En Zona

sábado, 31 de marzo de 2012

Autocrítica madrileña

Me repito. Se que me repito. Manejo, creo, dos o tres cuestiones. Lucho contra mis demonios a sueldo, todo el tiempo. Se que me repito. A veces me distraigo, me convierto en paisaje que anda y me voy. Percibo que lo que conozco no le alcanza al resto. Disfruto de tres o cuatro verbos, algunos adjetivos y disimulo entre la maraña de la palabra y la letra. Soy de una ciudad llamada Buenos Aires, pero criado en una provincia del norte de mi país. He cometido excesos, casi todos. A veces he dejado morir las cosas, he postergado muchas veces los gestos necesarios para ser entendido. Me refugié en el silencio y no tuve nunca tropilla propia. Gasté mis esperenzas en juegos de manos con los mejores tahúres del mercado. Me repito. Me bebí mi tristeza de a poco. Me compro la ropa en un supermercado. Me desboqué como potro furioso. Quise el fuego y me incendié de amor en cada paso dado. Creo en la palabra dada. En la honestidad de la mirada. Siempre he sido pájaro corsario que no conoció jamás el alpiste. Me repito. Siempre lo hago y siempre lo he hecho. Se dos o tres cosas, no más. He muerto y resucitado en demasiadas ferias trashumantes. Casi no creo en las cosas en las que el resto deposita su fe. Le dí crédito a mi corazón. Dejo para mañana todo, incluso la vida misma. Me arrepiento de todo, menos de haber sido valiente. Creo que todo se paga en vida, ya que este es el infierno del cual hablan los de siempre. Tuve hijos y los quiero entrañablemente. Suelo quedarme en silencio muchas, pero muchas veces. No he querido lo suficiente a quienes quería en realidad. Me emociono siempre. He creído en la memoria, en la justicia de los hombres. Leí autores de otras vertientes ideológicas y disfurté con ellos. Dejé de leer a autores de este costado del corazón, porque ya no tenían nada para decirme. Me gustaba la lluvia, hasta que comprendí que aquellos que no tienen techo, se mojan sin reparo y entonces la lluvia ya no era un bien para todos. No dejé que me engrillaran la prudencia. Siempre me gustó andar despacio si total siempre se llega. Me gusta compartir mi comida y mi mate con quien se acerca de frente. No hablo de solidaridad, la vivo y la construyo siempre. Me repito. Lo sé. Serán los años, tal vez. No escupo contra el viento. Antes me gustaban las noches, hoy aprendí de las mañanas. De los trabajos que tuve, aprendí que no hay patrón bueno y que todos tienen su precio a la hora de la traición. Me gustan las fiestas  populares, porque son fiestas y nada más. Me gusta la protesta, a lo mejor, demasiado.
Digo.
Vuelvo a ese vértigo horizontal que es mi paisaje. Vuelvo tranquilo, al trotecito sobón. A un país que como siempre está intranquilo, encendido. Vuelvo a esa inmensidad, que apabulla, que se aleja y se acerca como en un tango.
Es ese cielo que nos cruza, con sus arrebatos, sus discusiones y querellas. Es ese castillo de barajas que levantamos a cada momento los habitantes de ese sentimiento casi raro y alocado, que algunos llaman Argentina. ¿Se vuelve de dónde no se ha ido uno nunca? Puede ser. Sabemos, mejor dicho percibimos en la espera antes del salto, que vendrán tiempos constipados. Que llegarán ardores y desencuentros y a lo mejor, desengaños. Uno, yo, sabe donde se habrá de depositar tanto viento rebelde. Mientras tanto, pienso en ese límite tan lejano que siempre es el horizonte. En ese mirar tan intenso que lleva a cuestas preguntas que se balancean siempre a lo lejos. Pero también regresamos a ese misterio que es una ciudad de inmigrantes recostada en un río fangoso y siempre ancho. En esas humedades que evocan sudores y mezclas.  Viejos amigos que ya no me recuerdan y de los cuales me pregunto dónde andarán. Vuelvo al tango y a las otras músicas que también soy yo. A esa especie de evocación que camina por las calles siempre paralelas de una ciudad que se parece a cualquier otra en su pretensiosidad.
Mientras tanto quedan esas distancias a las cuales había dejado de reconocer. Al toma y daca, que significa vislumbrar siempre la felicidad, allá, allí. Por eso a lo mejor, estos diez años sirven para reconocer otras pistas, otras huellas en este andar baqueano que siempre me llevó encima.
Hago un punto.
Y pienso en Gabo Ferro. Un cantante y un poeta reconocible y a la vez, tan distinto. Lo escucho y me reencuentro con maneras, con formas. En sus discos encuentro el merecimiento de un artista que abruma, apabulla y dispara radiante. Nunca lo ví. No lo conozco. Solamente escucho sus canciones, me dejo llevar por sus palabras y me doy cuenta, de como la vida sigue, buscando alternativas y tratando de aportar desde la creación nuevas pautas, necesarias y casi urgentes.
Ferro dice y desde ahí me entrecruzo con una de las  mejores tradiciones que viven, coletean entre nosotros desde hace mucho. La historia del contenido. La secuencia de decir algo, de decirle algo al otario que está del otro lado, esperando algo, sin saber nunca qué es eso que se espera del cantor.
 Ahí está su último disco. Cargado de palabras, rebosante de gestos. Encarnando esa continuación que solíamos buscar en los comienzos de todo. Cuando sedientos, acudíamos a escuchar el último disco de o tal. Ahí estaban las palabras necesarias para modular nuestro propio discurso. Destejiendo imagen a imagen, frase a frase, descubriendo metáforas, montándonos en ese decir, que se diferenciaba de los otros decires. "La aguja tras la máscara" es un comienzo, un paso leve para aproximarse a este músico y poeta argentino, que corta el aliento con su voz, con su explicación de un mundo formidable, concreto y abismal. Están sus canciones, de cualquiera de sus discos anteriores. Todos sirven, nos sirven para seguir apurando la vida, para seguir con este festejo de las buenas cosas. Esto es, conocer a un tipo a través de su música, de sus canciones y saber que sigue habiendo constructores de algo mejor empuñando una guitarra y unas palabras necesarias. Además y como si esto fuese poco, está su voz, que es otro instrumento, que nos acerca  un poco más a ese ideal que siempre solemos tener los que esperamos que siempre se abran los cielos y vengan los buenos y mejores tiempos, que siempre andamos necesitando.
Un buen y notable trabajo que merece de toda nuestra atención, superando la sorpresa de la primera vez y volviendo a el, como un arrebatado o un sediento después de una larga travesía.
Sigo.
Me repito. Lo se. Nunca acepté las órdenes de aquellos que se sienten a salvo de todo. No entendí de méritos, pero si de fracasos. Creí en lo mágico de una situación, cualquiera que me produjese quedarme sin respirar, sin aliento. No creo en lo políticamente correcto ni en las globalizaciones. He sido un mal amante. Nunca dejé de pagar todas mis deudas, sin esperar nada a cambio. Esperé en las noches en lo que todo ardía a mi alrededor. Cuidé con empeño mi libertad de elección. Me despojé de honores y de lisonjas. Me quedé de pie cuando todos se sentaban. No acepo la traición por sobre el bien común. Me gustan los cafetines más reos, más despojados de luces y famas. Siempre supe que la fama era puro cuento. Me repito. Es invariable. Se dos o tres cosas, que me han servido para cruzar inviernos y carnavales. He tratado de ser buena persona, a veces lo conseguí y otras me quedé a mitad de camino. He pedido perdón en varias ocasiones. Siempre pienso en la muerte para prepararme cuando me llegue. Tuve desencuentros. Muchos, a lo mejor demasiados. Siempre que quise, quise como si fuese la última vez. No creí en la moral de los vencedores ni en la dramaturgia ni en la liturgia de aquellos que siempre tienen razón. Me gustan la primavera y siempre el otoño. A veces me fué bien y fuímos felices todos los que estaban conmigo, cuando la suerte se volvió en contra, preferí quedarme solo. No me gustan las palmadas en la espalda y siempre he sido un poco arisco. No he sabido mascar frenos y con lo que tengo, he tratado de ser mejor persona. Se que me repito, a veces demasiado.

