En Zona

sábado, 7 de enero de 2012

Postales de Barcelona


Foto: Miguel Miño
 Día 1
Mediodía.
Barcelona es una posibilidad. Una posibilidad extensa y suave que espera recostada sobre el azul de un día transparente y detenido. Sin una queja me arrimo a una ciudad que siempre es amable conmigo. Sin excusas y sin ser turista uno abraza. Y es abrazado por otros cuerpos en la búsqueda permanente de ritos que hagan más fácil la supervivencia en un desierto demasiado extenso y árido.
El tatuaje, lleva como inscripción la tirantez del lenguaje. En algún sitio figurará esta ciudad, con sus costados que invitan al descubrimiento posible y decidido. Perderse una mañana de sol por el Borne, dedicarse la pausa para mirar cómo el sol sigue su viaje por los rincones de un paisaje demasiado visto, pero nuevo.
Siempre es bueno volver a aquellos sitios en donde todo se revisa, en donde todo está justo en el lugar justo.
Una ciudad que siempre es. Enmarañada de turistas, sugerente y distante. Escucho voces amigas que hablan, que me hablan desde ese costado mudo del amor.
Se sueña con retornos. Se avizoran tiempos y cambios, se recuerdan historias. El pasado está y comparte con nosotros el tiempo de gracia que alguien nos otorga como un regalo.
Digo.
Me suena en algún lugar del cuerpo la música de Luis Alberto Spinetta. Está enfermo, como tantos. Sin embargo se hace de esto, una cuestión de premisas y pautas periodísticas. Le sacan fotos en la puerta de su casa mediante un engaño, para mostrar el físico de una muerte que venerá algún día más ejemplares. Delgado, demacrado aparece en una foto montaraz y siniestra.
Hay que ver la muerte en los otros. Eso vende. Ahora es un músico, antes fueron los belicosos que querían cambiar el mundo. No importa.
Desde algún sitio, suena su música. El tiempo pasa y es la voz de una banda sonora interminable que como un sinfin que desde la oscuridad nos viene acompañando siempre. ¿Siempre? Si y sin valorizar ni declamar letanías, el, el "flaco" está ahí con sus cosas, con sus canciones, con sus rumbos a veces no entendidos ni claros. Nos hizo, como tantos otros y nos hicimos como tantos otros. Creciendo a tajos, despeñándonos a cada paso. Raíces en ciego, en lo oscuro. Spinetta está y ahí estamos algunos, sabiendo de qué se trata o por lo menos tratando de saber.

Día 1

Foto: Miguel Miño
Noche Amigos en torno a una mesa. Charla, risas, mirarse largo a los ojos. Registrarse en cada gesto del otro. Iniciar el lento camino de la despedida en una ciudad que como una foto está, permanece indeleble.
El reencuentro pone su marca en las risas y en los gestos, el silencio está desterrado, mientras fuera la ciudad se permite comenzar con un fin de semana indicado, santificado por el pagano deseo de ser cuerpo y nada más.
El país queda lejos. Los amores sobreviven a pesar de los ajustes que nos prometen a destajo los de siempre.
Ahí estamos, comiendo, bebiendo y celebrando la porción de memoria que nos permitimos como en un juego. Intercambiamos hechos y balances, datos y punterías.
Algo queda intacto. Algo sigue latiendo entre nosotros. La historia que vendrá habrá que resolverla cuando se nos presente. Mientras tanto desgajamos las palabras en una mezcla de porteñismos irredentos y galicismos recién adquiridos que nos endulzan la boca y nos aligeran el cuerpo.
Ahí estamos riendo en una foto que se mantiene como si fuese un sueño, pero en Barcelona, lejos de todo y cerca de todo. En una ciudad que nos acomoda la vida y que nos lleva y llena de sueños y otras porfías.

Día 2
Mediodía
En Spotify descubro a Gabo Ferro. Escucho su voz y desnudo su poesía y me tranquilizo. La ciudad democratiza un mundo. De fondo el Gabo canta y los amigos lo descubren conmigo, a mi lado. Mientras tanto las cuentas se las pagamos nosotros a aquellos que nos desangran y seguimos así.

Foto: Miguel Miño
 Los indignados sobrevuelan la marcha por una ciudad particular y luminosa, por lo menos en un invierno demasiado suave.
Barcelona deslumbra. Te lleva de la mano, te sujeta de la cintura, te besa en los labios y te echa. Como una mujer, como las mejores mujeres, como los amores imposibles, que siempre son intensos, calientes y rotundos.
Camino por la ciudad y el secreto me pisa los talones. Miro y presiento la ciudad a cada paso. Por vista, sigue siendo una apuesta al amor. 
El barrio de Gracia es un misterio que subsiste en el silencio grandilocuente de ser. Es un barrio viejo, fue un barrio de inmigrantes venidos de otras comarcas, que se construyeron como un paisaje que convive con la modernidad, con el torrente de turistas que la recorren infatigablemente, buscando el misterio de una ciudad al borde de un mar manso, con sus señas y datos, con el sabor que dejaron en sus costas fenicios, griegos, romanos, musulmanes. Ellos también hicieron este paisaje y se celebran después de miles de años.
Ahí está la ciudad, ahí estamos en este momento amigos que se quieren bien y de manera profunda que se reconocen desde las divergencias y sus conclusiones. Se cimentan, solidifican y perduran en los pliegues de una historia en común que resiste inviernos y otros envejecimientos.
Digo.
Gabo Ferro canta sobre compañeros y enemigos. El tiempo se detiene a pesar de parecer siempre veloz. Se prepara la comida y la mesa congrega mientras el sol degüella la tarde. Se vienen tiempos duros, imprecisos y tal vez desgarradores. Mientras se juegan el destino de millones, alegremente vivimos una crisis, por ahora, demasiado amable. Estamos esperando algo, mientras sabemos que lo que se viene es lo negro. Lo duro, el ajuste se produce sin que los que ganaron las elecciones digan lo que se viene. La revancha del capital, la tierra arrasada es la promesa. Mientras tanto la derecha sigue con su festín de ajustes. Cerrarán las puertas de este infierno, dicen y no podremos salir decimos los de a pie.
Pero no es una cuestión de economía pura y dura, es política y desde la política habrá que reformular los pasos a dar. Habrá que barajar y dar de nuevo, desde el margen, desde el costado más alejado tal vez.
Noche.
Larga sobremesa, diseño de nuevas rutas. La lectura que hacemos de nosotros con los años que nos han pasado, han dejado su marca. si es cierto que la única marca originaria que queda estacionada es la escritura. La letra, parece ser, forma un surco en nuestro cerebro, marca que repetimos de forma mecánica sin mediar explicación formal. Repetimos la letra. Esclavos de la lengua repetimos el discurso y  sobrevivimos.
Abrazados esperamos que la conversación reviva el gesto. Que madure la historia ésta que vivimos y que nos lleve a donde deba llevarnos sin fijarnos siquiera en el lento transcurrir de dee sta vida que nos empeñamos en vivir.
Vendrán tiempos de lejanías y otras certezas. Vendrán días de mesas tendidas al sol en donde seguramente habrá que retomar la palabra. Vendrán días en donde los gestos y sus sombras quedarán a la espera de nuevos nombres, de otras costumbres.

