustaría ser eterno para morir después. Así me entra la música en el cuerpo. En ese cuerpo a cuerpo que tengo con ella. Me detengo, me quedo quieto como los gatos antes de la explosión.
Una vez, hace años descubrí un trío que se llamaba Clusone. Tuve un solo discos de ellos. Los busqué y nunca más pude encontrar nada de ellos, ni siquiera ese único disco que tuve de ellos. Una lástima.
Sin embargo acaba de descubrir este belleza en la que participa uno de ellos. Ernst Reijseger. Cellista y enamorado de la música. Junto a Harmen Fraanje y Mola Sylla editaron el año pasado esta obra maestra llamada "Down Deep".
Aquí conviven por esas cuestiones extrañas que padecemos, diferentes conceptos musicales. Diferentes lecturas de una misma realidad, que terminan siendo lo que siempre suelen ser. Realidades que se cruzan entre sí en diferentes caminos.
¿Jazz? No. Pero también si o a lo mejor, solamente música que acompaña, que se presenta como lo que tiene validez. Música y nada más.
Tres tipos haciendo música, respetando sus convicciones y logrando un sonido profundo que busca, conectarse todo el tiempo. No es casual que Winter & Winter sea el sello que lanza esta pequeña obra de arte. Lo ha hecho antes y seguramente lo seguirá haciendo, si el capitalismo salvaje los deja.
Mientras tanto, sigo disfrutando de esta bella música que tampoco será del gusto de esas mayorías con las que nos persiguen los de siempre.
entonces menos Justin Biber y un poco más de altura a la hora de someternos relajaditos a este placer profundo. "Elena" por ejemplo es el primer tema y una lección de mezclas, de miradas y de hasta olores diferentes que se nutren entre sí, para llegar a cualquier parte. No importa la dirección, sino el siempre ir.
Digo.
1º de mayo bajo este cielo. El viento de la historia sigue con su curso mientras nosotros, seguimos apostando por esa alegría profunda de reconocernos entre nosotros. De sabernos juntos, de rebelarnos siempre. De saber que ellos, los otros, por ahora ganan. De este lado, sigue intacto el amor y la ternura. Bajo cielos de banderas, con las canciones aprendidas de memoria, con nuestros hijos nuestros, con nuestros nietos nuestros. Con los hijos de aquellos, que se apean y miran el fuego con nosotros. con esos otros que ni nombre tienen pero que cubren con su mirada siglos de explotación y muerte. Con estos otros, que comen su asado al lado y ríen mientras las cumbias hacen estremecer caderas y corazones. O sino con esos, que esperan, sabiendo de antemano que será difícil y largo el camino de la justicia.
Todos. Todos juntos seguimos  profetizando hijos y amores, territorios nuestros y orgullosos y altivos vamos enfrentando, como se pueda, al olvido deseado por aquellos para los cuales no somos más que carne y brazos fuertes, sin nombres ni historia.
Por eso siempre es conveniente, tener memoria y volvernos inexplicables para ellos.
Compañeros está todo pago como siempre…






domingo, 30 de marzo de 2014

En días como este

Apenas disimulando, de a poquito recorriendo ese  desentenderme, hacerme el tonto, el zonzo. Bajo la sombra de algún árbol bonachón. Mirando para otro costado, quedándome de pie cuando el resto toma asiento. Pasan los días y tanta cháchara sobre esos temas que siempre cargan los diablitos por su cuenta en esas agendas lustrosas que tienen siempre los poderosos. Esos telefonillos inverosímiles llenos de futuro, prestos para ejercer ese lugar común, ese monumento que llevamos a cuestas los argentinitos de a pie o de pretenciosa camioneta 4x4 mientras nos desplazamos por un mundo que creemos nuestro y de nadie más. Ese lugar común nos define.
Por más que intente alejarme, hacerme el dormido. Por más que quiera alargar la sobremesa y quedarme jugueteando con las miguitas del pan digerido. Por más que crea que todo no es más que una mueca trágica que todo detiene, es en días como este, en donde, uno naufraga y se percibe en solitario, como lo que en definitiva soy, una gran solo.