viernes, 30 de marzo de 2012

Una cuestión de amor

Y es así. Nos vamos dejando espumas. Sonidos y palabras. Dejamos algunos nombres y varios abrazos. Pero hoy mi barrio, Pinar del Rey es una fiesta de sol. He quitado las cortinas de casa y el sol me entra como a un gato perezoso, mientras las pulgas se evanden de ese calorcito primaveral que me saluda.. Un gato al fin y al cabo deseoso de calores antes de las despedidas.
Vivo en Pinar del Rey, un extenso segmento verde se asoma en la esquina de mi casita. Hacia el acudo, cuando quiero silencio, cuando los humores me distraen. Cuando el día apetece para perderlo mirando, sujetando una palabra o simplemente fumando distraído a la sombra de un pino, arrullado por el zureo de las palomas. Es un día perfecto, mucho sol, poca gente y un libro de ladero en este viaje tremendo y azaroso que emprendemos siempre los que todavía tenemos ganas. Entonces alargo la espera, solamente me quedan unos días en este sitio y pretendo, quitando de lado todos los menesteres lógicos de las partidas, gastar mi tiempo en esto, esta especie de oda configurada por mí en el no hacer, en el quedarse quieto. Así de a poco se van escurriendo los días, va quedando la sensación de extrañeza. Ser un extrañado. Ser solamente un nombre, una mota en un entramado mucho más fuerte y denso. Ser ese segmento que se pierde en un segundo, que se evapora.
Veo mis plantas resistiendo ya sin mí. Seguirán absorbiendo vida como han hecho desde siempre. La vida sigue, es solamente esa vieja cuestión de amor la que corrige, la que impulsa, la que en definitiva define. A veces nos damos cuenta, otras en cambio, avanzamos rabiosos, dejando marcas, costurones para que alguien nos recuerde acaso.
Pienso.
Camino por López de Hoyos, cruzo La Gran Vía de Hortaleza y esquivo vidas que siempre vienen en sentido contrario. Saludo a los parroquianos del bar, pido un café americano y miro por la ventana. La tragaperras hace sufrir a uno. La televisión es un espejismo que no logra moderar nada. En los bares ya no se fuma. Me aguanto.  Esto de ser murguero, plebeyo, cabeza, viene de mi elección ante una serie de hechos que me invadieron en mi adolescencia. Proveniente de una familia de radicales y comunistas, desayuné escuchando hablar del hecho maldito que había azotado el paisito de clase media. En el colegio me hablaron de tiranías elegidas por los más feos de la sociedad. De decretos que pohibían mencionar al tirano prófugo y esas cuestiones. Así sin quererlo o mejor dicho queriendo a propósito enfrentarme ante tanto mandato pastoral y familiar, decidí ser lo que que he sido siempre. Como dice Osvaldo Soriano en una de sus novelas: "Yo nunca me metí en política, siempre fuí peronista".
De los de abajo, desde ese olor a barro que tanto subleva a viejas y niñas menguantes. Tomé la opción. Elegí. Hoy a lo mejor soy mucho más anarco peronista que otra cosa. Un viejo resongón ya, que sigue creyendo que la política son mucho mas que buenas intenciones. Que sigue creyendo que la política son mucho más que gestos y palabrasacarameladas para la tilinguería de siempre. Que la política sin inclusión, no es política,que termina traicionando el espíritu de esa cosa que debe ser para el bien común. Que los feos, son personas no gente, que los de abajo son compañeros. Sigo creyendo en eso. Mientras dejó enfriar el café.
Salgo a la acera y enciendo otro cigarrillo.
Digo.
Lo de buscar razones una vez acontecida la vida es muy pobre. No tiene ninguna dignidad. Estos años en España me han permitido enterrar unos cuantos muertitos que me seguían de cerca, como perros cuscos. Los dejo en paz y que quedo en paz. Sobrevuelan los años y bailan los recuerdos. Nunca tuve que dar explicaciones, nunca las dí y nunca las pedí. Me parecen ruidos que producimos para aligerar nuestra carga con palabras y no con hechos o gestos. De Eva Perón, por ejemplo, siempre me gustó el odio que despertó entre la gente bien, que se juntaba en Plaza Francia a cantar la marsellesa. Me gustó esa decisión de irritar y enfrentar que tuvo ella, no así su general. Como me gusta el odio que despierta Cristina Fernández cuando la llaman "tilinga de Tolosa". Me gusta que intelectuales, gente bien de su casa, abogados de multinacionales, políticos derrotados, periodistas, sientan ese odio, se intranquilicen con esta nueva tiranía de los feos y sucios y también malos que los rodean. Me gusta ser lo que soy y vivirlo siempre con esa ironía que da el hecho de formar parte de una idea solamente. De saber que lo popular viene de un solo costado de la historia. Así las cosas, Eva fue un corte transversal en el discurso de colonia, de sometidos y arrojados de las relucientes cortes del norte poderoso.
Leo.
Cuando el capitalismo y la vida humana se funden, la huelga tradicional ya no tiene sentido. Algo repica.
Pensar. Que interesante es el hecho de hacernos. Que seductor. Seduce la inteligencia no la sonrisa, las calaveras sonríen y son huesos, el final. Vuelvo a la seducción. ¿Qué espacio resulta de este hecho? ¿Qué límites se deben trasponer para dejarse seducir por una idea? Por un pensamiento de otro hacia uno, que solo realizaba la espera. Porque en la actitud de espera, está también esa parte dialéctica de la idea, que secuenda un pensamiento a la vez propio, que viene del otro. Uno es seducido en la espera de que esto ocurra. Pensar y crecer.
