En Zona

sábado, 20 de diciembre de 2014

Ese apacible malestar




Hoy se cumplen trece años, apenas trece años de la sublevación popular que arrojó de sus puestos a muchos, no demasiados, rufianes políticos. Ese día, 20 de diciembre, el pueblo, no la gente ni las personas, sino simplemente el pueblo derribó un gobierno que de alguna manera, había traicionado y arrebatado a millones la posibilidad de sobrevivir.
Se sabe, que cuando un pueblo se subleva no hay forma ni método eficaz para enfrentarlo. Ese día ni las balas ni los asesinatos a mansalva pudieron.
Trece años después, no obstante, los ideólogos, los matarifes y toda la canalla "democrática" que apoyó esa represión siguen gozando de su libertad. Libres, opinando y en algunos casos brindando clases magistrales en universidades católicas y privadas.
Digo.
Pero ese día pasó otra cosa. Dentro del contexto general del neoliberalismo imperante por estas llanuras y todavía por el mundo, se debatía si la solución fuese, primero de forma disimulada y después a los gritos, que se fuesen todos. Que los políticos dejasen la política y que de ahí en más, la solución pasaba por otro carril.
La clase media desorientada porque la cosa no pasaba ya por la mera satisfacción de las demandas, sino por el deseo se encontró de golpe que ya no basta con ser un explotado más, ser un esclavo de saco y corbata para garantizar sus ansias emancipatorias. Eso, ese momento había pasado mucho tiempo atrás. En aquel 2001 todavía no se reconocía el rostro de un mundo globalizado dominado  por el poder financiero.
No se lo conocía, como hoy lo conocemos. A pesar de ese cinismo o pesimismo que nos tiene rodeados  mientras el mundo se descose por momentos, a pasos agigantados, comprendimos que el discurso capitalista siempre y tajantemente condenó al ser hablante a ser esencialmente un individuo. Así vivimos un tiempo, hoy, en donde dicen que las transformaciones políticas no tendrán ningún sitio operativo.
En definitiva estamos en ese malestar pegajoso y con amplia difusión por los medios de comunicación que no informan y engañan sabiendo que lo hacen.
Vuelvo.
Ese 20 de diciembre, dimos pelea. Tuvimos bajas, más de treinta muertos. Acorralamos a la política entregadora y a sus perros en veinte manzanas a la redonda. Fue el combate más duro, rabioso y feroz que Buenos Aires haya vivido en sus años de historia. Desarmados, con piedras y palos contra fusiles y balas. Nadie se salvó. La policía como siempre, hizo su trabajo, en ese estadio, madres de plaza de mayo, mujeres con niños, adolescentes, trabajadores desocupados, militantes políticos, obreros del cordón industrial. Todos bailamos un baile de furias.
La cosa había comenzado a principios de noviembre, cuando los bancos le robaron sus ahorros a aquellos que todavía tenían algo. Cuando a los jubilados les quitaron el 13% de su jubilación para pagar la deuda externa. Cuando nos anunciaron por televisión que nos iban a rebajar los sueldos, mientras el índice de desocupación escalaba desnudo por las pantallas del televisor noche a noche.
El 19 de diciembre, amaneció caliente. A la tarde, el gobierno anunció el estado de sitio para evitar los saqueos que se venían produciendo en casi todo el país. Hambrientos, los desheredados salían a buscar alimentos a como diera lugar.
Ese día de diciembre, nos amenazan con el estado de excepción por cadena nacional. Antes de finalizar, salimos a la calle.
La dignidad no se negocia dicen. Salimos, solos, individualmente, caminamos por la ciudad y llegamos al Congreso.
No estaban esperando.
La represión fue dura y sin organización llegamos a la casa de gobierno. Y la cosa se puso peor.
Esa noche, recuerdo, volví de madrugada a mi casa. Sabía que había que volver a la plaza a pelear.
Pienso.
La pérdida de memoria es el despojamiento del sentido del pasado y de parte del presente también, que suele acompañarse de otras pérdidas.
Por eso uno debería como menos, volver a rehistorizar el pasado. Ponerlo en ese contexto y tratar de discernir para instalar la discusión definitiva si vale el caso, de tratar de reconocer las bondades de las democracias neoliberales que vive el mundo. Esa sería una de las tantas hipótesis que debemos evaluar a trece años de aquellos días, sabiendo hoy que el neoliberalismo es el nuevo totalitarismo imperante y bien visto por los dueños de todo y sus descendientes sangrientos.
En esta retirada al conformismo le perdimos la huella y el olor a los entresijos de la constitución del orden planetario, que en su base hace norma de la exclusión, acorralando a millones de seres en ese escalón de indeseables o prescindibles, futuros desaparecidos.
Esto por aquellos años no era nuevo. Uno sabía que debía quedarse enganchado en lo que fuese para seguir teniendo trabajo. Seguir siendo fuerza productiva y mirar hacia otro lado y cruzar los dedos.
Así pasamos por el menemismo, hoy indultado y llegamos al inicio de siglo pauperizados, con muertos y derrotados.
Ese 20 de diciembre sin estructuras, salimos a la calle a conquistar el poder real. Nos enfrentamos a ellos, a los que nos gobernaban alegremente, salimos a demostrarles que las bayonetas sirven para cualquier cosa menos para sentarse sobre ellas.
Hacía un calor abrumador. Entre los gases lacrimógenos me encontré con mi hijo mayor y su primo. Ya éramos tres y supe que podíamos seguir disputándole el terreno a los perros de siempre.
Al final de la tarde, a bordo de un helicóptero se fue el presidente y bailamos entre el fuego, miles de seres que habíamos hecho de la angustia un arma revolucionaria.
No fue la revolución ni creo que haya sido esa la propuesta. Fue el impulso libertario de definir de una vez y por todas, la capacidad popular de un pueblo que decidió enfrentar a los traidores.
Fue un día terrible, fueron días terribles, que marcaron a fuego y sangre a toda una generación que ese día decidió salir a la calle para enfrentar la historia y nacer.
El saldo fue duro. La pelea fue dura.
El después, ese día no interesaba demasiado, acaso existía una tenue percepción de lo que habría de llegar.
Los trece años posteriores descubrieron nuevos caminos, nuevos compromisos, ese momento de verdad ejercido en un momento igualitario se debieron más que nada a la experiencia, a la intervención de la experiencia de todo aquello que el capital  no puede reducir a mercancía.
Durante estos trece años, recuperamos cuestiones. Volvimos a sentir la alegría del estar juntos. Muchas cosas de las que perdimos nunca volvimos a recuperarlas. Pero fueron años de sentirnos un poco más cobijados. La manta de la historia por fin nos tapó algo durante las noches.
Así durante esas jornadas de lucha hicimos el intento de la construcción de otro ser con los otros y así hermanados, les  advertimos a los enemigos de ese nosotros, que no hay eternidad posible para los profesionales de la traición. Que más temprano que tarde, el pueblo ajusta cuentas. Desde esos días, los políticos y los poderosos tienen miedo.
Por eso hablan de tiranías, de inseguridades, de más policía, de más represión, de más cosas que los protejan.
Desde ese 20 de diciembre ningún político duerme tranquilo, porque la democracia es otra cosa y no la que, como el amo, nos quieren hacer colmar el agujero, porque el amo sabe que también tiene sangre y que también en algún momento se irá de este barrio.
Entonces compañeros, después de esa victoria, de la cual no hay culpables, porque se perdonan entre ellos, mientras miran de reojo. Porque se confiesan a media voz entre ellos mientras sienten el temor de que les quiten el negocio. Porque hablan con la boca torcida, ejerciendo la trampa como único ardid eficaz para seguir tejiendo a espaldas nuestras. Saben que están vencidos.
Por eso, porque siempre estamos rodeados y son para peor, les avisamos a esta canalla que se dice demócrata que con nosotros no se juega y si se olvidan, recuerden esos días del 2001.
Mientras tanto compañeros cuando quieran volver, los vamos a estar esperando como siempre.
Un abrazo y que no sea nada


