En Zona

jueves, 17 de febrero de 2011

El regreso del pez banana


Cuesta mucho consolidar el concepto de la mejor literatura del mundo sin caer en exageraciones ni en esa sutil tendencia a percibir que lo elegido por uno, es lo mejor que ha sido escrito y que nunca podrá ser superado, porque para eso estamos nosotros, especies de viudas rabiosas que defendemos el legado del muertito con el cuchillo entre los dientes.
J. D. Salinger, fue un escritor determinante. Uno de esos raros fenómenos que surgieran de la segunda guerra, con una visión estremecedora y rotunda de la misma.
Tal vez, una prueba de ello, sea "Para Esmé con amor y sordidez", un cuento demasiado serio para ser ignorado, un cuento que habla de lo que no habló la literatura norteamericana en ese momento. Un cuento que forma parte de ese libro obligatorio que se llama "Nueve Cuentos", los cuales debíeran ser también obligatorios en todas las escuelas del ramo.
Salinger, el ermitaño perfecto que desapareció de la vida pública en la década de los sesenta, construyó un mundo, en donde los adultos eran los málditos. "El Cazador Oculto", "Nueve Cuentos", "Carpinteros ¡Levantad la viga del tejado! y Seymour: una introducción" y "Franny y Zooey" son solo las diferentes puntas de icerberg grandioso, que sigue flotando y hundiendo barcos alegremente.
El Cazador Oculto o El Guardián entre el centeno, como manual de magnicidas en los años ochenta: el asesino de Lennon, el tirador contra Reagan lo utilizaron como camino para la redención o viaje oblicúo hacia la nada. También el detestable Mel Gibson lo utilizó en una película olvidable junto con Julia Roberts en una especie de film de intriga paranoide y bien al uso de Hollywood.
Digo.
Con el cadáver todavía fresco de Salinger, faltaba una muesca más. Por eso o tal vez debido a eso, acaba de aparecer una biografía notable del escritor."J. D. Salinger: Una vida secreta" de Kenneth Slawenski.
Una paseo respetuoso por una vida atormentada, por los caminos de un escritor que nos acerca, no desde el chisme, sino del convencimiento de estar ante uno de los grandes escritores del siglo XX que nutrieron con su talento a cientos de tipos que solo queríamos avanzar en esto de aprender, de aprehender una mínima cuota de esa vida que nos narraban en sus pocos libros.
Este trabajo viene a sumar, a reflejar de alguna manera, ciertas partes que Salinger, dejó al margen.O que quedaron a oscuras sencillamente.
Digo.
La primera vez que leí "El Cazador Oculto" o "El Guardián entre el Centeno", tenía, creo la edad de Holden Caulfield, el personaje de este maravilloso libro. Recuerdo la sensación que me produjo, algo que invariablemente se repitió en cada relectura a lo largo de los años, algo que se mantiene cada vez que abro sus gastadas tapas y me sumerjo en ese Central Park de finales de los años cuarenta.
Y como en un juego, también invariablemente, con esa inocencia que todavía anida en algún sitio de mi humanidad, vuelvo a preguntarme adónde irán los patos de ese parque en el invierno.
Los que saben la denominan novela de iniciación. No se qué quiere decir esto, tampoco me importa demasiado correr hacia los atrios en donde se glorifica a Salinger hasta convertirlo en una especie de verdad rotunda y sacrilizada.
Creo que Salinger fue ante todo un hombre que vivió una experiencia devastadora y que desde ese dolor volvió y dejó una obra perfecta. Pequeña pero contundente que sirve, nos sirve para seguir confiando en la capacidad arrebatadora del arte.
En la era del envase es bueno recordar de vez en cuando el contenido.
Ahí están en mesas de libros de bolsillo, sus libros. Vale la pena, ingresar en ese mundo paralelo que construyó Salinger. En esas soledades fundadas a contracorriente de tanto romanticismo desplegado sobre los horrores de una guerra cruel, que sacudieron un mundo ancho y ajeno para muchos.
También está ahora esta biografía construída desde el respeto, que sirve para aquellos que como yo, nos seguimos preguntando sobre el sitio que eligen los patos del Central Park para apsar el invierno.
Digo.
La dimensión de un mundo depende de nosotros. La longitud de un amor solo es nuestra decisión. Amamos o dejamos de amar, con la constancia de los suicidas. No nos llevamos nada. Lo único que por un mínimo momento nos pertenece, es ese débil descubrimiento de algo mejor. Es esa puerta que se nos abre durante una fracción de segundo. Algunos pasan por ella, a veces la gran mayoría no. Pero de eso se trata.
De descubrir una vida contada por otro y dejarse llevar, no pensando en el regreso, sino esperando impaciente el próximo paso, no importa cual ni hacia donde, sino el hecho de acometerlo y saber, que nuestros rastros son solo huellas sobre el agua.
Con Salinger me ocurrió esto y por fortuna me sigue ocurriendo cada vez que me pierdo entre sus palabras.