Vuelvo a casa, el día es un regalo que abruma.
Enciendo el equipo y suena Bob Dylan, un viejo amigo, un entrañable compañero de este crecimiento que llevo a cabo desde que decidí. Estuvo desde siempre, asomándose a mi vida. Casual o a propósito, figuró siempre en mi lista de sonidos, que desde un costado irreverente he ido construyendo a fuerza de empeño. Sordo como era, como soy, me fuí abriendo a sonidos, fuí buscando pistas. Me acerqué muy despacito a otras músicas y de ahí fuí saltando a otras. De un amor a otro amor, como siempre. Pero Dylan siempre se quedó en mí. Su voz, sus palabras y sus búsquedas, convivieron de manera audaz en una discoteca, que fue mutando, muriendo y reviviendo con el tiempo. Discos que se dejaron abandonados, que se permutaron por abrazos y sueños. Pongo "Tell Tales Sign" y el mundo, la vida se detienen. Es solo un momento, pero este disco de recortes, de tomas desechadas, conforma un trabajo en si mismo. Ahí descubro lo que quiere
hacer este viejo amigo. Hace un nuevo disco con otras versiones que funciona como uno nuevo, como algo pensado para seguir sumando. Dylan abarca con los sobrantes de sus últimos trabajos nuevos, tomas diferentes y grabaciones en vivo. Y el disco funciona como algo nuevo para mí. No me importa demasiado, es solo un momento en donde me veo escuchando desde hace mucho a un tipo que  me permitió crecer. Ser el mismo y al mismo tiempo ser otro. Porque de eso se trató la contracultura, aunque después fuese derrotada por las sucesivas olas desprendidas por el poder dominante. Pero esa es otra historia. Fuímos jóvenes, fuímos iracundos. Algunos lo aceptaron como la forma natural antes de la domesticación definitiva, otros se dejaron la piel por el cambio. Algunos consiguieron sobrevivir, llevando consigo esa apuesta mayor. El y nosotros pasamos por esta vida, comprobando cambios, vendiéndonos a aquellos que querían pagar. Cambiamos de religion, de ropas, de cuerpos y besos. Y aquí estamos, aquí estoy escuchando a este señor con esa voz rota, sin ningún encanto adicional. Con el mismo ritmo de siempre, más irónico y más ácido si se quiere. Pero ahí está el viejo Robert invitando a seguir el paso de la culebra.
Digo.
Después de tanto andar descubro que vuelvo al punto inicial de partida. Lo hago sabiendo de antemano lo que me espera. Acepto las reglas del juego. De pronto me brotaron nietos como hojas de un arbol lento, de una sola calma. Me vislumbro, escuchando rock and roll. Discutiendo todo poder siempre. Descubriendo los crecimientos de estos hijos de mis hijos. Ser abuelo no está tan mal después de todo. Si son buena gente tienen asegurado encontrar buena gente en sus respectivos caminos. Si son hombres de bien, porque por el momento soy abuelo de tres varones, podrán despertar tranquilos por las mañanas y no dudar de sus propias sombras. Ahora que vuelvo a Buenos Aires se que la historia tiene continuación. Se que nada es igual, ni yo mismo ya lo soy. Lo aprendido me servirá para descubrir los límites nuevos a los que debo enfrentarme y lo que he desaprendido bien hecho está.
Han pasado muchos años. Todo tiene otras urgencias, pero en el fondo siempre se trata de lo mismo. De regresar a la mirada amiga, al mate compartido. A ese amor entrañable que marca y que define a una parte del mundo como nuestro, como mío a pesar de todo. Se vuelve a la palabra dicha, al susurrro tierno de las madrugadas cargadas de gestos. Al vértice justo de una vida que tocó, que me tocó allá en el sur. Ni es peor ni mejor. Tampoco uno no es tan importante como para tomarse en serio. No vale la pena, la vida es demasiado corta, demsiado intensa como para hacerlo.
Hago un punto.
Vuelvo a la seducción. Esta no es en origen, la relación espontánea entre hombres y mujeres, sino la relación dominante de los hombres entre sí. Por eso desde la metafísica de esta parte del mundo siempre partimos desde el presupuesto que nuestro punto de vista es soberano sobre el mundo. Pero no se trata de un pensamiento sin consecuencias sino de una práctica filosófica que permite que el soberano, dios, el papa o los políticos, o nosotros sencillos hombrecitos gobiernen todo lo que no es suyo, de ahí que el espectáculo, el mundo del espectáculo, por ejemplo nos remita a nuestra propia crueldad, escenificación ideal que nos venden todo el tiempo y a toda hora.
Sigo.
Pienso en Martin Hedegger y en su definición de aquellos rasgos de una existencia impropia, inaútentica y banal. Esa falsa curiosidad o afán de novedades por la que saltamos de una cosa a otra incapaces de detenernos y sin profundizar jamás. La pasión por hablar de las cosas sin entenderlas y asumirlas, repitiendo simple y sencillamente lo que se dice y se oye y el, ese, equívoco en el cual no se sabe qué se comprende y qué no se comprende, descubriendo que todo tiene el aspecto de genuinamente compendido, cuando en el fondo no lo está.
El viernes se muere, se acuesta y vuelve a apostar por una noche en donde todo o casi todo, siempre se permite. Los duendes se desnudan y salen a las calles a jugar. Madrid, ciudad agitada los viernes por la noche, se convierte así en una especie de cuestión de amor. De ese amor fou tan necesario y tan vital, algunas veces, que suele dejar como las locuras dulces y extravagantes recuerdos. Que cada cuál haga con ellos lo que pueda, el resto, el resto que los siga comprando hechos y a plazos.