Foto: Miguel Miño
Por ahora, recupero la emoción del descubrimiento de un detalle en una fachada de un edificio de la ciudad. Allí, los albañiles le rindieron su homenaje al arquitecto, que se movilizaba en bicicleta de obra en obra. Iba siguiendo su pasión pedaleando buscando los secretos de un pensamiento. Así está en la fachada de un edificio, ahí está mi asombro y la gratitud perfecta.
Es la una de la mañana de la última noche en una ciudad amable, extraña y que genera pasiones profundas. Nos mostramos fotos de hijos y de nietos. Algunos ya cargamos años y algunas rotundidades, otros cargan con su historia, pero todos nos reímos de nosotros con la ferocidad joven que todavía nos convive y nos define. Recuerdos que se convierten en risa a la hora de los despojos. Nuestros miedos y nuestras penas, esperan y sueñan en la espera de otros momentos. Mientras tanto la bondad nos cobija de futuras lluvias y de futuros vientos.
Por ahora y como despedida de una ciudad arrebatada como Barcelona, es el escenario perfecto para una despedida perfecta. Mañana, mañana ya es otra historia.
Queda la promesa del recuerdo. Queda la sensación de continuidad que habrá de prolongarse irremediablemente en otra parte, en otro momento y todo volverá a ser a pesar del tiempo, como si nada hubiese ocurrido en el medio.
La historia entonces se detendrá en algunos momentos y recomenzará de nuevo con el mismo fervor y el mismo optimismo en otra geografía y en otro momento. A ninguno nos cabe niguna duda, la vida es esta y aquí reunidos en una ciudad orgullosa como esta, ya pensamos en otro paisaje que nos acompañe en la próxima charla, en la próxima cena, en el próximo abrazo.
Compañeros, nos estamos viendo.