Me quedo quieto.
En el bar del pueblo, sonríen con las andanzas de ese lejano Putin. Se esfuerzan por creer en milagros, entre ginebras y otros tóxicos. Hubo una época en la que frecuentaba bares animados buscando el amor de mi vida. Nunca lo encontré. Todo en los bares siempre es demasiado ficticio y falso.
Se sabe que el pasado es puro recuerdo, por ende puro invento y el futuro una adivinanza, de la cual no se sabe nada, ni siquiera la fecha del boleto de partida que tenemos asignado.
De pronto, como la lluvia, me llegan noticias de la nueva moda argentina. Esa cobardía disfrazada de engaños. Acaban de hacer justicia por mano propia, unos vecinos indomables en la defensa de la propiedad privada. Muchos, más ocasionales paseantes por esa calle, acorralaron a otro, solo, desarmado, indefenso y lo acaban de asesinar. Era un ladrón.
¿La prueba?
Era morochito, llevaba gorra e iba en un ciclomotor. Después se supo, que hubo vecinos que filmaron el hecho. También y esto no se dice, es que la víctima era un trabajador joven que volvía a su casa después de un día de trabajo.
Digo.
En algún momento de esta vida, nos hemos convertido en consumidores y hemos dejado de ser ciudadanos. Somos más diestros en la compra de electrodomésticos que en elegir diputados o senadores, en pensar políticas y sus alrededores. Dejamos de lado, la noción del otro, el registro del otro como un todo. Abandonamos la política, por el placer onanista del consumo y nos perdimos en medio de ese abrazo.
Siempre supe que un hombre con fe es mucho más peligroso que un animal con hambre, esa fe de lo propio, que arremolina a cualquiera en sus prejuicios y que a partir de allí todo se justifica, incluso la eliminación del otro.
Europa ya es de derechas, acaban de ganar los fascistas en Francia, los fascistas españoles siguen en las suyas y los alemanes ya se sabe. Todo en el primer centenario de aquella gran guerra que cambió todo de una vez en esas tierras. Casualidades que le dicen.
No quedan grandes esperanzas ni siquiera expectativas. Todo será un lento giro hacia el olvido. Habrá que prepararse me digo, mientras mis vecinos gritan los goles mirando por la tele, como 22 millonarios que escenifican la furias de los dioses y nada más.
Cambio.
Comenzó el otoño, todavía el frío está quieto en la puerta de casa. Duerme como los perros. Las hojas comienzan de a poco, con sus amarilleos previstos y algún que otro, ya se prepara a conciencia no sea que lo pille desprevenido el catarro de reglamento.
Así llego a estas palabras elaboradas por esta mujer, nacida en Ucrania pero brasilera de primer orden. Allí, llegó a la gran Clarice Lispector siendo poco más que una pregunta de tres años, ella llegó a otra tierra y se hizo en ella. Allí la buena de Clarice construyó su vida y desparramó su talento vigoroso por los cuatro costados. Escritora notable y que desde ese margen armado por ella, creó una de las obras más elocuentes que haya dado este continente en el plano literario durante el siglo pasado. La descubrí una noche cualquiera, cuando apenas tenía veinte años o algo más, entre incendios y explosiones. En otra vida.
Aquel librito, robado una noche de ardores, era "Agua Viva". Leído y marcado por mí durante semanas. Ahí, así, en ese tiempo, descubrí entre otras cuestiones, que las noches son largas y siempre reclaman una compañía. La noche siempre pide alguien a nuestro lado para no enloquecer.
Vuelvo a leer a esta mujer una vida después. Vuelvo a quedarme entre sus palabras en el bamboleo suave de este andar. "Aprendiendo a Vivir" son sus artículos periodísticos, llenos de lucidez, de ferocidad y de poesía, que un diario de San Pablo, decidió publicar durante muchos años. Vuelvo a reencontrar el ritmo de su palabra, la frontera de su mirada y el filo de su conciencia.