domingo, 30 de enero de 2011

Blues de invierno


Invierno duro si los hay, los de este tiempo de cambios, de este tiempo de intentar poner todo sobre una mesa y comprender, de buscar preguntas nuevas, de recrear respuestas antiguas y ya acobardadas.
El bueno de Joaquín canta en algún sitio del departamentito de Hortaleza sobre trenes que descarrilan por las mañanas. La calles están desiertas en un domingo más, gris y lluvioso como se lleva por estos tiempos.
Pero la memoria sigue ahí. Intacta, recién bañadita, desnuda y esperando por más en mi cama. La tele sin sonido, el gris entrando por la ventana, la cebadura que espera un recambio de yerba, mientras la estufa escupe calor. Y ahí,solo ahí está esparando la memoria.
Memoria que se pone arisca ante un silencio dogmático, vergonzante, especulativo y traidor de aquellos que siempre hablan por televisión, en los periódicos, en las radios histéricas. Que nos recuerdan que el paraíso de la democracia está aquí y no a algo más de mil kilómetros de distancia.
Digo.
Europa traiciona. Traidora de viejas traiciones. europa que se mira el ombligo y que disimula los casi trescientos años de luchas sociales, de mejoras, de cambios, de conquistas sociales que iluminaron a ese mundo oscuro por piel y por esclavitud, que vive invariablemente en ese ancho y conflictivo sur.
Un silencio funerario recorre los despachos de políticos, un silencio de traidores se cobija en sindicatos y parlamentos. Mientras del otro lado,comienza un terremoto, que no importa si trae beneficios o desolaciones, si se trata de un viento muy loco o de una lección moral, que trasciende cualquier educación académica y se constituye en las viejas arcas de la memoria en sensaciones que hacen de una revuelta, una especie de nueva e inacabada lección moral.
Túnez, Egipto, Yemen o Jordania, son los escenarios que le quitan, le han quitado el habla a tanto político profesional y con asesor de imagen, que nutren nuestros día a día como en una vieja comedia de enredos.
La comodidad, esta de estufas encendidas, de ventanas seguras, de músicas que vuelan por la casa no es la que se vive en otros sitios.
Tanto dictador sostenido por Occidente. Tanto cerrar los ojos y venderles armas, tanto discurso y tanta medalla. Tanto dinero para sostener torturadores profesionales y entrenados, aquí, al lado de uno, no alcanzan. Está visto.
Digo.
Tanta urgencia por controlar la red, el mal de todos los males no es por unas cuantas pesetas para un autor malo, ni para una distribuidora de California. Eso se sabe.
Se trata de hacer lo que hicieron los serviles de El Cairo, cipayos entre los cipayos. De bloquear la red, de asesinar los teléfonos móviles. De callar, de amordazar las citas para derrocar la impunidad de unos multimillonarios que gobiernan para otros en países lejanos.
No puede haber tanta libertad suelta. Eso dicen los muñecos elegidos por el voto popular en las diferentes zonas de este continente que sigue las guerras locas de los dueños del mundo con gravedad y cierta alegría, pero que cambian de rostro, cuando los muertos vienen envueltos en banderas de allá lejos y tienen que dar explicaciones que nadie ni siquiera el propio muerto embanderado llegan a creer.
El caos creativo, lo denominaron los dueños del mundo. A ello apostaron cuando nos hicieron creer que las armas de destrucción masiva acabarían con nosotros en pleno barrio de Lavapiés mientras nos tomábamos el último carajillo de nuestras vidas.
Ya un dictador se fue de madrugada, pero todavía quedan otros.
La izquierda, nuestras izquierdas muertas de muerte cerebral, son como las gordas de Botero, simpáticas y desbordadas. Que desde hace unos años a esta parte, no tienen ni idea por donde pasa la historia.
Digo.
Siempre hay un sueño. Las puebladas latinoamericanas, las insurrecciones populares, el fuego de las conciencias impulsan una sensación, dormida, latente que nos parió desde siempre. Ante la impunidad, ante el abuso, la violación o el tiro en la nuca, cabe no dar ni un paso atrás.
Hace años en Buenos Aires decíamos, mientras los políticos gorditos y perfumados, genuflexos a los pedidos del poder de turno se doblaban en dos, decíamos ni olvido ni perdón. Nadie se hacía eco de esto. Todos seguían indiferentes, hasta que un día, otra generación recreó esto y ahí la cosa cambió.