martes, 20 de diciembre de 2011

Los libros de la buena memoria


Alguna vez será el tiempo de la justicia, dicen por algunos suburbios. Gana la derecha y anuncia con el beneplácito de los de siempre, que se debe ajustar. Reprimen las risas, los nuevos centuriones del ajuste, disimulan dicen por ahí.
El frío ya llegó, se le acalambra el alma a uno mirando lo que viene.  Las noticias de la familia son cortas y por momentos difíciles, a lo mejor indican el camino de regreso, despacito y por las piedras. Solo para abrazar, para desgajar el corazón con aquellos que silban esa melodía eterna de la vida misma.
Escucho a Thelonius Monk en su disco con Gerry Mulligan, mientras hago pan casero, ese que pondré en mi mesa para aquellos que quieran compartir conmigo ese mismo pan y misma esta música insensata que hacía este loco del piano.
Monk, es lo más moderno que le ocurrió a la música mestiza, fuera de las cámaras y de los clubes selectos. Escucharlo a él, es descubrir el palpitar de una música profunda, entera y lantente como una culebra audaz que recorre el espacio ejerciendo ese placer del sonido. Por ahí anda dando vueltas un documental que hicieron sobre él, producido por Clint Eatswood durante los años '90 creo. También están todos sus discos al alcance de la mano. Escucharlo y saberlo, significa una nueva apuesta por ese tratar de crecer, de limpiarse la cabeza de tanta tontería denominada música. Compartió el tiempo con los mejores músicos de jazz de la historia, sin embargo, él estaba un paso por delante en la comprensión de estado deliberativo del arte. Ejercía la música como un arriete y hurgaba, sigue hurgando, en lo más profundo de una música secreta y vieja y viva a la vez. Tocaba el piano con todo el cuerpo y cuando eso no alcanzaba, porque nunca alcanza, bailaba alrededor del piano dejando que la música abarcara todo. Improvisaba porque en ese secreto radicaba todo. La música era él y él era a su locura.
Escucharlo en el comienzo del invierno de este mundo desarrollado, es una especie de provocación necesaria para resolver lo que queda, para iniciar el preciso viraje a otra etapa de este caminito.
Entonces ahí están Monk y Mulligan llevando a cabo la liturgia laica de encontrarse, anudarse y andar juntos en ese periplo de músicas, que por aquellos años, eran difíciles y hoy suenan a nuevo por la gracia del tiempo.
El disco se llama "Gerry Mulligan meets Thelonius Monk", es de 1957 y ahí están sonando huellas como "Round mdnight" o "Straight no chaser" tema emblemático que marcó y dividió las aguas a la hora de hacer música. Era un tipo difícil, hablaba poco y llevaba a los límites la música que le dictaba su locura. Estuvo preso por no denunciar a un amigo, lo golpearon y no pudo actuar durante años en Nueva York. Sin embargo el siguió creando y desde la libertad más profunda, compuso lo que tal vez sea la mejor música de la segunda mitad del siglo pasado.
Ahí está. Suenan grandes los dos en un disco que merece la pena cualquier sacrilegio a la hora de conseguirlo.
Digo.
A veces las injusticias galopan por nuestros costados. Aquellos que reclaman orden, siguen siendo los primeros a la hora, de ignorar al resto. Pasaron diez años y vale la pena detenerse un poco. Lo que hoy hacen los "técnicos" aquí en la sabia Europa, antes lo habían ensayado allá en Buenos Aires. La clase dirigente y cómplice, convertida en una canalla que hoy es oposición, había entregado todo. Había saqueado en nombre de la globalización a un pueblo que ya desde 1976 supo por donde venían los vientos.
Esos días, el 19 y el 20 de diciembre florecieron los lenguajes que hicieron nuestros cuerpos. Así masticando rabias y afinando memorias, muchos salimos a las calles a enfrentarnos a los perros. A determinar otras circunstancias y recomponer otras palabras. La terquedad se hizo bronca y la historia volvió a encaminarse.
Hubo muertos, heridos y una rabia tan eterna que ya ni nombre tenía, esa misma rabia que un inteligente definió  como el subsuelo de la patria sublevado. Ese paso para quitarse de encima los de siempre, a esos desconocidos que siempre son conocidos y que te mienten en cada a saludo que te brindan. La pueblada se hizo grande, se sabía, algo había dejado de funcionar en el país de las vacas gordas y ajenas. La estafa ahora tenía vuelto. Ahora era nada más ni nada menos que el que se fueran todos de una buena vez. Días de incendios y de broncas que cobijaban ese dolor mudo que se hizo resistencia desde mucho tiempo antes de esos días que hoy cumplieron diez años.
Se podrán enunciar todo tipo de teorías. Se podrán definir parámetros y otras circunstancias, lo cierto que en esos días, se decidió por terminar con algo que la vergüenza llamaba desde mucho tiempo atrás. Ni la policia brava, hábil para picanear, para atrapar en jaurías y morder al solitario, ni los flemáticos políticos devenidos desde la dictadura en gerentes del desmantelamiento pudieron detener a un pueblo memorioso.
Hubo muertos que esperan por justicia, que ya llegará como siempre suele ocurrir. Pero también hubo corazones que demandaron el fin de muchos años de impunidad. No solo se pidió por el hambre, también se pidió por el fin de algo, el fin de la injusticia. Pero faltaban algunos años para que esto ocurriese, los que sucedieron a los que se fueron, siguieron asesinando a destajo y robando a los de abajo, que por eso están abajo y se lo merecen. Pero ellos, por ahora no volvieron.
Pasaron diez años y las fotos que quedan de aquellos días, reverdecen en el punto justo.
Digo.
Las revueltas tienen esa sensación parecida al amor. Late el corazón y se rebela la sangre que revela al mismo tiempo el límite justo del cuerpo. La vida en disputa. La leve sensación del espacio compartido y la boca seca. El ronroneo de la sangre que erige las futuras muescas de una partida brava, el músculo que palpita y la inequívoca certeza de enfrentar algo, de estar enfrentando algo secreto y a la vez compartido.
El derecho a rebelarse, a oponerse porque el poder tiene esa contrapartida y esa obligación. Resistir hasta el último resuello, porque casi siempre ellos nunca llevan razón.
A lo mejor, como con los amantes, hay que dejar de ser politicamente correctos y volver a llamar a las cosas por su nombre, sin ningunear ninguna de las partes de un discurso, que de forma correcta nos obliga a nombrar de otro manera, lo que nombramos siempre para nuestros adentros, que están siempre en el afuera de todo diagnóstico.
Digo.
Otra foto. Pongo el último disco de Gabo Ferro "La aguja tras la máscara". Miro la foto tomada en otra plaza, en otra guerra, son las mismas escenas.
Abandonados como estamos, peleamos contra  todo olvido posible. Desde este confort de juguete, miro la foto. es de hace dos, tres días atrás. La vi en su momento y un dolor sordo se me trepó en el corazón. Un dolor irredento, no un dato. Un dolor viejo, salvaje y mío, que me sueña desde casi siempre. Desde dentro la fragilidad se vuelve carbón que no puede traicionar tanto dolor.
La foto. Gesto primordial que sintetiza la coyuntura. Me roba el aliento. Busco la escena y me quedo quieto, mirando desde la furia ese dolor que no se puede soltar.
Son cinco. Ella está sola. Una mujer sola contra la rabia.
Uno tiene una risa dibujada en el rostro, ríe impune. Otro valiente servidor público está por patearla en el pecho, no en la cabeza ni en el costado, en el pecho para que no queden dudas. Le han tapado la cara, para que cuando lleguen los flemáticos de esta Europa, porque llegarán a poner las cosas en orden, no pueda identificar a ninguno de estos cinco y todo quede sin castigo y en brazos del olvido posible.
Pero hay algo más. Todavía hay algo más. Para que sea un poco más siniestro, más morboso, los perros egipcios destraban algo para no volver de ese lugar. Para que no quepan dudas. 
La desnudan para que el castigo sea más letal. La humillan como me humillan a mí, que miro esta foto y pienso en la respiración de esta mujer. Miedo.
Me detengo en ese miedo, que por momentos, te atenaza y te hace desviar la vista. A vos, que la estás mirando y que no querés ver cosas feas, que te nublen la vidita que crees que llevás. Mientras no podés quitar la mirada de la foto, mientras con morbosa detención te quedás mirando los pechos de la mujer indefensa. Menos mal que no es mi mujer, mi novia o mi hija, pensás o no. A lo mejor pensás que está muy bien que alguien les de una lección y que se merecen eso y mucho más.
Por eso son cinco los defensores de las buenas costumbres, que defienden esas mismas buenas costumbres, que te defienden de estos salvajes. Son cinco los perros que cuidan el orden.
Ojalá se pudieran olvidar estos gestos repetidos en todo el mundo siempre. Buenos Aires, Tegucigalpa, El Cairo, Madrid, son los paisajes de fondo, pero la cosecha siempre la lleva adelante el poder que cuida tanta cosita intocable con sus jaurías obedientes, secuaces del poder a sueldo.
Miro la foto y se abre un profundo y negro surco de tierra hambrienta.
Somos esa palabra. Cuerpos hablados, conjeturados y destinados al lenguaje. Hechos del lenguaje que llevamos a cuestas. Definidos y demasiado ensimismados como para reaccionar desde el lenguaje mismo, aunque lo hagamos, por el momento no podemos volver a decodificarnos. Aceptamos todo, con tal de no caernos.
Asi este turbio goteo de realidades, a veces sirven para organizar el relato de algo, que sigue vivo a pesar de vivir en un paisaje de juguete, cómodo y viendo los amarillos de los árboles mecerse por el frío del invierno que destraba algunas distancias, algunos látidos compartidos y poco más.