En esas lecturas, de hace mucho, descubrí a una mujer que era capaz de pensar y de decir: "He venido a escribirte. Es decir, a ser" o " Quién sepa la verdad que venga. Y que hable. Escucharemos afligidos".
Entonces en este inicio de otoño tan a mi estilo, vuelvo a organizar mi placer a través de ella. Leo y disfruto de ese sagrado momento a solas del mundo. Un hombre leyendo, mientras el mundo se complota a su alrededor sin llegar a perturbar ese momento.
Pienso en el castigo.
Pienso en Flaubert y en Tolstoi. En Madame Bovary o Anna Karenina. Dos novelas sobre la lectura de novelas. Dos momentos sobre la lectura y sus males. Dos mujeres castigadas por esa secreta pasión individual y por el temor que siempre han generado las novelitas en el centro de la sociedad capitalista y burguesa.
Me distraje.
Lispector es una escritora que vivió apenas cincuenta años. Lo hizo en un país lejano y asombroso, barroco y delirante como pocos. Allí esta mujer, edificó una obra, que todavía hoy sigue siendo única y fuerte.
Digo.
Tener un papa argentino es ya el suficiente castigo que recibimos. Esta supuesta alianza tan argentina entre dios y nosotros a través de su secretario privado, es muy fuerte. Tapas de revistas, noticias en los diarios, apariciones en televisión, todo se agrupa en ese paisaje tan gritón que nos rodea. Si éramos insoportables sin nada más que las vacas, que nunca fueron nuestras, el dulce de leche y Maradona, ahora con este señor que nos pide a nosotros, al resto, que recemos por él somos francamente invulnerables en lo que a tensión dramática se refiere. Debido, por supuesto, a esa fijación bien argentina de sabernos mejores que el resto a pesar de vivir en el sitio geográfico equivocado, de no estar en donde debería estar ubicado este paisito y esas cuestiones, que para un argentino de bien son solo anecdóticas y menores y que no hacen a la construcción premeditada de nuestro ego, pero que fraguan en ese ser argentino tan de nosotros y tan particular.
En fin ahora que anochece y se van despertando los fantasmas, una voz me susurra: tomamos mate o…
Sigo.
Pongo música, descubro a estos canadienses y la sonrisa se me instala en el ojal. Me dejó llevar en días como este, por esa secreta pasión de dejarme llevar. Incendiarme y caminando despacito y por las piedras, creer por un momento en la belleza de tanta vida que a veces, los enemigos tratan de destruirla y hacerla más feroz. The Cookers Quintet se llaman estos muchachos que me desbloquean la cabeza. La tierra es grande y ajena, sin embargo con un poquito de buena voluntad y buena música, vamos a ir aprendiendo de a poquito. Subiendo esas cuestas y detallándonos a nosotros, entre nosotros, las sutilezas de esta vida que sin pedirla, hemos emprendido.
Vuelvo. El jazz es el mejor y único invento del siglo pasado, que logró transformar todo a su paso. Hoy es una música que ya no tiene lugar de origen. No hay que ser de ningún sitio específico para ejercerla con talento y honestidad. Si bien tiene un origen, hoy ese origen es el mundo y eso es lo alegre y lo lleno de vida que nos camina por la nuca cada vez que descubrimos ese placer oculto dibujado por músicos, que solo buscan, como uno, algunas respuestas casi insensatas pero siempre necesarias.
A lo mejor ese costado creativo, sea el único reaseguro que tenemos nosotros, el resto, para seguir intentando todos los días lo que intentamos. La música sirve a para esto, entre otras cosas. Por lo menos para mí. Ese único sitio de grandeza al cual accedo con emoción cada vez que descubro un nuevo atajo, una nueva senda por donde transitar.
Vuelvo.