Cuando el dueño congeló los ahorros, cuando los ajustes lo llevan a cabo sobre los de a pie, cuando arreciaron los palos y el silencio se casó con la justicia, solo hubo que desensillar y esperar que aclarase. Ya vendrían otros, ya habría crecimiento en la acción y el resultado, sería indefectiblemente el mismo.
A lo mejor por esto, las imágenes de Túnez o El Cairo, para nosotros los sudacas, los del viejo sudor sudaca nos hagan aparecer la vieja sonrisa justiciera en nuestros arrugados rostros.
¿Qué diferencia existe entre una foto tunecina o alguna surgida del laberinto de aquella América Latina? ¿Qué diferencia el gesto crispado de un muchacho de un barrio medio cairota con alguno de
El Alto, allá en Bolivia enfrentando a la policía, que si bien es diferente siguen siendo la misma cosa represora?
Digo.
A lo mejor, esto termina esfumándose una mala madrugada de ginebras. A lo mejor son solo muecas de una máscara que no cambiará jamás. No importa.
Pero ver, de vez en cuando a algún dictador auspiciado por Europa o los Estados Unidos, huyendo de noche con sus toneladas de oro, sus primeras damas despeinadas, sus secuaces familiares con cierto temor, rodeados de fusiles es ya un buen regalo.
¿A qué le tiene miedo occidente?
A fundamentalistas desharrapados, que rezan un mantra sin solución de continuidad. Este es el temor, tal vez. El espanto producido por otro color de piel, por otra forma de ver el mundo. ¿Por esto? ¿Por qué deberán negociar nuevos y ajustados planes de servidumbre con señores que hablan de otra cosa?
Pero esa misma vieja Europa no le teme a tipos como Berlusconi, a tanto fascista, que ha recuperado el habla gracias a la globalización y se apunta a los temores primarios del tipito que ve que su empresa, no la suya propia, sino en la que como esclavo conforme, se va un día a otro paraíso de explotación.
Entonces la cena está servida.
Pero seguimos sin entender el punto básico de esta discusión: la globalización es un peldaño más en el discurso imperialista. Las riquezas del norte desarrollado, proceden de las penumbras del sur sometido. La materia prima, se protege con dictadores adeptos, con armas y con disimulo a ciertas injusticias. Mientras estos garanticen el paso de esa materia prima, esas riquezas a unas pocas multinacionales, que en la mayoría de los casos suelen utilizar esclavos, la cosa está más que clara.
Tal vez no alcance.
Me preparo otro cafe. Enciendo un cigarrillo, Sabina sigue cantando. Un domingo gris. Las noticias siguen cruzando el mar. Cazas de combate vuelan a baja altura sobre la Plaza Tahrir de El Cairo. La señora Clinton pide que la sucesión del regimen egipcio sea ordenada. Hay enfrentamientos entre policías y manifestantes en Argelia. Arden las arenas del Sahara y por ahora, Occidente bien gracias.
Digo.
Instalados en la seguridad de nuestras vidas, vemos un mundo que se amolda a nosotros. Nuestras lecturas, nuestras músicas, nuestros amores cotidianos, nuestras enfermedades pautadas, nuestras traiciones premeditadas, nuestros miedos de juguete. Toda esa población de un cierto y controlado bienestar. Nuestros fantasmas, nuestra ceguera placentera. Nuestro silencio cómplice.
Vemos ese mundo desde esa comodidad neutra que nos ofrece el sofá. Nuestras oraciones laicas para conservar el empleo. Nuestro flatulento consumo a perpetuidad de todo lo que haya por consumir a nuestro alrededor. Nuestra deseo mimético de ser los guardianes del templo en donde comulgan nuestros amos esperando, tal vez que un día, nos inviten a dicha comunión en igualdad de condiciones.
Nuestro espíritu delator. Nuestra voracidad anestesiante. Nuestras infidelidades permitidas. Todo en un paisaje casi ascéptico y monocorde, pulcro y domesticado.
Así vamos.
Mientras el fuego ilumina el cielo del otro lado del mar. Mientras algunos, por ahora insisten en esto de tener un poco más de dignidad, en esto de utilizar el coraje en algo más certero y más orgulloso.
Ahora, solo nos queda a nosotros vivir con la vergüenza a cuestas, de estas democracias occidentales y cristianas, que guardan silencio y rezan, para que esto no les ocurra en sus centros comerciales o en sus callecitas de juguetes, que por ahora, solo por ahora tiene un solo dueño.
Porque el tiempo siempre corre a favor de los vencidos. A no olvidarlo.