martes, 22 de noviembre de 2011

Postales de Madrid

                                                                                                           Para Lucas porque se lo merece.

Ya pasó. Se terminó la sensación de final que pronosticaban los políticos. La vida sigue y todos con el cuerpo maltrecho esperan. Llueve sobre Madrid. El otoño se dispone con su cuota de grises y melancolías recomendadas a seguirnos las huellas con detenimiento.
Vendrá lo peor, eso lo saben todos. A lo mejor, el vecino suspira en su balcón porque la mala racha siga de largo y se adueñe de otro. Que no toque la mala y que sea con el del 3º B que se la merece más, de eso no cabe duda, mientras fuma acodado mirando casi sin ver.
De fondo, por la ventana abierta a pesar del frío, suena Van Morrison y su largo y no comprendido disco "Philosophe'r Stone". Obra que parece recopilación, pero que tiene vida propia a pesar de no haber sido nunca comprendida del todo.
En algún momento, alguien me regaló este disco en una ciudad pérdida, pérdido como estaba lo tuve y lo estacioné, suponía en esa época, que las cosas debían guardarse, cobijarse como un bien en sí mismo. No sospechaba o lo sabia muy bien tal vez, que no hay que guardar nada. Que hay que dejar que corra el aire entre las pocas cosas que uno lleva a cuestas. Creo que intuía la poca necesdiad de las cosas.
Años después me reencuentro con un sonido que desde el deseo, me refleja. Cosas de los otoños de estos últimos años.
Todo está como paralizado. La terquedad consiste en esperar algo. En creer que la vida se viste y pide que le pongan tachuelas en los zapatos. En que sin mediar palabra la vida, sea lo que debe ser, una especie de juego que jugamos sabiendo secretamente, que el placer es único y fuerte.
Así descubro el sentido de las fechas. La razón de los homenajes o mejor dicho el sentido por cierto ejercicio del recuerdo. A lo mejor, en medio de tanto desmán permitido, me hago un sitio y dejo que me arrastre la memoria a un viaje, mío, propio y que será la manera de pensar ese pasado desde otro punto de vista, desde ese secreto rumor que a veces, es este tránsito que emprendemos sin tener en cuenta el costo del mismo.
De eso se trata todo eso.
Por momentos, los perfumes de ayer se desenvuelven y vuelven a fijarnos en un momento, nos regresan ciertos sentidos que se quedaron en el camino, cuando el camino no era nada más que el comienzo.
Digo.
Se cumplen cuarenta años de la aparición de un disco, que a mí particularmente me produjo una profunda y secreta revolución propia, personal. Un cambio en un tiempo de cambios veloces como rayos de verano. Tenía 17 años. La vida era una aventura. Apenas un traspié que daba en
nuestro nombre. Led Zeppelin cumplía con su parte del trato. Nos avisaba de los tiempos que vendrían, de los aires y esa sensación de vivir se traducía en el sonido de la púa sobre el primer surco de un disco, que no traía ningún nombre en la tapa, solo un viejo cargando leña. De ahí en más, sin mediar palabras, estaban ellos y estaba yo, sentando, escuchando algo, que debería ser, creía lo más cerca del cielo que podría llegar a estar nunca. Todavía me faltaba el amor de una mujer, la sensación de crear y otras cuestiones. Un disco perfecto para una época también y a su pesar casi perfecta. Tema a tema, se convertían en himnos, cada una de ellas, tenía, tiene hoy esa especie de lucidez que siempre acarrea una obra de arte total, insuperable y rabiosa.  Despreciados por músicos y por la prensa en general, este cuarto disco de Led Zeppelin es un monumento a la creación, llevando la música a un lugar en donde solo caben siempre unos pocos. Así, mientras pasaban los trenes por la ventana de mi casita casi suburbana, mientras la historia comenzaba a contarnos las costillas, descubría que la música, que esa música que desde el comienzo mismo me había dado dientes, seguía intacta.
Trabajaba y estudiaba de noche. Un compañero me susurró que su hermana, novia o amante, era azafata de una empresa de aviación y que había traído de Los Angeles, discos para vender.
¡Un importado! pensé desde el borde de esa edad en donde todos son, eran reinos fantásticos. Asentí y pagué con una porción importante de mi sueldo de aquel entonces.
A la semana, en un recreo del nocturno, como si fuese un hecho ilegal, me hizo entrega del disco bajo juramento estricto de no decir palabra alguna sobre su origen. Envuelto en papel color madera, estuvo como yo, impaciente por vivir lo que venía.
El viejo Winco, mi viejo equipo mono, se sumó como yo a este primer importado que se aposentaba en su bandeja. Lo primero que me traspasó, fue la voz de Robert Plant casi a capella, dando inicio a  "Black Dog" primer tema del lado A con sus casi cinco minutos de furia y de certezas.
Nada fue igual.
Nada podía ser igual después de eso. Era comprender que la marcha no sería tan larga ni tan dura, si esta música sobrevivía a la inundación. Ahí estábamos ellos y yo. Creando historia. Un tipito del cono sur, lejos de todo, pero cerca del cielo descubriendo una música valiente, un sentimiento que reptaba como la serpiente ciega de siempre. Era el rock sonando entre madreselvas y geranios de un barrio lejano, de una calle demasiado tranquila. 
Era la rebeldía echando el resto en la formación justa de una idea. Por fin, podía ponerle banda de sonido al otro. Por fin, se derrumbaban los últimos diques. Crecía y ya sabía que esta música de estos cuatro tipos habría de tener su sitio, al lado de la poesía de Rimbaud, entre mis pocas pertenencias de aquellos años.
Por aquel entonces no había forma de trasladar la música. No se podía llevar a cuestas y fugarse del mundo. Solamente existía el refugio de casa, lo casa de algún amigo. Todo quedaba en la transitoria realidad de estar a solas para disfrutarlo.