A pesar de ese costado salvaje de buena parte de la clase media de este país, despreciable y cobarde como siempre, a pesar de este nuevo deporte de caza del hombre que quieren ejercitar, sabemos, nosotros, los que estamos en la vereda de enfrente, que en el fondo, ellos, siempre tienen miedo y con ese miedo conviven a cada paso, duermen y comen.
Así las cosas en este paisaje del sur del mundo.
Así compañeros tomamos mate o...



martes, 11 de marzo de 2014

Ese amor que no cesa

A veces me desdibujo pensando mientras miro todo crecer a mi alrededor. Me hice jardinero y aprendí el rumbo de los vientos, el rumor de las lluvias y los caminos locos de las hormigas en pos del invierno futuro.
Pienso en distancias que ayer, no estaban. En malabares que cometía y esos amores desenfrenados y locos, que me guiaban por esta selva, que algunos llaman vida. Me hice jardinero y hablo con mis plantas, les cuento las desprolijidades de nosotros. Les leo en voz alta, poemas garabateados y algunos sueños. Pasaron las lluvias y los brotes nuevos resisten la llegada del otoño. Viene la poda, llegarán los olores a maderas quemadas y el sol, de a poco comenzará a cambiar su camino.
Ya, en este marzo, la sombra de la medianera se hace grande hacia el otro lado. Sonrío.
De fondo suena y fuerte Van Morrison y su "Fire in the Belly" de ese hermoso y poderoso trabajo que fue "The Healing Game" del año 97.
Buenos Aires, aquel año era inexplicable, lleno de traidores, trepadores rabiosos que convivían con el espanto y sin embargo mientras te seducían, te iban desnudando despacito antes de marcharse con tu ropa a cuestas.
Era la temporadita en donde nosotros, vivos, vivillos, atrevidos y desenfrenados, creíamos estar en el primer mundo, con nuestro alijo de blanca y poderosa incertidumbre. Éramos más democráticos, más invencibles y hasta más lindos. Bonitos y babosos, sabíamos que el mundo había terminado la semana anterior, sin embargo alegremente, con el cuerpo bien durito, íbamos al infierno oliendo perfumes buenos, de las manos de mujeres decididas mientras nadie, nada interesaba demasiado.
Sonaba Van Morrison por aquellos años y todo se detenía en torno de la miseria que habíamos clausurado por decreto. Íbamos de cama en cama, sin saber siquiera el nombre de nuestro acompañante. No importaba, miserables sin cloacas como las de Víctor Hugo, el mundo era nuestron y parecido a ese París, miserable y lejano.
Apenas una maceta. Un tiesto de tierra reseca para ese jazmín moribundo que nos seguía, como el limón reseco en la heladera de divorciados que poseíamos debido a la división de bienes difusa que nos había tocado en suerte, era lo nuestro.
Así a lo mejor, hoy somos esa especie de culpables asombrados por lo huracanado de esas vidas. Fuimos y ya no somos. Suena Van Morrison este 11 de marzo, de sol tibio. Todavía la tropilla de grillos, espera por las sombras.
¿Te acordás del 11 de marzo del '73? Me dispara un amigo por teléfono. Enmudezco. Los años son una catarata imparable y tenaz. Miro por la ventana de la cocina y los nombres comienzan a caminarme por la nuca. Todos ríen, van con banderas y bufandas. Nos abrazamos en la puerta del penal, a la salida del rumor con nombres y olores.
Digo.
A veces la vida es tan rala. Viene tan peladita y es lo único que tenemos. A veces, rodeado uno medita si renunciar, si es mejor despertar de esos sueños húmedos, que fueron nuestros años felices y antiguos ya y seguir a pesar de las cuestas y pantanos que tenemos enfrente.
Este es un país que no existe. Una mueca, apenas un gesto bajo bandera.
Tiene sus cosas. Es raro, somos raros. Hablamos de la mujer, nos desgarramos las vestiduras para ser menos machistas y las seguimos asesinando a mansalva. Total es una cosa, son una cosa y nosotros unos inmorales igualados en el fango de la miseria.