martes, 11 de enero de 2011

La Reina Batata


Mi primer recuerdo, polvoriento y pérdido es el de su voz sonando en un viejo winco en el fondo de una casa en Banfield. Eran tiempos absolutos de infancia desenfrenada, ahí un tío joven de esos que nunca faltan, desocupado, bohemio y rebelde trajo uno o dos discos, no soy exácto porque la exactitud es una forma de matar la poesía de vida.
Así entre indios y soldados, goles a la hora de la siesta, baqueanos de hormigas y una perra loca que saltaba como un pájaro, fuí descubriendo las travesías de una tortuga que desde una lejana provincia del sur iniciaba un viaje delirante, loco y enamorado.
Pero fue su voz la que me llevó a paisajes lejanos, a palabras que de dichas muchas veces, cobraban nuevas alturas y que me arrugaban el alma por aquellos años.
Entonces.
Con María Elena hay un quiebre, un recorte y un tiempo distinto. Hasta ella, lo pensando para niños era hecho pensando para grandes pero de estatura mínima, gritos, cachetazos y gestos que amplíaban un camino trillado. Desde ella, apareció otra cosa.
La fantasía que tenían los cuentos contados por alguien sentados en nuestras camas. Historias que nos llevaban asombrados a territorios ricos y nuestros.
Ahí están sus libros, sus poemas, sus discos que forjaron más de dos generaciones, que fundaron una patria con cielos de estrellas y con historias. Era el paisaje del reino al revés, de la vaca que estudiaba, ese del baile alocado de un mono resuelto, porque todos, sin excepeción veníamos del país del no me acuerdo.
Canciones que sonaban por las tardes y que se colaban entre nuestros juegos mezclando palabras mientras el sol, que no tenía bolsillos nos marcaba nuestras sombras. alejándonos definitivamente de gatos con botas, de caperucitas y de pinochos y nos hacía desembocar de pleno y por fin, en un país como el que era, como el que sigue siendo a pesar de tanta tormenta.
Entonces.
Años después, ya como adolescente y queriendo enamorarme la descubrí en una foto de Grete Stern. Descubrí una mujer apoyada en una ventana, con un cuello de camisa excesivo, asombrada, joven y casi invencible.
El mismo tío aquel que tejía certezas en el patio del fondo de un barrio del sur, me acercó a una María Elena para otros, para los más grandes. Esa de la serenata para la tierra de uno, la de los ejecutivos y la larga lista de descripciones, que formaron una idea, por lo menos en mi cabeza.
Aún casi adolescente, en una calesita de una provincia del norte, puse sus discos para sorpresa de viandantes y niños, más niños que yo. Ahí comenzaba, en esa calesita en un parque lleno de vida, mi primer intento de subvertir ciertas cosas de la mano de una poeta, escritora y cantante, que años antes me había ubicado en un universo distnto.
Ahí en esas tardecitas jujeñas sonaba la estupenda reina batata despeinando cabecitas y almitas que desembocaban en un mundo de juego y de certezas.
Tiempo después por esos ojos invencibles, descubrí que su pasión se había llamado Juan Ramón Jiménez y gracias ella, ingresé en el mundo de un poeta, de sus palabras.
Con el tiempo como suele ocurrir en las historias de amor, nos separamos. Vinieron otros poetas y otras circunstancias. Me olvidé de ella en mi loco afán de buscar otros favores y otras estrellas.
Entonces.
María Elena Walsh cantando en un escenario de la ventosa Necochea en los enero de la infancia. Construyendo desde la nada un territorio nuevo, duradero y revolucionario. Padres sumando nuevas palabras para sus hijos nuevos.