miércoles, 28 de marzo de 2012

Soplan vientos del sudeste

A veces, suele ocurrir, la realidad tiene diferentes caras, muecas más bien congeladas, que destacan en el paisaje de lo social. Por ejemplo Mario Monti el muñeco puesto al frente del gobierno en sucesión de aquel otro muñeco llamado don Silvio en una Italia que desaparece en la bruma. Monti dice que la crisis en Europa casi ha terminado. Un chiste contado entre audaces y achispados hombres de negocios que siguen haciendo negocios mientras brindan más achispados y más insolentes.
Deberían decírselo a los seis millones de hombres y mujeres, que de buenas a primeras se vieron enfrentados a los vientos salvajes que despeinan como la historia, siempre a los desocupados. Deberían Monti y sus amiguetes pensárselo mejor, en estos tiempos siguen funcionando los bancos no por nada, Grecia, Italia, España y siguen las firmas como Portugal, perfilan los nuevos países del tercer mundo pero en las costas europeas a costa de aquellos que deben apelar a nuevas formas de comer. Las democracias avanzadas esperan por el fuego, mientras quitan derechos, anestesian al personal con palabras ajenas, amonestan a
aquellos que no piensan igual, se escandalizan por la indignación que ellos soberbiamente crearon en su momento. Eso sí, cuestiones de las democracias que suelen enseñarnos a nosotros, sudacas hambreados, cada trabajador que secunde el paro general del 29, deberá aportar de su salario algo así como 113 euros para protestar y tener la cuota asegurada para las patronales, que se frotan las manos desde hace mucho más tiempo que la injusticia misma. Un ministro con cara de serio dice que las mujeres vendrían a ser más mujeres por el solo hecho de ser madres. Saludan las prohibiciones y se regocijan entre cirios y velones encendidos los muy castos. Los fascistas pierden en Andalucía y dicen que han ganado y que por lo tanto deben gobernar aunque la mayoría está en otra parte. Enfermitos de soberbia, siguen apretando la cincha a un caballo flaco.
Hago un punto.
Sabemos y no hay que ser demasiado inteligentes que el sur del planeta está modelado según los intereses del norte y esa especie de fijación de un pensamiento único es impuesto por esos conglomerados o élites económicas y políticas mundiales redunda siempre en la visión de un mundo único posible, con también un sistema económico viable. Los países periféricos o del tercer mundo o empobrecidos, como se quiera, sufren, sufrimos una enojosa paradoja, la información que nos sirve para tratar de entender el mundo es fabricada en los centros del poder, en los mismos centros del poder económico y político responsables del saqueo y la dependencia.
Digo.
El mundo gira en un sentido. A veces la desolación es demasiado pesada, demasiado grande para llevarla a cuestas. Las injusticias se nutren siempre de los más débiles, de los rezagados que se alejan de la protección del resto. Se ceba con cientos, miles, demasiados. Se exterminan las posibilidades de supervivencia y entonces, una noche en una ciudad del sur, en Santiago de Chile un grupo de nazis golpea hasta el hartazgo a un muchacho, que no los representa en su ideal de masculinidad. O una mujer es prendida fuego en la moda nueva que circula por algunos barrios de Buenos Aires, o las bandas o maras de el Salvador encuentran la posibilidad de firmar la paz con alguien. América, la lejana América a pesar de esa gran riqueza histórica viva, sigue reproduciendo gestos del conquistador. No ya del español con la espada y la cruz, sino de cualquiera que sigue indicando roles y patrones culturales.
Pienso.
El mundo no cambió con las torres gemelas. Lo hizo con internet. Queda por definir en esta dicotomía globalizadora el rol de los estados. Muchos de estos, sobretodo en el desarrollo siguen manteniendo viejas posturas de enfermo. Atinan a mantener el control, el monopolio de la fuerza y de la información. Pero ante un espacio público digital-global, sin fronteras los estados que habrán de sobrevivir serán aquellos que sepan proveer de los suficientes espacios de libertad a sus ciudadanos muchos más allá de técnicas de control. Porque para el control ya habrá fuerzas más fuertes y globales. Las útlimas torres que cayeron se deben no a un musulman sino a Julian Assange, por ejemplo.
Me sigue gustando, cada vez me gusta más este tipo. Frank Zappa, simboliza para mí ese descaro ante la creación. Cada vez que escucho alguno de sus discos, precibo la furia por debajo del sonido. Ese planteamiento sin dogmas, ese buscar desde esa clase media norteamericana, que a mediados de los sesenta dejó de dejar por sentadas algunas cuestiones. Zappa no provenía de un hogar obrero de ningún suburbio trabajador de la costa oeste. Venía, vino de un hogar con discusiones y tomas de posición, aunque tibias, no estaban pegadas al ideal de supremacía blanca. De ahí surge este tío. Desde ahí se arremolina y arremete contra todo. Contra el negocio descarnado y miserable del pop hasta los límites de la música clásica contemporánea. Abarcó todos los registros, busco desde el rock, desde la parodia, el jazz o la música seria. Se aventuró en guerras en contra de la censura y creó, siempre lo hizo. A veces, se me escapan algunas cuestiones con él. Lo dejó descansar y al tiempo, se me abre y caigo en una música, que suena como los vientos, siempre. Frank Zappa visto desde la perspecitiva de este presente, resulta inmejorable para diferenciar el talento de una persona y marcar a fuego los intereses de un mundo fracasado como es el del negocio de la música. Desde este andamiaje es natural recorrer un cierto camino de diferencia. Su música suena hoy, como siempre, es una especie de avalancha, una apuesta por el arte más radical, mas cercano a esa rabia de trabajar por un mundo diferente a toda hora, sin descanso. De exigirle al tipo que está del otro lado, al que recibe, solamente una cosa: inteligencia.
Me distraigo..
Voy a extrañar esta ciudad, este pueblo grande que en algún momento brilló como un rayo. Como un fuego casi sagrado. Voy a extrañar el modo, las visiones que hace un extranjero sobre los naturales de esta especie de torre de babel que es ya y afortunadamente este país. Voy a extrañar este paisaje urbano irremediablemente marrón. Color tierra, tierra seca. Su cierta parsimonia o displicencia para vivir. Claro que voy a extrañar, mis caminatas por el Retiro o sus voces. La ropa tendida al sol de las ventanas de mi barrio al noroeste de esta ciudad pérdida en medio de una meseta agreste y sin agua. Pero de alguna forma me llevo cosas conmigo. Viajar me domesticó. Me hizo crecer y aceptar. Me hizo menos duro de lo que era y me permitió oir, oirme desde lo más profundo de mi mismo. Me hizo cuestionar algunas cuestiones y mantener grabadas a fuego las mismas que ya tenía antes de estacionarme en este paisaje. Ha aprendido mucho solamente moviéndome de donde estaba hace diez años. No soy mejor ni peor, soy el mismo creo, un poco más calmo y un poco más viejo.
Vuelvo.
Mañana es día de paro nacional. Un día de fiesta y de lucha. Un día que siempre debe vivirse con esa ferocidad de estar enfrentándose a lo peor y de fortaleza, de saberse unidos por ese hilo invisible de la certeza. Certeza que indica que es siempre el único camino posible y no un fin. La gente en las calles sumando sus cuerpos. Siendo cuerpos tatuados por palabras, marcados por la convicción que la única lucha que se pierde es siempre la que se abandona. Han cambiado las épocas, seguramente cada vez nos habrá de costar más y más. Pero el orgullo de clase es el que indica la lucha de siempre. Desde los inicios mismos de esta fantasía que se llama capitalismo hubo explotadores y explotados. El costo en vidas y sangres ha sido muy alto, para aceptar ser esclavos a tiempo completo y sonrientes. A lo mejor y sin darse cuenta comenzó el tiempo de la resistencia en esta guerra sin cuartel que nos han declarado los dueños de todo. el 29 es un día bonito para salir a la calle y desgarrar el cielo a puro grito, para que escuchen y se lo piensan, por más que nos acerquemos a Grecia y nos alejemos de Alemania como dicen los fascistas y sus secuaces de siempre.
Mañana soplarán vientos nuevos y quedará claro, que noy hay manera, no hay forma posible de exigirle al trabajador que pague con su sangre las deudas de su amo.