Decimos yegua a la que nos gobierna. Enseguida es puta, trola, bruja y siguen las firmas. No hay como nuestra mamá. El resto es desechable. Las querés matar. Y las matamos.
¿El resto? Bien gracias.
Pienso.
Mientras veo este muro diseñado por "Acción No Ética", la dirección es http://www.accionnoetica.com que me causa gracia y que la recomiendo.
Un buen día esto va a ocurrir, o ya ocurre desde hace décadas y ninguno descubrió, que en el fondo esto ya nos pasó, que esto somos los argentinitos que vivimos en el puerto, añorando Europa o Nueva York y que en el fondo seguimos encadenados a este disparate de creernos los mejores de la nada. A veces escuchar detenidamente a los políticos, curas o periodistas de este alucinado país, sirve para darse cuenta que, nosotros hace tiempo estamos en el horno a fuego lento, y, mientras tanto saludamos por la ventanita del horno esperando la foto.
Estamos en sus manos y cuando nos orinan, nos traducen que en realidad llueve y que debemos aguantar. Porque ellos, los que cortan el pastel, los que tienen la sartén por el mango, son los dueños de la tontería. Inventores de una democracia intocada y suya, vacía de contenido y muerta de vejez prematura o con locura senil, que vendría a ser casi lo mismo.
Digo.
Vas hacia el fuego y volvés floreciendo como el amor.
Leo un poema, otro más de la gran Sharon Olds que tomo de esa gran página de poesía que es http://elpoetaocasional.blogspot, blog que me arrebata, que me seduce y que siempre me sorprende con esa tenacidad que solo las cosas buenas suelen regalar.
Así me enamoro de esta mujer y me dejo llevar por sus palabras. Así descubro poetas y me descubro a mí leyéndolos con esa emoción tan profunda y radical que siempre tuvo la palabra sobre mí. En mi cuerpo.
Palabras que me cruzaron como los vientos del este a lo largo de mi vida. Que me hicieron crecer y que también me hicieron creer con algo mejor, no más cómodo, sino ese mordisco de vida que en mi caso particular, siempre vino de noche, en medio del silencio y debajo de la sorpresa.
Celebro entonces, a esta mujer y su poesía para este marzo raro, que vivo en las afueras de todo por decisión propia.






Poema al padre



De pronto te imaginé
de niño en aquella casa, habitaciones oscuras
y cálida chimenea con el hombre enfrente
callado. Te movías a través del grávido aire
con tu corpórea belleza, un chico de siete años,
indefenso, avispado, hubo cosas que el hombre
hizo cerca de ti, era tu padre,
el molde con el que fuiste creado. Abajo en el
sótano, los barriles de dulces manzanas,
cogidas del árbol en su momento álgido, se pudrieron
y descompusieron y por delante de la puerta del
sótano el arroyo corría y corría, y algo
no te fue dado, o algo te fue
robado, algo con lo que naciste, y hoy
incluso a tus 30 y 40 años te llevas
la oleosa medicina a tus labios
cada noche, ponzoña para ayudarte
a caer inconsciente. Siempre pensé que
la clave fue lo que nos hiciste
de adulto pero luego recordé a aquel niño
siendo moldeado frente al fuego, los
diminutos huesos de su alma
retorcidos y fracturados, los pequeños
tendones sujetando el corazón
partidos en dos. Y lo que ellos te hicieron
tú no me lo hiciste. Cuando ahora te amo,
me gusta pensar que estoy dando mi amor
directamente a ese chico de la habitación tórrida
como si ese amor pudiese alcanzarlo a tiempo.


Enlaces: El poeta ocasional
Imagen: www.guardian.co.uk

Cambio.
Ahora suena de fondo, Johnny Cash y ese abrumador "The Man Comes Around", producido por un tal Rubin que lo rescata del olvido que la vida le regaló al final de su vida. Su voz profunda y seca, juega con los pájaros que picotean entre el pasto de este fondo de país, que habito y del cual, me parece, no saldré por voluntad propia.
Quedan cuestiones. 