Siguiendo las pautas de esta obra novedosa, comenzamos a no ser parecidos a nuestros padres ni abuelos. Iniciamos nuestro propio y primer camino desde la fantasía más rotunda que hayamos descubierto en esas tierras.
Con tortugas, reinas, monos lisos, vacas y reinos, que como siempre debían ser al revés para ser creíbles y nuestros. Así desde la escritura y el talento, fuímos creciendo y viendo crecer como plantitas a nuestros hijos en una apuesta inédita y formidable.
Entonces.
Un día sobrevino en es tierra de uno, la crueldad, la era del fuego y esas crueldades únicas. Ella se refugió entre sus libros. Nosotros buscamos amparo y seguimos. Marta Giménez Pastor, otra gran poeta de mundos formidables para niños, con una generosidad sin par, me enseñó la poesía para "grandes" de María elena, forjando Marta mi reencuentro con esta muchacha de Ramos Mejía, hija del inglés del ferrocarril.
Después vinieron los hijos y su música siguió sonando, sus palabras siguieron jugando entre nuestras vidas, consiguiendo que nuestros brotes, abrieran los ojos de sorpresa mientras definían sus fronteras y consolidaban de a poquito sus viditas nuevas.
Al comienzo de los años ochenta, la enfermedad la sitió. María Elena comenzó una nueva lucha. Una nueva polémica por vivir.
Pero lo importante de todo esto, es que la reina batata, puso en su lugar a fuerza de talento y coraje, un mundo aluvional que terminó enterrando definitivamente a ese otro mundo, viejo y distante que trataba a los niños como locos bajitos, fantasmas en definitiva del mundo de adultos que les esperaba a la vuelta de la esquina.
Ella, María Elena y tantos otros desde el talento forjaron a pesar de las críticas de la academia, un espacio nuevo, una tierra nueva con brotes que había que cuidar de otra forma, con otras maneras.
Había que descubrir y estas mujeres y hombres nos hicieron descubrir a través de la poesía, de la música, del teatro que el mundo de la infancia merecía la honestidad y la inteligencia necesaria para hacernos mejores.
Entonces.
La noticia hoy es la muerte de esta mujer menuda, de ojos claros. Aquella que un día se fue a París y junto con Leda Valladares, con ponchos y canciones antiguas como el mundo, cautivaron a cierta bohemia de los años cincuenta. La misma que visitó al poeta español en su casa de exiliado para descubrir palabras cautivas y la forja al rojo vivo en donde también este fundaba mundos parelelos.
Se murió en Buenos Aires, pero Manuelita vieja y arrugada como buena tortuga saldrá nuevamente desde Pehuajó o de alguna otra ciudad de ese vértigo horizontal que es esa meseta pampa que se parece al destino mismo, para recorrer los mismos caminos como si nada hubiese ocurrido.
Pero por esas cosas que tiene esta vida, prefiero recordarla cantando, desafiando hipocresías. Haciendo lunas cuadradas con las manos, esperando que aquellos que estaban mirando con la boca abierta le comunicaran el error en un juego de acertijos inacabable y perfecto.
Prefiero quedarme con sus poemas y con su mirada azul. Con esa magia y ese corazón y olvidar el resto.
Se llamaba María Elena Walsh y algunos duendes andan ya por ahí, extrañando de veras.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Postales madrileñas


31 de diciembre de 2010

Fumo acodado al balcón. Saludo a un vecino díscolo que desafía el agua de fin de año. Algunos vuelven con las cestas cargadas para la comida de esta noche. Las calles comenzaron a vaciarse temprano. Los autobuses circulan en medio de una soledad ciudadana y la gente, se abraza y se besa, casi sin darse cuartel.