Había otras tareas. Otras lejanías que atravesar, para volver y encender el tocadiscos y dejarse llevar hasta nuevo aviso. El placer se mantenía intacto hasta la nueva postergación, solo nos quedaba la sensación que nos producía en ese momento fugaz de escucharlo. El disco esperaba por nosotros y nosotros, yo, volvía a el con esas ganas de todo. La vieja y tosca púa recorría el negro y dejaba, minúsculas parte de si en mi cuerpo.
La sorpresa en la primera vez.
Como todo cuando ocurre por pirmera vez, tiene una carga, una connotación. En este disco está "Stairway To Heaven" y sus ocho minutos de profundidad, de sonidos que arrancan desde la garganta misma de la historia. Ahí está, sigue estando a pesar de las derrotas sufridas en estos cuarenta años.
Después o mientras tanto vinieron otras decisiones. Muchos debimos irnos del barrio. La vida siguió con sus buenas y con sus malas. Algunos acomodamos los bultos de la mejor forma, seguimos un caminito y un buen día, llegaron los hijos, otras urgencias y otros discursos vinieron a ocupar su lugar.
El disco, mi disco sobrevivió algunos años para perderse después como casi todo. De forma secreta y terminante.
Pero se mantuvo intacto el sentimiento. Creció como pudo. A lo mejor achaparrado, pero agarrado a la piedra con sus raíces fuertes. Está ahí.
Ahora que se cumplen estos años, vuelvo a escuchar al viejo Led y siento que respira, que late casi igual que a mis 17 añitos. Está ahí.
Tal vez, porque el secreto sea que por algún motivo, la música que nos hizo perder la virginidad en nuestra adolescencia, sigue siendo nuestra música. Podrán haber cambiado las cosas, pero ese sonido deslumbrante sigue siendo nuestro mejor pasado a pesar de las cosas que nos hayan pasado en esa época.
Digo.
Este tránsito que elegimos para vivir, a veces hace que dejemos atrás palabras, espacios que creíamos duraderos. Vamos dejando pequeñas marcas para los que vienen, pequeños rastros para aquellos que de alguna forma, son parte de nuestras vidas y que sin saberlo, cargan con un peso que no es propio.
Toda mudanza conlleva siempre una dualidad casi perfecta. Revisar libros, leídos y ajados por el roce de nuestras manos. Frases congeladas por un lápiz que quiso rescatarla de entre tantas frases.
Viene la elección de saber si este libro, se traslada como una parte de una historia jamás contada por nadie a nadie. Si ese libro hoy, tiene el mismo peso perfecto que tuvo en su momento o si en cambio se perdió y ya no resiste la comparación con ese dilema que se llama tiempo.
En estos días de inquietudes, vuelvo a releer a Juan José Saer, vuelvo a recorrer esas calles imaginadas por el en una ciudad también imaginada por el. A estar rodeado de esa galería de personajes retratados por Saer y que son parte integral de la vida de este autor.
Asi mientras la vida pasa, he conseguido el placer de releer. De volver a leer aquellos momentos, aquellas circunstancias que me llevaron a ser, tal vez, un lector medio. Sin grandes aspiraciones pero con la sensación de haber intentado ser mejor persona de lo que soy. Porque a través de este camino, he domesticado en parte mi vida. La lectura me ha llevado de la mano hacia una tierra secreta, fértil y noble. Desde esa idea, siempre he creído que el poder de la palabra es inefable, perfecto y certero. Por eso, siempre queman libros, los prohiben, los clausuran, aquellos que tienen miedo del poder de la palabra. Aquellos que quieren manejar conciencias y dictaminar sobre usos y costumbres. Porque el poder, no cree en el placer secreto de aquellos que encuentran en el goce al otro la posibilidad cierta de ser ese otro, apenas intuído, pero necesario a la hora de elaborar ciertos caminos, secundarios pero plenos.
Con Juan José Saer me une esa línea del contar, desde un sitio en el que es difícil no pensar. Siempre me gustaron aquellas cuestiones que me hacen pensar, aquellas personas que me obligaron o que me obligan a ello. Allí radica todo para mí. Ese otro, con todo su goce a cuestas que me obliga a pensar, a construir o a deshechar, pero que me somete a la singular aventura del pensar casi ferozmente, sin cortapisas, sin dar explicaciones. El hecho, este hecho como la literatura, proviene de la vida misma.
La obra de este argentino está ahí. Para mí el mejor escritor de ese país. Al alcance la mano, solo hace falta tener ganas de asomarse a un mundo que por conocido, termina siendo un mundo a descubrir. Cualquier novela suya, no importa el orden, sirve para aventurarse, para dejarse llevar y para disfrutar, mal que les pese a los de siempre.
Digo.
Vuelve la lluvia sobre Madrid. Suena Dave Holland y Pepe Habichuela con su trabajo "Hands".
Llegan noticias de auqel país que no habito por ahora. Son noticias que hacen mas llevadera la tarea. Son palabras y fotos, amores que no desfallecen. Síntomas de una fortaleza que vuelven al origen de todo.
La continuidad se disuelve en nuevos nombres, en nuevos cuerpos que traen consigo nuevas historias que serán contadas algún día, como siempre han sido narradas.
El cuerpo nuevo lleva consigo lo indescifrable,ahí se acumulan los datos que previenen la palabra y que sujetan la historia misma. De cierta forma, de cierta manera ese nuevo contará la historia, olvidándose de aquellos que lo precedieron y ahí radica la fuerza que se desprende de una persona llamada Lucas y que, sin quererlo, se convierte en un sobreviviente en una saga de sobrevivientes.
Tal vez porque este otoño lleva su nombre para mí, es que escribo sobre mí como una única manera de descubrir las implicancias de una lengua que nos somete permanente y pacientemente.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Rebelados, resignados, ajustados