Rusia invade Crimea y algunos parroquianos de este bar, sonríen esperando el día de la justicia. Otros, ni siquiera saben de Crimea o Rusia. Los españoles siguen creyendo en reyes y otros malvados históricos. Algunos en el bar, recuerdan desde aquí alguna república pérdida y no sonríen tanto, porque todavía recuerdan.
La vida sigue, me digo para mí. Mientras pienso en las plagas y en como eliminarlas. Raro juego de supervivencia que debemos enfrentar los jardineros de turno.
Asumió de nuevo la mujer chilena, hija de un torturado y asesinado por la dictadura. La persona, otra mujer, que la recibió es la hija de un presidente asesinado por la misma dictadura. Los tiempos van cambiando. De a poquito, pero no importa. Ese luminoso día de justicia, siempre asoma el morro por entre las nubes y nos hace felices para adentro, como siempre suele ser la verdadera felicidad.
Digo.
Recobro, en esta tarde todavía veraniega pero a la baja, un disco deslumbrante y obligatorio para aquellos que todavía suelen creer.
Bob Dylan, el viejo Robertito del barrio y un trabajo que por lo menos a mí, me partió la cabeza en cuatro mitades, como manzana madura cuando lo escuché por primera vez.
"Oh Mercy" es la demostración palpable del talento suelto de este hombre, que desde comienzos de los años sesenta viene llenando de música a buena parte de este planeta. Un tipo, que envejece mientras recorre los caminos haciendo conciertos. El tipo de hombre, que desde ese lugar, maneja los espacios sin envejecer a pesar de hacerlo, como todos y como suele ocurrir. Este trabajo, suena moderno y de alguna manera lo es, aunque ya tiene sus años sobre sus espaldas. Disco que escucho de tanto en tanto, con secreta devoción y del cual aprendo, en el cual descubro cosas a cada pasada. Este tal vez sea el mejor de los discos del poeta y cantante. A lo mejor, en este y a pesar de las discusiones, se encuentren las mejores canciones que produjo. Seguramente no habrá ni creo que haya grandes éxitos. Ni siquiera canciones murmuradas por aquellos seguidores de siempre, pero este disco, es un paso más dado por Dylan. Si primero fue pasar de lo acústico a lo eléctrico, creando ese escándalo que todavía resuena, en este, está el arribo a una época galopante como lo fueron los años ochenta.
Daniel Lanois es el productor y el que le cambió la historia a este gran músico y poeta, que sigue siendo Bob Dylan.
Disco para tenerlo siempre a mano. Comienza con "Political World" y ahí el mundo se acaba y recomienza de nuevo, como esas locuras que a veces tanto suelen gustarnos y que tanto solemos buscar casi desesperadamente.
Después le siguen algunas pequeñas joyas como "Man in the Long Black Coat" o la espléndida "Most of the Time" como para por lo menos simular nuestra aparente felicidad.
Un disco casi obligatorio para todos aquellos que crean que todavía sigue habiendo posibilidades al alcance de la mano.
Vuelvo.
Miro mi pequeño jardín volteriano (a los que les quepa el sayo, que se lo pongan), mañana deberé remover, podar, corretear cizaña y tratar de seguir creyendo que todo siempre puede ser posible.
Compañeros esto, como siempre, está todo pago...


martes, 18 de febrero de 2014

Por los márgenes

Despacio, muy despacito se vino el agua al pueblo. Llegó como el amor casi, descalza y de a poco fue trepando por las riberas de este arroyo manso, que nos saluda todos los días. Es febrero se sabe y por aquí el agua viene confundida con nombres y fechas. 
Así, una noche el arroyo se desbordó. Algo para contarle a nietos y amigos. Algo común, que sirve para rememorar otras torrentadas y otros tiempos.