sábado, 6 de septiembre de 2014

La palabra como forma del silencio

Cumplir cien años. Dejarse llevar por las palabras durante un siglo y seguir hurgando por el costado de las palabras hasta el final, como en un baile de locos y de anti poesía. Dejarse deslumbrar por la vida y detenerse al borde de esa vida para verla pasar desnuda. Nicanor Parra, chileno pero ante todo poeta acaba de cumplir sus primeros cien años de vida.
Años de peleas, de amores desenfrenados, de vinos calientes bebidos en mesas de maderas oscuras como los rostros de los obreros. Años de enseñarnos poesía al resto, de enseñarnos a sumar y a restar siempre, de enojos y enaguas, de muertos y vivos en la gran rueda de esta vida.


Manifiesto



Señoras y señores 
Esta es nuestra última palabra.
-Nuestra primera y última palabra-
Los poetas bajaron del Olimpo.
Para nuestros mayores
La poesía fue un objeto de lujo
Pero para nosotros
Es un artículo de primera necesidad 
no podemos vivir sin poesía.
A diferencia de nuestros mayores
-Y esto lo digo con todo respeto-
Nosotros sostenemos
Que el poeta no es un alquimista
El poeta es un hombre como todos
Un albañil que construye su muro:
Un constructor de puertas y ventanas.

Nosotros conversamos
En el lenguaje de todos los días
No creemos en signos cabalísticos.

Además una cosa:
El poeta está ahí
Para que el árbol no crezca torcido.

Este es nuestro mensaje.
Nosotros denunciamos al poeta demiurgo
Al poeta Barata
Al poeta Ratón de Biblioteca.
Todos estos señores
-Y esto lo digo con mucho respeto-
Deben ser procesados y juzgados
Por construir castillos en el aire
Por malgastar el espacio y el tiempo
Redactando sonetos a la luna
Por agrupar palabras al azar
A la última moda de París.
Para nosotros no:
El pensamiento no nace en la boca
Nace en el corazón del corazón.

Nosotros repudiamos
La poesía de gafas oscuras
La poesía de capa y espada
La poesía de sombrero alón.
Propiciamos en cambio
La poesía a ojo desnudo
La poesía a pecho descubierto
La poesía a cabeza desnuda.

No creemos en ninfas ni tritones.
La poesía tiene que ser esto:
Una muchacha rodeada de espigas
O no ser absolutamente nada.

Ahora bien, en el plano político
Ellos, nuestros abuelos inmediatos,
¡Nuestros buenos abuelos inmediatos!
Se refractaron y se dispersaron
Al pasar por el prisma de cristal.
Unos pocos se hicieron comunistas.
Yo no sé si lo fueron realmente.
Supongamos que fueron comunistas,
Lo que sé es otra cosa:
Que no fueron poetas populares,
Fueron unos reverendos poetas burgueses.

Hay que decir las cosas como son:
Sólo uno que otro
Supo llegar al corazón del pueblo.
Cada vez que pudieron
Se declararon de palabra y de hecho
Contra la poesía dirigida
Contra la poesía del presente
Contra la poesía proletaria.

Aceptemos que fueron comunistas
Pero la poesía fue un desastre
Surrealismo de segunda mano
Decadentismo de tercera mano
Tablas viejas devueltas por el mar.
Poesía adjetiva
Poesía nasal y gutural
Poesía arbitraria
Poesía copiada de los libros
Poesía basada
En la revolución de la palabra
En circunstancias de que debe fundarse
En la revolución de las ideas.
Poesía de círculo vicioso
Para media docena de elegidos:
«Libertad absoluta de expresión».

Hoy nos hacemos cruces preguntando
Para qué escribían esas cosas
¿Para asustar al pequeño burgués?
¡Tiempo perdido miserablemente!
El pequeño burgués no reacciona
Sino cuando se trata del estómago.