Domingo en Madrid. Elecciones con poca gente en las mesas electorales. El voto por aquí es una especie de anécdota delirante. Vota el que quiere. Si llueve no, hoy no puedo porque me voy al pueblo, no porque los niños quieren ir al cine, no porque prefiero quedarme en casa o ir al estadio a ver al Real o al Barça o al Rayo Vallecano, lo mismo da.
Domingo y gana la derecha. La derecha que viene a terminar lo comenzado hace años. A cerrar, a recortar y a disciplinar al gentío. Que del robo ya se encargan los propios.
Con lluvia y todo, tuve tiempo de leer la nota de Javier Marías en El País. En el, el autor no se explicaba como en la Argentina sobrevivía el peronismo, que contiene tanto a fachos como a izquierdas. Como Venezuela renegaba de su dictadura sin embargo era y es, por ahora, una de las más votadas en ese contienente.
Se extrañan los intelectuales españoles. Acaso el Partido Popular y el Psoe, no son  el ala derecha e izquierda del franquismo? O acaso en Psoe, siendo de izquierdas, como creen, no ajustó todo esto como un partido derechas? Es más, en demasiados momentos, cuando estos socialistas a la violeta, abjuraron del marxismo, allá por el '79, tomaron el discurso social de la Iglesia como propio y a salir por los caminos con la buena nueva.
Domingo, elecciones, lluvia y la derecha de nuevo a hacer lo suyo.
Se vienen tiempos duros. Cacareados y que causarán una profunda resignación en el español de a pie. Nada contiene en la derrota, pero muchas veces es mejor la derrota para descubrir nuevos caminos, nuevas pautas de lucha o recobrar por lo menos la memoria, algo que visto lo visto, no es poco.
España elige en medio de esta crisis demasiado amable para con ellos. Elige mas obispos fanáticos, mas negocios fraudulentos, elige no tener que elegir después. Elige el desmonte y la venta de lo que queda del pais.
Ahora que desde la casa real también hacen negocios, algo que viene a confirmar que los primeros promotores de la próxima república son los miembros de esta familia, de eso no caben dudas.
El capitalismo detesta al placer.
España de eso sabe mucho. Mientras el resto de las naciones conquistadoras y colonizadoras se embarcaban a marcha forzada en la expoliación de las nuevas tierras, para, sin saberlo con esas riquezas fundar el capitalismo, España se dedicó a la misma acción, pero con lo arrebatado en sus colonias a sus dueños reales, solo mantuvo a sus inservibles, sus fastos, sus reyes tontos, sus curas absurdos y una corte de parásitos. España a diferencia de Inglaterra u Holanda, no tuvo piratas ni bucaneros, solo dilapidó el oro y la plata que recolectaba en sus posesiones demasiado lejanas en el placer de ser nada pero con dinero. Nuevos ricos desde el inicio. Hedonismo puro que le dicen.
Hoy domingo votan en España. Votan por volver al redil. Votan que todo siga siendo sueño. Para volver a ser Europa a cualqueir precio. Que no les ocurra lo que en su momento ocurrió en sus ex colonias, ni que les ocurra lo que a los griegos o a los italianos...
Digo.
Los que ayer aplaudían frente al seguro televisor aquellas
imágenes de la plaza Tahir en El Cairo. La resistencia ciudadana, la oposición a una dictadura, hoy se asombran de la brutalidad de los supuestos demócratas que derrocaron al viejo general. Es decir, conviene comenzar a hablar de una vez por todas de la doble moral.
Dictadura es la de Fidel Castro, pero no la de Monti y Papademos, uno en Italia y el otro en Grecia, elegidos por la gracia divina del cuarto reich que gobierna europa. Gadafi era un asesino, pero Netanyahu no.
Esa doble moral, ese doble discurso prevalece, mientras la policía de El Cairo asesina ciudadanos que quieren que el partido militar deje de tener el control sobre sus vidas.
Pero ahora en la agenda, bastante desmejorada del capital, figuran Siria y luego Irán.
Es que la ofensiva de la globalización capitalista provoca una fuerte escisión en el ámbito de las identidades específicas, se refugia en una especie de regimen del no-acontecimiento que determina la muerte de la verdadera política.
De ahí a la plaza Tahir en El Cairo, dejados a sus fuerzas enfrentando a la policía, meses después de la euforia triunfal de Occidente, apabullado por el derrocamiento de un tiranuelo hecho a medida del mismo Occidente que lo utilizaba como gendarme fronterizo.
Hoy el capital tiene nuevos gendarmes, más jóvenes, educados en las entrañas del mismo poder. Ellos, mientras sirvan serán los que dominen a esas masas de malvados que deben expoliar y explotar sin ningún cargo de conciencia.
Lo que ayer era dignidad, hoy ni siquiera cubre una página en los periódicos más rancios. Las matanzas, los golpes, las torturas que ayer indignaban a los políticos europeos, hoy no se detienen en estos hechos, sino que sencillamene ya no están en la agenda.
Hay otras tormentas y otras hojarascas.
De fondo suena Avishai Cohen con su disco "Aurora". Música que destiñe al día, que lo convierte en algo mucho mas intenso que tanta barbarie reglamentada. Suena y el día se aleja un poco más de estos tiempos que no prometen nada bueno
Digo.
Ahora que el domingo acaba, que los fascistas cantan y gritan y agitan sus banderas, me refugio en un buen libro, que recomiendo, que regalo y que presto.
Julian Barnes, un inglés enamorado de Francia. Un escritor que para aquellos que lo descubrimos con aquella novela "El Loro de Flaubert" en su momento, lo seguimos. Algunas veces me desencontré con él, otras lo ignoré y otras lo reencontré.
En este caso, la crítica y los que saben maltrataron a este libro. Susurraban por lo bajo, que no era bueno, nada bueno.
Sin embargo, me lo prestó un amigo y en pocas horas di cuenta de el. No es una novela ni siquiera un ensayo. Es un escrito, una reflexión sobre el final posible, el único final que conocemos nosotros, los mortales de este sitio llamado mundo.
No me quedo, con el miedo a morir. Me quedo con el extenso paseo que hace Barnes sobre ese misterio, ese camino que nos produce a todos inquietud, ayudados por esa  bella mentira, esa tragedia con final feliz que es la religión cristiana.
Entonces de la mano de Barnes, nos vamos a un viaje, a un recorrido por la historia de una familia llamada Barnes, a un intercambio de ideas con su hermano y un homenaje a un escritor francés llamado Jules Renard.
No es una noevla ni siquiera son memorias amables. Es un viaje de pocas páginas por un universo que no se me antoja tan distante o diferente a mío. Tal vez porque la muerte sea solamente eso que tanto aterra al autor. La nada. Solamente nos queda la nada y el olvido posible.
Un libro extremadamente inteligente, con humor, con esa predilección a dibujarle una media sonrisa en el rostro del lector de turno. Un libro que dan ganas de no acabarlo nunca, de dejar que deseo sea solamente eso deseo puro.
Vale la pena a pesar del mundo que sigamos insistiendo en esto del placer. No es poco ya lo sabemos.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Postales de Madrid