martes, 27 de marzo de 2012

Los días se diferencian, las noches no

La calle vuelve a cobrar vida después del invierno, del frío y otras soledades que nos han ido asaltando en los últimos meses. Los árboles vuelven a vestirse, la sensación de tranquilidad, de suavidad comienza a gestarse entre todos, el buen clima, ayuda a pesar de las diferentes obsesiones que nos aquejan. Se viene el paro general y negocian. Perdieron los del traje azul y vuelven a negociar. Todos quieren su cuota, su porción de queso, la manta que les tape los pies.
Mientras tanto, algunos seguimos en la prolija rutina de despedidas, maletas a medio hacer, apuros y olvidos. Por momentos nos agobia esa tristeza montaraz que nos asalta un domingo por la mañana en el rastro, en medio de un mundo casi descontrolado, en donde todo se vende y todo se compra. Madrid tiene su propio zoco, reglamentado y con horario. Se mezclan las voces, los idiomas, los gestos se anudan en una travesía por una calle llamada Ribera de Curtidores que es entrada y salida, que ya lleva sobre sus espaldas domingos y feriados la multiplicación de sensaciones desde hace casi un cuatro de milenio. Suenan músicas que se congratulan entre sí, desviando por un momento la agitación de otra vida, los menesteres de un tiempo implacable y feroz.
Mientras la ciudad me acompaña, llevo conmigo un disco extraordinario, música de cámara en el mejor sentido de la palabra. Un disco tributo a una banda australiana que rugió bajo el nombre de AC/DC y que suena en la voz y el piano de Jens Thomas, alemán y audaz a la hora de crear o mejor dicho recrear los sonidos de una forma diferente, profunda y arriesgada. Piano y por momentos la trompeta de Verneri Pohjola. Los dos crean un clima despojado de cualquier otra cosa que no sea la música misma.
Entonces veo la ciudad y la música acompaña mis visiones de una ciudad que se relaja bajo el sol de marzo, se aligera de ropas y distiende el gesto. Sumado a todo esto, que los días comienzan a ser más largos y las faldas más cortas. "Speed of Grace" se llama este disco imprescindible, para buscar otras salidas, otros horizontes, apenas otros atajos y otras  palabras para acompañar tanto viaje, tanta pista que se pierde en las arenas. Ahí mientras tanto diferentes a las originales, desfilan " Highway to Hell"; " Live Wire"; " Hells Bells" o " T.N.T" para sorpresa de ese único invitado que soy yo, mientras camino despidiéndome de rincones, aceras o vientos. Dejando atrás recuerdos y otros nombres.
Digo.
Faltan más ajustes, disparan desde los telediarios, desde las tapas de los diarios. Ametrallan al tipo de la calle. Estamos rodeados y siempre son para peor. Planean clausurar todo, vender lo que haya que vender y que se hagan los muertos. Se vienen aumentos, justificaciones y más expropiaciones a aquellos que ya no tienen nada. Arrecia el odio a lo diferente. Proponen que otro pague todo, los mismos de siempre por otra parte. Mientras tanto, comienzan a buscar otras latitudes aquellos que quieren un trabajo, una vida digna o por lo menos, salir de esta melancolía. El papa de los católicos, dice suelto de cuerpo que Marx está superado. Respiran tranquilos los dueños del dinero, ya no solamente ellos dicen lo mismo, ahora que todo está al borde del incendio sale el alemán y dice lo mismo. No sea cosa que el fuego termine devorando todo lo hecho hasta el momento. Por ahora, los que mandan dicen que la huelga general del 29 de marzo, acerca a los españoles a los griegos y los aleja más de los alemanes. Patrones y su servicio político en el poder y la oposición, indican, mientras todo se desmorona, que la huelga es innecesaria y contraproducente para los intereses del país. Será por eso que ese viejo disco de la risa suena y suena por toda la geografía de este pais europeo y cuasi tercermundista.
Mientras espero el autobús que me llevará de vuelta, de regreso al barrio, leo a Enrique Vila-Matas. Gran escritor, notable escritor español y uno de los mejores junto a uno o dos nombres más, por lo menos para este servidor. "Aire de Dylan" es un gran homenaje y una sátira despiadada hacia ese mundo que habitamos sin pestañar siquiera. Ya lo era "Dublinesca" su anterior y notable novela y también "Chet Baker piensa en su arte", imprescindible libro de cuentos de este catalán soberbio y magistral. Pero vuelvo a su último trabajo. En una de sus páginas dice: "Uno nunca sabe quién es. Son los demás quién y qué es. Te explican tantas veces quién eres y de formas tan distintas, que al final uno acaba por no saber en absoluto quién es...". Me congelo y me hago invisible. Solo se mueve mi sangre con ganas. Descubro por centésima vez, en las líneas de este notable escritor, resortes y recortes de una realidad infrecuente en las letras de esta parte del mundo y que tienen, por lo menos para mí, puntos de contacto con una narrativa que viví desde siempre en la parte del mapamundi que me tocó vivir. No comparo con mis escritores personales. No hago listas ni estudios sobre una literatura que está encendida y que a cada palabra, es una especie de placer. Vila-Matas logra con su nueva novela, avanzar un poco más, llevarnos detrás del joven Vilnius a esa especie de fracaso anunciado y por lo tanto transmisible a cada uno de los lectores que nos asomamos a sus páginas simepre buscando nuevas pistas del talento notable de este escritor que siempre está un paso más adelante, en la otra esquina, en el próximo bar.