¡Qué lo van a asustar con poesías!
La situación es ésta:
Mientras ellos estaban
Por una poesía del crepúsculo
Por una poesía de la noche
Nosotros propugnamos
La poesía del amanecer.
Este es nuestro mensaje,
Los resplandores de la poesía
Deben llegar a todos por igual
La poesía alcanza para todos.

Nada más, compañeros
Nosotros condenamos
-Y esto sí que lo digo con respeto-
La poesía de pequeño dios
La poesía de vaca sagrada
La poesía de toro furioso.

Contra la poesía de las nubes
Nosotros oponemos
La poesía de la tierra firme
-Cabeza fría, corazón caliente
Somos tierrafirmistas decididos-
Contra la poesía de café
La poesía de la naturaleza
Contra la poesía de salón
La poesía de la plaza pública
La poesía de protesta social.
Los poetas bajaron del Olimpo.


Así entonces con Nicanor Parra de la mano, me aventuro a esta especie de ronda que dibujan aquellos que dicen entender o atender las necesidades del público. Me dejo estar en esta monocorde sensación de hastío que me produce este hedonismo atrasado que nos tiene, que me tiene, rodeado.
Vuelvo a leer a Parra, vuelvo a descubrir esas migas de pan que los poetas, sólo los poetas saben dejar a su paso para perderse a conciencia, para volver sin conciencia.
Entonces de golpe la realidad se tiñe de desacuerdo. Uno presume de patriota a la hora de la siesta, de interlocutor válido de tanto silencio contumaz, de caminante estático.
No, no se puede vivir sin poesía. Se debe construirla a cada paso.
Digo.
Se murió Gustavo Cerati, pero sigue vivo a pesar de los esfuerzos del periodismo en encerrarlo en el mausoleo a toda costa.
Lo conocí en un pasillo de una redacción llena de humo y otros olores. Hablamos un rato, cuando él era todavía ese nadie que solemos ser todos.
Quedamos para una nota. Nos despedimos y unas semanas más tarde, hicimos la nota. No había editado su primer disco como Soda Stereo, pero Cerati ya sabía de que se trataba todo esto. Veía, vio, la historia dibujada de antemano. Su propia historia y trabajó en consecuencia para ello.
Meses después fue la presentación de ese primer disco, en un McDonalds o algo por el estilo. El hastío, la brevedad de los años ochenta estaba en su apogeo. allá por el '84 creo. Todo era plástico, alegría, diversión y el inicio de la frivolidad a reglamento.Volvimos a encontrarnos con Cerati, en distintas ocasiones. El era dueño de un planificado sistema de humor, que lo defendía de algo. Era como un scanner que recorría los cuerpos de los otros cada vez que se acercaban a él.
Fue un músico importante, uno de los mejores cantantes que haya habido en este país. Además se convirtió a fuerza de talento en uno de los más notables músicos de esta eternidad que seguimos llamando rock nacional.
Cuando fue el final de esa fantasía llamada Soda, fue en un estadio de fútbol como correspondía. Ahí, Cerati se despidió de la gente al finalizar la presentación con un: ¡Gracias…totales! No se porque me acuerdo de ello, porque me detengo en estas dos palabras que un músico utilizó como despedida para cerrar un ciclo. Pero aún hoy lo recuerdo.
Se cierra así una historia, se unen dos puntos del camino. Pero el misterio sigue siendo la vida, la pura vida que tenemos por delante, la que nos atraviesa a cada paso y nos lleva hacia algún sitio, sin saber cómo vamos o lo que peor aún, por qué vamos hacia allá.
Con Nicanor y con Cerati, quise cerrar una semana extraña. 
Porque los poetas siguen bajando desde sus palabras el camino exacto a seguir. Porque están ahí a nuestro lado, cantándonos o solamente susurrando en nuestro cuello, las palabras justas, el silencio recordado.
Porque la palabra de alguna manera, reforma el silencio, forma parte de el y se desdibuja en el. Ahí está la poesía del chileno rebotando contra techos y camas. Ahí está también la poesía de este guitarrista, bailando en las cornisas entre los amarillos y ciudades de furias.
En fin, muchachos, esto está todo pago