Fue una semana cargada de noticias. La situación es de crisis, las costumbres comienzan a cambiar y la gente se apretuja mas buscando calor. La cosa no tiene arreglo según parece. No hay alianzas posibles. La vida sigue a pesar de todo.
Los que perdieron esta vez, siguen sin comprender la razón de la derrota. Siguen esperando como perros en la puerta, los huesos que tirarán los dueños. Se olisquean y se lanzan mordidas al aire. Se gruñen y guardan el rabo entre las piernas flacas. Hacen cola frente a una ventanilla y esperan.
La guardia de todos los días. La misma milonga de los que siempre son vencidos. Los derrotados que olvidaron en qué bando estaban. Los que creyeron que se habían terminado las ideologías. Los mansos que se apresuraron a brindar con los vencedores anudando una especie de tristeza en sus corazones tratando de olvidar para seguir adelante.
Ahora que todo se desmorona, en una mesa de café ingrato, alguien pregunta ¿Por qué los demócratas no quieren la democracia?
Porque la democracia, en sí misma es un peligro. Porque opinando libremente los pueblos pueden llegar a decidir que clase de soga quieren en el cuello. Me digo, me dicen mientras las cenizas se acumulan en el cenicero libertario que nos congrega.
Las democracias europeas, no quieren que los griegos elijan. Vaya, vaya con la democracia del primer mundo. Mi vecino, me dice los socialistas españoles solo son rojos en las campañas, luego son católicos y de derechas cuando gobiernan. Después de ocho años de gobierno, parece tener razón.
Las empresas quieren más. Los empresarios quieren más. Ahora van por la salud pública y la enseñanza me desliza el mozo que nos acerca la dósis de cafe.
Grecia que había planteado una pregunta a su pueblo, recibió las amenazas reiterada de los dueños de la democracia occidental. Esos mismos, que después dan lecciones de gobernabilidad a los países latinoamericanos.
Por eso el cartel en español de la foto, en plena batalla campal en Atenas, nos emociona a nosotros,  los viejos que andamos inquietos, casi sin sosiego a la espera de la justicia.
De alguna manera el ecándalo con Grecia tendrá su precio, cuando los mercados terminen de comerse la tajada de este país. Cuando vengan por el resto, al darse cuenta de lo fácil que ha sido todo y de lo fácil que será.
No hay posibilidad de preguntarle al habitante de a pie si quiere ser un esclavo toda su vida. Mientras los políticos sigan siendo los amanuenses de los poderosos y en nombre de ellos, hagan negocios y dividan las ganancias. Mientras eso siga ocurriendo, los pueblos seguirán sometidos a esa especie de traición consentida. A ese juego de engaños.
Digo.
Somos lenguaje. No hay casualidades. Somos lo que hablamos y de ahí, que cuando recordamos asesinamos la verdad. La recortamos y ejercemos la manía como herramienta eficaz para construir lo que deseamos. Somos deseo. Buscamos acordar con lo que fuímos, aun a riesgo del grotesco. La construcción del deseo desde ese lenguaje que nos construye todo el tiempo no nos plantea nada más que la muerte.
Queremos parecer a cualquier precio por eso nos regodeamos en el fetichismo de lo ilegible. Negamos la intemperie, el afuera mismo y nos consolamos en una especie de arritmia de la desesperación.
Hago un punto.
Una vez hubo un hombre, que escribía, que pensaba y que desde su puesto creía en un tiempo de justicias. Ahora que muchos culpables van camino de la cárcel, me acuerdo de Roberto Santoro.