Un libro entonces que llega en el momento justo. Porque además en Vila-Matas radica a mi entender lo más rico de la tradición literaria de esta lengua. La fantasía, el humor y la magistral andadura de una novela, una más, que suma entre lo mejor que se puede leer hoy por hoy en España.
Pero vuelvo.
Lo que más me atrae de esta forma de escritura, es el talento. Talento que se puede rastrear en sus innumerables libros, importantes aportes de una fantástica manera de explicar el mundo. "Aire de Dylan" es un excelente motivo para leer una historia, que como todas las buenas historias simpre logran conmover y deslumbrar.
Digo.
La sensación de levedad. Las noticias que a veces llegan. Los abrazos que quedan inexplicablemente postergados. La vuelta, despacito y por las piedras. Abriendo surcos en la vida de uno. Salgo a la ventana y huelo el aire. Eludo la tristeza de estos últimos días. La odisea de embalar libros, libretas de apuntes, prendas diseminadas. Anuncian lluvias. Se quedan atrás muchas cosas, cuestiones que hacen de uno, una especie de extranjero a perpetuidad.
Los días tienen nombres, las noches no. Por eso me gusta la noche. Socializa la espera, descubre la posibilidad de saber de antemano el nombre del siguiente día. Oscurece en mi calle y dejo que mi mirada la recorra una vez más, aunque los haga con la misma sorpresa desde hace mucho. La ciudad se estaciona y permite, me permite que ponga música y la deje jugar con el aire primaveral que florece a cada instante. Stefano Bollani y su " Stone in the Water". Música para los amigos, música para esperar y saber
que el jazz, es solamente una de las formas de la pregunta. Ahí suena un piano y detrás las olas dibujan figuras irreales. La música es esencial para mí. Un río que une, porque los ríos siempre unen nunca separan. La invención de paisajes que suenan, llevando, llevándonos siempre de la mano. Suena Bollani por mi ventana, el aire juega de a poco anunciando lo que vendrá. Lo suficiente como para describir estas ausencias que ya pronto habré de ser. De alguna forma, siempre fuí un entusiasta de la música, por decisión y opción. De a poco salí de la explosión de los años sesenta y presentí que había otros rumbos. Através las distintas zonas horarias y a fuerza de elegir, equivocarme y volver a elegir, conformé una amplitud que jamás imaginé cuando tuve en mis manos el ya lejano disco, en vinilo, de los Beatles y que fue mi furor y mi deslumbramiento. Sin embargo, como con la literatura, no tengo un canon, ni tengo diez libros o diez discos que habría de llevarme a una isla desierta. Solamente tengo en mí, la sensación de felicidad que siempre me produce algo bueno.
Pienso.
Volveré a mi ciudad una década más tarde. Diez años después. Todo habrá cambiado y nadie habrá esperado por mí. Mis hijos están ahí y los hijos de sus hijos a su alrededor. Llegó más domesticado, más calmo y menos herido de lo que me fuí. Me esperan algunos fantasmas, que también envejecieron igual que yo, por lo tanto casi, casi estaremos en paz. Vuelvo a Buenos Aires no a descifrar nada, solo a convivir con mi historia. No espero nada, salvo el amor de esa familia que fué creciendo sin mí y que seguramente volverá a acogerme con la tenacidad de las enrredaderas. Volveré a recorrer calles y olores, que no fueron olvidados, que permanecieron prendidos en mí como un abrojito hambiento. Volveré a habitar ese vértigo horizontal que casi siempre es mi país. No idealizo ni agrando nada. Vuelvo a querer descubrir los secretos de una ciudad habitada por duendes.
Han pasado solamente unos años. Nada seguirá como entonces, solo el calor de esa inmensa familia que otros han planeado por mí. Volveremos a encontrarnos en torno de una palabra o de una mesa tendida al sol. A esperar el degüello del cielo en cada atardecer y compartir un café en una charla interminable. Un bucle que le dicen por aquí, tan típico de nosotros. Perderse entonces en ese amor legendario que subsiste a cada respiración, a cada recorrido con los dedos, a cada mirada.
Es así, los días tienen su nombre, la noche nunca.