viernes, 5 de septiembre de 2014

Música del alma

El regreso de Robert Plant con un nuevo disco, siempre es cuestión de alegría. De aquellos años locos de Led Zeppelin a nuestros días, mucha pero mucha
agua ha corrido bajo tantos puentes. Hace unos años volvió a emocionar cuando junto con Allison Kraus hizo un disco maravilloso y exitoso. Era el 2007 y el mundo parecía bailar sobre la cubierta del Titanic. No obstante ese trabajo sirvió para revitalizar la imagen de Robert Plant. Luego le siguió otro trabajo que casi pasó sin pena ni gloria y ahora, hace días nomás acaba de aparecer este disco. "Lullaby and… The Caeseless Roar" con The Sensational Space Shifters como banda de apoyo. Disco oscuro y a la vez profundo de un cantante que a pesar de los años, sigue manteniendo el ritmo. No levanta casi la voz, se mantiene sobre la música como una ola que avanza arrojando espuma siempre para arriba. Pero en medio de todo están los sonidos venidos de otras partes de este planeta. Ahí se mueven sonidos emparentados con otras culturas y que siempre atrajeron a este cantante, incluso en algunos momentos de la formidable banda que lo hizo conocido a finales de los sesentas, cuando junto con Jimmy Page coordinaron el inicio del sonido más espectacular que recuerde la música popular del mundo.
Bueno disco de este británico que regresó a Londres y realizó este trabajo interesante y notable. Además vuelve a traernos a este héroe de nuevo entre nuestras cosas. La banda que lo acompaña es también de una maestría delicada que poner al servicio de Plant un verdadero  colchón de sonido para que se recueste en el y pueda cantarnos lo que quiera o lo que sabe, que no es poco. Disco para tener en cuenta a la hora de dejar atrás tanto hedonismo y tanta frivolidad.
Cambio.
Disco perfecto por donde se lo aprecie. De nuevo Hermeto Pascoal vuelve a sorprender a fuerza de talento. Disco de colección que le sirve a este músico para desplegar sonidos y más sonidos. Aquí acompañado por Aline Morena y se acaban las palabras. Disco perfecto que sirve para seguir adentrándose en el mundo peculiar y personal de este talentoso creador de América Latina.
Aparecido a finales del 2006, sigue manteniendo su vigencia que se manifiesta en cada una de las canciones que pueblan este trabajo. Con toda la carga de su territorio natal Pascoal, sigue desenvolviendo su capacidad a toda máquina, para continuar con su trabajo de asombro hacia nosotros, simples mortales sedientos de buena música. Dueño de una carrera que no puede ser olvidada, proveniente si se quiere del jazz o de la música en general, logró cruzar fronteras y regalarle al mundo una serie de discos inclasificables, pero necesarios a la hora de recorrer el paisaje de este continente.
"Chimarrao com Raspadura" se llama esta pequeña obra de arte, que no tiene difusión en ninguna radio del planeta tierra, pero que sin embargo suena por todo el planeta a pesar del silencio imperante el la llanura de las buenas costumbres.
Música, sonidos e ideas al servicio del aprendizaje personal de cada uno de nosotros, que vibramos con la buena música y la alegría que la misma suele destinarnos a cada uno de los mortales atrevidos, que todavía resistimos a pesar de todo.
Otra parte más.
The Cure fue, o es, una de las bandas que nos distrajeron allá por los años ochenta. Oscuros, lograron un cierto renombre con discos que aún hoy siguen sonando.
Pierrick Pédron descubrió el jazz a los 16 años de edad a partir de allí, con su saxo a cuestas inició un camino propio. Hace un tiempo editó un disco dedicado a Monk. Sorprendió. A mí me entusiasmó. Ahora Pédron lo hace de nuevo. Acaba de publicar "Kubic's Cure". Un trabajo que recorre algunos momentos de aquella banda de rock. Canciones interpretadas a la manera y con la visión de este músico nacido en 1969 en algún sitio de Francia.
No es un trabajo fácil ni sencillo. Por ejemplo abre con "A Forest" y uno lo reconoce, pero dura menos que un abrir y cerrar de ojos. La banda que lo acompaña y él mismo, se encargan de buscarle la vuelta. De dar vuelta una canción y descubrir nuevas variables.
Las similitudes escasean y ahí a lo mejor radica la fortaleza y la belleza de este trabajo. Suena The Cure, pero es solo un espejismo, ahí en la música suena Peirrick Pédron con su saxo alto marcando las pautas esenciales de un trabajo complejo y sutil al mismo tiempo.
Los tiempos cambiaron y sin embargo, resuena en mis oídos por ejemplo "In Your House" como lo hizo en su momento, pero ahora, más turbulento, más arriesgado y por lo tanto mejorado por el paso de los años para todos nosotros.
Disco imprescindible para saber que ocurre hoy en una buena parte del mundo del jazz y sus suburbios.
Otro cambio.
Vuelven los imperturbable y meritorios Phish con un nuevo disco en un nuevo regreso. Una de las bandas norteamericanas más interesantes de la escena musical. Dueños de un talento sin límites, estos músicos, maestros en los conciertos casi eternos, vuelven al disco de estudio con "Fuego" después de mucho tiempo de carreras en solitario de cada uno de ellos. Trey Anastasio, Jon Fishman, Mike Gordon y Page McConnell regresan con un disco espectacular. Con el sonido característico que los viene acompañando desde mediados de los años ochenta. Han vuelto y con eso, algunos, tenemos bastante. Nada es como parece ser en el universo Phish y eso es lo de menos. Porque Phish es heredero directo de otra banda emblemática, salvando las distancias, que se llamó The Grateful Dead y que marco también una divisoria de aguas en su momento.
Tanto los Grateful como Phish, suelen gustarme sin prejuicio. Muchos no comparten mi afición por esta banda de talentos, que hacen música desde hace tanto tiempo. Sin embargo, debajo del sonido de Phish, siempre hay como una corriente oculta, que se desliza furiosamente por debajo, dejando la superficie en calma.
Ahí, a veces me parece que siempre suele asomar una punta de esa contracultura que floreció hace mucho y que pareciera, olvidada. Ahí están entonces estos cuatro señores haciendo de nuevo de las suyas. Mezclando sonidos, buscando nuevos caminos, porfiando en la propia capacidad de creación para deslumbrar y seguir haciendo muy buena música afortunadamente.
Sigo.
Y Lars Danielsson lo hizo de nuevo.
Volvió a reunir el equipo del primer Liberetto y recomenzó en donde habían dejado en su momento. "Liberetto II" es música de cámara si se quiere. De una sutileza perfecta y de una confluencia de sonidos que emociona. Disco impecable con una de los mejores pianistas del momento como lo es Tigran Hamasyan y que sostiene la melodía que Danielsson dibuja desde su contrabajo.
Disco esencial, jazz del bueno, que a pesar de ser despreciado por los norteamericanos, goza de muy buena salud. Conviven en este disco diferentes tratamientos sobre la mezcla de música popular, clásica y aquella que surge de las entrañas.
Sin lugar a dudas Danielsson es alguien que sigue buscando. Alguien que interpreta las diferentes pistas que esa búsqueda le van brindando. Sin ya en los trabajaos anteriores de este sueco, uno fue descubriendo trazos originales, en este, el último hasta el momento, están cruzando cada una de esas pistas que han hecho de su carrera, una de las carreras más interesantes que se hayan dado en Europa en los últimos tiempos.
Vale entonces para todos aquellos que aman las cosas bellas y sinceras. Un trabajo inobjetable y casi necesario para los momentos especiales que siempre creemos merecer. Algo que no es poco.
La última.
Me sale mi costado de barrio. No puedo evitarlo. Es más fuerte que yo, mucho más fuerte.
Lo pongo y suena de fondo "Love The One You're With" y tiemblan las paredes de esta casa en la periferia de la nada. Suenan las guitarras de aquellos viejos héroes y yo, estoy aquí, sentado y todavía vivo.
CSNY1974, se llama esta pequeña joya rebelde. Ahí están Crosby, Stills, Nash and Young en el verano de 1974 reencontrando el camino. Ahí están sumando músicas, paredes de respuestas para los enemigos de todo.
Ahí, mis vecinos se asoman y sonríen en esta pre-primavera que vivimos, pero no bajo la música, por el momento.
No son perfectos, no guardan ningún tipo de relación con este presente que vivimos. Pero sin embargo el espíritu de aquella rebelión, sigue latiendo en nuestras manos. Ahí, se suman las emociones, ahí uno se descubre cuarenta años más tarde, moviendo el cuerpecito con esta música de barrio.
Grabado en vivo en un estadio, mantiene la misma magia y el mismo fervor. La sangre inquieta y decida.
Esta música del alma que me acompaña, me sirve para esperar confiado, para convidar a mis amores, para soñar los días, para construir el amor, para desnudarme y  volver a vestirme. Esta música que sobresale como una ola en un mar demasiado confuso y aburrido que nos toca en suerte.
En fin, compañeros esto, esto es lo que hay...