" No, la del '93 esa si que fue brava…" Soltaba la vecina de la otra cuadra. "Me va a decir a mí, la del 2033 fue la más grande…" deslizaba el vecino lleno de hijos y solidaridad de al lado. Al momento, un camión de defensa civil, pasó dejando bolsas de arena para frenar el agua, ladrillos para subir los muebles y todos, en esa socialización extraña que tenemos los hombres, éramos todos cargando bolsas para los vecinos, socorriendo a aquellos que el agua los visitaba dentro de sus casas y la noche, que siempre se nutre de esperas, casi nos miraba con cierta placidez.
Fumando, mirando el agua crecer se vino la madrugada orillera y de a poco, comenzamos a retirarnos a nuestras casas. A esperar que el agua lamiera de a poquito las pertenencias de unos y otros, al rezongo de la pava sobre el fuego, esperando.
Dejó de llover y seguimos esperando. Era, es una anécdota nada más. Algunos lo pasaron peor y otros, en cambio ni se enteraron. Como siempre suele ocurrir.
"Vecino, yo le aviso si sigue la crecida…" Me dijo entre el silencio áspero, mi vecino. "Siga usted con sus cosas que nosotros estamos acostumbrados y cualquier cosita le avisamos…" apuntó el hijo mayor, mientras vigilaba el agua casi de reojo.
Febrero viene cargado de perfumes, de rumores y de pájaros. La mala, nunca dura toda la vida, pienso ahora.
Digo.
Es tanta la producción subjetiva que nos rodea, que se hace difícil tomar distancia. Sólo en los márgenes se produce. Se construyen realidades alternativas, allí donde no llega el poder, por descuido. Surgen rabiosas pautas de creación. Los medios de comunicación, yacen sobre la premisa falsa de informar desde otro lado, intentando llenar nuestro vacío con sus puntos de vista, que nunca, suelen ser los correctos, por lo menos para nuestras vidas.
Entonces, nos meten en peleas, que no son nuestras. Producen esa subjetividad aplastante, que nos impide desarrollar esa conjetura que se nos formula ante el vacío más concreto y eficaz al que nos tienen acostumbrados.
Esta estandarización global de maneras de pensamientos, la profundización forzosa de la introspección y de narcisismo, nos dejan indiferentes ante la expulsión del sistema capitalista de millones de personas. Esa condena establecida por casi decreto. Es entonces cuando resulta casi obligatorio dirigir nuestra mirada a los márgenes, porque es allí en donde podemos producir subjetividades, nuestras propias subjetividades, como lo pensó en su momento el inteligente de Félix Guattari, alguien que habría que volver a leer como al descuido y al tranquito sobón.
En los bordes entonces, estamos. construyendo solidaridades y espacios comunes. Por eso, esos bordes, son espacios de resistencia, en donde se producen subjetividades diferentes. Distintas, pero más nuestras.
A lo mejor, comprendiendo un poco esto, buscando un poco eso, es que uno concluye en que siempre hay algo que no se puede entregar. Algo que no se entrega. Algo que nos hace fuertes a pesar de todos los intentos producidos, por los medios, por el poder y por los enemigos.
Pienso.
Quiero plantar un tilo para cobijarme con su sombra, cuando el sol. Quiero recomponer aquello que he roto. Pedir perdón a quien corresponda y vivir ya en paz. Dejarme llevar por el viento de estas llanuras interminables. Esquivar a la muerte todo lo que se pueda y cuando llegue, porque siempre llega, saber que me he estado preparando para ese momento toda mi vida.
Tener un perro o un gato que se llame "sueñero" y que sea manso y nada más. Saludar a mis vecinos por las mañanas y perderme en las miradas de las mujeres lindas, sabiendo que vuelvo, siempre.
Mi limonero está alto y dando limones llenos de sol. Es mi homenaje secreto a Miguel Hernández ¿Por qué? Porque solo yo lo se o lo intuyo y porque con Hernández siempre hemos querido.
Escuchar el susurro de los árboles por las noches, entender esa charla secreta que mantienen desde el comienzo de la historia. Cuidar mis manadas de grillos y abrazarme con aquellos que cobijo en mi corazón. Tomar mate por las mañanas y creer en los triunfos del amor. Despedir al sol cada día y mirar al cielo ancho y mío, que me corresponde por pasión.