viernes, 23 de marzo de 2012

Ustedes tuvieron los relojes, nosotros tenemos el tiempo




No, no estaba bajo un cielo extraño,
Ni bajo la protección de extrañas alas,
Estaba entonces con mi pueblo
Allí donde mi pueblo, por desgracia, estaba.

                                                       Anna Ajmátova


Cuesta pensar el tiempo. Pensarse en el tiempo. Transcurren los años y uno se mece al compás de días, semanas, meses, años. Los recuerdos acompañan este ir y venir. Los nombres, los lugares, nuestros lugares, nuestros equipajes modestos. Amores pérdidos, calles olvidadas, bares abandonados. La vida sujeta con pequeños hilos, el frío de un otoño que no se quita del cuerpo. La noche que por aquellas noches lejanas, parecía eterna. El silencio, los dos silencios, el cómplice y el terrible. La rabia escondida en los suburbios, la rabia de los que conocían el color del dolor que llegaba con rabia también y arrasando. Las horas aquel lejano día eran solo una mueca, se hacía imposible no imaginar lo que habría de ocurrir, se contaban las respiraciones, los látidos y se contaba el silencio.
La Nación y Clarín, dos de los diarios más importantes y secuaces de siempre, saludaron alborozados desde sus portadas. El Fondo Monetario lo hizo 36 horas después. Los habitantes del barrio norte, salieron con sus banderas y sus autos a festejar colapsando una de sus pocas avenidas. La iglesia los bendijo y los hizo comulgar mientras evocaban gestas más antiguas contra otros infieles. Los dueños de la economía, los partidos políticos, casi sin excepeción apoyaron el baño moral que recaía de nuevo en la tierra bendita por ese raro dios argentino.
Es decir se demostraba así y de una vez y por todas, que dios existía, mientras nosotros, todos nosotros no.
Se inició así la construcción del por algo habrá sido, el algo habrán hecho, aquellos que eran, que fueron exterminados. La costumbre metódica de mirar para el otro lado, de aquellos metódicos que siempre hablan del sentido común, sabiendo que siempre es el menos común de todos los sentidos.
Legalizaron la temporada de caza, yendo casa por casa.
Pero también desmantelaron lo que había en pie. Hicieron tierra quemada con hospitales, escuelas, fábricas, universidades.En su lugar reinaron los campos de concentración, los vuelos nocturnos sobre el mar para deshacerse de los rastros. Impusieron la picana, el balazo en la nuca o una inyección para adormecer y no resistir.
Ese día comenzaron a sentirse invencibles.
Creyeron que tapando el sol se decretaba la noche. Algún tiempo después sin embargo, comenzó la resistencia. Como se pudo. Los mecánicos, por ejemplo, hicieron su primera huelga ese año, ante el secuestro de comisiones internas enteras por parte de los aguerridos defensores del estilo de vida. Creyeron que exterminando todo lo que hubiese a su paso impondrían la paz de los cementerios. Fraguaron falsos enfrentamientos contra maniatados, para justificar tanto asesinato. Inventaron colosales fugas de penales de máxima seguridad, para ejecutar por la espalda a temibles guerrilleros esposados. Fingieron operativos colosales para secuestrar de sus camas, matrimonios peligrosos, niños armados hasta los dientes y de paso y como quien no quiere la cosa, llevarse televisores, heladeras, joyas o simples y extravagantes y mortales tostadoras eléctricas venidas de cualquier paraíso de delincuentes subversivos.
Pero desde primer momento se supo la verdad. Eran y siguen siendo la antipatria. Depués de todo, siempre fueron lo mismo. Mercenarios a sueldo del estado. Alentados por los delincuentes civiles de siempre, que todavía tanto tiempo después siguen disfruntando de las prebendas de ese estado que dicen combatir o despreciar.
Esa noche los perros soltaron a sus perros por todo un país, para ejecutar el mayor genocidio desde el exterminio de los indios también llevado a cabo por otros gloriosos e ilustres militares. Esa noche, ellos mostraron orgullosos sus relojes a esa parte cómplice de la sociedad que respiró aliviada ante el fin del peligro. Llegaba el tiempo de ellos. De la justicia implacable e inapelable.
Juraron y orgullosos declararon una guerra. El camino estaba delante.
Esa noche, el frío extraño. La oscuridad más profunda y el dolor ya era, desde hacía tiempo algo compañero. Se detuvo el tiempo, viró hacia el olvido. Los malos había ganado al final de cuentas, solo por el momento.
Pienso.
Amigos entrañables, seres con los que crecí. Nombres que fueron obligatorios en mi camino. Discos, lecturas, pasiones, ideas compartidas. El poncho de los años por aquellos años, nos cobijaban juntos. El primer amor, el primer recital, la primera soledad. Las caminatas por la madrugada buscando razones a un acertijo. El café eterno, el mozo asociado a nuestra levedad y a nuestra seriedad. Ser los mejores, porque todo era posible. Mientras otros estaban demasiado preocupados con las palabras, algunos de nosotros descubríamos otros parajaes, otros nombres y otras memorias con las que crecer era posible.