Como un río que fluye

Como en un cuento, el relato se yergue por encima de cualquier suposición. Contar noticias de esta parte del mundo se torna, en mi caso, cuesta arriba. Contar para sujetar una realidad, que siempre es pequeña comparada con nada. Por eso, me detengo y elijo un cuadro de Lucien Freud, para inventariar en palabras, sonidos que se encadenan en un sinfín con ningún destino. Sirve una pintura, un trazo, una parte de ese todo vedado para todos, para mí y que sin embargo se convierte en un momento detenido sobre un lienzo, escondido en una palabra, disimulado en una mirada que no es inocente, como ningún gesto lo es a simple vista.
Se desdibuja, hablando de pintura la conexión con ciertas pautas, ciertos límites del color. Un cuadro es apenas una muesca que queda estática en el río eterno de cuestiones que nos persiguen desde siempre.
Entonces es ese cuello dibujado, sometido al color el que nos recuerda cuellos, pieles, tactos entrevistos a lo largo de décadas de peregrinaje.
Lucien Freud me gusta, por su vida, por ese calor que supo dibujar en cada tela. Me gusta por su historia. Por ese intento de romper con aquello que siempre estuvo roto.
Un pintor y su mundo.
Descubro.
Partes de esa discusión que nos sitúa en el borde. Hablamos de nuestras cosas, cuestiones inmensas que se pierden en medio de un mundo distante, delirante, anárquico y sin embargo palpable. Nos situamos en nuestra historia y eliminamos al resto. El resto no existe en tanto y en cuanto a esa finitud que nos hace insoslayables. Contrabandeamos verdades creyendo que son únicas, inobjetables y rotundas mientras que en otra cama, en otra parte ocurre lo mismo.
Rumiamos letanías, ignorando lo chico de todo. Lo leve, lo apenas visible de nuestro mundo. Entonces desde esa pequeñez que somos, vamos amontonando pistas que se pierden en las primeras sombras.
Se acerca la primavera, se huele en el aire y comienzan los perfiles de las flores a asomar del sueño. De a poco, todo vuelve a desentrañar sus respuestas.
Me detengo.
Dino Saluzzi vuelve a hacerse presente en mi discoteca personal con su último trabajo pensando y desarrollado en su segunda patria. Desde Alemania llega esta pequeña joya de música casi de cámara. Un disco lento, detenido en las alturas de una cima creativa que sigue alumbrando pequeñas obras de artes, que desde hace años sigue trazando un camino diferente, alejado y casi cristalino. Saluzzi músico proveniente del folklore argentino, solía tocar en los bailes de carnaval en los cañaverales de su provincia. Allí entre fragores propios del fin del mundo, él, sujetaba su bandoneón y hacia girar a hombres y mujeres en torno de una melodía apasionada.
Sin trabajo, ni dinero para comer, un buen día decidió emigrar. Se fue lejos, a un país extraño y difuso para el resto de sus compatriotas. Se fue con su familia y con su música. De a poco, logro conmover y un buen día, alguien le comentó a otro alguien sobre ese talento oscuro que tocaba una música extraña. Ese otro alguien fue a verlo y se deslumbró. Lo llevo a su sello discográfico y lo hizo grabar, lo que el músico quisiera. Y él grabó y desde entonces, Saluzzi se convirtió en una leyenda pura y duradera.
"El Valle de la Infancia" es el último momento en la carrera de este músico orgulloso, en él Dino Saluzzi vuelve a ese paisaje interno que lo lleva a rastras por el mundo. Es música popular tratada con ese conocimiento rotundo que los creadores saben trascender. Ahí están las preguntas que se hace Saluzzi ronroneando músicas que le vienen desde el comienzo de los tiempos.
Un disco exquisito, profundo. Un trabajo que sigue derrochando talento en cada uno de sus temas. Sigue entonces Saluzzi marcando caminos a pesar de ser  ignorado. El lo sabe y algunos de nosotros también.
Digo.
Sumergidos como estamos en un mundo que descoloca a cada paso, en donde todo se ha vuelto vértigo puro, cabe preguntarse por los motivos de ese mundo, este mundo hacia el disparate.
Una nueva alianza promete exterminar a un grupo de salvajes, cobijados y protegidos por ese misma alianza que quiere su exterminio. Los nuevos nazis quieren el exterminio de un pueblo sin tierra, mientras el mundo mira para otro lado. El poder quiere que Japón reforme su constitución para volver a tener ejército y ser el gendarme del Pacífico. Un español que el algún momento gobernó el reino, viene al sur a darnos lecciones de democracia y a hablarnos de las bondades de ser sumisos y mansos.
En fin noticias del mundo que a veces me sorprenden en medio de la nada.
Vuelvo.
Me distraigo y de repente me descubro agradecido. Un cuadro que sueña y que describe un algo detenido. Otra vez la magia de milenios deteniendo en el aire, gestos, rituales. Otra vez y gracias a esto, me detengo yo, frente a una sombra pintada y me dejo llevar hacia esos costados inmateriales de la vida misma. Un rastro de pintura que hace pensar. ¿Es ese el objeto de la creación? Me pregunto al tiempo que mastico ese tiempo parado frente a una obra.
Un cuadro como oportunidad única de reconciliarse con esa magia profunda que significa dejar plasmado un momento, una secuencia que fluye desde un pincel detenido frente a un lienzo, antes del primer trazo, de ese primer recorrido que indefectiblemente habrá de seguir buscando esos atajos, que son en definitiva el hecho creativo.
Miro a esa pareja que mira. Me cuelgo de sus solapas y me quedo, me estaciono en el rumor pleno que a ellos los embarga.
Un cuadro entonces es ese algo que revierte toda presunción. Uno está ahí, quieto, mirando y a pesar de conocer todo sobre la persona que pinta, desconoce todo, absolutamente todo sobre las intenciones enjuagadas de color que pueblan la tela. La historia dejando sus rastros.
De ahí entonces la felicidad de ser público de esta detención de los tiempos que corre pareja con la voracidad del artista.
Es un acto de pasión. Un profundo acto de pasión silenciosa, ajena a toda causa. Viviendo esa ajenidad perpetua que lleva a una persona a enarbolar un pincel cargado con el peso justo de pintura y determinar esa frontera, que solo el talento suele traspasar y hacer felices a nosotros, el resto de mortales ninguneados por la solemnidad de creernos, por un momento, que lo nuestro es lo más importante que ocurre en el mundo.
Como un río que fluye, perezoso y tenue, vamos descubriendo de a ratos esas pequeñas marcas que dejamos en los márgenes de todo. Vivir como vivimos en la frontera y sabernos, alegres y confiados que nuestro amor está plasmado en la pared de una caverna portátil que llevamos a cuestas. Ella pinta para que el mundo recomience a cada pincelada, yo, agradecido, me dedico a mirarla y esperar una nueva pista.
Compañeros que no sea nada.