Escribía:


LAS COSAS CLARAS
mi voz está en su sitio
el corazón sabe algo más porque me duele
por eso digo:
terrible oficio
es repartir equivocadamente los abrazos
y que el alma viva entre perros hambrientos
uno de mis errores
fue creer que todos éramos hermanos
y ahora
no se le puede cambiar el horizonte a la nostalgia
hay que olvidarse de las viejas sonrisas
y andar con el dolor a cuestas
para que sirva definitivamente
nunca dije
mi lágrima fue grande
sufrí
no me quisieron
cada uno conoce su dolor
y sabe de qué manera hablarle a la desgracia
que venga la vida y me golpee
de nada vale cerrar los ojos
un hombre dormido
es un dolor que descansa
es duro el amor cuando se niega
un día sin embargo recuesta sus abrazos
apoya su misterio en mi cabeza
y me lleva a vivir al primer piso de un incendio
no comparo
simplemente doy mi fruto
y espero
la semilla más humilde
puede brotar el fuego o la hermosura
si estoy acorralado entre dos besos
decido acurrucarme al pie de mi corazón
y sueño
soy triste hasta los zapatos
a la hora del té
mi alegría se sienta y llora conmigo
pero sostengo que un día
aunque el amor sea el hermano implacable de la lluvia
de mi casa a tus ojos
no habrá naufragios

Lo fueron a buscar al colegio nocturno en donde trabajaba, lo sacaron a rastras y lo metieron en un auto. Los alumnos quisieron defenderlo, pero los lobos iban armados.
Nunca más se supo del poeta.  Ahí quedan sus libros, ese amor desmedido por la vida y la justicia. Ese tiempo nuevo que galopaba a nuestra par, paso a paso nos seguía la vida por aquel entonces, por aquellos años.
Para ellos era una guerra. Para nosotros una revolución. 
Santoro era poeta. Miraba el mundo desde una palabra, nos regalaba sus palabras y crecíamos enredados en ellas. Algunos, después nos fuímos del barrio. En algunas mundanzas quedaron algunos libros pérdidos, en otras esos libros eran lo priemro que guardábamos para la nueva biblioteca rebelde que habríamos de fundar.
El tiempo pasó y de a poco nos reencontramos algunos. Ahora nos quedan algunos poemas sueltos, que al releerlos nos vuelven a entibiar el corazón, a sentir su mirada y oir su risa.
Se llamaba Roberto Santoro, era poeta y creía en la revolución. Lo fueron a buscar y lo encontraron como siempre, solo y trabajando, como suelen hacer los hombres de bien, algunos valientes y los poetas que saben el valor permanente de las palabras y el mundo que definen, algo siempre tan ajeno a los enemigos que no saben ni comprenden el valor de las palabras.
Digo.
Mientras tanto, mientras el tiempo enviuda, leo con fascinación una novela de un gran escritor. Leo la vida de padre e hijo, buscando alternativas. Me asomo a la vida a dos personas, que escapando buscan encontrarse. En un mundo en donde no hay demasiado tiempo. En donde todos estamos hipercomunicados, ubicables, sitiados por la tecnología del último aparito que nos hará más felices, más anestesiados, más histéricos.
Mientras todo esto pasa, me encuentro frente a frente con una historia que me conmueve. 
La vida de los Baciagalupo en el norte lejano, en un norte ajeno. La vida de ellos contada con amor por John Irving. "La última noche en Twisted River" se llama. Es noble, es buena, notable.
Es una historia que se agradece, a pesar del tamaño, es un inmejorable ocasión para descubrir ese apego que tienen ciertos escritores por las buenas historias contadas al borde de un fuego que cobija al mundo de tanta desazón. 
Una historia de amor. Una gran historia de amor entre un padre y su hijo. Un recorrido por lo más absurdo del mundo. Hoy, aquí y ahora una historia que nos define. Somos lo que leemos ¿Lo somos? Si somos lenguaje, bien podemos ser lo que leemos, bien podemos ser las historias que cuentan otros. Nos leemos y nos evocamos de forma constante. Nos definimos entre todos, la locura no es un hecho aislado, nos precede y nos cobija. Somos lo que nos cuentan, lo que nos narra en definitiva. Lo que nos dibuja a contraluz es lo que el otro nos enseña, lo que nos forma y de lo cual emergemos con rastros del otro. Somos ese elemento que nos hace dirimir todo lo que haya por dirimir.
Sabemos el final, por lo tanto y mientras tanto intentamos perdernos en historias que a la larga, son siempre la misma.
Vuelvo.
Una novela perfecta de un escritor metido en la mejor tradición narrativa. Una historia que conmueve, que acompaña y que permite la emoción.
Por un momento, antes de dormir o en el autobús, sin teléfono ni red social, recorro junto con Danny la vida que vive al lado de su padre cocinero. La vida que de por sí, no es poca cosa. Ahí en dos personajes de Irving, recomponen algo de un paisaje que se pierde, que se reconquista y que termina siendo eso que algunos atrevidos suelen llamar vida.
Buena novela, impecable y en las antípodas de aquello que aquellos modernos de siempre exigen del arte creativo. Una novela tradicional en lo narrativo, pero con una vitalidad que abisma.
Recomendable para aquellos espíritus inquietos y con ganas de retozar en las buenas narraciones que tanto nos vienen haciendo falta.
Mientras tanto el domingo acaba, llueve y el frio se adueña por esta noche, de la ciudad casi desierta y ajena.