Esperar que crezca mi jazmín paraguayo, comprender que ese mensaje que otorga el colibrí cada mañana, es la vigilancia que me hacen las almas buenas a mí. Oir el murmullo de la vida y negarme siempre a la siesta y a la sopa, como metas primeras y únicas.
Entonces.
Descubro a un cantante. Gregory Porter. Tarde lo descubro y sin embargo, aquí estoy hablando de las bondades de este señor. Ruedan las palabras por todo el espinel. Porter canta y se paralizan por un momento nuestras ganas. Las mías y con eso tengo bastante. Es sencillamente buena música cantada por un excelente cantante. Es raro. La primera vez, no cuadra la voz con la imagen de este señor. Después, uno se acostumbra y disfruta como un conejo en celo con tanto talento. "Liquid Spirit" se llama y es uno de esos hallazgos que siempre me seducen. Avanzar siempre, buscar y seguir. Descubrir con fiebre y seguir, no importa nada más. Música para entibiar el almita de aquellos que siguen por el camino, que apuestan a crecer solamente para cambiar todo aquello que siempre merece la pena ser cambiado. Gregory Porter es un cantante al que los rótulos lo denominan o lo ubican dentro del campo del jazz o del soul. Extravagancias de aquellos que siempre intentan confundirnos y nos insertan preocupaciones, que para nosotros, los que siempre estamos de a pie, no nos interesan demasiado.
La confusión, la hacen los otros. Nosotros, seguimos confiando en nuestras propias fuerzas. 
Esa tal vez sea la mejor poesía. Escuchar a Porter y de repente, deslumbrarnos y seguir estando con los buenos.
De eso se trata. De plantearnos el descubrimiento. De dejarnos llevar por ese movimiento suave que tiene mucho que ver con el amor.
Digo.
Vuelvo al borde. A ese sitio de donde sacamos conclusiones. Tenemos la memoria, ellos en cambio no tienen ni siquiera eso. Por eso somos los mejores. Los buenos de esta película clase B, que insisten en hacernos vivir. Así y todo, creamos otras subjetividades, nos volvemos moleculares, usamos otros sobrenombres mientras que los arrepentidos, siguen con sus cruces a cuestas.
La calle sigue siendo nuestra. Por más policías y curas, que nos metan, nosotros seguimos siendo los dueños y el miedo, no duerme con nosotros. Construimos  nuestras vidas y salimos a campo abierto a buscar perdidos y extraviados. Nos sentamos al borde de los fuegos y contamos historias, mientras el vino nos reemplaza la sangre que llevamos a cuestas.
Por eso, por más que insistan en convertir todo esto en un camposanto, sabemos que los días luminosos de justicia nos pertenecen desde mucho antes de ser.
Vuelvo.
Bajó el arroyo, se fue bailando una cumbia morena. Las aguas bajaron, tengo bolsas de arena en el fondo de casa. Los vecinos, preparan su milagro de todos los días. Se juntan las horas y el día termina.
Acaban de anunciar multas a los supermercados por adulterar los precios. Se enojan los que tienen, porque no quieren perder. Pero tienen que pagar, les llega de alguna manera su hora.
También se juzga ahora a los jueces de la dictadura, por cómplices, por traidores y por torturadores. Los civiles, aquellos que le prestaron su nombre y su fineza a los perros de la dictadura, también van a ir presos, a cárcel común. También deben pagar sus culpas y es justo que así sea.
Vivo, no en el mejor país del mundo. Apenas en un suburbio de este planeta, de esta bola de barro que gira todos los días y que los poetas llaman mundo. No, no vivo en ningún paraíso, pero por ahora nos da un respiro este paísito casi delirante y de veras.
Me voy, me voy agitando pañuelos y con un tema de Gilberto Gil, viejo homenaje a Bob Marley,  que en su versión siempre logra emocionarme.
Como siempre, me despido sin más y les digo: compañeros que no sea nada.