miércoles, 2 de julio de 2014

Ladrón de bicicletas

Mientras el mundial de fútbol discurre, ese juego organizado por una entidad mafiosa que concita el interés de millones de abonados, miro, presenció los partidos por la tele. Me dejo llevar por ese rinconcito salvaje que vive conmigo, puteo, carajeo a los rivales y de pronto, grito los goles, como cualquier mortal sujeto a esas pasiones inexplicables.
Es como el amor me digo. Esa lenta y profunda sed que subyace junto a nosotros. Domesticados y ansiosos de placer como estamos, el amor, el sexo sigue siendo la gran cuestión.
De eso se trata el psicoanálisis ni más ni menos. Planteamos el placer que vivimos y también planteamos una mayor producción de placer. Ese pequeño motor que nos lleva a desear y nunca estar satisfechos de nuestros deseos.
El fútbol a lo mejor, entraña algunas de estas cuestiones. eligen a un jugador y lo convierten en un sex-symbol de entrecasa. Suspiran, suspiramos todos. Ese objeto del deseo en pantaloncitos, que trota y trota por el verde, nos conmueve.
Pero dejo pasar esta instancia.
Después de años y años de ni siquiera recordar, un buen día, me encuentro con una bicicleta de nuevo entre mis cosas. ¿Una bicicleta? Si, un hecho paradojal que me remueve despacito la sangre en estos días. Una bicicleta que me pertenece, que me lleva pedaleando al fin del mundo o hasta la próxima esquina nomás. Y uno no se olvida. Son esas cosas que suenan en uno desde siempre. Dicen los que saben, que hay dos cosas que nunca se olvidan. ¿Será? Claro que es. Es como el amor. Pasan los años, cambian los cuerpos, se pierden pelos, dientes y hasta miradas, pero de ese equilibrio sobre dos ruedas, uno no se olvida, como de los pasos a seguir en la comarca del amor-
Volví a tener una bicicleta después de muchos años, muchos gobiernos, muchas alegrías y también muchas tristezas.
¿Me la prestás para dar una vueltita a la manzana?
Así, en una ciudad de provincia polvorienta, de siestas largas y silenciosas, me hice amigo de esa aventura. No era dueño de ninguna bicicleta, no tenía. Dependía de la bondad o del aburrimiento de alguno de mis amigos. Tener una con manubrio chopper o con el manubrio invertido, para las de carrera, era lo más. Ponerle un globo entre los rayos de la rueda trasera, para sentirnos acompañados por el sonido mientras nos íbamos de travesía.
Y allí iba, rebasando las esquinas, doblando o derrapando. Silbando o solamente sonriendo con la boca llena de sol.
Regresaba y la dejaba apoyada contra el cordón de la vereda. Apoyada sobre uno de los pedales en la frontera de piedra de la acera. Mis amigos seguían ahí, deteniendo la vida de puro aburridos o de puro inmortales que éramos en aquellos tiempos.
Al rato, volvía a pedirla y otra vez, la aventura de ser inquilino de una hazaña. De sentir que me deslizaba.
En realidad aprendí a andar en bicicleta gracias a una prima que vivía en una provincia vecina. También una tarde de avispas, hormigas y piedras, me dijo "¿Te animás a bajar la cuesta en mi bicicleta? Dudé. No sabía andar ni montarme en ella. Desconocía la mecánica oscura de esos aparatos. "Dale" le dije. Sacamos la bicicleta a la calle. Esta bajaba casi un kilómetro, cuesta abajo.
Me enseñó a poner los pies en los pedales. "Por los frenos no te preocupes…no tiene" fue lo último que le oí antes de empujarme.
Y allí fui en vuelo rasante. Aferrado al manubrio, esquivando perros mordedores. Solito con mi alma. A pura velocidad cortando tanto silencio.
Cinco o seis veces terminé estrellado contra la calle del fondo. Cinco o seis veces volví andando cuesta arriba, raspado, sucio y cinco o seis veces volvía a deslizarme ante el silencio mortal de mi prima.
A la larga, sabía que terminaría por aprender. Y aprendí.
"¿Me la prestás otra vueltita? Le decía tiempo después a mi amigos de la esquina. Ellos accedían y yo disfrutaba.
Después, me mudé de ciudad. La vida cambió y el recuerdo, se fue guardando de a poco, entre telarañas y polvos vencidos.
Pasaron los años.
Este país no es amable. El progreso, los cambios, el ocultamiento de la pobreza, desterraron las bicis de las calles de la ciudad. Estaba mal visto, era poco serio. La tontería nacional de la confusión permanente. Así, me alejé de ese momento mágico de mi incipiente adolescencia. Nueva ciudad, nuevas costumbres y nuevos tiempos.
Pero los tiempos cambian. Del ninguneo clase media pasamos a la edificación de esta nueva gloria. En Europa se utilizan,  y de nuevo, los argentinos somos ciclistas en sendas especiales porque aprendemos de aquellos que utilizan las bicicletas y volvemos. Con cascos, coderas y rodilleras.
¿Me la prestás un cachito?
Y ahí iba mirando el paisaje, esquivando pozos o adoquines rebeldes.
En fin.