Esta ciudad es como un tango de Rovira. Como un buen tango de este señor serio que nos deslumbrara a algunos en algún momento de nuestras vidas allá en el sur del mundo.

Fumo y pienso casi en voz alta, para mí, solamente para este ciudadano que desanda los caminos para no llegar a ningún sitio.

Pienso.

Se acaba por fin el siglo veinte. Si en eso pienso. Creo que esta década, que termina en unas horas, es por fin la clausura de un tiempo que se negó a marchar en el momento que suelen marcar los calendarios.

El invierno viene colorado. Los años son ya un escándalo no previsto. Nunca pensé llegar hasta aquí. Me parecía lejano pensarme con esta edad, con hijos, nietos y la fortuita sensación de tiempo pasado, de todo tiempo pasado.

Nunca hice listas de los hechos de un año, de los mejores libros, de las mejores caricias ni de las mejores palabras. Creo que esta excusa, se remite a esa sensación de intentar atrapar el momento, en el cual fuimos felices de una felicidad que no siempre vuelve o que por lo menos se desdibuja en un momento fugaz.

Algún exagerado, ya está encendiendo petardos.

Cuando era innecesario pensar en los finales, pensaba que los árboles estaban apretados contra el cielo, que no había que saber de donde se venía sino adonde se iba. También que las gotas ciegas del sereno, eran la antesala de noches quietas y que la tristeza era un país sin nombre. En ese tiempo pensaba cuando creía que a lo mejor todo secreto era parte de la vida misma.

Pienso.

Estas son siempre fechas extrañas. Un regresa siempre con los ojos desconocidos a estos momentos. Uno se despide insensible de algunos y abrumado por otros. Se reconoce, uno, en una alegría disimulada, por querer compartir con el otro esa emoción, que a veces se arrastra con nuestra sombra.

Estos años me han dado, dos nietos y un nuevo país. Algunas alegrías lentas y una extrañeza de sentirme en un sitio que me ha devuelto el idioma del mío que es casi el mismo o se le parece bastante, sus pasiones y sus rabias. De a poco, de a poquito este país, me lleva sin darme cuenta a las playas del mío.

No me han quitado la memoria, tampoco los olores y sabores de esa tierra lejana. Es en este tiempo en donde llueve, en donde todo pasa y se olvida como toda verdad. Sin embargo y a pesar de ciertos milagros de contrabando, miro a ese otro país, con otros ojos.

Ni mejor ni peor.

A veces suelo olvidarme de los caminos, pero se regresar y cada 31, desde hace unos años a esta parte, me ilusiona la certeza de ser de otro país. Un país de necesidades y de violencias que ya no duelen. De horizontes eternos y de la certeza de poder. A veces me da por ahí el último día del año.

Soy un sentimental, lo se.
Alguna vez, los amigos diestros dieron en conjeturar que el paso los años era solamente una manera de ver las cosas. Esos amigos, que compartían su vino sin preguntar quien bebía con ellos, esta noche habrán de encontrarse y cuando llegue el momento de los abrazos, entregarán una parte de sus respectivos corazones para que el otro, tenga para el viaje.

Y pienso.

La llama nueva de mis hijos, la de mis nietos. Aquellas banderas descoloridas que algún día fueron un cielo de banderas como decía González Tuñón, esa tierra seca que ya es nuestra tristeza, aquellos ojos que miraban todo por nosotros, la poesía de ser lo que uno es en realidad. Menos mal que tenemos la palabra, menos mal.

Se termina el año. Ya hay trabajo en las cocinas, todos se preparan a su manera y cada uno, seguramente, hoy habremos de brindar por el motivo que sea, por las cuestiones sencillas, las imposibles, por las que vendrán a pesar de nosotros o porque nosotros queremos que así sea.

Algunos habrán aliviados, otros en plena resistencia y otros estacionados en la esperanza gratuita de un tiempo mejor. Como siempre suele suceder en estos barrios lejanos.

Pero sabemos que no hay balance que alcance. Que entre el debe y el haber, algo se nos queda en medio del río. Que las cuentas no cierran, que se viene la noche, que me salió todo bien, que hoy seré feliz a pesar de todos, que ojalá se les congele la sonrisa a los de turno, que esta noche cierra algo que nunca cierra, que... pero de esto, de todo esto se habla el lunes, que ya es otro año y la cuenta comienza de nuevo, que embromar...