Muchos años después, en otro país, escribo pensando en ellos. Vivo en ellos y otro 24 me abraza a punto de volver. Veo en todos, ese momento detenido hace treinta y seis años atrás, cuando la noche llegaba vestida de verdugo. Cuando hacían un operativo y cortaban las calles, encerraban los barrios, amortiguaban los gritos de aquellos que indefensos sabían que ya eran memoria antes de ser silencio.
Pero aún así, en esos momentos letales, percibí que ellos no podrían. Esa noche y a pesar del horror que sobrevino y del espanto que nos inculcaron, ellos no podrían ni debían prevalecer. Que más temprano que tarde, serían despreciados y humillados, derrotados y que habrían de pagar sus culpas.
Digo.
Ahora faltan los civiles. Aquellos que desde sus empresas, denunciaron cuerpos enteros de delegados, hicieron negocios, vivaron a los asesinos. Faltan ellos, los que querían desmantelar un estado, antes que pensar solamente en la guerra contra los endiablados guerrilleros. Sabemos sus nombres. Los cargos que ocuparon en bancos, financieras, sociedades. Los periodistas que adularon e incentivaron, pensando en sus bolsillos, a los torturadores. En los que desde las páginas de diarios y revistas glosaron las hazañas de tanto criminal. Los datos y señas de los que brindaron una pátina de respetabilidad a los saqueadores. A los políticos, que saben que el qué calla otorga. A los sacerdotes que bebieron no ya la sangre de Cristo, sino la de los asesinados. La de jueces y fiscales que negaron consuelo y justicia a miles. Ahora deben saber, que iremos por ellos. Que ellos tuvieron los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo.
Porque el tiempo siempre está de parte de la memoria.
Esa noche fue de fantasmas. Fantasmas que fueron perdonados por la clase política hasta no hace mucho. Apuraron su soberbia hasta el hartazgo. Sin embargo hoy están presos, los que no fingen demencias u otras enfermedades para no ir a la cárcel y pagar sus culpas.
También y en medio de esta fecha, recuerdo la única oposición que estos brillantes militares no esperaron jamás: la madres de la plaza, que jueves a jueves desafiaron a la historia misma. En ellas está la posbilidad de haberles puesto nombre y apellido a tanto asesino a sueldo, a descifrar las razones de tanto latrocinio y por último de haber pedido siempre lo imposible. Aparición con vida no es una postura filosófica, es la clave para entender, porque desde ese 24 de marzo, algunos percibimos que estaban derrotados de antemano aquellos que se adueñaron del país para imponernos su visión sagrada de salvación y purificación no pudiendo frenar el ejemplo de un puñado de mujeres, amas de casa en su mayoría, que enfrentaron en las calles a la más sanguinaria de las dictaduras en la Argentina.
Pero esa noche todavía no había señales. Lentamente como una oruga, comenzó la respuesta. De a poco, avanzando con la tenacidad de una raíz, algo indicaba, como la historia nos lo había enseñado, que ningún poder militar era lo suficientemente poderoso como para entronizarse en nuestro país. Por más mundiales ganados, por más dólares baratos que ilusionaran a los argentinos con que éramos derechos y humanos, por más impunidad que hubiese en las calles, por mas guerra de las Malvinas y por más tenebrosa que fuese la vida, ellos, ellos iban a perder a la larga.
Pienso.
Hoy es 24 de marzo, el día de la memoria. Ese día, 36 años, atrás nos quitaron casi todo. Nos quedó la memoria. De a poco, fuímos volviendo a descifrar paso a paso lo que fue quedando de nuestras vidas. Nos costó rehacer casi todo. Cruzamos la noche cargados de sueños, contradicciones, desencuentros, dolores, silencios, algunas alegrías, a veces como extraños. Tuvimos hijos, divorcios, nuevos amores. Algunos preferimos volver a ser turba, piedra, otros en cambio elegimos ser aire. Madera y cielo. Dejamos pedazos nuestros en cada uno de nuestros gestos. Abrazados a su tristeza algunos decidieron quedarse mudos de toda mudez y aceptar el nuevo pasaporte y ser correctos, otros en cambio cambiaron de piel y decidieron dejar colgada junto con la camisa de turno, flecos de su dignidad. No todos pasamos de la mejor forma por ese infierno reglamentado. Se sobrevivió como se pudo. Se juntaron los pedazos que quedaron desperdigados de la mejor manera posible. Nada fue igual, nunca más lo fue. Tuvo un alto costo, muy alto. De a poco y sin darnos cuenta, más viejos, menos asombrados o más asombrados por seguir aún vivos, hemos ido juntando, año a año las pequeñas pistas dispersas de nuestro pasado. Tal vez hoy, muchos de nosotros estemos esperando el silencio que nos habrá de sobrevenir en algún momento. Tal vez hoy, 24 de marzo, muchos querramos estar con hijos y nietos en la plaza, gritando ni olvido ni perdón a los que vendieron la nación, ni olvido ni perdón a los asesinos y torturadores.Tal vez muchos hoy nos reencontraremos para vernos más añosos y con menos o regular salud, sonriendo rabiosamente por nuestros muertos queridos y seguir, mientras se pueda,  disputándole palmo a palmo las fronteras a tanta muerte y tanta desmemoria organizada.