Sigue el mundial. Siguen los fervores. Me dicen mis amigos, que no sea anti argentino ante mis críticas futboleras. Me acusan de anti patria y sonrío. Me gusta el fútbol, siempre me gustó. Durante muchos años asistí a partidos, jugué y me encantaba siempre encontrar habilidosos en mi camino. Es un juego raro, que resulta embriagador.
Más allá de cualquier cuestión, por momentos este juego se vuelve increíble.
Es mentira que uno sea totalmente imparcial. Esta dinámica de lo impensado que es el fútbol hace de uno una especie de animal, que quiere a toda costa, que su equipo arrase al otro, le gane y soporte después nuestra alegría casi eterna para con su frustración.
Ayer.
A pesar del partido, Fue un día gris. Frío y lento. Igual, muy parecido al de hace cuarenta años atrás cuando se moría Perón. El viejo. Esa zozobra que nos apretó la garganta a muchos. Que nos paralizó, a pesar de saber el final que se acercaba de antemano, a las puteadas y a los enojos y furias y desaliento mortal que significó romper con él, unas semanas antes en la plaza de siempre.
Aquel primero de julio de 1974, me veo, me recuerdo recorriendo avenidas desiertas, a bordo de un colectivo también vacío. Hacía frío. Iba mirando por las ventanillas, mucha policía, demasiados puestos de control en las salidas de la capital. Mucho silencio. Mucho miedo bailando en las esquinas de una ciudad metida para adentro.
El miedo era salado. Yo como muchos, comenzamos a verle la enagua a la noche que se nos venía. Sabía de que se trataba o por lo menos lo intuía. Tenía veinte años y la boca seca. Demasiado seca como para olvidar tanta sed de luto.
Pasaron muchos años en estos cuarenta años.
 Cambio.
Releo en este hallazgo de cosas que se me cruzan por el camino a Julio Cortázar.
"Rayuela"viene de nuevo a jugar conmigo. A pesar de ser decretada su extinción, este es un libro memorable. Perdió a lo mejor un poco de irreverencia, pero sigue fresco y lo más campante. Vuelven a confundirse conmigo esas rutas que siguen en sus páginas guiando a los pocos cronopios que hoy siguen intentando algún tipo de truco. Este libro es otro mundo. Es un mundo descabellado y cierto, presentido en cada uno de sus capítulos. En la forma de jugar que cada uno de nosotros emprende en estas ganas de llegar al cielo.
Incluso, creo, que muchos aprendimos con él a hablar, a pensar, a presentir esa vida arrebatada que siempre nos habrá de esperar en cualquier barrio, en cualquier ciudad.
La Maga o Talita en alguna esquina. El cielo cerrado, las calles que llevan su nombre como flores en los ojales. La literatura tomando en serio la idea de juego. La literatura que vuelve a ser lo que realmente es: una mentira bien contada.
A pesar de ser invierno, este pueblo se detiene conmigo en cada página que leo, existe esa obligación de mantener lo irreal como real y obligarnos a nosotros, los lectores, a despeinar tanta seriedad. A reírnos a solas. Las grandes obras se construyen con alegría, porque no buscan nada más que hacernos vivir la fantasía. Aquellos que no creen en este mérito propio de la literatura, son los que anuncian lo contrario.
Entonces, es entonces cuando dictaminan la muerte o el poco merecimiento que merecen hoy aquellos escritores que edificaron una obra que perdura.
¿Se puede leer hoy este libro?
Creo que si. El tiempo ha pasado y se nota. Pero también "Rayuela" mantiene sana esa ilusión de lo fantástico, de un viaje detenido en el tiempo. Mantiene una historia, una historia de amor como pocas se han escrito en castellano durante el siglo pasado. Pero además este libro, representa una manera certera de libertad, que se ha consolidado con el tiempo.
Entonces a pesar de ser algo vetusto, Rayuela tiene vida.
Me deleito leyendo o volviendo a buscar esas pistas que en su momento busqué con aquella vieja edición de Sudamericana, que porté por cuanto paisaje se me pusiese por delante y que leí con una tenaz voracidad cuando era más chico.
Invierno.
Acaba de aumentar el boleto de los colectivos, los muchachos de los laboratorios medicinales aumentaron por las dudas los remedios. El gobierno los multó y lo tipitos volvieron a bajar los precios. Un juez yanquee cree que nos gobierna desde su pisito en la quinta avenida y no sabe, del rumor de los cielos que claman justicia. Los tontos de la oposición braman porque no encuentran la forma de torcerle el brazo al gobierno. Otro torturador está en la cárcel. Los de siempre andan diciendo que hay que hacerle caso a los fondos buitres. Los periodistas cuando no,  engañan y juegan para los poderosos. Las inundaciones de siempre están arrasando parte de nuestra geografía y miles de compatriotas, han perdido todo menos la dignidad.
Noticias del paisito, que sigue resistiendo.
Pongo música.
Rescato un disco viejo. Son Graham Nash y David Crosby, en su primer disco luego del bello experimento que fue Crosby, Stills, Nash and Young. Primer paso en los lejanos '70. Ahí, en sus surcos están plasmadas las voces y las intenciones de estos dos. Disco perfecto y que resiste a su manera el paso del tiempo. Ahí están algunos de los detalles que hicieron grandes a estos tipos en la historia de la música popular del mundo. Mezclas y definiciones. Disco imprescindible.