Un abrazo.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Un Cuento de Navidad


Todo comenzó como un juego. Escuchando el silbido del viento entre los árboles. La música de fondo no hacía cerrar los ojos y el calor realizaba siempre el resto. Eran las navidades en un barrio suburbano del sur, obrero y popular, de una ciudad lejana y demasiado plana.
Mientras crecíamos nos dedicábamos a mirar pasar los trenes, y veces solíamos poner monedas en las vías para horror de las vecinas que nos acusaban de querer descarrilar convoyes y otras maldades.
En aquel momento, los días eran eternos, largos y casi aburridos, aunque nunca eran iguales.
Por imposición debía quedarme sentado en la puerta de la casita barrial. Así estaba hasta que Juan, cruzaba la calle y me rescataba.
Entonces comenzaba la pasión. Juntos aprendíamos las reglas de una buena gambeta. A pegarle a la pelota con el pie de tal forma, que esta, tomaba el aire por asalto y se transformaba en algo nuestro yendo hacia otro sitio.
También, descubríamos como nuestros barquitos de papel, sorteaban ese mar terrible que eran las acequias, pensando que él y yo, íbamos en alguno de ellos desafiando olas y monstruos invencibles.
Cuando oscurecía, nos deteníamos en el terreno baldío en donde, cual estadio desierto, cobijaba nuestras hazañas extraodinarias como una caja, que atesoraba nuestros goles, nuestros jadeos y nuestras transpiraciones saladas como los mares del sur.
Así comenzamos a hablar. La conquista del mundo. Ninguno quería ser policía. Solo los bandoleros nos entibiaban el corazón.
Después, fuímos creciendo. El y yo, fuímos construyendo nuestras vidas. Un día nos juramentamos no olvidarnos nunca de nada.
Pero por esa época, ya todo comenzaba a ser un poco más rápido.
Digo
Prisión común para los asesinos de uniforme que asolaron las piedras de ese país lejano. Cadena perpetua para aquellos que se jactaban de luchar contra un ejército de enemigos de la patria. Castigo para estos hombrecitos, que secuestraban niños y los regalaban a otros hombrecitos para quitarles de encima el virus de rebelión que tenían sus padres. Cárcel para estos señores de la guerra, que mientras asesinaban delegados sindicales, entregaban comunicados en donde se detallaba que dichas muertes eran producto de enfrentamientos armados. Siempre, claro está, los muertos, los ponían los del otro lado. Siempre eran de un solo lado.
Los dueños de haciendas, tierras y vidas, pasarán lo que les resta de vida tras las rejas de una prisión común, como debe ser.
Aquellos que llegaban de noche, amparados por el silencio, esos que desde la jauría demostraban su bravura indómita, están ahora en el sitio justo. Ni olvido ni perdón.
Con Juan nos dejamos de ver. Cada uno siguió como pudo con su vida. Cada uno eligió los rostros y los cuerpos que comenzaron a ocupar nuestras vidas. Siguiendo las reglas de un país de inmigrantes, cada uno emigró de barrio, de abrazos y hasta de incendios.
Después me llegaron rumores sobre él y se que le llegaron rumores sobre mi. Ya los días corrían por aquel entonces como lagartijas bajo el sol.
Digo
Se que en algún lugar, debe haber baile y brindis. Que dejando de lado tanta tristeza, la sensación de un tiempo de justicia, justifica tanta emoción.
Emoción que me hizo mascar el freno en un país extraño, que nada sabe de esto, con gentes que a la cual esta sensación no les cabe en sus telefonitos de última generación, en esa mirada de sorpresa porque no tengas coche, que seas uno más que toma al autobús o el metro, personas ensimismadas en su mundo de cartón pintado y casi desangeladas. Esta sensación que tuve fue solamente para mí, en medio de un frío gris. Sin nadie con quien festejar, festejo con la rabia de la justicia, que no reconoce reyes que apoyan el saqueo ni patria más justa que la memoria certera. Está visto, veo, que la alegría debe ser como dictan por estas playas los dueños de tanto deseo amordazado.