Era un disco, cuando había discos, de tapas difíciles para abrir y cerrar, toda negra y con la fotito de ellos dos, tal vez saludándome esa tarde que me lo compré en 1972 cuando salía del trabajo y me iba a estudiar. Bajo el brazo hasta el arribo hacia el puerto en donde descansaba mi wincofon mono, con una púa más parecida a un clavo que a cualquier otra cosa. Ahí estoy sentado, como ahora, percibiendo sus voces, descubriendo sus sonidos. Ahí estoy como ahora, dejándome impregnar por esa música que siempre estuvo a mí lado.
Dicen, aquellos que saben, que la música que siempre escuchamos es aquella que escuchamos cuando recién comenzábamos a vivir.
Puede ser. Entre tanta música que convivo, están estos héroes esperando al lado de otros más actuales que confluyen hacía mí derribando prejuicios y falsedades.
Me gustan. Me siguen gustando a pesar de todo.
Y sigo con la música.
Porque una habita y es habitado por sensaciones que se arrastran ocultas entre tanta palabra y tanta maraña que los desconocidos de siempre, nos disparan a cada rato para confundirnos el deseo o por lo menos, para construir ese deseo que ellos quieren para nosotros.
Pobres objetos del deseo o alegres sujetos del deseo que a veces solemos ser.
Porque de eso se trata tanta cháchara.
De reconocernos como engranajes deseantes y no satisfechos. A pesar de nuestras negaciones, en el fondo solo deseamos.
Como la muerte la tenemos ganada, nos queda esa secreta sensación de deseo no consumado, a pesar de todas las pruebas, a pesar de ese placer que se nos niega o ese otro, que desechamos por otro, por el próximo, que será tan corto y extinguible como el anterior, pero será.
Porque siempre pensamos que la duración de todo es hacia adelante, que uno acaba y sigue hacia adelante, no hacia el costado o hacia abajo o acaso hacia arriba. La vida parece ser que es un hacia adelante, que está ahí, que existe frente a nosotros, porque el dolor solo crea pasado y esas cosas, se amontonan. Porque el futuro no existe, es solo un deseo en el que creemos. Pura imaginación.
Se dispara el placer, el deseo nos obliga siempre a recitar la queja que se abraza a todo deseo. y así vamos.
Cambio de música.
Siempre me puse difícil. Mi timidez ancestral asmática me llevó hacia ese lugar. Era la forma más clara de protegerme y de buscar un sitio cálido y sin excesivas preguntas. "Touch and Flee" de The Nigel Cowley Trio es una buena opción. Miércoles al mediodía. Suena este trío y me siento feliz. Un buen pianista a veces te arregla el día, me digo, mientras los pájaros hacen árboles en mi fondito de la periferia proletaria que habito. Suena Cowley y se detienen las moscas en su incesante chocar contra vidrios. El frío se queda quieto y la música me hace pensar.
Un disco excepcional. Una sensación de flotación conlleva la poética de este músico en su último trabajo. No es muy difícil seguirlo y el asombro me gana por momentos. Ahí está lo que está pasando en el mundo de la música. Ahí se notan las señas y los datos, que todo esto que se mueve ignorando las leyes de mercado y sus discusiones. Ahí se estacionan todas las apuestas. Este secreto que muchos llevan a cabo, sigue produciendo lo mejor de la música de estos tiempos. Nada queda igual, todo se superpone en un discurso que no conoce fronteras y que ni siquiera las respeta, ya que las fronteras no se han hecho para los vientos, las lluvias, sino solamente para nosotros, pequeños hombrecitos perdidos.
Gran disco, con una gran traducción del romanticismo musical, que se erige en pared contra tanta post modernidad fascista.
Gran disco, gran momento de este pianista que suena sincero.
La música rarita, me permitió soslayar ritos, esquivar sitios o situaciones mudas. Hacerme el difícil, me permitió de alguna manera, sentirme seguro.
De ahí que yo nunca llevaba discos a los bailes, porque mis discos, no eran para bailar, según decían mis amigos de entonces.
Invalorable trabajo de este trío entonces que sirve para matizar la espera, para aguardar que cambien los vientos y dibujarnos placeres en estos cuerpos deseantes y a veces sedientos.
Mientras tanto y como quien no quiere la cosa, me voy con mi bicicleta a merodear por el pueblo que duerme la siesta y late. Mi bicicleta y yo, seremos por esas cuestiones, parte del paisaje o mejor dicho: paisaje andariego y poco más.
El sábado Argentina se juega los cuartos ante Bélgica. Otra vez a sufrir, a maldecir en voz alta. A asombrarnos y volver a descubrir a ese pequeño bárbaro que nos habita con bastante disimulo, pero que aflora en el momento del gol o de la patada artera o de la injusticia de los que reparten justicia. En fin.
Mientras tanto compañeros: esto como siempre, está todo pago...