Esa sensación de inabarcable alegría y profunda tristeza la compartí solo. Con mis muertitos, con las caricias que me faltaron, con las lágrimas bebidas de rato cuando no había más que pena y olvido.
Supe años más tarde, de la vida de Juan. Retazos, supongo que el habrá sabido de mí. La muerte era un estado más. Nada en definitiva porque preocuparse.
Pero debo detenerme.
Este hecho puntual nos ha perseguido desde 1983, cuando uno de estos nuevos ricos, habló de los dos demonios. Desde ese momento, uno supo que nada iba a ser igual.
Los tibios. Los cobardes. Los que fueron cómplices por acción u omisión. Los que festejaron y los que callaron. Los que respiraron aliviados. Los de la camiseta de fútbol. Los demócratas de la primera hora. Los curas que bendecían picanas. Los hombres y mujeres de bien que siempre supieron qué por algo los habrían ido a buscar. Los que llenaron la plaza a los asesinos festejando.
Estos, se adueñaron de una cierta verdad. Y durante las décadas siguientes intentaron silenciar todo.
Digo
Este cuento de navidad es una especie de festejo rabioso por un acto de justicia.
Una noche, uno de esos que hoy tienen la perpetua, estaba en un bar.
Libre, impune, sabedor que no habría castigo para el, héroe de cartón. No quiso pelear, defenderse. Se quedó sentadito esperando la ayuda que no llegaba. Temblando. Tembloroso, conoció el sabor del miedo. Por lo menos, ese, lo supo en carne propia.
Otro, que sacaba cuchillos de combate ante cada insulto, ya tiene su quinta cadena perpetua y ahora, finge una enfermedad para no compartir sus días en un pabellón de presos comunes.
El otro, el jefecito de todos ellos, cree que lucho en una guerra contra indefensos salvajes que querían un poco más de justicia. Ahí está la cárcel común, para todos ellos.
Porque se sabe. Las jaurías siempre terminan dejando atrás a los inservibles. Otros los reemplazarán llegado el momento. Esto lo sabemos también y de sobra.
Ahora el resto, nosotros, respiramos un poco más aliviados.
Las caras de todos los que nos faltan, están un poco más limpias. Las banderas siguen ondeando por ellos. Nuestras alegrías siguen siendo nuestras y vida tiene ya otros síntomas.
Hasta ahora, no hubo ni olvido ni perdón. Ninguno hizo justicia por mano propia. Elegimos hundirnos en nuestras tristezas, oscurecernos, convertirnos en sueñeros y seguir el rastro de ese dolor con olor a gusano que, en cada resaca nos asaltaba con nuevas furias y nuevos dolores.
Muchos de nosotros hoy ya no estamos. Algunos pegaron la vuelta, otros concibieron el sueño. Algunos se dejaron ir. Otros renunciaron sin previo aviso. Algunos aferrados a tanta tristeza se consumieron como las tardes de invierno. Otros clausuraron las palabras y como las mariposas fueron hacia el fuego.
Digo.
Estas condenas, sirven para los que crecieron durante estos años. Nuevas generaciones que tienen la oportunidad de comprobar como las democracias, esta por ejemplo, crecen a paso lento. Como se castiga a aquellos que fueron en su momento dueños de la vida. A lo mejor para ellos, para estos que crecieron en otro tiempo, este hecho les sirva para crecer en un sitio un poquitito más justo. Algo más limpio.
Entonces, sin nadie con quien festejar, me puse a destrenzar recuerdos. Nombres y cuerpos de aquellos, que compartieron junto a mí, una nueva vida. Porque si el deseo produce, produce lo real.
Nada más que por eso.
Recuerdo hoy a los míos, a los que durante años y años, me siguieron el rastro desde fotos en blanco y negro. A aquellos que desde la derrota, implementamos la memoria como el mejor arma.Como la manera más eficaz de resistir, asumiendo el riego de ser el tío viejo que en todas las fiestitas se pone melancólico y furioso, que siempre repite lo mismo y que finaliza cuando se apagan las luces y queda solo la estúpida sensación de ser el latoso de siempre, querible pero pesado alfinal de cuentas.
Por eso, ahora que los asesinos están en prisión. Los Juan, los Ricardo, los Alejandro, las Alejandras, los Carlos, las Susana vuelven a soñar un poquito más.
Nada más ni nada menos.
¡Ni olvido ni perdón!